Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Escrito por Isaac Alexander

Edición y notas de Fernando Loygorri


Newton de William Blake. 1805
Newton de William Blake. 1805

     La mañana en la que se le vio en el prado que había frente a la fachada occidental del edificio, amaneció con un vendaval que traía y se llevaba nubes cargadas de agua; a media mañana pareció despejarse y la señora L. decidió sacar a pasear a su perrita Nelly, una pekinesa negra cuya rasgo más distintivo es que le aterraban las vacas, el de la señora L. era sus lentes con montura nacarada de ojos de gato, unas gafas que no eran imitación de las de los años cincuenta sino que era la montura que su abuela, la siempre recordada señora Alp (así llamada por sus amistades, Pásame el azúcar, Alp, querida, decían por ejemplo), le dejó en herencia; también le legó la casa a la que se acababa de trasladar y un huerto de no más de media hectárea a las afueras del pueblo. Pero no nos desviemos del tema que nos ocupa, queridas y volvamos al principio: la mañana en la que se le vio en el prado [...] la señora L. -viuda en realidad desde hacía un par de años- se fijó en él y dicen, algunas, las que estaban sentadas en los merenderos a la vera del camino, que desde el primer momento se produjo entre ellos eso que antiguamente se llamaba un flechazo...* 
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     * En otro lugar ya he comentado que Isaac Alexander se definía -literariamente- como  nuevo realista; en alguna de las conferencias, muy pocas, que dio en un club de lectura de alguna villa de no más de cincuenta mil habitantes y sólo en dos ocasiones en una metrópoli como Madrid, siempre muy escasas de público, Alexander  explicaba la preceptiva de este movimiento del cual  -por cierto- él era el único miembro. Una de las características que más definían el nuevorrealismo -así lo escribía él: uniendo en una sola palabra el adjetivo y su sujeto- es que las historias acababan muchas veces como ocurre en la vida: de golpe y porrazo, de una forma imprevista, con muchos frentes abiertos como ocurre tantas veces en eso que llamamos de forma tan pomposa realidad.
     El texto que he transcrito es buena muestra de ello; una de las más audaces diría yo por lo propiamente inmediato que se produce la interrupción de la vida y a partir de esa interrupción surge un intenso abanico de preguntas: ¿Qué o quién es lo que se vio en el prado? ¿Pudo ser, por ejemplo, un jacinto? ¿Pudo ser un gato que ronroneaba al amanecer como si en ello le fuera la fortuna del día? ¿Fue un hombre de edad parecida a la de ella y en parecidas circunstancias? Y si fue un hombre ¿lo era más joven? ¿era un buscavidas? ¿era un viajero que se había extraviado?  Si nos vamos a otras partes de la historia llama la atención el que dedique tanto espacio -dado lo breve del mismo- al nombre de la abuela. ¿Era una anticipación? ¿Un casualidad que se resolvería gracias a ese apodo en relación con el encuentro entre él -sea lo que sea eso él- y la señora L.? Y qué decir del temor de la pekinesa Nelly. Por cierto, ¿el nombre de la perra nos sitúa la acción en un  país anglosajón o es simple excentricidad de la dueña? 
El nuevorrealismo es lo que intenta trasmitir: la muerte, en nuestra realidad, no hace más que abrir el foso de las preguntas que ya nunca se podrán responder. Vivir, como expresa uno de los epígrafes del Manifiesto nuevorrealista es dejar preguntas sin responder. La literatura nuevorrealista tiene por lo tanto que desarrollar de forma clara ese principio.

 

Narrativa

Tags : Escritos de Isaac Alexander Libro de las soledades Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 12/01/2022 a las 17:29 | Comentarios {0}


L. 102 de Hans Hartung. 1963
L. 102 de Hans Hartung. 1963

¿Era la bandada de garzas la premonición y el paisaje?
¿Por qué surge en la línea una intención de mujer?
¿Se estableció hace cuánto la existencia consciente?
Cayeron como copos sobre nosotros los enemigos
¿Venderán aún aceite de ricino para fortalecer el carácter?
Las grandes palabras de un Séneca.
Algunas mañanas me cuesta levantarme
y siento cómo me invade el ritmo de la atrofia.
¡A la rica certeza!
¡Un penique por un universal!
Mi bolsa vacía.
¿Será que el aviso ha de estar siempre despierto?
¿Será que la vida no se cansa nunca?
Serán las lecturas que han forjado a un humilde cosmopolita intelectual que cree haber escapado de las garras de la petrimêterie (neologismo que acuño en mi querida lengua francesa porque me sale del santo Cipote -que diría Cela-) y que -el humilde huido de la mediocridad- al resaltarlo cae en ella.
Serán las lecturas, escribo, de un holgazán que ha caminado por el mundo sin poder ponerse de puntillas y cuyo mayor logro ha sido llegar más allá de los sesenta con la debida obediencia fruto de sus culpas (porque somos culpables obedecemos -así lo manda la muy larga tradición judeocristiana-). Que Freud levante la cabeza.
Así bandeando entre la salsa y lo seco.
¿Volverán las tormentas?
¿Habré de rendir cuentas más pronto que tarde?
¿Qué tiene el silencio?
La yegua de enfrente anda preñada. Pasa las noches al relente. Me dicen los que saben que no pasa frío. Yo sé también que algún mamut se quedó helado. La sangre caliente y el mantillo a veces no son suficiente protección en enero. Me deshago en halagos. Me asusta no verte.
A estos ritmos me refiero . ¿Los sientes al leerme? ¿No hay algo de africano en mi sentimentalismo burgués? 
Primeros días del año.
El Capitolio está intacto. El ritual con expiación humana se retrasa hasta el árbol mayo. Las urracas sobrevuelan el castillo de Elsinor. La intertextualidad del siglo XIX apenas se ha estudiado. Es lo que tiene samplear.
 

Ensayo

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 10/01/2022 a las 18:01 | Comentarios {0}








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