Ha sido desplazarse. Sentirse por vez primera recorriendo el espacio y el tiempo a tal velocidad. Ha sido elevarse hacia una idea y declarar, ¡Lástima que no haya tenido fe!
Antes, como si fuera un islote, una piedra sin nombre en mitad de la mar, ha elevado una prez y ha querido gritar sólo que el espacio navegaba ligero y el tiempo se hacía diminuto y sus esfuerzos se olvidaban tan rápido como se ejecutaban. Morir no es esto, se dijo. Morir no puede consistir en ser consciente de morir.
Arreciaba el viento Bóreas, amigo de los dioses y enemigo de las mujeres -que se lo pregunten, si no me creen, a Oritía, una de las Hiacíntides, hija del rey ateniense Erecteo y de Praxitea-; ocurrió una mañana que la muchacha estaba danzando junto al río Iliso cuando fue raptada por Bóreas, el viento del Norte, hijo de Astreo y de Eos, que pertenece a la familia de los Titanes y que es conocido por su variabilidad y violencia de carácter; Bóreas, pues, se llevó a Oritia hasta Tracia, uniéndose allí a ella -por la fuerza de su fuerza- y haciéndola concebir dos hijos, Zetes y Calais, a los que llamaron los Boréadas y que alcanzaron fama participando en la expedición de los Argonautas- y dos hijas, Quione y Cleopatra. Arreciaba ese viento, decía, cruel y violento, el día en el que el islote que era tan sólo un peñasco en mitad de la mar, se preguntó por qué a él Dios no le había otorgado ni una miajita de fe. Fe, se decía, para aceptar ser peñasco en la mar, sin nada de vida en sus entrañas, sin cercanía con puerto alguno, aislada isla sin nada más que arcilla que ofrecer, una arcilla buena para el cutis, pero no milagrosa, pero no alcanzable, nunca untada en piel alguna ni humana ni animal; tan sólo el islote conocía sus propias propiedades.
28 de mayo de 1954. La Toscana.
Me quedaría sin alma si no lo hiciera. Es tan sinuoso el camino. Aún estoy en él y siempre temo. Ahora son los pájaros y el ladrido lejano de un solo perro. El avión pasa y se dirige. Siento que el invierno llega; me quedaría sin alma si no produjera algo: un pensamiento escrito con cierta destreza. La extraña relación de esta paz con un suceso violento ocurrido horas antes. Liban insectos la salvia que se encuentra frente a mi ventana. Sólo que yo ahora estoy fuera. Es la primera vez que escribo desde mi jardín. Ha sido de repente. Me he calzado. He cogido la parte superior de la sombrilla que guardo en un rincón del cuarto de baño durante el invierno. Cantan los pájaros. Se ha ido el rugido de un motor a combustión. Con la parte superior de la sombrilla he salido al jardín. He subido los siete peldaños que culminan en una pequeña plataforma de unos cinco metros cuadrados. He cogido la base de la sombrilla. La he colocado en vertical. Durante el invierno tengo la base inclinada para que las lluvias resbalen y no se queden atascadas y pútridas en el tubo. He colocado la sombrilla. He ido hasta el cobertizo. He sacado la mesa del jardín y las dos sillas. Me ha llevado un rato montar la mesa. He colocado la sombrilla para que la sombra cayera sobre la mesa y la silla. He recordado entonces que necesitaba un pantalón corto ahora que el verano ha llegado. La casa en la que vivo es pequeña y he tenido que dejar varias cajas sin abrir en el cobertizo. Sólo tenía acceso fácil a una de ellas y ha querido el destino que fuera justo en ella donde estuviera el pantalón y además he encontrado -de nuevo las Moiras me honran con su favor- otro también muy ligero y que me trae grato recuerdo: con ellos puestos tuve entre mis brazos por primera vez a L.. He ido a por mis trastos de trabajar al estudio y me he puesto a escribir. Por primera vez, escribía, por primera en casi tres años, me he puesto a escribir en el jardín. Las campanas de la iglesia dan las ocho y resuenan los golpes de alguien que sacude algo. Así pasa la vida. Tras haber estado en la ciudad y haber sido escupido por un incidente banal. Seguimos en el Neolítico. Sedentarios y cazadores las neurosis campan por sus respetos. Desde que descubrimos la muerte nos volvimos sagrados. Suena una máquina y un chavalillo grita. Probablemente está con el padre haciendo alguna tarea. Cae la tarde. La alquimia alcanza los márgenes del valle. Por aquí anduvieron los neandertales, aquéllos primeros que conmemoraron la ausencia. La probabilidad me permite asegurar que mis pies han hollado la huella de mi antepasado quizás un día cuando caminábamos -los perros y yo- por el camino que llaman de la Cima del Pezón y hubo un momento en el que los tres nos quedamos callados y quietos como si una turba de espectros lejanísimos se acercara corriendo para cercar al bisonte. Las rocas son las únicas que saben la verdad.
Narrativa
Tags : Escritos de Isaac Alexander Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 28/05/2026 a las 19:33 |
Capítulo del Libro de las soledades escrito por Isaac Alexander
In memoriam N.
¡Qué cruel constancia se delata! ¡Desde que el perro de Stan Carr lamió por primera vez la mano de su amo! ¿Cómo no mirar las nubes que van invadiendo el cielo? ¿Cómo no sentir la inmensidad de la nadería que somos? La existencia. Los abrojos en los campos de cultivo. El fuego que todo lo devasta. El agua que todo lo pudre. La mirada atenta del depredador. El otro mundo de los insectos. ¡Y los peces! ¡Los peces! Esas presiones. Las densidades. ¡Todos esos estímulos en nuestras fibras nerviosas mientras la vida aparece y desaparece en todas partes y a la vez! Alguien camina por un polígono a las afueras de León mientras al otro lado del mundo surfean las olas unas muchachas australianas que luego comerán langosta en un chiringuito de la playa; una langosta que esa mañana barría con sus antenas el fondo marino dispuesta a sobrevivir un día más. Las redes. La visión por los ojos. Ya no, querida mía, tú ya no. Ahora hay que hacer de tripas corazón. Morderse la lengua si hace falta. Ponerse la máscara correcta. Acudir sin pompa al ceremonial. Así son las cosas. Así son desde hace demasiado tiempo: aún no aprendimos a despreciar la vida y a ignorar la muerte, como ya lo aprendieron todos los demás seres vivos del planeta.
Hace una mañana fría. Reposa a mis pies un piano. La cima de la montaña se ciñe una corona de nieve. No he visto a los pájaros. No los he escuchado. Esa es la constancia. La crueldad en toda su magnitud. A lo lejos ladran. Se informan. A alguien, ahora, le urge algo tanto que está a punto de tener un accidente mientras que a dos manzanas una joven está haciendo la compra en un hipermercado, en alta mar un marinero recoge los aparejos y recuerda a un amigo el cual, en ese mismo momento, termina de instalar un router en una casa aislada, en mitad de un bosque hasta donde llegó, por cauces irregulares, la fibra óptica; sueña una gata sobre un tejado de placas solares; muere un azor por las aspas de un molino, juegan dos parejas al pádel cerca de Rosario. No te cuento más: lo otro, como todos, lo sabes.
Narrativa
Tags : Escritos de Isaac Alexander Libro de las soledades Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/01/2026 a las 14:26 |Aires
Déjame las manos prietas. Déjame mirarte como en aquel noviembre de 1960.
No podré hacer un salto. Me quedaré un rato concentrado en la la loca de la casa, no me reiré de ella, no me hace puta gracia; la miraré como mira el entomólogo la metamorfosis del insecto. (Baja la voz. Adopta su cara un gesto cómplice) La mente es un insecto que se olvidó de cambiar.
Lo beberé todo. Nada me dejaré dentro. Sacaré toda esta vida que arranca lejos cuando el color aún no se veía y el caldo hervía y no existía la idea de membrana. Fluir todo fluía. Vivir nada vivía. Sin vida no hay mirada.
Narrativa
Tags : Rapsodia en noviembre Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 01/11/2025 a las 20:43 |En el principio, cuando el cielo estaba muy cerca de la tierra, Dios otorgó a la pareja primordial sus dones, haciendo que éstos descendieran hasta ellos colgados al extremo de una cuerda. Un día les envió una piedra, pero los antepasados sintieron a la vez sorpresa y descontento, por lo que se negaron a recogerla. Poco tiempo después, Dios hizo descender de nuevo la cuerda; esta vez traía una banana, que fue inmediatamente bien recibida. Entonces oyeron los antepasados la voz del Creador: "Por haber preferido la banana, vuestra vida será como la vida de este fruto. Si hubierais elegido la piedra, vuestra vida hubiera sido como la existencia de la piedra, inmutable e inmortal".
Narrativa
Tags : Mitologías Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 30/10/2025 a las 20:38 |
Ventanas
Seriales
Archivo 2009
Cuentecillos
Escritos de Isaac Alexander
Fantasmagorías
Meditación sobre las formas de interpretar
¿De Isaac Alexander?
Libro de las soledades
Colección
Apuntes
Archivo 2008
La Solución
Reflexiones para antes de morir
Aforismos
Haiku
Recuerdos
Reflexiones que Olmo Z. le escribe a su mujer en plena crisis
Sobre las creencias
Olmo Dos Mil Veintidós
El mes de noviembre
Listas
Jardines en el bolsillo
Olmo Z. ¿2024?
Saturnales
Agosto 2013
Sobre la verdad
Citas del mes de mayo
Rapsodia en noviembre
Reflexiones
Sincerada
Mosquita muerta
Marea
Sinonimias
El Brillante
El viaje
No fabularé
Cartas a mi padre
El espejo
Desenlace
Perdido en la mudanza (lost in translation?)
Velocidad de escape
La mujer de las areolas doradas
La Clerc
Derivas
Biopolítica
Lecturas en alta voz
Asturias
Sobre la música
Carta a una desconocida
Las manos
Tasador de bibliotecas
Archives
Últimas Entradas
Enlaces
© 2008, 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015, 2016, 2017, 2018, 2019, 2020, 2021, 2022, 2023, 2024, 2025 y 2026 de Fernando García-Loygorri, salvo las citas, que son propiedad de sus autores
Narrativa
Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 07/06/2026 a las 20:10 |