Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

¿Era la huella de dios la que buscaba? ¿era en la noche después de la lectura? ¿merece tanto el esfuerzo? 
Dios como conjunto de todas las existencias.
¿En qué buscaba la huella? ¿Por qué camino pasaba? ¿Cuál era el paisaje real? ¿Estaba haciendo lo correcto? Lo que de afuera me llega, que además está determinado en gran medida por una operación matemática, anima a que me reafirme en mí mismo. ¿Quién mí mismo? pregunto. No alcanzo a expresar sin queja lo que quisiera ser la exposición de una realidad. Como si te dijera, a ti, ¡No sabes lo que se divisa desde mi ventana! ¡Desde mi ventana se contempla la traza del tiempo sobre el espacio! ¡Desde mi ventana se contempla el amor sin tacha que habita en mí! ¡Desde mi ventana se contempla el dolor que ha supuesto (y supone) haber llegado a generar vibraciones que se resuelven en algo que nosotros vivimos como colores! ¿Nosotros? ¿Cada uno? O ¿son sólo nuestros conos y nuestros bastoncillos y las amacrinas de la retina y todo lo que compone el sistema de la vista ya no sólo de los mamíferos sino de todo tipo animal, también los invertebrados, son sólo estos elementos, insisto, los que viven las vibraciones electromagnéticas traducidas a colores? ¿Y el resto de eso que entiendo como nosotros? ¿Cómo sentimos los colores? ¿Por qué los sentimos? ¿Por qué los habríamos de sentir? ¿Puedo engarzar aquí la idea desde la que he ido derivando y sugerir que la huella de dios -dios como conjunto de todas las existencias- que persigo es la huella que me lleve hasta el momento en el que -utilizo una metáfora- asuma que he de empezar a dejar determinados equipajes en sus lugares correspondientes? Imagina una calle muy larga y desnuda, extrarradio de la ciudad, que se pierde y tiembla a lo lejos víctima de la calima; imagina un sol feroz; imagina una calzada de dos direcciones con dos carriles por dirección; imagina un adoquinado cuadrado de hormigón gris que ha ido recogiendo el fuego del sol desde hace horas; imagíname a mí, sólo en la desolación de los asfaltos grises, bajo un cielo plomizo dominado por el astro que no soporta lo blanco ante él, cargado con una mochila a la espaldas, dos bolsas una colgada de cada hombro, una cartera en la mano derecha y el bastón con una bolsa de hipermercado en la mano izquierda. Imagina que he de avanzar por esa calle que no es sólo el escenario donde se desarrolla la acción sino la acción misma; imagina el peso de los fardos; imagina el alivio que supondría ir dejándolos, como hitos, a lo largo de esa atroz e interminable calle; imagina las formas posibles de ir aliviando el peso; quizás, al principio, por una cuestión de delicadeza (que tantas vidas se ha llevado por delante), iría sacando elementos de los fardos:
 

Ensayo poético

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 13/07/2026 a las 12:58 | Comentarios {0}



Desvelo el viento que nace de las entrañas y regurgita alientos que mueven materiales como un hule o un matorral; devano la madeja de este devenir que terminará inconcluso como suele darse en los asuntos planetarios; arrecia en mí la cartografía de los desastres, ya sea en mi rostro cuyas arrugas muestran la desolación del estío y los fríos del invierno en las alturas, ya sea en mis manos que empiezan a dolerse de haber sido; me desvelo en mis audacias y en mis iras; me devano por mantener mis rutinas; arrecia en mi derredor una sensación de derrota tan grande, una derrota que alcanza la expansión del universo, una derrota que corre por los aguas subterráneas y llega hasta los hogares por las tuberías y se bebe a sorbos cada mañana, una derrota cosmológica, una derrota teleológica, una derrota total; desvelo, a quien lo quiere ver, la habitación en la que se encuentra la cuna. No hay nadie en la habitación. Si nos fijáramos nos daríamos cuenta de que en los encuentros de los paños, justo en sus esquinas, flotan, leves, telarañas. Yo no os las señalaré. Mi corazón, bomba agostada, no soportaría el aluvión de sangre que esa explicación requeriría; si nos siguiéramos fijando veríamos asomos de cristal opaco en la ventana y por supuesto, al atardecer, cuando los últimos rayos del sol entran en la estancia, admiraríamos -prodigios de la nadería- partículas en suspensión. Visto lo general de la habitación de los niños, os llevaría ante la cuna cuyo interior se oculta a nuestra vista con un alcala beige. No os animaré a que lo descorráis. Mirar el interior puede provocar náuseas. Devano, por último, el extraño recorrido. Es cierto que a veces me detengo en un pasaje; también lo es que vuelvo a un lugar del recorrido y me ocurre que al llegar a él todo me parece distinto. ¿Emprendo la marcha? ¿Estoy detenido? Arrecian las sogas, amainan los cuellos. Eso es todo.
 

Ensayo poético

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 08/07/2026 a las 13:43 | Comentarios {0}



La reverberación llegó con el oído. Hasta entonces nada había vuelto, nada había re-vuelto. Fue despertarse y sentir la punzada y saber que desde ese momento en adelante la punzada sería el aviso de la ausencia. ¡Nunca lo habría supuesto! se decía restregándose aún los ojos mientras por el interior de los muros corría el agua a una velocidad pasmosa. ¿Había llegado el día? ¿Era esto lo que tanto temían los colegas del gremio? ¿Esto era de lo que se hablaba en voz baja como si no se quisiera mentar a la Parca o como si ésta fuera dura de oído y bastara hablar bajito para escapar a su influencia?
Se levantó. Fue al baño sin la urgencia de otros días. Fuera el silencio atronaba. Ni los pájaros cantaban. Sintió la punzada al poco de estar despierto, cuando estaba echando los restos del café del día anterior por el desagüe del fregadero. No se dijo nada. No se detuvo en su quehacer sino que continuó fiel a sí mismo y al miedo de especie a la muerte; se hizo, por lo tanto, el desayuno; se lo llevó en una bandeja hasta la salita y fue al untar con mantequilla la primera tostada cuando le vino una segunda punzada, ésta mucho más fuerte, mucho más intensa, hasta el punto que le cortó la respiración y le empujó a mirar por la ventana el almendro que se elevaba a más de quince metros del suelo y que mantenía un vigor propio de la primavera. No remitió el dolor que se le había incrustado hasta el fondo del hígado, donde los pensamientos bullían y armaban tal jaleo que hubo de llamar a sus perros  interiores para que callasen. No callaron. Había llegado, se decía -o decían los pensamientos que, cuales furias soltadas de sus yugos, se hubieran desparramado por todo su ser provocándole convulsiones y lamentos y suspiros tan hondos que la noche casi vuelve y pasa el día entre tormentos como smog-. Ingerir, se decía. Degustar, se decía. Mira, se decía, observa el sol, la fresca mañana y azul. Deja que la memoria ejerza su función. No luches contra ella. No sabrás nunca. No te refociles. No rebusques. No te hundas. Nadie dijo que esto fuera a ser fácil. Anularse. Darse por vencido. Entregarse a los brazos del mejor postor y dejar de sentir, ¡Por dios te lo pido -le rogaba una voz interior que parecía estar por encima de sí mismo-, deja de tener esperanza! La única esperanza sería que cambiaras y eso, bien lo sabes, no está en tu mano.
Fue entonces, de la mano de la palabra mano, cuando reverberó el vacío y de él fugaron, hacia un punto preciso de su horizonte, su presencia, el calor de su cuerpo, el mundo de las ideas, las soluciones complejas, el deseo insufrible, la contemplación serena, las ganas de amar, la aspiración de una alteración de la conciencia, la caricia, la sorpresa de una noche en la que su cuerpo se arrimó al suyo y ambos se dieron el calor justo; reverberó la infancia de sus hijos, las carreras por la playa, las olas del mar, el velero lejos, el farallón tan blanco, las ganas de saltar, el muérdago y el musgo, la contemplación de la erección de una ciudad sagrada, la escalada hasta un castillo en ruinas en cuya torre albarrana se apostaban defensores con los rostros cubiertos con yelmos obtenidos como botín en una incursión en el oriente; fue entonces cuando supo el horror vacui y la inutilidad del rezo y se aprestó a ser valiente una vez más por mucho que supiera, en el fondo de ese hígado asaeteado por pensamientos nefastos, que la valentía no es una condición de los valientes sino de los sanos. 
La escucha. Se acerca. Luego la niebla cubre sus entendederas y lo demás es tan sólo un ir dejando de hilar muy poco a poco, muy poco a poco...
 

Ensayo poético

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 03/06/2026 a las 11:48 | Comentarios {0}


Hay más luz cuando alguien habla. (Frase de un niño citada por Sigmund Freud).



Buscaba. Buscaba. Buscaba. Las voces se venían superponiendo unas a otras. Escuchaba y buscaba. Desde la mañana había sido la dinámica. Desde el fin del mundo había venido. No había venido remando. Había venido nadando. Brazada a brazada. Bocanada a bocanada. Buscaba la flor. La suerte buscaba mientras fuera, en la ionosfera se había escuchado el grito que había salido de las entrañas, del bajo vientre, por el ombligo el cual era hermoso como un cráter que acabara de formarse. Buscaba la esencia de este pasmo. Buscaba la atmósfera que le permitiera entender el ambiente en el que se encontraba. Buscaba las uñas que se había comido poco antes de sucumbir al mar.

La niña se concentra en las teclas del piano y con una suavidad impropia ataca un adagio que hunde para siempre la civilización occidental en las simas del dolor.

Buscaba esa esquina que un día le apartó para siempre de la recta vía, aquélla que desde el Oriente se venía afirmando como la forma segura de aceptar el destino. Pero él recordaba a la niña. Recordaba su dedos gordezuelos sobre las teclas. Recordaba las lágrimas que asaltaron sus ojos como si se hubiera producido un acontecimiento único: el descubrimiento de un dios, la mano que sana, el libro que mece, la pierna que avanza, el solo que fuga, la estrella que alumbra el camino de los camelleros, la larga jarcia de un velero, la espuma en la cresta de la ola, la voz que narra el evento, la lluvia que se escapó de entre sus axilas, la cuna que se lanzó al vacío, el descubrimiento instantáneo de la lentitud, la ventisca en el Polo Norte, el paso de Canadá, la cadencia de un intervalo, la gran llamarada, la derrota...

La acepto -se dijo-. Me arrodillo. Ya no quiero lamentarme más. Voy a mirar de frente mi carácter. Voy a asumir mi destino en este día de suerte. Las montañas se han rendido también. Ha sido tan emocionante asistir al derrumbamiento de las cimas que mis dientes se han mellado y mi lengua se ha cubierto de llagas y grietas como si el hablar fuera los cortes que un bisturí hiciera en la epidermis de un hombre obeso.
Se ha dicho: ¡Que muero!

La niña teclea con los ojos cerrados. Desde lejos parece una pianista adulta y menuda. Toda ella está envuelta en una penumbra con niebla. No pasarán más de diez segundos para que el francotirador le vuele la cabeza y sus dedos gordezuelos se detengan de golpe y suenen como final del adagio las notas que abarquen el choque de su frente contra ellas.

No volverá. No. Seguirá braceando hasta que no lo quede ni un gramo de glucosa en sus músculos y entonces, justo en ese momento, desde los fondos abisales surgirán los seres que se comerán hasta la médula de sus huesos.
 

Ensayo poético

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/04/2026 a las 16:01 | Comentarios {0}



Cruzadas las manos sobre el pecho, con la determinación de intentarlo una vez más, se ha sentado frente a la ventana y ha cantado hasta quedarse sin voz; la noche se hace eco de su desencuentro; hasta el parpadear de unas luces que se ven muy arriba, casi donde la atmósfera pierde su nombre, encierra la posible comparación de ese hecho -el brillo con parpadeo- con su alma cada día.

A veces se desata su ansia.

Quedarse dormido, de costado... para siempre.

Hoy que es un día cualquiera de un mes cualquiera en el cómputo de los hombres...

Esa, esa es la substancia. No hay otra. Aunque quisiera escalar el muro de los lamentos no podría substraerse a esa substancia que anida en él, que se cocina en él, a cada segundo, como una huella, fósil si quieres de tiempos que fueron, en todo caso, vividos.

¡Vamos! ¡Vamos, a las barricadas! Subamos por aquellas peñas y tomemos la posición. Sólo, recordad, son almas las que os esperan. ¡Matadlas! No dejéis ni una viva, que ardan como Fuegos de San Telmo en un océano del Septentrión. Porque yo vi la ardora en unas playas lusas una noche de agosto en la que aún creía en la amistad; porque sentí mi cuerpo fosfórico y llegué a pensar que la mano que me acariciaba era la que me cerraría los párpados por última vez.

La substancia contiene la esperanza. ¡Matadla! ¡Matadla!

Y vosotros, buenos machos, dormid con bragas de encaje, sentid en vuestros genitales la suavidad de la tela, acariciaos el periné como si fuera una suerte de coño que ha nacido bajo vuestros escrotos y gemid mientras os corréis pronunciando el nombre que supuso vuestra ruina.

Me quedé sin substancia. Habré de rellenarme. Hay todavía mucho que generar.

Amén.
 

Ensayo poético

Tags : Apuntes Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 18/03/2026 a las 20:14 | Comentarios {0}


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