Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
May
May ca.1955
May ca.1955

Era una mujer guapa, con estilo. Lo único que no era bonito en ella eran las uñas de las manos que las tenía como yo -en realidad yo las heredé de ella- en forma de garra porque la placa ungüeal cubre el perioniquio (o borde periungüeal). Tenía -y tiene- una voz muy hermosa de mezzosoprano; cuando niños nos cantaba a menudo zarzuelas y nosotros las aprendimos y las cantábamos con ella; recuerdo aún la letra y la música de una canción de la zarzuela La del manojo de rosas del maestro Pablo Sorozábal y con libreto de Anselmo Cuadrado Carreño y Francisco Ramos de Castro que es el penúltimo número del segundo acto, un dúo entre  Ascensión y Joaquín, una habanera titulada ¡Qué tiempos aquéllos! Curioso que sea esa la canción de la que hoy me acuerdo.
Casi todo el mundo la llamaba May y a mí -como a Liana- me gustaba mucho ese sobrenombre porque en realidad mi madre se llama María Teresa.
Ayer, Liana y yo, fuimos a ver a May sólo que ella ya no está; su cuerpo sí recuerda a ella aunque tenga ya muchos, muchísimos años y queden todavía en su mirada, en su nariz, en el óvalo de su cara restos de aquello que fue. Sólo que May está demenciada y ya apenas recuerda nada y farfulla palabras y frases enteras que soy incapaz de entender y a veces se enfada y se pone un poquito agresiva pero enseguida recula, se calma, se mete los dedos en la boca con una fruición de bebé y luego se preocupa muchísimo por un imperdible para que no se le pierda y aquí no puedo evitar pensar en Freud y en el inconsciente y cómo ese objeto, seguramente, sea el que le permita no perderse definitivamente.
Me hubiera gustado que Liana hubiera conocido a May a la edad de treinta y cinco, cuarenta años cuando aún el máximo de la desgracia no había caído sobre nuestra familia y la alegría de vivir aún se palpaba en el corazón de mi madre; de esa mujer aún joven y con esperanza; me hubiera gustado que la viera cuando estaba feliz y era ingeniosa y tenía eso que se llama don de gentes y hacía reír y reía y cantaba e iba a fiestas para las que se vestía con vestidos que realzaban su figura y permitían que se vieran sus piernas porque mi madre, según apreciación general, tenía unas piernas más bonitas que las de Ava Gadner.
Ayer sólo vi fogonazos de May, apenas nada de mi madre; ayer vi a una mujer muy mayor que está cansada y no sabe por qué y que asegura que cuando quiera ella se levanta pero no se levanta nunca y busca una y otra vez que el imperdible esté en su sitio y luego se mete los dedos en la boca y la saliva que deja en ellos la extiende por las falanges de los dedos de la otra mano. Yo me siento a su lado y le tomo la mano; Liana se sienta enfrente. Estamos en el salón de la casa familiar. ¡Cuánto me pesan las paredes de esa casa! Me ensombrecen y aún así me repongo e intento comunicarme con ella, con May, y a veces surge en una pequeña sonrisa, en un mohín ligero como una brisa de verano, al caer la tarde, cuando el sol se oculta en el horizonte del mar y yo veo desde la orilla a May y a Antonio, mis padres, paseando por el paseo marítimo. Yo no he cumplido los diez años, ellos recién acaban de entrar en los cuarenta. ¡Qué tiempos aquéllos! ¡Qué hermosos están! 
 

Memorias

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 24/03/2026 a las 17:21 | Comentarios {0}



Cruzadas las manos sobre el pecho, con la determinación de intentarlo una vez más, se ha sentado frente a la ventana y ha cantado hasta quedarse sin voz; la noche se hace eco de su desencuentro; hasta el parpadear de unas luces que se ven muy arriba, casi donde la atmósfera pierde su nombre, encierra la posible comparación de ese hecho -el brillo con parpadeo- con su alma cada día.

A veces se desata su ansia.

Quedarse dormido, de costado... para siempre.

Hoy que es un día cualquiera de un mes cualquiera en el cómputo de los hombres...

Esa, esa es la substancia. No hay otra. Aunque quisiera escalar el muro de los lamentos no podría substraerse a esa substancia que anida en él, que se cocina en él, a cada segundo, como una huella, fósil si quieres de tiempos que fueron, en todo caso, vividos.

¡Vamos! ¡Vamos, a las barricadas! Subamos por aquellas peñas y tomemos la posición. Sólo, recordad, son almas las que os esperan. ¡Matadlas! No dejéis ni una viva, que ardan como Fuegos de San Telmo en un océano del Septentrión. Porque yo vi la ardora en unas playas lusas una noche de agosto en la que aún creía en la amistad; porque sentí mi cuerpo fosfórico y llegué a pensar que la mano que me acariciaba era la que me cerraría los párpados por última vez.

La substancia contiene la esperanza. ¡Matadla! ¡Matadla!

Y vosotros, buenos machos, dormid con bragas de encaje, sentid en vuestros genitales la suavidad de la tela, acariciaos el periné como si fuera una suerte de coño que ha nacido bajo vuestros escrotos y gemid mientras os corréis pronunciando el nombre que supuso vuestra ruina.

Me quedé sin substancia. Habré de rellenarme. Hay todavía mucho que generar.

Amén.
 

Ensayo poético

Tags : Apuntes Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 18/03/2026 a las 20:14 | Comentarios {0}



Podría quedarse dormido en el banco como ya le ocurrió hace años. No quiso. Ya peinaba canas. Había dejado de entender palabras y algunas le parecían perfectas por ridículas.

Allá va, vestida de payasa, con una sonrisa estrafalaria y las uñas pintadas de carne.

Hubiéramos querido. Como se hacen las salsas o como piden los mendigos a la salida de la iglesias hace setenta años. El vuelo no sorprendió a nadie. Hubiéramos querido y habría pasado un ángel de carne y hueso como líquida era la lefa del arcángel Gabriel. Los niños no se encargan. Los niños se hacen y luego ellos, al albur del mundo en el que caigan, acabarán olvidándote como se olvidan los gestos con los que nos arrancamos los padrastros un sábado sin fin.

Me darías igual desnudo. Ya nada de ti me llama la atención. Tan sólo seguimos porque nos conocemos. Hasta tu tumba te seguiré porque tú, lo sabes, morirás antes.

¡Qué poco bastó para caer rendida!

Vamos, entremos en ese portal. Apóyate. ¿Consientes? 

Era cierto. A la hora exacta de aquel día de marzo, la luna menguante quedó suspendida por uno de sus extremos de la veleta de la torre. Al día siguiente llegaron las cigüeñas.

¡Cálmate, este amor no durará para siempre!

Vieron a los gatos en el fondo de les poubelles. Cantó el azor su canto bravo. Unas meninas se rajaron los miriñaques y el cielo se abrió en rabiosos rayos de luz.
 

Ensayo poético

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 11/03/2026 a las 19:32 | Comentarios {0}



No soy yo el dispensador de este amor que llega desde mis venas hasta vuestros ojos; no es de mí de quien emana la carestía del servil; no me corroo por dentro; no espero la espada ni la daga. Quiero amaros. Amaros siempre con esta desdicha que me persigue junto a vosotros. Porque os quiero sin que de mí salga este amor. Porque he llegado a menospreciar tanto mi vida que sé apreciar la de cualquiera de vosotros. Parece que a ese conocimiento aboca el fondo del pozo.
Hace poco se me murió mi primer gran amigo. ¡Qué dulce dolor siento cada día! ¡Qué caricias como espinas  si me viene a la cabeza su paso! ¡Qué aire de terciopelo en sus últimas miradas! ¡Qué sabia compostura en el paseo!
Amar es esto. Dejar marchar también. La tarde no había temblado hasta ahora. De hecho me documentaba para una ficción que tal vez sea cierta cuando de improviso he sentido el temblor, se ha apoderado de mí como tantas tardes desde hace mas de cincuenta años y he llegado hasta aquí, hasta estas líneas que ahora escribo, con un piano tras de mí y de frente la oscuridad de una noche de marzo en mitad de unas montañas, ya a solas y la luz cálida de una vieja lámpara.
Empiezo a estar dispuesto.
 

Ensayo poético

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/03/2026 a las 19:45 | Comentarios {0}



Eran las nueve menos diez. Habíamos quedado hacía veinte minutos y él aún no había llegado ni me había llamado ni había respondido  a los mensajes que le había estado enviando. Yo tenía quince años y él también. El andén se estaba empezando a quedar vacío. Las gentes terminaban de despedirse. Mi vista, como si fuera una estatua, estaba fija en las escaleras mecánicas que bajaban desde el vestíbulo y por donde él tenía que aparecer antes de ocho minutos. Sólo quedaban ocho minutos. Encendí un cigarrillo y me apoyé en una de las columnas que sustentaban la marquesina que cubría los andenes. Fumaba. Miraba. Recordaba. El plan no podía fallar. Había gente que nos esperaba y que nos echaría una mano los primeros meses. Luego todo rodaría de manera natural. Recordaba sus ojos cómo brillaban cuando la noche pasada, en el parque de La Guindalera, nos habíamos dado el último beso antes de irnos cada uno para nuestra casa. Él me miró, casi delirante, y me dijo, Juntos para toda la vida. Desde mañana para toda la vida.. Yo le respondí, Para toda la vida, mi amor, para toda. Vete. Vete. Él salió corriendo, se detuvo y gritó, ¡A las ocho y media! En cinco minutos el tren arrancaría. Nadie bajaba ya por la escalera. Y ¿si no venía? Di la última calada. Miré una última vez. Hacía frío. Quería irme y estaba aterrada y sentí, de repente, una soledad dura y oscura como obsidiana. Con rabia pise la colilla. Me eché la mochila al hombro. Subí al tren. Justo cuando iba a entrar al convoy creí ver por el rabillo del ojo a alguien bajando a toda velocidad por la escalera. No quise cerciorarme. No sé por qué deseé la sorpresa. El tren arrancó. Encontré mi asiento. Dejé la mochila. Me acomodé y cerré los ojos. Que pasara lo que tuviera que pasar. 
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 03/03/2026 a las 20:23 | Comentarios {0}


1 2 3 4 5 » ... 486






Búsqueda

RSS ATOM RSS comment PODCAST Mobile