ISRAEL ES UN ESTADO FASCISTA, PIRATA Y TERRORISTA
BOICOT ISRAEL
Lo mascullaba. Sentada junto a la ventana que da a la calle lateral. Lo solía hacer por la tarde. Arrastraba una silla. Por supuesto al principio -recién llegada- intentaron impedírselo. No sabíamos muy bien por qué a la dirección de la Residencia no le gustaba que los residentes arrastráramos sillas junto a las ventanas. Ella consiguió que la dejaran a base de empeño. Las primeras veces -decíamos- intentaron que desistiera. Le quitaban la silla. La cogían por el brazo y la intentaban desviar de su destino pero ella se resistía oponiendo exactamente la misma fuerza que se ejerciera contra ella. Al final la dieron por imposible pero eso sí con la advertencia a todos los demás que lo que hacían con ella era una excepción, hasta que se acostumbrase a vivir en la Residencia como -insistían- habían hecho con todas y cada una de las personas que habíamos ido a parar allí. Llegaría el día -zanjaban- en que ese privilegio se le denegaría como había ocurrido ya en otras ocasiones.
Pasó el tiempo y ella siguió arrastrando la silla cada tarde hasta la ventana que da a la calle lateral, por la que nunca pasa nadie. A ella le gustaba mirar la luz de la farola anaranjada y más cuando llovía y brillaban sus reflejos sobre el asfalto negro y mojado. Si sus ojos mostraban cierto grado de alegría, su boca mascullaba atormentada. Al principio no sabíamos muy bien qué decía. Su mascullar era, por decirlo de una manera gráfica, extremo: mascullaba apretando las mandíbulas, mascullaba entre dientes, sin apenas mover la lengua, sin apenas sonido. Ese mascullar ponía en tensión todos los tendones del cuello que a su vez iba tensando el resto de su cuerpo hasta el punto que llegaba un momento, cuando su mascullar tenía ya tintes trágicos, que lo único relajado y alegre de toda ella eran tan sólo los músculos que conforman las expresiones de los ojos. Esos ojos verdes y atentos que fijaban su pupila en los destellos naranjas de un asfalto mojado.
Fue Teresita, una mujer muy pizpireta de noventa y cuatro años, una de esas mujeres que parecen haber nacido para hacer felices a los demás, la que terminó descubriendo la frase que mascullaba Ester -así se llamaba la mujer que arrastraba todas las tardes una silla hasta la ventana que da a la calle lateral, la que casi está desierta- y lo descubrió primero por su oído finísimo, segundo por su perseverancia y tercero porque relacionó el número que tenía tatuado en el brazo derecho con lo que todos ustedes ya imaginan y más sabrán cuando les digamos la frase que esta mujer mascullaba: ¡Malditos seáis los sionistas convertidos en nazis! ¡Malditos seáis!
Ha pasado más de un año desde que Ester llegó a la Residencia. Nadie hasta ella consiguió mantener tanto tiempo una manía. La constancia de la Dirección suele acabar hasta con la más contumaz de las resistencias sólo que en este caso han pinchado en hueso porque el acto de Ester no es una manía y mucho menos un desafío, el acto de Ester es un acto de rebeldía, es una plegaria, es el dolor de una judía por el genocidio cometido por el gobierno de su pueblo y con el apoyo por acción u omisión de gran parte de éste: Sion.
"Sabía que la embriaguez haría de lo suyo; sentirse enfermo podría ayudar, esa fiebre que provoca alucinaciones; la ausencia prolongada de la amada también. Ya casi no recordaba su rostro aunque retenía la imagen de una tarde en la que el sol recortó de una forma intensa el óvalo de su cara; quizá no recordara su rostro pero sí su contorno". Nosotros, por nuestra parte, sugerimos que es posible que ese estado de cosas pudiera influir en su descripción del paisaje. "Al fondo -nos contaba- a mi izquierda, muy lejos, era un fondo muy profundo, sobre unas lomas se podían ver las vides; dos o tres lomas serían las que abarcaba el viñedo, doce hileras de viñas, no más, las cuales se extendían hacia mi derecha sin llegar hasta el centro y de repente como si fuera el capricho de un dios borracho, el fondo se volvía agreste, las lomas se hacían montes y los montes se unían en una sierra que se iba elevando hacia mi derecha hasta dejar justo en mi extremo superior derecho la contemplación de un minúsculo pedazo de cielo y bajo él una montaña joven e inmensa que descendía por caminos abruptos, barrancos y correnteras hasta una llanura".
El observador se quedó callado. Como la taberna estaba en semi penumbra no adivinábamos sus facciones, a más a más, cuando cubría su cabeza con un sombrero homburg. Encendió un cigarrillo. Siguió mirando hacia la mesa, la cabeza semi inclinada. Algunos nos fijamos en sus manos: eran finas como si nunca hubieran trabajado. El hombre se encontraba de espaldas a la ventana y fuimos los que estábamos frente a él los que vimos asomar por ella, como tantas noches los habíamos visto, los cuernos naranjas de la luna. El hombre pareció sentir el influjo directo de la luna y como si fuera un autómata al que le habían dado cuerda, arrancó de nuevo a hablar. "Yo debía de encontrarme en un altozano frente a la llanura. Justo a mi lado un viejo roble muerto dormía el sueño de los justos. Ante el fondo antes descrito, en el lado de los viñedos, justo entre la llanura y las lomas, había una inmensa vasija tumbada. Según mis cálculos, hechos a ojos de buen cubero, la vasija debía de tener una anchura en su centro de unos doscientos metros y una largura de unos ochocientos o mil metros. Era una vasija con forma de ánfora romana, muy ancha en su parte central y muy estrecha en sus extremos. La boca del ánfora estaba sellada mediante un inmenso tapón de corcho blanco. Todo el ánfora estaba decorada con motivos marinos: delfines, tritones, olas, barcas de velas, sirenas, escollos. A los pies de la gigantesca ánfora, ya en la llanura, como si fuera su guardián se levantaba una aldea con templo. Durante todo el tiempo que estuve allí, contemplando aquel paisaje insólito, no vi ni percibí a un solo ser vivo. Tampoco, por supuesto, en la aldea ni en el templo. Tan sólo recuerdo escuchar algo parecido a la vida cuando el viento chocaba contra lo que debía de ser una fisura en la vasija que provocaba el espejismo de creer estar escuchando el silbido de una mujer en la mañana. Todo lo demás era tierra baldía, aire muerto..."
El tabernero sirvió una ronda de vino. El hombre cogió su vaso y lo bebió de un trago. Luego dijo, "Beban. Yo invito". Los demás bebimos.
Cuento
Tags : Cuentecillos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 23/07/2025 a las 18:28 |
- Hola (...) sí, todo bien (...) ya sabes, al principio cuando empieza a acelerar, sólo en ese momento (...) Sí, sí, me sigue pasando, es como si tuviera la cara de haber cometido todo tipo de delitos (...) ¿Por ahí todo tranquilo? (...) Bueno. Es un momento. El primero momento. Ya lo sabes. (...) Me comportaré como me comporte. Es que no puedo anticipar nada. Cuando lo hago, por ejemplo durante el vuelo, me entra una angustia de cojones. No es cómodo (...) ya, ya sé que lo sabes. Entonces consigo callarme. Callar el pensamiento. Dejo que el presente se haga presente (...) perdona, sí, sí, me río, me haces reír y te lo agradezco (...) Pues eso, que sea como tenga que ser. Sólo espero dormir bien, que mis sueños sean propicios (...) no, no te voy a citar a Artemidoro (vuelve a reír) (...) pero tú sabes que era una broma, que soy pedante y bromista a un mismo tiempo (...) ¿La habitación? Bien, es un hotel sencillo, un poco lejos del centro (...) Prefería que no me recordara a nada (...) Iré por la mañana. (...) No, no he llamado ni me ha llamado nadie. (...) No pasa nada. Era lo que esperaba. (...) Pero no ha pasado y ya está. Normalmente pasa lo que se espera que pase. También yo podría haber llamado. Lo inusual sería que me diera una ducha; me vistiera; saliera; cogiera un taxi y me presentara a las dos de la madrugada en el tanatorio para velar el cadáver de mi madre (...) Sí, quizá (...) porque no me atrevo (...) sí, claro, aunque tenga setenta también tengo seis (...) las edades se solapan, sí (...) seguro que no me atrevo, no te preocupes (...) bien, ahora te ríes tú (...) Me voy a tomar el bocadillo con una cerveza y me voy a meter en la cama (...) Te llamo mañana cuando vuelva del cementerio, ¿vale? (...) Yo también, mucho y gracias por estar ahí (...) tonto no puedo ser si me quieres tú (...) Hasta mañana (...) tú también.
Cuento
Tags : Cuentecillos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 20/07/2025 a las 13:30 |
No es el día que más sueño tiene. Sí recuerda haber soñado con grandes cantidades y con las frases que una mujer le decía al oído, ¡Quédate quieto! ¡Déjame a mí! Silencio. Una hormigonera empieza a sonar. Son las ocho de la mañana. El aire anda fresco. ¿Sobre qué trataban las cantidades? ¿Tiene sentido preguntárselo? La hormigonera. Luego los martillazos del vecino al muro que separa ambas parcelas. Ligirofobia. Sabe por qué. ¿Tiene por qué? ¿Es necesario? Alterado ante el sonido de una hormigonera a las ocho de la mañana un día de verano. (Recuerda su mano fuera de la ventanilla. Llega aroma de mar. Aspira hondo. Recuerda su pecho y la voz grave que tenía y la risa franca, vuelo de bandada de estorninos). Mientras desayuna, lo sopesa. ¿Son pruebas? Y si lo fueran ¿Pruebas para qué? No, no. Aleja la idea de la cabeza. Hace sus abluciones. Se viste para ir a la ciudad. Se pregunta si se volverá a encender el testigo de fallo en el sistema antipolución en el navegador de a bordo de su viejo Citröen. (Sí, sí se encenderá. Más tarde, a la vuelta, tras las maniobras adecuadas...). Se dice, Es un buen día para salir de aquí. Me evito los ruidos. Ligirofobia. ¿Sabe por qué?
Su perro le mira y él no le hace esperar. Le dice que sí, que se van juntos, que hoy lo puede llevar. La mañana. Sale un poco más tarde de lo que él hubiera querido. Suenan dentro de su cabeza las notas de un tema de Morton Feldman. Una vez más se recuerda lo que ha de hacer y que aún no ha hecho. El ruido. La hormiguera. Los martillazos. La ira. Las voces. Monta con su perro en el coche. Limpia el parabrisas. Cuando pone la llave de contacto y se enciende el coche, se ilumina el testigo de fallo en el sistema antipolución. Conduce. Salen del pueblo. Se encaminan -el perro y él- hacia la ciudad. Una hora por la autovía. Hacia su destino. Con su perro. Como desde hace años. Tantos años, piensa y recuerda el sueño sobre grandes cantidades de no sabe qué. Se ha alejado tanto el sueño... se aleja. No hay remate, piensa. Es una autovía, piensa y él es un usuario más de esa vía de comunicación... también de transporte... sí, transporte y comunicación... Una mujer le decía, al oído, ¡Quédate quieto! ¡Déjame a mí! No sabe qué cantidades... Ligirofobia... por la autovía...
Cuento
Tags : Cuentecillos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 14/07/2025 a las 18:13 |
A veces me recompongo como si fuera una mermelada. Eso me me he dicho. Sé que la mermelada apenas tiene relación con la recomposición. Pero me altera el ruido. Me enloquece el ruido y cuando lo escribo recuerdo una frase que aparecía en una función de Dagoll Dagom allá por los años 80, Mi tornillo de vanadio. ¿Por qué en un seis de junio de 2025?
¿Nada me puede agredir más que recomponerme en mermelada? ¿Ser una sustancia pringosa que se desliza por los cuerpos con los que entra en contacto? ¿Son estos zeugmas aproximaciones a la muerte? ¿Es esta anarquía horaria anticipo de lo por venir? ¿Me estoy deshaciendo? ¿Me deconstruí y me recompuse en ser que relaciona mermeladas y resurrecciones?
¡Qué agresivo puede ser el silencio! ¡Qué violencia desata la injusticia! Puedo estar viendo una película que habla de unos sentimientos muy burgueses (el amor sólo se lo pueden permitir los estómagos llenos) que apenas me emocionan, que no agitan ya -viejas alas de mariposa en las tripas- los ritmos... mis ritmos...ahora que me paso los días contándolos, solfeando por las esquinas, las figuras básicas de los ritmos occidentales. Ritmos de la civilización blanca. La Devastadora. La Aterradora. Ahora que lo hago. Ahora que recuerdo la decepción de mi padre cuando le hice ver que la música es, ante todo, matemática sonora, la occidental. La Terrible. La Acompasada. Y veo sus ojos alcohólicos y huelo su sudor a ginebra. Las madrugadas de aquellos años míos de mil novecientos setenta y ocho que volaron por los aires y se convirtieron en estrellas de un firmamento en guerra.
Me lo arrebató. Me destruyó. Agónico. Sin esperanza. Recomponiéndome en mermelada. Mi tornillo de vanadio. Mi brillante tornillo. MI luna rota. Mi espejo envuelto. La osadía de haberlo intentado. Recomponerse. Recomponerse. En mermelada. Sin un sabor preciso. Con una cocción exacta. A estas alturas. Traspasado ya el primer cuarto de siglo que no pasó ni rápido ni lento sino lleno de destrucciones, como un gran castillo de mierda venido abajo. Supurando pus alumbré la noche y quieto entre mis manos murió el lagarto. Tiritaba el saltimbanqui bajo la lluvia de fuego en Irak. La ira era blanca. Mi esperma negro. La ira era blanca. Mi esperma mudo. La ira era blanca. Mi esperma escaso. La lluvia de fuego sobre Irak. El olor a muerte en Gaza. Jehová menstrua sobre Israel. Betsabé. Ira de la abundancia.
Nana quiero para dormir, yo recompuesto en mermelada. Acúname Nana. Cierra mis ojos e insufla por mis fosas nasales el suficiente veneno para morir.
Cuento
Tags : Cuentecillos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/07/2025 a las 01:03 |
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Cuento
Tags : Cuentecillos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 28/07/2025 a las 17:58 |