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 <title>Inventario</title>
 <subtitle><![CDATA[Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri]]></subtitle>
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 <updated>2026-08-10T15:57:22+02:00</updated>
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   <title>Humo</title>
   <updated>2026-08-09T00:01:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Humo_a2628.html</id>
   <category term="Ensayo poético" />
   <published>2026-08-08T10:06:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Son ya muchos los días extraños como si el calor desde mayo hubiera cocido mi cerebro a fuego lento y en ocasiones también a fuego rápido. <br />  Los desastres parecen sucederse y nunca tuve tan presente el ensayo&nbsp;<em>La doctrina del shock</em>&nbsp;de Naomi Klein como en este verano atroz en el que el fuego y el agua arrasan con la vida en el Mediterráneo occidental. <br />  Nunca como hasta ahora he valorado tanto el silencio. Nunca como hasta ahora he mirado el mundo que se abre ante mi ventana como un pequeño milagro que se ha dado en mi vida. Nunca como hasta ahora tanta melancolía. <br />  Son ya muchos días con las manos heridas; incluso el sueño ha huido y esta madrugada antes de que la aurora despuntara, me he visto sentado en la cama. <br />  La mañana huele a sol y avanza. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
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   <title>Sobre las cosas de la Ciudad</title>
   <updated>2026-08-06T13:52:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Sobre-las-cosas-de-la-Ciudad_a2627.html</id>
   <category term="Cuento" />
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   <published>2026-08-06T13:01:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div style="position:relative; text-align : center; padding-bottom: 1em;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/97600154-67963467.jpg?v=1786229993" alt="Sobre las cosas de la Ciudad" title="Sobre las cosas de la Ciudad" />
     </div>
     <div>
       <br />  Elevado sobre un promontorio, a contraluz del sol, se erguía la figura del prócer. Algunos de nosotros ya sabíamos. Algunos de nosotros habíamos crecido cerca de él. Siempre fue un estúpido. Desde muy niño. Esa es la lección que se aprende en la vida -si está de la vida que aprendas la lección- y que es: el poder es el enemigo natural de la inteligencia. Por lo tanto todo prócer es su enemigo natural siendo como es el prócer quintaesencia de los valores de una sociedad humana. <br />  Nosotros lo sabíamos y antes que nosotros las generaciones anteriores y a través de ellas -como río subterráneo que de vez en cuando, ojos del Guadiana, se deja ver y navega un trecho de su cauce al aire libre entre lomas y campos de olivos por donde las liebres campan a su anchas y el corzo se mueve ágil y pace y palmea la avutarda las aguas de la charca y brinca el saltamontes y crece la manzanilla y repta la culebra que encarna en su piel la regeneración cíclica del mundo- fuimos creando ese contrapoder sin peso y con voz que llamamos genéricamente&nbsp;<em>sociedad civil</em>&nbsp;y cuyas agrupaciones son las encargadas de gritar, de vez en cuando, semejantes obviedades. <br />  También sabemos -porque somos ingenuas lo sabemos- que tenemos la batalla perdida; que desde que la agricultura conquistó el mundo y se hicieron las primeras reservas de alimento, la codicia y la humanidad iban a ser una y la misma cosa. <br />  Ya no temblamos. Miramos al prócer en lo alto de la colina. Él es la personificación de la Acción sobre los Asuntos de la Ciudad. Nosotros somos el contrapoder en la sombra cuya única misión consiste en iluminarlo más y más y más hasta que nos deslumbre de tal forma que nos demos cuenta todos de que lo que quiere es dejarnos ciegos y guiarnos él, único camino de luz; y así, habiendo descubierto a las masas sus intenciones, oponernos y, a base de fuerza como hay que hacer con los seres tozudos y poco inteligentes, torcer su voluntad. <br />  Nuestra arma es la paciencia. La suya el desprecio. <br />  No venceremos. Nuestra obligación es retrasar cuanto sea posible la derrota. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>Sin los nombres</title>
   <updated>2026-07-30T00:51:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Sin-los-nombres_a2626.html</id>
   <category term="Ensayo poético" />
   <published>2026-07-30T00:21:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Charles, Patricia, Isabel, Jiddu, la noche que se ha puesto caliente y la luna que está llena y quisiera también ella; la luna, el dios-Toro; recorro, Innana, Fuencisla, Eduardo, Manuel, Carlos, Italo, Pietro, Henrik; la duda, mirarse, la nadería que debe de ser en el fondo vivir para miles de millones de individuos, la masa, sus nombres, los nombres de las calles, aquéllos que merecieron el recuerdo en las ciudades María, Luis, Elias, Jezabel, Hortensia, Adela, Beatriz, Santiago, Dollymantel, Usnavy, Abderraman, Javier, manchas que se extienden a cámara lenta por todo el espacio y lo van cubriendo de nombres que se escuchan a lo largo de los eones y que llegan hasta la galaxias rojas las más alejadas del espectro, las que no nos ven, Magdalena, Macaria, Margarita, Etelvina, Eliane, Andrea las plazas amarillentas, las huellas que se dejaron por allí, las huellas, el dios-Toro, Innana, la ruleta de la vida, Olga, Ascen, Marisol, Adolfo, Joaquín, Miguel, José Luis, la pequeña, la escuela una tarde de lluvia en blanco y negro, salpica el frío por la mañana, vivo en una comunidad de humanos, más bien molesto, Julián, Ascensión, Laura, Rocío, Belén, Carlos, tan lejos y tan cerca, en esta noche que ya no arde tanto, sometido, Hipólito, Cayo, Helena, Ariadna, Berenice, Paloma, Isabel, François, John, Fernanda, Mary, Christine, Pascale, Marisa, Paca ¡qué largo el vacío que me espera! ¡ya no más memorias volanderas! Los nombres, desdibujados como si se fueran borrando a la velocidad de una noche de invierno, o se fueran alejando, a los lados, en la noche fría, hileras de castaños Juana Teresa, Rafael, Thomas, Mikla, Osamu, Fausto se mezclan las sustancias, serán evaporadas. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>33 Sueño de la razón</title>
   <updated>2026-07-27T00:11:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/33-Sueno-de-la-razon_a2625.html</id>
   <category term="Ensayo" />
   <published>2026-07-26T18:35:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  <strong>211.-</strong> La Libertad se debería de enseñar en las escuelas. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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   <title>Al calor de lo antiguo</title>
   <updated>2026-07-21T13:00:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Al-calor-de-lo-antiguo_a2624.html</id>
   <category term="Poesía" />
   <published>2026-07-21T12:29:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Sobre este espacio y en este tiempo <br />  Sobre esta destrucción que llena el aire <br />  de efectos de luz crueles y piadosos <br />  Sobre las huellas de nuestros antepasados <br />  los más lejanos <br />  los que no eran exactamente nosotros <br />  Consciente de que habito en una encrucijada <br />  y de que por lo tanto las gentes se cruzarán <br />  en distintas direcciones <br />  sobre estos presupuestos -escribo- <br />  y con esta conciencia aparente, <br />  siento que el mundo se incendia conscientemente <br />  Que los árboles están hasta las copas de ser papel <br />  Que los pájaros no quieren ser más blancos <br />  Que las aguas majestuosas de los océanos <br />  se niegan a ser mecedoras solícitas de los humanos <br />  Que las montañas se calentaron para que la nieve <br />  al llegar a sus regazos se derritiera <br />  hartas ya del desliz de los esquís por sus laderas <br />  Que las grutas se hicieron más chicas <br />  Que los páramos se rodearon de fuego <br />  y las tundras se volvieron grises <br />  como burócratas de medio pelo <br />  Que las arenas de las calas se volvieran púas <br />  no fue idea de un dios vengador <br />  sino de una invasión de organismos <br />  que se habían quedado sin depredador <br />  Sobre estas murallas naturales <br />  apesadumbrado por el llanto de un alcalde <br />  que ha visto desaparecer su paisaje <br />  devorado por las hijas del Sol <br />  En estos últimos años <br />  descubierta la tramoya del teatro <br />  voy volviendo a la niñez <br />  cuando reír y llorar se alternaban en un continuo <br />  obra de la voluntad de un diosecillo <br />  Sobre estas tragedias planetarias <br />  sobre los naranjos <br />  sobre los arces japoneses mal plantados en una tierra extraña
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
     <div>
      junto mis manos y medito <br />  y pido la paz de los malditos <br />  la de los que salieron a jugar <br />  y fueron masacrados desde lejos <br />  Sobre las cenizas que dejaron de oler <br />  ante los animales muertos <br />  ante los mares plástico <br />  el incendio se expande y se hace eterno
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
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   <title>Gazpacho</title>
   <updated>2026-07-16T00:59:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Gazpacho_a2623.html</id>
   <category term="Ensayo" />
   <photo:imgsrc>https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/imagette/97354391-67808804.jpg</photo:imgsrc>
   <published>2026-07-15T14:12:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div style="position:relative; text-align : center; padding-bottom: 1em;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/97354391-67808804.jpg?v=1784135146" alt="Gazpacho" title="Gazpacho" />
     </div>
     <div>
       <br />   <br />  El gazpacho es una sopa fría. Con gazpacho nada serio parece poder ser comparado, <em>La rodocrosita rosa con un tono semejante al del gazpacho</em>... ¿no pierde de inmediato el color de la piedra su belleza, incluso la elegancia rococó de su nombre, al compararla con este bebible de verduras? <br />  ¿Y qué decir de sus rimas, gazpacho y bombacho; gazpacho y populacho; gazpacho y cacho; gazpacho y borracho; gazpacho y antedespacho; gazpacho y lapacho? <br />  ¿Cuántas veces la suerte de una palabra depende de su sonido? ¿Cuántas la vida de un hombre depende de su nombre? Y aún así, muchas veces ¡tantas veces! son ambiguos los sonidos. ¿Quién no ha conocido a un Torcuato sencillo y no retorcido? ¿Quién sabe si un triste Pérez no encubre bajo su humilde <em>ser hijo de Pero</em> a un fiero y melancólico Lancelot. <br />  El gazpacho es una sopa fría. <br />  Dentro de poco habrá un eclipse absoluto que podré ver completo desde el jardín de mi casa. ¡Qué serio el sonido eclipse! Con ese sonido bien que se puede escribir un melodrama de los que tanto gustan ahora, de ésos que tienen que empezar <em>in media res</em>. <br />  El gazpacho es feliz. Nunca se olviden. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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   <title>Lamentación</title>
   <updated>2026-07-13T13:12:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Lamentacion_a2622.html</id>
   <category term="Ensayo poético" />
   <published>2026-07-13T12:58:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  ¿Era la huella de dios la que buscaba? ¿era en la noche después de la lectura? ¿merece tanto el esfuerzo?&nbsp; <br />  Dios como conjunto de todas las existencias. <br />  ¿En qué buscaba la huella? ¿Por qué camino pasaba? ¿Cuál era el paisaje real? ¿Estaba haciendo lo correcto? Lo que de afuera me llega, que además está determinado en gran medida por una operación matemática, anima a que me reafirme en mí mismo. ¿Quién mí mismo? pregunto. No alcanzo a expresar sin queja lo que quisiera ser la exposición de una realidad. Como si te dijera, a ti, ¡No sabes lo que se divisa desde mi ventana! ¡Desde mi ventana se contempla la traza del tiempo sobre el espacio! ¡Desde mi ventana se contempla el amor sin tacha que habita en mí! ¡Desde mi ventana se contempla el dolor que ha supuesto (y supone) haber llegado a generar vibraciones que se resuelven en algo que nosotros vivimos como colores! ¿Nosotros? ¿Cada uno? O ¿son sólo nuestros conos y nuestros bastoncillos y las amacrinas de la retina y todo lo que compone el sistema de la vista ya no sólo de los mamíferos sino de todo tipo animal, también los invertebrados, son sólo estos elementos, insisto, los que viven las vibraciones electromagnéticas traducidas a colores? ¿Y el resto de eso que entiendo como nosotros? ¿Cómo sentimos los colores? ¿Por qué los sentimos? ¿Por qué los habríamos de sentir? ¿Puedo engarzar aquí la idea desde la que he ido derivando y sugerir que la huella de dios -dios como conjunto de todas las existencias- que persigo es la huella que me lleve hasta el momento en el que -utilizo una metáfora- asuma que he de empezar a dejar determinados equipajes en sus lugares correspondientes? Imagina una calle muy larga y desnuda, extrarradio de la ciudad, que se pierde y tiembla a lo lejos víctima de la calima; imagina un sol feroz; imagina una calzada de dos direcciones con dos carriles por dirección; imagina un adoquinado cuadrado de hormigón gris que ha ido recogiendo el fuego del sol desde hace horas; imagíname a mí, sólo en la desolación de los asfaltos grises, bajo un cielo plomizo dominado por el astro que no soporta lo blanco ante él, cargado con una mochila a la espaldas, dos bolsas una colgada de cada hombro, una cartera en la mano derecha y el bastón con una bolsa de hipermercado en la mano izquierda. Imagina que he de avanzar por esa calle que no es sólo el escenario donde se desarrolla la acción sino la acción misma; imagina el peso de los fardos; imagina el alivio que supondría ir dejándolos, como hitos, a lo largo de esa atroz e interminable calle; imagina las formas posibles de ir aliviando el peso; quizás, al principio, por una cuestión de delicadeza (que tantas vidas se ha llevado por delante), iría sacando elementos de los fardos: <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
     <div>
      que si una maquinilla de afeitar por aquí, que si un álbum por allá, que si este caballito de juguete, que si aquel día de la cama deshecha…; más adelante, cuando la sed y la fatiga se hicieran gigantes, y ante la imposibilidad de detenerse más de unos segundos, los fardos, a lo mejor, serían abandonados enteros, sin mirar previamente dentro, sin saber exactamente de qué me había despojado; hasta llegar, seguramente, a la noche sin peso alguno en el cuerpo y con la extraña sensación de que el frío que se va instalando en él ya no le abandonará más. A esa huella de dios me refiero. Dios como conjunto de todas las existencias.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/Lamentacion_a2622.html" />
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  <entry>
   <title>Desvelo</title>
   <updated>2026-07-08T13:46:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Desvelo_a2621.html</id>
   <category term="Ensayo poético" />
   <published>2026-07-08T13:43:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Desvelo el viento que nace de las entrañas y regurgita alientos que mueven materiales como un hule o un matorral; devano la madeja de este devenir que terminará inconcluso como suele darse en los asuntos planetarios; arrecia en mí la cartografía de los desastres, ya sea en mi rostro cuyas arrugas muestran la desolación del estío y los fríos del invierno en las alturas, ya sea en mis manos que empiezan a dolerse de haber sido; me desvelo en mis audacias y en mis iras; me devano por mantener mis rutinas; arrecia en mi derredor una sensación de derrota tan grande, una derrota que alcanza la expansión del universo, una derrota que corre por los aguas subterráneas y llega hasta los hogares por las tuberías y se bebe a sorbos cada mañana, una derrota cosmológica, una derrota teleológica, una derrota total; desvelo, a quien lo quiere ver, la habitación en la que se encuentra la cuna. No hay nadie en la habitación. Si nos fijáramos nos daríamos cuenta de que en los encuentros de los paños, justo en sus esquinas, flotan, leves, telarañas. Yo no os las señalaré. Mi corazón, bomba agostada, no soportaría el aluvión de sangre que esa explicación requeriría; si nos siguiéramos fijando veríamos asomos de cristal opaco en la ventana y por supuesto, al atardecer, cuando los últimos rayos del sol entran en la estancia, admiraríamos -prodigios de la nadería- partículas en suspensión. Visto lo general de la habitación de los niños, os llevaría ante la cuna cuyo interior se oculta a nuestra vista con un alcala beige. No os animaré a que lo descorráis. Mirar el interior puede provocar náuseas. Devano, por último, el extraño recorrido. Es cierto que a veces me detengo en un pasaje; también lo es que vuelvo a un lugar del recorrido y me ocurre que al llegar a él todo me parece distinto. ¿Emprendo la marcha? ¿Estoy detenido? Arrecian las sogas, amainan los cuellos. Eso es todo. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/Desvelo_a2621.html" />
  </entry>
  <entry>
   <title>02 El sirviente</title>
   <updated>2026-07-03T18:54:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/02-El-sirviente_a2620.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-07-03T17:59:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  ¿Por qué mira con tanta fijeza la muchedumbre que abajo se afana en poner en marcha lo antes posible la maquinaria de guerra? ¿Busca a alguna persona que el azar tenga a bien mostrarle? ¿Por qué esa persona? El sirviente echa hacia atrás la capucha que ocultaba hasta entonces su mirada y vemos, por fin, su rostro y sus cabellos; los segundos son negros y abundantes, parecieran las aguas embravecidas de un océano tenebroso; su rostro es de frente amplia y destaca en ella una cicatriz que la cruza de izquierda a derecha, desde el inicio de sus cabellos allá en la izquierda hasta el principio superior de la ceja derecha; su rostro es casi anguloso pero, sobre todo en su parte inferior, se ovala hasta el punto de que el mentón tiene algo de femenino; son profundas las cuencas de sus ojos y oscuros sus iris; enjutas las mejillas realzan aún más su nariz aguileña cuyo pico sombrea unos labios gruesos llenos de sensualidad. El sirviente desiste. Sabe que tendrá que mezclarse entre la multitud y buscar, buscar hasta dar con ella. No sabe siquiera si estará en sus manos salvar la ciudad del asedio pero sí sabe que si alguien puede la única persona es ella. Pero primero ha de superar dos escollos: que los emperadores confíen en él y que pueda llegar sin ser descubierto hasta el campo enemigo.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
     <div>
      El sol abrasaba sus cabellos negros. El sirviente lo desafío y mientras sus ojos, ayudados de tanto en tanto por un catalejo, seguían rastreando entre la multitud la figura que devolviera a su corazón la esperanza, recordó cómo todo empezó cinco años atrás, cerca de la necrópolis Saqqara, un día de invierno que nunca podrá olvidar.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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  <entry>
   <title>01 El sirviente</title>
   <updated>2026-06-29T19:12:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/01-El-sirviente_a2619.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-06-29T13:51:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  La mañana se despertó con un pitido. A lo lejos se oía la llamada de auxilio de unos hombres que se habían perdido en su propio laberinto. Sonaron a rebato las campanas de la iglesia. Corrieron hacia los grandes graneros una multitud de crías, todas las que no superaran los siete años de crianza. Mujeres y hombres, mientras tanto, se habían mirado a los ojos y presas de espanto se habían apostado tras los fuertes muros de las murallas a la espera de la primera andanada de los invasores. Algún general se acordó de un punto débil; algún grupo de mujeres hábiles acudió a reforzarlo. <br />  El sol ya empezaba a vencer el esfuerzo de las primeras horas y señoreaban sus rayos por el cielo. Una bandada de vencejos hacía razias de insectos en pleno vuelo, las aves de presa planeaban sobre sus territorios y unas nubes, avanzadilla de lo que estaba por llegar, manchaban de grises y blancos el lienzo azul. <br />  "La espera es una guerra de nervios -arengaba el maestro de la polis a sus defensores-. No dejéis que la molicie os invada, antes bien, al contrario, debéis andar con el espíritu ocupado en cuestiones tan imperiosas como la beatitud de los ángeles o la velocidad del curso de las aguas cuando en la primavera se produce el deshielo en las cumbres de la Serranía de los Senos y nacen los manantiales y se funden los neveros y el mundo alcanza unas cotas de verdor que ya las querría para sí la fama de cualquiera de nosotros. Miraos. Abrazaos. Que es bueno el contacto humano, pieles con pieles, mejillas con mejillas, cejas con cejas, para saborear como se merece esta espera que presagia el vuelo de la victoria, la paz de las almas, la fraternidad ante la amenaza".&nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
     <div>
      Desde el gran mirador de los Reyes, en lo alto de la Ciudadela, el sirviente observaba el horizonte. Miles y miles de individuos hormigueaban a sus pies. Parecían las hordas llegar hasta donde sus ojos ya no alcanzaban. Frente a ellas las murallas que protegían la ciudad le parecían hechas de papel. ¿Bastaría un primer asalto para echarlas abajo? ¿Sería un largo asedio que terminaría con la claudicación por hambre, sed, enfermedad y muerte?
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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  <entry>
   <title>Estampa</title>
   <updated>2026-06-25T20:41:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Estampa_a2618.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-06-25T19:59:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Sonaba aquello para lo que estaba dispuesto. Las armas descansaban algo lejos. El día había sido largo. "Los pájaros, pensaba, están callados. ¿Hasta tan lejos? ¿Hasta tan lejos? -seguía pensando- ¿Cómo se sale de aquí?" Las encrucijadas se veían entre la niebla que de tan densa se diría amarilla. Distinguía su broquel apoyado en un tronco viejísimo de corteza gris como las barbas de un anciano eremita y abandonadas sobre el suelo las siluetas de dos lanzas. Se había quedado vacío hasta el punto de que ya no le importaba que el aire apenas llegara a sus pulmones. Su mente estaba en el silencio de los pájaros y en la sensación de haber recorrido una distancia inmensa y en ese recorrer, en largas jornadas, la inmensa distancia, se le habían ido quemando los pulmones tanto como los pájaros extrañamente habían ido dejando de cantar. Respiraba. Atendía al sonido del quiebro de una rama. Quiso recordar de dónde venía y la causa de la guerra en la que estaba. Su mente estaba en saber si era un soldado valiente. Su mente intentaba saber cómo combatía, qué estrategias le gustaban, si era fiero, si era leal, si tuvo compañeros.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
     <div>
      Tuvo que echar la rodilla en tierra. Lo hizo sin humillación. Lo hizo sin ser consciente de lo que ese gesto suponía. El filo de la espada se hundió bajo su peso en una tierra que parecía encharcada cuando, apoyado en su empuñadura, dejó caer su peso sobre ella. Debía de ser un hombre grande. ¿Por qué no cantan los pájaros? pensó de nuevo. ¿Ha merecido la pena llegar hasta tan lejos? ¿Por qué si pienso en pájaros mi siguiente pensamiento es la distancia? Con un esfuerzo ímprobo (como cuando el compositor ha de contener en un silencio una nota) levantó la cara y dirigió la vista al lugar en donde descansaban su broquel y sus lanzas. Aún estaban. Tosió. Nada le perturbaba la niebla densa ni el irse quedando sin aliento.&nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>Ejemplo de eternidad</title>
   <updated>2026-06-23T19:48:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Ejemplo-de-eternidad_a2617.html</id>
   <category term="Poesía" />
   <published>2026-06-23T19:39:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
      <div style="text-align: center;"> <br />   <br />  Desde siempre dios me sueña <br />  ante la misma ventana; <br />  me sueña, me está soñando; <br />  me mata, me está matando. <br />   <br />  &nbsp;</div>  
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>Perro</title>
   <updated>2026-06-22T12:53:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Perro_a2616.html</id>
   <category term="Poesía" />
   <published>2026-06-22T12:18:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
A Nilo     <div>
      <div style="text-align: center;"><strong>I</strong> <br />  Por el Camino de los Helicópteros <br />  me llevan mis pasos cojos, <br />  cojos no tanto por mis piernas <br />  sino por tu muerte toda. <br />  Yo no sabía <br />  -y creía que sí- <br />  que la muerte&nbsp; <br />  era tanta ni que la mirada <br />  tuya me aliviaba de la dura <br />  tarea de vivir. Te moriste tan <br />  de golpe. Me dejaste tan aislado. <br />  Por el Camino de los Helicópteros <br />  marcho y me encamino <br />  hacia el otero donde descansan <br />  los bancos. ¿Recuerdas? <br />  En uno de ellos me sentaba <br />  para hacer mis ejercicios <br />  mientras tú rastreabas <br />  la realidad del mundo <br />  con tu trufa negra, <br />  ávida siempre de colores. <br />  ¿Cómo se te ocurrió morir <br />  sin avisarme? <br />  ¿Cómo no vino una diosa <br />  a despertarme del sueño eterno <br />  de una eterna primavera? <br />  Por el Camino de los Helicópteros <br />  voy, a solas&nbsp;con mis pasos, <br />  buscando, pueril, encontrarte.</div>    <div>&nbsp;</div>  
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>Caer en la vida</title>
   <updated>2026-06-21T15:40:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Caer-en-la-vida_a2615.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-06-16T18:42:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
Descanse en paz la saltadora     <div>
       <br />  María Eduarda Rodrigues de Freitas, de veintiún años de edad, murió el sábado. Hace cinco días, a estas mismas horas, María Eduarda había ido a su trabajo en un gimnasio de la ciudad brasileña de Limeira, al sureste del país, en el Estado de Sâo Paulo. Tampoco sé, a ciencia cierta, mucho más de lo que hizo hace cinco días. Imagino que no alteraría su rutina. Sería un día normal, con un fin de semana normal, en el que había quedado con su novio para hacer puenting desde el ponte do Esqueleto (que así se dice también en portugués), a pocos kilómetros de la ciudad. <br />  María Eduarda Rodrigues de Freitas no sabía que los hombres que se tenían que encargar de su seguridad, los que tenían que atarle una cuerda a la cintura&nbsp;(una cuerda no elástica que hace que el salto sea aún más estresante, más adrenalínico; a este tipo de salto se le llama, prosaicamente,&nbsp;<em>rope jump. Rope</em>&nbsp;también tiene el significado de soga.), andaban esa mañana en otras cosas...&nbsp; <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
     <div>
      ...&nbsp;Quizá por mor de la propia excitación, María Eduarda no fue consciente de que cuando la elevaron por las axilas y los tobillos entre dos de los hombres y la fueron acercando hacia el quitamiedos del puente mientras ella adoptaba la forma más semejante a un ave, no le habían puesto sujeción ni cuerda alguna. ¿Fue consciente durante el vuelo de ese detalle o se estampó, tras cuarenta metros de vuelo, con un último instante de esperanza de que por fin la cuerda tirara de ella y quedara como péndulo de París en el Panteón? No fue así, no, no fue así. <br />  María Eduarda Rodrigues de Freitas murió estallada por dentro. Es lo que tiene caer en la vida, que a veces te deja despanzurrada por la omisión del debido respeto de unos operarios por la vida de los otros. ¡Maldito vivir, hijo del azar!
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>Pájaros</title>
   <updated>2026-06-13T19:36:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Pajaros_a2614.html</id>
   <category term="Poesía" />
   <published>2026-06-13T19:21:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Me caen muy bien los pájaros <br />  Asumo que el silencio es un hoy un bien escaso <br />  Presumo que he perdido y aún no lo he aceptado <br />  Me caen muy bien los pájaros <br />  La tarde si es callada es tan bonita <br />  La voz si es aislada concita en mi sentir <br />  un vuelo de gaviota sobre una ría gris <br />  Me caen tan bien los pájaros <br />  Me sumerjo en sus cantos <br />  Los observo volar y cuando veo el nido <br />  aminoro mi paso y procuro pasar quedo <br />  como si yo sólo fuera <br />  espectro de un humano condenado a vagar <br />  Me caen muy bien los pájaros <br />  incluso aquellos mirlos que una primavera <br />  picoteaban el cristal de la ventana <br />  la ventana de mi pequeño escritorio <br />  desde la que veo al fondo la montaña <br />  y sus vuelos y sus patas y sus juegos <br />  Me caen muy bien los pájaros <br />  también los periquitos <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>Velocidad de prez</title>
   <updated>2026-06-07T20:56:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Velocidad-de-prez_a2613.html</id>
   <category term="Narrativa" />
   <published>2026-06-07T20:10:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Ha sido desplazarse. Sentirse por vez primera recorriendo el espacio y el tiempo a tal velocidad. Ha sido elevarse hacia una idea y declarar, ¡Lástima que no haya tenido fe! <br />   <br />  Antes, como si fuera un islote, una piedra sin nombre en mitad de la mar, ha elevado una prez y ha querido gritar sólo que el espacio navegaba ligero y el tiempo se hacía diminuto y sus esfuerzos se olvidaban tan rápido como se ejecutaban. Morir no es esto, se dijo. Morir no puede consistir en ser consciente de morir. <br />   <br />  Arreciaba el viento Bóreas, amigo de los dioses y enemigo de las mujeres -que se lo pregunten, si no me creen, a Oritía, una de las Hiacíntides, hija del rey ateniense Erecteo y de Praxitea-; ocurrió una mañana que la muchacha estaba danzando junto al río Iliso cuando fue raptada por Bóreas, el viento del Norte, hijo de Astreo y de Eos, que pertenece a la familia de los Titanes y que es conocido por su variabilidad y violencia de carácter; Bóreas, pues, se llevó a Oritia hasta Tracia, uniéndose allí a ella -por la fuerza de su fuerza- y haciéndola concebir dos hijos, Zetes y Calais, a los que llamaron los Boréadas y que alcanzaron fama participando en la expedición de los Argonautas- y dos hijas, Quione y Cleopatra. Arreciaba ese viento, decía, cruel y violento, el día en el que el islote que era tan sólo un peñasco en mitad de la mar, se preguntó por qué a él Dios no le había otorgado ni una miajita de fe. Fe, se decía, para aceptar ser peñasco en la mar, sin nada de vida en sus entrañas, sin cercanía con puerto alguno, aislada isla sin nada más que arcilla que ofrecer, una arcilla buena para el cutis, pero no milagrosa, pero no alcanzable, nunca untada en piel alguna ni humana ni animal; tan sólo el islote conocía sus propias propiedades. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
     <div>
       <br />  ¡Oh, miserable Dios -exclamaba para que Bóreas se llevara bien lejos sus preces-, que me tienes aquí, a solas con mi arcilla, desconocida de todos, arrullada por la espuma que Urano desparramó por el mar! Desnuda. Dame fe para no blasfemar. Dame fe para poderme aplacar. Dame fe para poder expulsar a este viento cruel y helador que no deja de acosarme como si me fuera a violar. <br />   <br />  Eran los tiempos primeros. Dios hubiera podido cambiar. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>Conservación</title>
   <updated>2026-06-06T18:27:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Conservacion_a2612.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-06-06T18:04:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  ¿Se aplacará algún día? Ahora tan sólo se quiere levantar para hacer sus necesidades y luego se quiere volver a la cama y cerrar los ojos y quedarse dormida. La pregunta que inicia este corto relato se la hace a ella misma. Está sentada encima de la cama. Son las cinco de la tarde. Normalmente a esas horas estaría en la oficina, terminando la jornada. Ha sabido vivir muchos años con ello y de improviso, hace tres días, se despertó con un mechón de su pelo encanecido tras haber tenido una pesadilla horrísona: el mal es una masa de vapor viscoso, algo semejante a los humos que desprende la combustión de una rueda. El mal se le mete por la nariz. El mal es un terror que le hiela la sangre. El mal es un grito que nadie puede escuchar. Despertó. Sudada. Se incorporó en la cama. Se quedó sentada y su mirada se fijó en la pared de enfrente, la cual, por efecto quizá de restos de la pesadilla, le pareció alejada. A día de hoy se lo sigue pareciendo. Desde esa pesadilla se ha quedado metida en la cama. Tan sólo se levanta para hacer sus necesidades, para comer y beber algo. No se lava. Se vuelve rápido a la cama. Se tapa y se masturba con la mano izquierda mientras se mete los dedos de la derecha por el ano. Los varios orgasmos permiten que vuelve a quedarse dormida. Se masturba y no busca con ello el placer sino la muerte aunque parcial nacida del cansancio. Cuando se despierta repite la misma rutina ahora que ya no las tiene. La misma rutina que acabará matándola de inanición. Ella que había soportado tantos años. De repente, de un día para otro, como si desde siempre lo hubiera sabido. La salida era ésta: abandonar y abandonarse. Desde hoy. "Habéis vencido. Me derroto,", se ha dicho. Lo ha hecho. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>Misterios </title>
   <updated>2026-06-04T13:06:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Misterios_a2611.html</id>
   <category term="Poesía" />
   <published>2026-06-04T12:38:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />   <br />  Descubriremos que todo es como la nieve y que la esfera nos rodea <br />  Descubriremos que están allí, ¡todos! con sus nombres <br />  (la inmensidad de los nombres, los lugares que evocan) <br />  Descubriremos cada una de las ráfagas de aire <br />  que corre libre entre nuestros tendones <br />  Descubriremos el aliento de las ballenas jorobadas <br />  en una mar de mañana sobre la que el sol danza <br />  Tendidos sobre telares <br />  enlazadas las manos <br />  como si empezara a ocurrir por vez primera... <br />   <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>Aullido</title>
   <updated>2026-06-03T12:37:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Aullido_a2610.html</id>
   <category term="Ensayo poético" />
   <published>2026-06-03T11:48:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  La reverberación llegó con el oído. Hasta entonces nada había vuelto, nada había re-vuelto. Fue despertarse y sentir la punzada y saber que desde ese momento en adelante la punzada sería el aviso de la ausencia. ¡Nunca lo habría supuesto! se decía restregándose aún los ojos mientras por el interior de los muros corría el agua a una velocidad pasmosa. ¿Había llegado el día? ¿Era esto lo que tanto temían los colegas del gremio? ¿Esto era de lo que se hablaba en voz baja como si no se quisiera mentar a la Parca o como si ésta fuera dura de oído y bastara hablar bajito para escapar a su influencia? <br />  Se levantó. Fue al baño sin la urgencia de otros días. Fuera el silencio atronaba. Ni los pájaros cantaban. Sintió la punzada al poco de estar despierto, cuando estaba echando los restos del café del día anterior por el desagüe del fregadero. No se dijo nada. No se detuvo en su quehacer sino que continuó fiel a sí mismo y al miedo de especie a la muerte; se hizo, por lo tanto, el desayuno; se lo llevó en una bandeja hasta la salita y fue al untar con mantequilla la primera tostada cuando le vino una segunda punzada, ésta mucho más fuerte, mucho más intensa, hasta el punto que le cortó la respiración y le empujó a mirar por la ventana el almendro que se elevaba a más de quince metros del suelo y que mantenía un vigor propio de la primavera. No remitió el dolor que se le había incrustado hasta el fondo del hígado, donde los pensamientos bullían y armaban tal jaleo que hubo de llamar a sus perros &nbsp;interiores para que callasen. No callaron. Había llegado, se decía -o decían los pensamientos que, cuales furias soltadas de sus yugos, se hubieran desparramado por todo su ser provocándole convulsiones y lamentos y suspiros tan hondos que la noche casi vuelve y pasa el día entre tormentos como smog-. Ingerir, se decía. Degustar, se decía. Mira, se decía, observa el sol, la fresca mañana y azul. Deja que la memoria ejerza su función. No luches contra ella. No sabrás nunca. No te refociles. No rebusques. No te hundas. Nadie dijo que esto fuera a ser fácil. Anularse. Darse por vencido. Entregarse a los brazos del mejor postor y dejar de sentir, ¡Por dios te lo pido -le rogaba una voz interior que parecía estar por encima de sí mismo-, deja de tener esperanza! La única esperanza sería que cambiaras y eso, bien lo sabes, no está en tu mano. <br />  Fue entonces, de la mano de la palabra&nbsp;<em>mano</em>, cuando reverberó el vacío y de él fugaron, hacia un punto preciso de su horizonte, su presencia, el calor de su cuerpo, el mundo de las ideas, las soluciones complejas, el deseo insufrible, la contemplación serena, las ganas de amar, la aspiración de una alteración de la conciencia, la caricia, la sorpresa de una noche en la que su cuerpo se arrimó al suyo y ambos se dieron el calor justo; reverberó la infancia de sus hijos, las carreras por la playa, las olas del mar, el velero lejos, el farallón tan blanco, las ganas de saltar, el muérdago y el musgo, la contemplación de la erección de una ciudad sagrada, la escalada hasta un castillo en ruinas en cuya torre albarrana se apostaban defensores con los rostros cubiertos con yelmos obtenidos como botín en una incursión en el oriente; fue entonces cuando supo el&nbsp;<em>horror&nbsp;</em><i>vacui</i>&nbsp;y la inutilidad del rezo y se aprestó a ser valiente una vez más por mucho que supiera, en el fondo de ese hígado asaeteado por pensamientos nefastos, que la valentía no es una condición de los valientes sino de los sanos.&nbsp; <br />  La escucha. Se acerca. Luego la niebla cubre sus entendederas y lo demás es tan sólo un ir dejando de hilar muy poco a poco, muy poco a poco... <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>Borrador</title>
   <updated>2026-06-01T18:11:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Borrador_a2609.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-06-01T17:43:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  La descripción del muro. Se acerca desde lejos una mujer. Descripción del muro, formas caprichosas se crean en la relación entre los desconchones y varias capas de pinturas. La mujer se acerca. Lleva un abrigo que abraza sobre su cuerpo. Un abrigo que cae por debajo de su minifalda. Sus leotardos son morados. Sus zapatos negros, de tacón y acharolados. El muro se vuelve de un insufrible tono polaco. <br />  El bebé acaba de ser abandonado en un contenedor de un polígono industrial. El bebé se despierta por los olores de la putrefacción. Llorará. Gritará. Berreará. Se agotará. Morirá. Nadie descubrirá nunca al crío. Todo fue en vano. Sus huesos deben de andar desperdigados por cualquier vertedero de los alrededores de la megalópolis. No es el único ser vivo de vida breve. <br />  Cae sobre el nido la tormenta. La mujer zapatea por la calle solitaria. Lejos han dado una media. La mujer se ha detenido. Ha encendido un cigarrillo. Ha dado una profunda calada y el humo y el vaho han creado niebla sobre niebla. No ha entrado en calor. Quisiera haber sido antes. Sin apenas remordimiento. <br />  Se encienden las cocinas de las casas que se apiñan en bloques en los suburbios de la ciudad. Las radios y los calderas se oponen. Ella camina sin querer llegar. También quisiera estar sentada en una casa frente al mar donde muchos años atrás había estado serena. Desconfía del entusiasmo. Nada más lejos de su intención intimidar. Es una reacción animal. <br />  Juntar las dos series. Animar la carrera. Creer que sí es posible. Creer que lo hizo. Otra cosa es que consiguiera transcender. Inmanente fue siempre. Se acerca a la casa. Se acerca al desfile de las vecinas. Las primeras en salir llevan a sus hijos al cole, antes de hora, porque ellas han de ir a trabajar muy, muy temprano. Ella sigue siendo una niña.Se negó a crecer. Se mantiene igual. En lo alto de la trona. Arruga un papel de celofán. El mundo es arrugar un papel de celofán. El mundo es el sonido de los papeles de celofán aplastados, arrugados, vueltos a estirar. El mundo es su abrigo que le permite aguantar el helor del amanecer por las escaleras. Su ceño. Sus talones. Una crema contra las grietas de los talones. Que no se te olvide, se dice a sí misma llamándose de tú. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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