Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Ensayos de Michel de Montaigne; Libro I Capítulo XXV. Edición de María Dolores Picazo. Traducción de Almudena Montojo. Editorial Cátedra.



(...) Guardamos las ideas y el saber de otros y nada más. Es menester hacerlos nuestros. Harto nos parecemos a aquel que, teniendo necesidad de fuego se fue a buscarlo a casa del vecino y hallando allí uno grande y hermoso, quedóse allí calentándose sin acordarse ya de llevar un poco para su casa. ¿De qué nos sirve tener la panza llena de carne si no la digerimos? ¿Si no se transforma en nosotros? ¿Si no nos aumenta ni fortalece? ¿Pensamos acaso que Lúculo a quien las letras formaron e hicieron capitán tan grande sin la ayuda de la experiencia, usase de ellas como nosotros?
       Tanto nos apoyamos en los brazos de los demás que anulamos nuestras fuerzas. ¿Que quiero armarme contra el miedo a la muerte? Hágolo a expensas de Séneca. ¿Que quiero tener consuelo para mí o para otro? Tómolo de Cicerón. Tomaríalo de mí mismo si me hubieran enseñado a ello. Nada me gusta esta inteligencia relativa y mendigada.
       Aun cuando pudiéramos ser sabios con el saber de los demás, al menos prudentes, sólo podemos serlo con nuestra propia prudencia (...)
 

Invitados

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 10/04/2026 a las 17:54 | Comentarios {0}



Se revuelve como todas las mañanas. Deja que las horas pasen. Abre los ojos y los cierra. La luz no acaba de entrar. Se levanta mucho más tarde de cuando lo hubiera deseado. La culpa lo mantiene en la cama. Tumbado. Apretando los ojos. Y sueña asuntos con amigas de hace mucho que provocan cierta angustia, la incapacidad de no saber cómo resolver aquello (que no sabe con exactitud lo que es).

Avanzada la mañana. Parece que la primavera asalta. Cantan los pájaros y los tulipanes -tan efímeros como la vida- abren sus pétalos para recibir la luz del sol y permitir que las abejas entren y hurguen en sus estambres. Desayuna junto a la ventana abierta. Escucha a un mismo tiempo la voz de los pájaros y los aullidos de la última guerra. No sabe por qué. La herida siempre abierta.

Lee a un hombre contemporáneo. Escribe tres palabras. Le asalta el deseo de adormilarse. Hoy tampoco será el día. No, hoy tampoco... se repite. Respira fuerte. Decide sobreponerse. Decaerá pronto.

¿Cómo se puede justificar que no ataque? ¿Cómo es posible que no se desnude y grite y acuse? ¿Por qué mantiene la herida abierta? ¿Por qué no muestra las certezas? ¿Aún hay tiempo? ¿Habrá un arrepentimiento?

Friega. Cocina. Come. Reposa. Vuelve a la labor inútil. Siempre fue un inútil. Su labor lo fue siempre. Toda labor, en última instancia, debe de serlo. Porque nada de lo humano le es ajeno. Porque jamás dejó de escuchar. Dentro de poco se enfrentará al mundo y todas sus relaciones estarán marcadas con el estigma de la culpa. Algo hubiste de hacer, se dice, como si no fuera posible que se actúe contra alguien sin que éste merezca semejante acción.

Mis secuestradores, medita, malditos canallas, no me abandonéis. La tierra para un sólo hombre es inmensa. Pensad lo fácil que es perderse. Pensad lo mucho que conviene al ser humano sentirse amparado.

Cuando caiga la noche se drogará con imágenes. Se acostará tarde. Para no despertar.
 
Ayuntamiento de Stockholm
Ayuntamiento de Stockholm

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 09/04/2026 a las 17:09 | Comentarios {0}



La tarde se detiene sobre el brillo que el último sol deja caer sobre la hoja de un roble. Todo calla. Sí, es esa hora en la que los pájaros han terminado la jornada y se recogen las hormigas. Yo no tiemblo como el brillo en la hoja. Yo tiemblo por dentro, casi en los huesos; la tarde se detiene, me mira a los ojos y parece una madre buena y severa que estuviera esperando la confesión de una trastada mía para poder sonreír hasta que llegue la noche. La tarde me ha esperado y yo se lo agradezco y como veía que las ocho y diez no llegaba, le he pedido si podría volver a andar para que el tiempo continúe ofreciéndonos la idea de que es un transcurrir. Y ella, la tarde, me (nos) regala un día más el movimiento. ¡Salve sea! ¡Bendito el brillo que se apaga!
 

Poesía

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 08/04/2026 a las 19:37 | Comentarios {0}



Te miro y siento el mundo lejos.
Aseguro que suena el árbol que no es observado cuando cae en mitad de la jungla, a la hora de la siesta de los animales, en esa calma que ni el viento es capaz de alterar.
Te miro y me siento desnudo, sin defensas.
Aseguro que la cascada sigue cayendo y que las Furias persiguen a los hijos desconsiderados o a los abuelos que dejaron de cuidar a quien debían.
Te miro y siento que nunca más te veré y al sentirlo el agua se hiela y el canto de los pájaros de mi jardín se vuelve fúnebre como el halcón cuando en picado mira a la liebre que ha de morir entre sus garras. Te quiero y muero. Te miro y sangro. No hay duelo.
Aseguro que en la tundra ha crecido una brizna de hierba y alguien, sometido a las inclemencias de un tiempo extremo, ha sentido el calor en sus mejillas tras dar un buen trago a un té del Labrador. Me quedan mis manos para seguir mirándote. Aseguro el tiro cuando sueño. Me doy justo en el centro de la frente con la delicada, escribió Raymond Chandler,  exactitud de la suerte.
Te miro y se eclipsa el universo. Te miro y deja de expandirse tu ausencia. Te miro y surge poderosa la florecilla del almendro. Te miro y siento eterna la estupidez humana.
Aseguro cada grano de trigo, la existencia real de los esclavos judíos y su aportación -en fuerza y potencia- a la construcción de las pirámides; aseguro mi inclinación a que volaran por los aires todas las construcciones erigidas en aras de una menos que merecida exaltación de cualquier ser humano; aseguro que los judíos ya no merecen nuestra compasión, la deuda de la humanidad con ellos ha quedado saldada, de ahora en adelante por mí pueden volver a ser carne de cañón; aseguro la supremacía de cualquier ser vivo sobre esta especie miserable que se creyó dios y como tal dios siempre será despreciable; aseguro que nada hay peor que ser un dios y nada más hermoso que la narración de su creación.
Te miro y se inunda de tierra el mar.
 

Poesía

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 05/04/2026 a las 14:14 | Comentarios {0}


Hay más luz cuando alguien habla. (Frase de un niño citada por Sigmund Freud).



Buscaba. Buscaba. Buscaba. Las voces se venían superponiendo unas a otras. Escuchaba y buscaba. Desde la mañana había sido la dinámica. Desde el fin del mundo había venido. No había venido remando. Había venido nadando. Brazada a brazada. Bocanada a bocanada. Buscaba la flor. La suerte buscaba mientras fuera, en la ionosfera se había escuchado el grito que había salido de las entrañas, del bajo vientre, por el ombligo el cual era hermoso como un cráter que acabara de formarse. Buscaba la esencia de este pasmo. Buscaba la atmósfera que le permitiera entender el ambiente en el que se encontraba. Buscaba las uñas que se había comido poco antes de sucumbir al mar.

La niña se concentra en las teclas del piano y con una suavidad impropia ataca un adagio que hunde para siempre la civilización occidental en las simas del dolor.

Buscaba esa esquina que un día le apartó para siempre de la recta vía, aquélla que desde el Oriente se venía afirmando como la forma segura de aceptar el destino. Pero él recordaba a la niña. Recordaba su dedos gordezuelos sobre las teclas. Recordaba las lágrimas que asaltaron sus ojos como si se hubiera producido un acontecimiento único: el descubrimiento de un dios, la mano que sana, el libro que mece, la pierna que avanza, el solo que fuga, la estrella que alumbra el camino de los camelleros, la larga jarcia de un velero, la espuma en la cresta de la ola, la voz que narra el evento, la lluvia que se escapó de entre sus axilas, la cuna que se lanzó al vacío, el descubrimiento instantáneo de la lentitud, la ventisca en el Polo Norte, el paso de Canadá, la cadencia de un intervalo, la gran llamarada, la derrota...

La acepto -se dijo-. Me arrodillo. Ya no quiero lamentarme más. Voy a mirar de frente mi carácter. Voy a asumir mi destino en este día de suerte. Las montañas se han rendido también. Ha sido tan emocionante asistir al derrumbamiento de las cimas que mis dientes se han mellado y mi lengua se ha cubierto de llagas y grietas como si el hablar fuera los cortes que un bisturí hiciera en la epidermis de un hombre obeso.
Se ha dicho: ¡Que muero!

La niña teclea con los ojos cerrados. Desde lejos parece una pianista adulta y menuda. Toda ella está envuelta en una penumbra con niebla. No pasarán más de diez segundos para que el francotirador le vuele la cabeza y sus dedos gordezuelos se detengan de golpe y suenen como final del adagio las notas que abarquen el choque de su frente contra ellas.

No volverá. No. Seguirá braceando hasta que no lo quede ni un gramo de glucosa en sus músculos y entonces, justo en ese momento, desde los fondos abisales surgirán los seres que se comerán hasta la médula de sus huesos.
 

Ensayo poético

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/04/2026 a las 16:01 | Comentarios {0}


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