Son ya muchos los días extraños como si el calor desde mayo hubiera cocido mi cerebro a fuego lento y en ocasiones también a fuego rápido.
Los desastres parecen sucederse y nunca tuve tan presente el ensayo La doctrina del shock de Naomi Klein como en este verano atroz en el que el fuego y el agua arrasan con la vida en el Mediterráneo occidental.
Nunca como hasta ahora he valorado tanto el silencio. Nunca como hasta ahora he mirado el mundo que se abre ante mi ventana como un pequeño milagro que se ha dado en mi vida. Nunca como hasta ahora tanta melancolía.
Son ya muchos días con las manos heridas; incluso el sueño ha huido y esta madrugada antes de que la aurora despuntara, me he visto sentado en la cama.
La mañana huele a sol y avanza.
Charles, Patricia, Isabel, Jiddu, la noche que se ha puesto caliente y la luna que está llena y quisiera también ella; la luna, el dios-Toro; recorro, Innana, Fuencisla, Eduardo, Manuel, Carlos, Italo, Pietro, Henrik; la duda, mirarse, la nadería que debe de ser en el fondo vivir para miles de millones de individuos, la masa, sus nombres, los nombres de las calles, aquéllos que merecieron el recuerdo en las ciudades María, Luis, Elias, Jezabel, Hortensia, Adela, Beatriz, Santiago, Dollymantel, Usnavy, Abderraman, Javier, manchas que se extienden a cámara lenta por todo el espacio y lo van cubriendo de nombres que se escuchan a lo largo de los eones y que llegan hasta la galaxias rojas las más alejadas del espectro, las que no nos ven, Magdalena, Macaria, Margarita, Etelvina, Eliane, Andrea las plazas amarillentas, las huellas que se dejaron por allí, las huellas, el dios-Toro, Innana, la ruleta de la vida, Olga, Ascen, Marisol, Adolfo, Joaquín, Miguel, José Luis, la pequeña, la escuela una tarde de lluvia en blanco y negro, salpica el frío por la mañana, vivo en una comunidad de humanos, más bien molesto, Julián, Ascensión, Laura, Rocío, Belén, Carlos, tan lejos y tan cerca, en esta noche que ya no arde tanto, sometido, Hipólito, Cayo, Helena, Ariadna, Berenice, Paloma, Isabel, François, John, Fernanda, Mary, Christine, Pascale, Marisa, Paca ¡qué largo el vacío que me espera! ¡ya no más memorias volanderas! Los nombres, desdibujados como si se fueran borrando a la velocidad de una noche de invierno, o se fueran alejando, a los lados, en la noche fría, hileras de castaños Juana Teresa, Rafael, Thomas, Mikla, Osamu, Fausto se mezclan las sustancias, serán evaporadas.
Ensayo poético
Tags : Meditación sobre las formas de interpretar Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 30/07/2026 a las 00:21 |¿Era la huella de dios la que buscaba? ¿era en la noche después de la lectura? ¿merece tanto el esfuerzo?
Dios como conjunto de todas las existencias.
¿En qué buscaba la huella? ¿Por qué camino pasaba? ¿Cuál era el paisaje real? ¿Estaba haciendo lo correcto? Lo que de afuera me llega, que además está determinado en gran medida por una operación matemática, anima a que me reafirme en mí mismo. ¿Quién mí mismo? pregunto. No alcanzo a expresar sin queja lo que quisiera ser la exposición de una realidad. Como si te dijera, a ti, ¡No sabes lo que se divisa desde mi ventana! ¡Desde mi ventana se contempla la traza del tiempo sobre el espacio! ¡Desde mi ventana se contempla el amor sin tacha que habita en mí! ¡Desde mi ventana se contempla el dolor que ha supuesto (y supone) haber llegado a generar vibraciones que se resuelven en algo que nosotros vivimos como colores! ¿Nosotros? ¿Cada uno? O ¿son sólo nuestros conos y nuestros bastoncillos y las amacrinas de la retina y todo lo que compone el sistema de la vista ya no sólo de los mamíferos sino de todo tipo animal, también los invertebrados, son sólo estos elementos, insisto, los que viven las vibraciones electromagnéticas traducidas a colores? ¿Y el resto de eso que entiendo como nosotros? ¿Cómo sentimos los colores? ¿Por qué los sentimos? ¿Por qué los habríamos de sentir? ¿Puedo engarzar aquí la idea desde la que he ido derivando y sugerir que la huella de dios -dios como conjunto de todas las existencias- que persigo es la huella que me lleve hasta el momento en el que -utilizo una metáfora- asuma que he de empezar a dejar determinados equipajes en sus lugares correspondientes? Imagina una calle muy larga y desnuda, extrarradio de la ciudad, que se pierde y tiembla a lo lejos víctima de la calima; imagina un sol feroz; imagina una calzada de dos direcciones con dos carriles por dirección; imagina un adoquinado cuadrado de hormigón gris que ha ido recogiendo el fuego del sol desde hace horas; imagíname a mí, sólo en la desolación de los asfaltos grises, bajo un cielo plomizo dominado por el astro que no soporta lo blanco ante él, cargado con una mochila a la espaldas, dos bolsas una colgada de cada hombro, una cartera en la mano derecha y el bastón con una bolsa de hipermercado en la mano izquierda. Imagina que he de avanzar por esa calle que no es sólo el escenario donde se desarrolla la acción sino la acción misma; imagina el peso de los fardos; imagina el alivio que supondría ir dejándolos, como hitos, a lo largo de esa atroz e interminable calle; imagina las formas posibles de ir aliviando el peso; quizás, al principio, por una cuestión de delicadeza (que tantas vidas se ha llevado por delante), iría sacando elementos de los fardos:
Desvelo el viento que nace de las entrañas y regurgita alientos que mueven materiales como un hule o un matorral; devano la madeja de este devenir que terminará inconcluso como suele darse en los asuntos planetarios; arrecia en mí la cartografía de los desastres, ya sea en mi rostro cuyas arrugas muestran la desolación del estío y los fríos del invierno en las alturas, ya sea en mis manos que empiezan a dolerse de haber sido; me desvelo en mis audacias y en mis iras; me devano por mantener mis rutinas; arrecia en mi derredor una sensación de derrota tan grande, una derrota que alcanza la expansión del universo, una derrota que corre por los aguas subterráneas y llega hasta los hogares por las tuberías y se bebe a sorbos cada mañana, una derrota cosmológica, una derrota teleológica, una derrota total; desvelo, a quien lo quiere ver, la habitación en la que se encuentra la cuna. No hay nadie en la habitación. Si nos fijáramos nos daríamos cuenta de que en los encuentros de los paños, justo en sus esquinas, flotan, leves, telarañas. Yo no os las señalaré. Mi corazón, bomba agostada, no soportaría el aluvión de sangre que esa explicación requeriría; si nos siguiéramos fijando veríamos asomos de cristal opaco en la ventana y por supuesto, al atardecer, cuando los últimos rayos del sol entran en la estancia, admiraríamos -prodigios de la nadería- partículas en suspensión. Visto lo general de la habitación de los niños, os llevaría ante la cuna cuyo interior se oculta a nuestra vista con un alcala beige. No os animaré a que lo descorráis. Mirar el interior puede provocar náuseas. Devano, por último, el extraño recorrido. Es cierto que a veces me detengo en un pasaje; también lo es que vuelvo a un lugar del recorrido y me ocurre que al llegar a él todo me parece distinto. ¿Emprendo la marcha? ¿Estoy detenido? Arrecian las sogas, amainan los cuellos. Eso es todo.
La reverberación llegó con el oído. Hasta entonces nada había vuelto, nada había re-vuelto. Fue despertarse y sentir la punzada y saber que desde ese momento en adelante la punzada sería el aviso de la ausencia. ¡Nunca lo habría supuesto! se decía restregándose aún los ojos mientras por el interior de los muros corría el agua a una velocidad pasmosa. ¿Había llegado el día? ¿Era esto lo que tanto temían los colegas del gremio? ¿Esto era de lo que se hablaba en voz baja como si no se quisiera mentar a la Parca o como si ésta fuera dura de oído y bastara hablar bajito para escapar a su influencia?
Se levantó. Fue al baño sin la urgencia de otros días. Fuera el silencio atronaba. Ni los pájaros cantaban. Sintió la punzada al poco de estar despierto, cuando estaba echando los restos del café del día anterior por el desagüe del fregadero. No se dijo nada. No se detuvo en su quehacer sino que continuó fiel a sí mismo y al miedo de especie a la muerte; se hizo, por lo tanto, el desayuno; se lo llevó en una bandeja hasta la salita y fue al untar con mantequilla la primera tostada cuando le vino una segunda punzada, ésta mucho más fuerte, mucho más intensa, hasta el punto que le cortó la respiración y le empujó a mirar por la ventana el almendro que se elevaba a más de quince metros del suelo y que mantenía un vigor propio de la primavera. No remitió el dolor que se le había incrustado hasta el fondo del hígado, donde los pensamientos bullían y armaban tal jaleo que hubo de llamar a sus perros interiores para que callasen. No callaron. Había llegado, se decía -o decían los pensamientos que, cuales furias soltadas de sus yugos, se hubieran desparramado por todo su ser provocándole convulsiones y lamentos y suspiros tan hondos que la noche casi vuelve y pasa el día entre tormentos como smog-. Ingerir, se decía. Degustar, se decía. Mira, se decía, observa el sol, la fresca mañana y azul. Deja que la memoria ejerza su función. No luches contra ella. No sabrás nunca. No te refociles. No rebusques. No te hundas. Nadie dijo que esto fuera a ser fácil. Anularse. Darse por vencido. Entregarse a los brazos del mejor postor y dejar de sentir, ¡Por dios te lo pido -le rogaba una voz interior que parecía estar por encima de sí mismo-, deja de tener esperanza! La única esperanza sería que cambiaras y eso, bien lo sabes, no está en tu mano.
Fue entonces, de la mano de la palabra mano, cuando reverberó el vacío y de él fugaron, hacia un punto preciso de su horizonte, su presencia, el calor de su cuerpo, el mundo de las ideas, las soluciones complejas, el deseo insufrible, la contemplación serena, las ganas de amar, la aspiración de una alteración de la conciencia, la caricia, la sorpresa de una noche en la que su cuerpo se arrimó al suyo y ambos se dieron el calor justo; reverberó la infancia de sus hijos, las carreras por la playa, las olas del mar, el velero lejos, el farallón tan blanco, las ganas de saltar, el muérdago y el musgo, la contemplación de la erección de una ciudad sagrada, la escalada hasta un castillo en ruinas en cuya torre albarrana se apostaban defensores con los rostros cubiertos con yelmos obtenidos como botín en una incursión en el oriente; fue entonces cuando supo el horror vacui y la inutilidad del rezo y se aprestó a ser valiente una vez más por mucho que supiera, en el fondo de ese hígado asaeteado por pensamientos nefastos, que la valentía no es una condición de los valientes sino de los sanos.
La escucha. Se acerca. Luego la niebla cubre sus entendederas y lo demás es tan sólo un ir dejando de hilar muy poco a poco, muy poco a poco...
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Ensayo poético
Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 08/08/2026 a las 10:06 |