28 de mayo de 1954. La Toscana.
Me quedaría sin alma si no lo hiciera. Es tan sinuoso el camino. Aún estoy en él y siempre temo. Ahora son los pájaros y el ladrido lejano de un solo perro. El avión pasa y se dirige. Siento que el invierno llega; me quedaría sin alma si no produjera algo: un pensamiento escrito con cierta destreza. La extraña relación de esta paz con un suceso violento ocurrido horas antes. Liban insectos la salvia que se encuentra frente a mi ventana. Sólo que yo ahora estoy fuera. Es la primera vez que escribo desde mi jardín. Ha sido de repente. Me he calzado. He cogido la parte superior de la sombrilla que guardo en un rincón del cuarto de baño durante el invierno. Cantan los pájaros. Se ha ido el rugido de un motor a combustión. Con la parte superior de la sombrilla he salido al jardín. He subido los siete peldaños que culminan en una pequeña plataforma de unos cinco metros cuadrados. He cogido la base de la sombrilla. La he colocado en vertical. Durante el invierno tengo la base inclinada para que las lluvias resbalen y no se queden atascadas y pútridas en el tubo. He colocado la sombrilla. He ido hasta el cobertizo. He sacado la mesa del jardín y las dos sillas. Me ha llevado un rato montar la mesa. He colocado la sombrilla para que la sombra cayera sobre la mesa y la silla. He recordado entonces que necesitaba un pantalón corto ahora que el verano ha llegado. La casa en la que vivo es pequeña y he tenido que dejar varias cajas sin abrir en el cobertizo. Sólo tenía acceso fácil a una de ellas y ha querido el destino que fuera justo en ella donde estuviera el pantalón y además he encontrado -de nuevo las Moiras me honran con su favor- otro también muy ligero y que me trae grato recuerdo: con ellos puestos tuve entre mis brazos por primera vez a L.. He ido a por mis trastos de trabajar al estudio y me he puesto a escribir. Por primera vez, escribía, por primera en casi tres años, me he puesto a escribir en el jardín. Las campanas de la iglesia dan las ocho y resuenan los golpes de alguien que sacude algo. Así pasa la vida. Tras haber estado en la ciudad y haber sido escupido por un incidente banal. Seguimos en el Neolítico. Sedentarios y cazadores las neurosis campan por sus respetos. Desde que descubrimos la muerte nos volvimos sagrados. Suena una máquina y un chavalillo grita. Probablemente está con el padre haciendo alguna tarea. Cae la tarde. La alquimia alcanza los márgenes del valle. Por aquí anduvieron los neandertales, aquéllos primeros que conmemoraron la ausencia. La probabilidad me permite asegurar que mis pies han hollado la huella de mi antepasado quizás un día cuando caminábamos -los perros y yo- por el camino que llaman de la Cima del Pezón y hubo un momento en el que los tres nos quedamos callados y quietos como si una turba de espectros lejanísimos se acercara corriendo para cercar al bisonte. Las rocas son las únicas que saben la verdad.
Monólogo
El Actor: un viejo dios soberano... justo de eso... puedo hurgar en esa llaga... los dioses vencidos... los dioses muertos... irme a los albores... es una estepa con un solo árbol... podría mirarme en el espejo y ver el rostro que he visto hace un rato. Todavía hacía sol. Ese dios amarillo y redondo... podría acunarme en las historias primordiales que tienen algo de sueño... de sueño de niño que ya recuerda los sueños... salir ahí fuera, una noche más, asido a las luces y al vestuario... hablar de esos dioses que hacían camino junto a nosotros y aún antes... mucho antes de fijar la verdad en la memoria... hay una gruta. Hay un fuego que se mantiene a costa de vidas si es necesario. Hay unas lanzas. Hay un riesgo que ya sabemos lo que significa. No sabemos que el coito lleva a la gestación. Las diosas. Los dioses eran ellas. Hubo un miedo y un mujericidio que acabó con su magia e inauguró la edad de la fuerza ... esos dioses, como Poseidón... o ésos más allá, a eones de distancia, antes del Tiempo, antes del Espacio que son pura ausencia, absoluta ignorancia, creadores por generación espontánea... No podría ir más lejos. No me atrevo. Vislumbro a penas el fracaso. Siento el aliento de la oscuridad que enfrente de mí respira... hablaría de la sensación de pasmo... hablaría de un lugar para vivir y del silencio inmisericorde al que se ven abismados cuando repelen y son cedidos como muebles inútiles en un mundo funcional... me atrevería... lo aseguro... poco antes de salir... me atrevería, lo juro. Ya lo he hecho antes. Me he enfrentado a ello varias veces. Una vez pude elegir entre partir un brazo o enfrentarme otra vez a ello y elegí enfrentarme. No quiero decir mucho más con eso... de dioses en las últimas... de los hermosísimos textos que se les dedicaron... la lluvia amarilla, el solsticio de invierno, el nacimiento del Buda, La Vaquería-Templo... los dioses muertos y resucitados. De ellos hablaría tanto. O de una montaña sagrada, Ida, o cualquiera otra, aunque Ida sea un monte pero tenga alma de montaña... hablaría de lo ctónico, de lo que se asienta y pesa y adquiere la densidad suficiente para nombrarlo... la noche está brava... Yo me erguiría ante mis muertos y les preguntaría... saber si ellos también... Si esta noche llamaran a la puerta y apareciera un perro al que llamara Ego...
Cuentecillo teatral
- No hay cascarón más vacío. Así me expreso.
- Como el café, desde luego, desde luego...
- No querría parecer desagradecido.
- ¿Y lo es? A mí esa cuestión me parece mucho más interesante. Me llevaría incluso, si usted desarrollara, me llevaría, digo, a un estado de pura exaltación sexual.
- ¡Qué gran unión!
- ¡Qué gran patria! añado. Porque entonces se juntan los sufrimientos venales con los verdaderos. El cielo se convierte en infierno y me suda el coño lo que pueda pasar después. Los verdaderos, he dicho...
- En efecto, lo has dicho.
- Y tú quedas ahí, como un pasmarote. Digo los verdaderos y tú los das por hechos. Despierta, por el ángel cariacontecido te lo pido. Despierta. Ponme en duda o ponme mirando a Cuenca pero ponme, que yo sienta sangre que corre por tus venas, torrentes rojos perfectamente encauzados.
- ¡Asesina de niños! ¡Rompehuevos! ¡Maldita sea la hora en la que nos encontramos por el caminito del Rey, cuando caía el sol y se levantaba una brisa de verano que olía a higos y tomillo! ¡Maldita sea tu estampa! ¡Así se te pudran los dientes para que nunca más puedas volver a sonreír y se acuñen en tus mejillas los hoyuelos que parecen los brocales de los pozos en los que la Doncella bebió! ¡Que no te quiero ver nunca más! ¡Mala conciencia!
- No te vale y lo sabes. No es suficiente. Prevengo una catarata de aceite de oliva. Roo los huesecillos. Se afilan mis dientes y por dentro, cuando te pienso, se remueve una víscera que vaga sin nombre por los alrededores del páncreas. No nos digamos más maldades. No nos maldigamos más. La noche llegará pronto y vendrán los ausentes a visitarte. Llamarán a tu puerta. Entrarán muy despacio.
- ¡Calla!
- Se pondrán tras de ti. Te rodearán, incauto, lo sabes. Te rodearán y pondrán sus manos sobre tus hombros sobre los que se elevará una gran torre a la que bautizarán con tu nombre el cual, vencido, se convertirá en piedra. No me mires así. No me das pena.
- ¡Calla, por los santos maravedís que no huelen a orín! ¡Calla por el suelo de pinocha en el que nos reímos hasta que nos dolieron las plantas de los pies! Insisto: no hay cascarón más vacío. Y añado: se me perdieron los labios y no sé dónde.
- ¿Me tendrás esta noche?
- Todas.
- Tan lejos llegará el espejo.
- Coge la mano y véndela al mejor postor.
- Vanidoso.
- Vanidades.
Teatro
Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 11/05/2026 a las 18:46 |La suma de todas sus virtudes se vieron reducidas a cero -para parientes, amigos, vecinos y miembros de la Obra- el día en el que Vivria Soloz se desnudó en lo alto de la cima y se pegó una ráfaga de cien tiros metiéndose el cañón de su arma de repetición por el coño. Su cuerpo quedó hecho pedazos. Hasta le saltaron de sus cuencas los ojos. Ni su marido ni sus diecisiete hijos ni por supuesto su director espiritual acudieron al sepelio que, por expreso deseo del cónyuge, se hizo fuera de sagrado. El Opus les dio la espalda. El director espiritual que tantas buenas viandas había comido en su casa, hechas con todo el amor por su esclava favorita -lo de esclava dicho, por supuesto, de forma católicamente cariñosa y perversa-, repudió a la suicida y más aún por la forma obscena que había elegido para matarse y aseguró que maldeciría a cualquiera de sus descendientes con el que se encontrara desde ese momento en adelante, incluso aunque fuera una casualidad, que la casualidad, sentenció, siempre es obra del diablo. Nadie volvió a pronunciar su nombre aunque se dice que el decimocuarto de sus hijos, un suavón de tomo y lomo según cuchicheaban parientes, amigos, vecinos y miembros de la Obra, lo pronunciaba en voz baja todos los domingos cuando se levantaba antes del amanecer y subía hasta la cima y se sentaba en la tierra y se la comía de a poquitos porque, pensaba, algo tomaría del cuerpo y la sangre de la muerta. Amén.
Cuento
Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/05/2026 a las 18:40 |BELLEZA (2)
Dos ejemplos de belleza:
Ejemplo 1: Los ainus de las islas del norte de Japón -Hokkaido, Sajalín y Kuriles-, que antaño ocuparon el norte de la isla principal de Honshu, constituyen un problema fascinante para la ciencia de la antropología porque aunque su forma corporal es similar a la de los japoneses y ocho mil kilómetros los separan de la población nativa blanca más cercana, su piel es blanca, sus ojos caucásicos y su pelo ondulado y abundante. Se les ha llamado el pueblo más peludo de la tierra, si bien no lo son más que muchos mujiks rusos. Es cierto que sus orgullosos y vigorosos jefes, muy barbudos, de nariz ancha, cejas espesas y ojos vivos, se parecen mucho al autor de Guerra y Paz o a la idea que tiene un niño de Santa Claus, mientras que sus mujeres, muchas de las cuales son chamanes, han embellecido sus encantos naturales con garbosos bigotes azul pizarra, tatuados sobre el labio superior a la edad de trece años con el fin de hacerlas deseables para el matrimonio. El profesor A.L. Kroeber clasifica a esta raza, compuesta por unos dieciséis mil individuos, como un "tipo caucasiano generalizado o mongoloide divergente" -si a esto se le puede llamar clasificación-, pero A. C. Haddon nos dice con más confianza que "sin duda son las reliquias de un movimiento hacia el este de un antiguo grupo mesocefálico [de cabeza redonda] de cimotricos blancos [gente de pelo ondulado, en contraste con los leiotricos, de pelo liso, y los ulótricos, de pelo rizado], que no han dejado otros representantes en Asia". Su lengua está sin clasificar y al parecer es única, aunque uno de los componentes más arcaicos del japonés debe de haber sido un dialecto del mismo tronco. Además, algunas de las formas básicas de su mitología y ritos permiten establecer una estrecha comparación con el sintoísmo.
Los ainus son seminómadas, pescadores paleosiberianos y cazadores, pero también plantadores neolíticos con la maravillosa idea de que las excelencias del mundo de los hombres son tan superiores a las del mundo de los dioses que a las deidades les gusta venir aquí a visitarnos. En tales ocasiones van disfrazados. Los animales, pájaros, insectos y peces son los dioses visitantes: el oso es un dios de la montaña; el mochuelo de la aldea; el delfín del mar. Los árboles son asimismo dioses en la tierra, e incluso las herramientas de los hombres se convierten en dioses si se hacen del modo adecuado. Por ejemplo las espadas y armas pueden ser dioses y llevar una como guardiana da fuerza. Pero entre todos ellos, el visitante divino más importante es el oso [...]. Extracto de Las máscaras de Dios. Mitología primitiva. Volumen I. Joseph Campbell.
Ejemplo 2º: Va con Manuel al trabajo. Antes tiene que dejar a Nilo, su perro, en casa de unos amigos de Manuel a los que él no conoce. No le hace ninguna gracia tenerlo que dejar allí. No tiene más remedio. Lo deja. Manuel y él van camino del metro. Bajan las escaleras. Cuando él va a pasar su billete por el torno, se da cuenta de que no lo tiene y está seguro que se lo ha dejado en la casa donde está Nilo. Vuelve. Entra en la casa (como si la puerta de ese sitio estuviera siempre abierta), abre la puerta del dormitorio y allí, en la penumbra, se encuentra una pareja durmiendo, dos perros muy grandes a sus pies y Nilo en el suelo, a un lado de la cama. Cuando Nilo lo ve, se vuelve loco de contento, se le echa encima, mueve el rabo; el hombre se despierta. Tan sólo le mira y se vuelve a dormir. La mujer no se mueve. Él le dice a Nilo que no se preocupe, que en un par de horas volverá y se irán para casa. Él se marcha. Nilo se queda sentado en la habitación y lo acepta.
Ya en el lugar de trabajo -una Fundación donde se expone una valiosísima colección de arte- él se encuentra con Raúl que resulta ser su jefe (cuando siempre había sido su amigo) y hay algo en su mirada que sugiere un callado reproche. Se marcha Raúl sin abrir la boca. Él sale al jardín de la Fundación. Ya ha terminado su jornada. En el portón de hierro verde se gira para despedirse de Manuel y repara (hasta entonces no lo había visto) en que en un gran macetero de piedra está tumbado un cachorro de tigre siberiano. Él le pregunta a Manuel (con total naturalidad, como si fuera la cosa más normal del mundo encontrarse con un cachorro de tigre siberiano en la ciudad de Madrid) que desde cuándo tienen el tigre pero no escucha su respuesta porque le fascina el hecho de que el tigre está dándole unos zarpazos tremendos en la mano a Manuel y éste ni se inmuta; de hecho llega a pensar si no será que Manuel tiene una mano de madera. Por fin se marcha. Tiene prisa por volver a la casa y recoger a Nilo, a su amigo Nilo, a su querido gente perro.
Ejemplo 1: Los ainus de las islas del norte de Japón -Hokkaido, Sajalín y Kuriles-, que antaño ocuparon el norte de la isla principal de Honshu, constituyen un problema fascinante para la ciencia de la antropología porque aunque su forma corporal es similar a la de los japoneses y ocho mil kilómetros los separan de la población nativa blanca más cercana, su piel es blanca, sus ojos caucásicos y su pelo ondulado y abundante. Se les ha llamado el pueblo más peludo de la tierra, si bien no lo son más que muchos mujiks rusos. Es cierto que sus orgullosos y vigorosos jefes, muy barbudos, de nariz ancha, cejas espesas y ojos vivos, se parecen mucho al autor de Guerra y Paz o a la idea que tiene un niño de Santa Claus, mientras que sus mujeres, muchas de las cuales son chamanes, han embellecido sus encantos naturales con garbosos bigotes azul pizarra, tatuados sobre el labio superior a la edad de trece años con el fin de hacerlas deseables para el matrimonio. El profesor A.L. Kroeber clasifica a esta raza, compuesta por unos dieciséis mil individuos, como un "tipo caucasiano generalizado o mongoloide divergente" -si a esto se le puede llamar clasificación-, pero A. C. Haddon nos dice con más confianza que "sin duda son las reliquias de un movimiento hacia el este de un antiguo grupo mesocefálico [de cabeza redonda] de cimotricos blancos [gente de pelo ondulado, en contraste con los leiotricos, de pelo liso, y los ulótricos, de pelo rizado], que no han dejado otros representantes en Asia". Su lengua está sin clasificar y al parecer es única, aunque uno de los componentes más arcaicos del japonés debe de haber sido un dialecto del mismo tronco. Además, algunas de las formas básicas de su mitología y ritos permiten establecer una estrecha comparación con el sintoísmo.
Los ainus son seminómadas, pescadores paleosiberianos y cazadores, pero también plantadores neolíticos con la maravillosa idea de que las excelencias del mundo de los hombres son tan superiores a las del mundo de los dioses que a las deidades les gusta venir aquí a visitarnos. En tales ocasiones van disfrazados. Los animales, pájaros, insectos y peces son los dioses visitantes: el oso es un dios de la montaña; el mochuelo de la aldea; el delfín del mar. Los árboles son asimismo dioses en la tierra, e incluso las herramientas de los hombres se convierten en dioses si se hacen del modo adecuado. Por ejemplo las espadas y armas pueden ser dioses y llevar una como guardiana da fuerza. Pero entre todos ellos, el visitante divino más importante es el oso [...]. Extracto de Las máscaras de Dios. Mitología primitiva. Volumen I. Joseph Campbell.
Ejemplo 2º: Va con Manuel al trabajo. Antes tiene que dejar a Nilo, su perro, en casa de unos amigos de Manuel a los que él no conoce. No le hace ninguna gracia tenerlo que dejar allí. No tiene más remedio. Lo deja. Manuel y él van camino del metro. Bajan las escaleras. Cuando él va a pasar su billete por el torno, se da cuenta de que no lo tiene y está seguro que se lo ha dejado en la casa donde está Nilo. Vuelve. Entra en la casa (como si la puerta de ese sitio estuviera siempre abierta), abre la puerta del dormitorio y allí, en la penumbra, se encuentra una pareja durmiendo, dos perros muy grandes a sus pies y Nilo en el suelo, a un lado de la cama. Cuando Nilo lo ve, se vuelve loco de contento, se le echa encima, mueve el rabo; el hombre se despierta. Tan sólo le mira y se vuelve a dormir. La mujer no se mueve. Él le dice a Nilo que no se preocupe, que en un par de horas volverá y se irán para casa. Él se marcha. Nilo se queda sentado en la habitación y lo acepta.
Ya en el lugar de trabajo -una Fundación donde se expone una valiosísima colección de arte- él se encuentra con Raúl que resulta ser su jefe (cuando siempre había sido su amigo) y hay algo en su mirada que sugiere un callado reproche. Se marcha Raúl sin abrir la boca. Él sale al jardín de la Fundación. Ya ha terminado su jornada. En el portón de hierro verde se gira para despedirse de Manuel y repara (hasta entonces no lo había visto) en que en un gran macetero de piedra está tumbado un cachorro de tigre siberiano. Él le pregunta a Manuel (con total naturalidad, como si fuera la cosa más normal del mundo encontrarse con un cachorro de tigre siberiano en la ciudad de Madrid) que desde cuándo tienen el tigre pero no escucha su respuesta porque le fascina el hecho de que el tigre está dándole unos zarpazos tremendos en la mano a Manuel y éste ni se inmuta; de hecho llega a pensar si no será que Manuel tiene una mano de madera. Por fin se marcha. Tiene prisa por volver a la casa y recoger a Nilo, a su amigo Nilo, a su querido gente perro.
Ensayo
Tags : Tratado de los Productos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 27/04/2026 a las 20:02 |
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Narrativa
Tags : Escritos de Isaac Alexander Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 28/05/2026 a las 19:33 |