Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Paisaje rocoso de Ramón Martí i Alsina 1887
Paisaje rocoso de Ramón Martí i Alsina 1887
Hasta la camilla la respiración se alienta y se repite el mantra que un verano, un verano de mil novecientos ochenta... un verano de mil novecientos ochenta... color azul de Mediterráneo... cueva junto a la playa... la cala... lo que nunca debe de volver aunque a veces si quisiera, sí lo quisiera... oír nuevo a John Coltrane en su A love supreme o volver a las novelas, las de los escritores hispanoamericanos de los 50, los 60 y los 70... hasta la camilla el olor del anestésico local le parece lejano y piensa que los colores fríos de los tubos de neón, lo azul No-Mediterráneo... está seguro de que no se le meterá hasta lo oscuro del alma, hasta la Sombra de sí por donde Jung revolotea y Alice Miller quisiera mostrarse tenaz y extraer... extraer el Mal... en la espera todo se resuelve en un instante... es un instante vivir y por lo tanto el dolor es aún menos que el instante de la vida... en la espera la realidad futura se hace inmensa, incapaz como es de asumir que el futuro no es... porque las manos arden un poco... porque los pasos con tacón no le resultan atractivos y escucha al hombre que intervendrá en sus ojos minutos antes... minutos antes... son todos tan jóvenes... hay un deseo de osadía, de llegar hasta el límite de los propios conocimientos... cuerpo de seda... embrión 1... la noche estrellada... hasta el inicio de las gotas el mantra parece funcionar, cuerda vibrada, alta física de nuestros abuelos... sabe que al final todo estallará en su cabeza y la aguja en el ojo no será más que una parte, mínima, del Gran Malestar... no más... no más... no más amor... no más... love loves to love love....  la carretera otra vez como símbolo de una dirección... la casa derruida... un verano de mil novecientos ochenta... en la habitación del piso superior un columpio... la luna desde el columpio de la habitación del piso superior... en la camilla la sudoración del miedo... la soledad... el esfuerzo de recordar el olor del musgo en el invierno... en el invierno... en el invierno... necesitaría las manos dispuestas... el corazón necesitaría dispuesto y que los pulmones acapararán menos aire del necesario... las manos necesitaría... agarrar con la manos el aire sobrante... el aire que los pulmones desecharon... su corazón late y lanza al torrente el líquido de la vergüenza... la Sombra... la Sombra... está ahí, se dice... baila... baila... baila... ha dicho: no, no me caigo a menudo... baila al compás imposible de un tema de Coltrane... cuando disfrutaba de Coltrane... cuando disfrutaba con los juegos de la imaginación... cuando subía la montaña porque iba a conquistar el castillo... en la camilla... la cara cubierta... un ojo al aire... el ojo ciego por el pecado de Eva de haber creado a Adán... ¡No fuiste tú, Lilith!... Tú no, Lilith... Tú no, Lilith... Tú no, Lilith... de la costilla de Eva... del coño de Eva... desde algún lugar del cuerpo de Eva... Tú no, Lilith.... tú solo te follabas los demonios... Vete Lilith, no es ti a quien convoca el ojo ciego que corresponde a un cuerpo tumbado en una camilla un doce de noviembre del año dos mil diecienueve según cuentas gregorianas... así es que camina tuerto sin ser rey de nada... no había país de ciegos... para sí se decía aquel verano de mil novecientos ochenta, aquel verano de mil novecientos ochenta, el columpio en la habitación vacía del piso superior desde el que se podía ver la luna en el vaivén... para sí se decía... sí, se decía... sí, lo decía para sí... no muy bajo para sí... podría parecer un loco hablando para sí...no muy bajo... para sí... 

Narrativa

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 13/11/2019 a las 17:58 | {0} Comentarios


¿Boxeadoras en un tejado?
¿Boxeadoras en un tejado?
...desaparecía extrañamente; desaparecía el camino; cada pedazo de tierra disuelto en una niebla blanca. Ceguera blanca. Colmillo de ceguera blanca; melancolía de la leche aire; un bajo que persigue con su gravedad la no vista, niebla blanca en la noche negra; un piano, sí, un piano con las teclas invertidas (las negras blancas, las blancas negras); cae rayo negro en superficie blanca; se ve el graznido del cuervo, blanco gris de madrugada; blanca la ceguera otoñal; puertas blancas en el alba; manos que se mueven inquietas bajo una falda, la falda del mantel de una mesa camilla en Australia, hacia 1876; coincidencias; el perro cerrado en la habitación fría; espera una comedia a ser diseccionada y susurra la ceguera blanca un melisma viejo como la creencia en los dioses; son cantos de los algodonales; son caras marcadas por la esclavitud; son sfumatos... Leonardo, sé cruel y sácame un ojo cuando mañana las salves a la virgen se diluyan en el líquido germinal o en la nata de la leche de vaca; que sube la ceguera blanca; que aúlla la ceguera blanca; que la ceguera blanca se llena de puntitos negros y la almohada tiene algo -muy poco- de caricia de maîtresse. Llueve lluvia de oro sobre la ceguera blanca; llueven óvulos sobre la espalda mientras el caballo se deja crecer las alas para despegar del mundo hasta que éste quede convertido en territorio de águila; aguijones de abejas blancas; prendas blancas de lutos lejanos; no se queja el niño que hace de lazarillo a la ribera del Tormes ni resuena el eco gracioso y brutal de un donaire de Quevedo; sobre la marcha fúnebre la ceguera blanca; entre bambalinas la ceguera blanca; tras el sueño la mañana blanca como su ceguera y la cigüeña y la melodía y la arena de la playa venteada de blanco y el traje de la novia y la espada del guerrero y la labor de tresbolillo y el cincel que lamina el mármol y la propia lámina blanca y al aire de noviembre y el suelo de noviembre y el infierno de noviembre y los lobos de noviembre y las escobillas pasando suavemente por el platillo en las baterías de noviembre; cegueras blancas, algodones sin luz...

Narrativa

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 11/11/2019 a las 18:50 | {0} Comentarios


Desnudo reclinado de Toulouse-Lautrec 1897
Desnudo reclinado de Toulouse-Lautrec 1897
Yo soy Satie y estoy componiendo Les gymnopédies. Es una tarde de noviembre y en París la lluvia cae torva como la mirada de las monjas cuando un hombre fija su mirada en sus senos; la tristeza no tiene lugar, compongo triste pero estoy serio y apenas si me importa lo que suena sino cómo suena y si las suspensiones que se producen entre las notas alcanzan a lo que mi imaginación quisiera. Yo soy Satie por mucho que nunca sea Satie; quien nunca seré será Paul Claudel ni aunque un daimon revestido de duende me jurara que si aceptaba ser Claudel podría escribir de un tirón Le soulier de satin. No quisiera estar en el cuerpo de ese fascista santurrón de mierda; no podría soportar abandonar a mi hermana Camille –que era una mirada esculpida en la mirada de la Diosa; que era el órgano esencial de la poesía; que era el cincel que perdura a lo largo de los siglos y que incorpora, extrañamente, la solemnidad de la locura en sus bronces- y dejarla morir olvidada y dejarla enterrar teniendo como única comitiva fúnebre a los empleados del manicomio en la que su hermano Paul la encerró y en el que murió sola, loca, esculpiendo el aire con su boca, absorta; no, jamás quisiera ser Paul Claudel. Sí Satie. Soy Satie y sé mirar el cielo que hoy al mediodía se mostraba imponente sobre los tejados del mundo: un cielo de nubes preñadas que pintaban las aguas de un pantano de un rabioso color plata.
La noche se acerca. Tiembla Paris. A lo lejos se levanta el monasterio de El Escorial donde, en su biblioteca, sostenido por la gorguera, un rey taimado lee un Libro de las Horas -quizás el del Duque de Berry-. Son los pabilos ardientes de las velas quienes me dictan las notas de la troisiéme gymnopédie y callo cuando observo que una salamandra huye del rey pegada a las paredes, camina y para, continúa y se detiene, respira hondo porque teme; llega al aire libre donde ningún halcón la espera.
Ahora encadeno tresillos; ahora se vislumbra a una mujer en su buhardilla; algunas noches la sombra de su figura se refleja en la pared del fondo de su habitación; con unos indiscretos miro su sombra que se lava bajo las axilas y luego, apenas una ligera variación en los infinitos del gris, se pone un camisón que ha de ser de tela ligera como el vuelo de la golondrina cuando llegue la primavera.
Soy Satie y no sueño.
Soy Satie y no rezo.
Llegará la aurora y seguiré componiendo. No voy a odiar a nadie esta noche. Con la manta por encima de los muslos, el calor se queda sobre mí; con el echarpe sobre los hombros puedo mover los brazos sin dolor. Mientras tecleo pienso, Sarabande; mientras me embeleso pienso, Grand Ballet; mientras me observo pienso, Le Tableau de l’opération de la taille. Soy Satie, Chaconne en rondeau.

Narrativa

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 05/11/2019 a las 21:32 | {0} Comentarios


A Julia, memoria viva


Encantamiento de Gao Xingjian 1940
Encantamiento de Gao Xingjian 1940
No sabe cómo decirte, cómo llegar hasta ti que te estás pudriendo aéreamente, ligera como la brisa de una mañana de primavera. Se produce ahora la muerte de la naturaleza y en poco tiempo -porque el tiempo de la vida es breve- todo reverdecerá y muchos ya no estarán para verlo. La vida se desentiende -y es sabio- de los deseos así como ocurre que el perro no sabe si la serpiente con la que juega habrá de inocularle el veneno que le llevará a dejar de respirar. Ser consciente de los miedos también es estar vivo y alguno dice que tan sólo se muere cuando se deja de ser necesario. Por lo tanto, te dice, sigues viva aunque te pudras en lo alto de tu nicho, en uno de los grandes cementerios de la ciudad, en el de las gentes humildes y ateas.
Él sigue aquí y debes saber -piensa- que la cizaña que le quiso meter la vieja zorra, ya no tiene efecto; es como si -experta herbetrice- hubiera descubierto el antídoto de la cicuta y ahora pudiera tomarla como si fuera aire de sierra, sal de mar, fruto de huerto y continúa pensando en ti buena y justa y recuerda cómo untabas el tomate en el pan en aquellas tardes tras el colegio o como recogías el embozo de las sábanas bajo la almohada antes de irte a tu casa -tan lejana tu casa, en el barrio obrero de Vallecas, en los años sesenta y setenta; aquellos años de los viejos vagones de metro donde aún había carteles que obligaban a dejar los asientos a los caballeros mutilados de la última guerra, que olían a madera podrida y tenían el traqueteo de los viejos trenes -los Rápidos- tan lentos porque paraban en todas y cada una de las estaciones para recoger algo que apenas hoy se estila que es el correo- y tras habernos alimentado con tu sana y robusta cocina manchega. No, la cizaña de la vieja zorra -la cual debe de estar purgando sus pecados en el infierno y su infierno será no poder contemplar jamás al único hombre que amó- ya no surte efecto y te vuelve a mirar y te vuelve a recordar como aquella mujer que temía el agua sobre su cabeza o que recordaba mientras freía unas albondiguillas cómo llegó a Madrid, en plena contienda civil, en un motocarro que repartía periódicos revolucionarios, ella tras los hatos, siendo una joven hermosa y brava como lo fueron tantas y tantas milicianas. Luego, un día, siendo él ya joven, le habló ella del silencio y el terror de la posguerra; le habló de un frío constante  y de eso que tan pronto se olvida de las dictaduras: la desconfianza para con el vecino.
No has muerto, Julia -piensa el muchacho que ya es un hombre mayor- porque tú eres la memoria de unos tiempos que, respondiendo al péndulo monótono de la historia, vuelven y aterran y nos hacen pensar que si aún nos queda un ápice de coraje, habrá que lanzarse una vez más a las calles para gritar de nuevo un ¡No Pasarán! aunque tú y él sepáis que como entonces ¡vaya si pasarán! Hasta entonces seguirá ejerciendo su deber de escribir y pensar desde la libertad que él mismo se permita y cuando llegue el próximo monstruo te sonreirá porque sabrá que aún con todo hubo seres humanos como ella que supieron rodear la desdicha sin caer en sus garras.
 

Narrativa

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 31/10/2019 a las 19:21 | {0} Comentarios


Ayer, al caer la noche sobre el camino, descubrió en una huella de mamífero el rastro de una lombriz. De inmediato un murciélago empezó a revolotear sobre su cabeza -y por ende sobre la tierra del camino- y dedujo que los nombres y los verbos son menos manipulables que los adjetivos. No le dio más importancia al pensamiento. Quería seguir caminando junto a su perra que estaba muy cansada tras haber corrido arriba y abajo en su afán por atrapar una pelota de tenis. El silencio le decía demasiadas cosas. Le venía a la cabeza la definición que al alma daba Teresa de Ávila, La loca de la casa la llamaba. El silencio le susurró que lo que entonces se llamaba alma ahora se llama mente y que los científicos no hacen sino lo que hacían los viejos sacerdotes de la ciudad-hierática de Uruk: ser los mediadores entre el macrocosmos de los Universos y los Dioses y el microcosmos de un hombre.
Se había levantado una brisa que quizá estuviera anunciando el final del verano. Temió que al llegar a su casa -que estaba en un pueblo pobre entre gentes humildes- el ruido la llagara hasta el extremo de dejarla triste. Echó cuentas y dedujo que aún no estaba premenstrual y que por lo tanto esa nostalgia que sentía por el mar, esa sensación de distancia que le llegaba a doler no tenía que ver con el estado que solía acecharle cuando el útero exigía ser vaciado. Ojalá lloviera, pensó y colocó las palmas de las manos hacia arriba como si con ese gesto, que es el gesto universal de la plegaria, pudiera provocar el conciliábulo de las nubes sobre su cabeza. No ocurrió así. El aire, sin embargo, olía a petricor -la sangre de las piedras- y dedujo que quizás en las cimas de las montañas, hacía apenas unos minutos, había caído un chaparrón y los buenos alisios habían transportado hasta ella esa sensación húmeda que provoca el olor de la tierra recién mojada por la lluvia tras tantos meses seca. Su perra se animó con el olor y movió el rabo delante de ella. Ambas rieron -o para no sobrepasar lo real: ella rió y la perra pareció hacerlo-. Entre la maleza se escuchó una carrera. Llegaron al principio del camino donde ella había aparcado el coche y cuando tomó la carretera que le llevaría hasta su pueblo, empezó a llorar como si sintiera por primera vez en su cuerpo la palabra congoja.
La mer orangeuse de Gustave Courbet
La mer orangeuse de Gustave Courbet

Narrativa

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 20/08/2019 a las 17:42 | {0} Comentarios


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