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 <title>Inventario</title>
 <subtitle><![CDATA[Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri]]></subtitle>
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 <updated>2026-04-17T14:18:00+02:00</updated>
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   <title>La noche</title>
   <updated>2026-04-13T20:52:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-noche_a2601.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-04-13T18:07:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Es la masa que se acerca al quicio de la puerta. Es el dormitorio oscuro con una sola ventana que da a un estrecho pasillo entre el muro de la casa y el murete del jardín de la casa contigua. Es el tiempo que transcurre negro. Es el silencio en medio del cual el motor de una nevera pareciera el de un biplano de la segunda guerra mundial. Es la mente -la loca de la casa- que camina herida. Es la ausencia que le llena de culpa. Es el castigo que había visto horas antes en cualquier refriega. Es ese temor del padre que ansía volver a ver a su hija sólo una vez más. <br />  Un padre, por cierto, que hubiera aceptado el constructo de la idea de familia. Un padre que se sintiera libre de manchas indelebles. Un padre que nunca hubiera tenido vocación de tal pero que llegado el momento de asumirlo lo hubiera hecho con la responsabilidad que impone el cargo. Un padre mayor y solitario, en este caso. Un padre al que no le fue bien siendo hijo, ni tampoco hermano. <br />  Volvemos a esa masa entonces, a esa noche oscurísima de enero, en un país donde las tradiciones pesan, con un clima de montaña por donde los vientos pasan poderosos y mueven con crueldad las ramas desnudas de almendros y arces y las vestidas de los laureles, que provocan, en los goznes de una cancela, una suerte de gemidos que remiten a los lamentos de un preso en una mazmorra cuyo único delito fue amar la libertad. Ese hombre entonces, a punto de la vejez y el olvido, siente la masa más negra que la negrura inmensa de la noche en la que duerme, observándole desde el quicio de la puerta de su dormitorio y al mismo tiempo ocurre que unos a los que conoció de niño quieren atarle los brazos con unas cintas para poder inmovilizarle y aplicar sin resistencia una tortura. Le parece al hombre que la masa que se mueve negra y densa en el quicio de la puerta de su dormitorio, es la que ordena a sus captores, a los que conoció de niño, con los que convivió la infancia, que le reduzcan y el hombre aunque lucha, sabe que no va a poder vencer porque le fallan las fuerzas de los brazos, porque la vejez llegó a sus músculos y porque en el fondo blanquísimo de su ser no quiere luchar más y es ahí, en ese momento de desfallecimiento, a punto de ser entregado a la viscosidad de la masa oscura que como si se viera sometida a una fuerza superior a la suya -que es de por sí hercúlea-, le impide traspasar el quicio de la puerta del dormitorio del hombre que fue padre sin buscarlo, éste, aterrado, con el miedo frío de los terrores óseos, supone que quizá sueñe y que esta muerte horrenda a la que va a ser conducido por sus propios hermanos, puede que no sea más que un juego de su mente.&nbsp; <br />  La masa se hace grande. ¿Duerme? ¿Podría despertarse? De la lucha quedaría un mechón de cabello blanco en los mechones de su frente. ¿Querrá? La masa se hace más grande. Todo late. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>Del magisterio (fragmento)</title>
   <updated>2026-04-10T18:10:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Del-magisterio-fragmento_a2600.html</id>
   <category term="Invitados" />
   <published>2026-04-10T17:54:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
Ensayos de Michel de Montaigne; Libro I Capítulo XXV. Edición de María Dolores Picazo. Traducción de Almudena Montojo. Editorial Cátedra.     <div>
       <br />  (...) Guardamos las ideas y el saber de otros y nada más. Es menester hacerlos nuestros. Harto nos parecemos a aquel que, teniendo necesidad de fuego se fue a buscarlo a casa del vecino y hallando allí uno grande y hermoso, quedóse allí calentándose sin acordarse ya de llevar un poco para su casa. ¿De qué nos sirve tener la panza llena de carne si no la digerimos? ¿Si no se transforma en nosotros? ¿Si no nos aumenta ni fortalece? ¿Pensamos acaso que Lúculo a quien las letras formaron e hicieron capitán tan grande sin la ayuda de la experiencia, usase de ellas como nosotros? <br />  &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Tanto nos apoyamos en los brazos de los demás que anulamos nuestras fuerzas. ¿Que quiero armarme contra el miedo a la muerte? Hágolo a expensas de Séneca. ¿Que quiero tener consuelo para mí o para otro? Tómolo de Cicerón. Tomaríalo de mí mismo si me hubieran enseñado a ello. Nada me gusta esta inteligencia relativa y mendigada. <br />  &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Aun cuando pudiéramos ser sabios con el saber de los demás, al menos prudentes, sólo podemos serlo con nuestra propia prudencia (...) <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>Stockholm</title>
   <updated>2026-04-09T17:47:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Stockholm_a2599.html</id>
   <category term="Cuento" />
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   <published>2026-04-09T17:09:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div style="position:relative; text-align : center; padding-bottom: 1em;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/95942615-66956472.jpg?v=1775749572" alt="Stockholm" title="Stockholm" />
     </div>
     <div>
       <br />  Se revuelve como todas las mañanas. Deja que las horas pasen. Abre los ojos y los cierra. La luz no acaba de entrar. Se levanta mucho más tarde de cuando lo hubiera deseado. La culpa lo mantiene en la cama. Tumbado. Apretando los ojos. Y sueña asuntos con amigas de hace mucho que provocan cierta angustia, la incapacidad de no saber cómo resolver aquello (que no sabe con exactitud lo que es). <br />   <br />  Avanzada la mañana. Parece que la primavera asalta. Cantan los pájaros y los tulipanes -tan efímeros como la vida- abren sus pétalos para recibir la luz del sol y permitir que las abejas entren y hurguen en sus estambres. Desayuna junto a la ventana abierta. Escucha a un mismo tiempo la voz de los pájaros y los aullidos de la última guerra. No sabe por qué. La herida siempre abierta. <br />   <br />  Lee a un hombre contemporáneo. Escribe tres palabras. Le asalta el deseo de adormilarse. Hoy tampoco será el día. No, hoy tampoco... se repite. Respira fuerte. Decide sobreponerse. Decaerá pronto. <br />   <br />  ¿Cómo se puede justificar que no ataque? ¿Cómo es posible que no se desnude y grite y acuse? ¿Por qué mantiene la herida abierta? ¿Por qué no muestra las certezas? ¿Aún hay tiempo? ¿Habrá un arrepentimiento? <br />   <br />  Friega. Cocina. Come. Reposa. Vuelve a la labor inútil. Siempre fue un inútil. Su labor lo fue siempre. Toda labor, en última instancia, debe de serlo. Porque nada de lo humano le es ajeno. Porque jamás dejó de escuchar. Dentro de poco se enfrentará al mundo y todas sus relaciones estarán marcadas con el estigma de la culpa. Algo hubiste de hacer, se dice, como si no fuera posible que se actúe contra alguien sin que éste merezca semejante acción. <br />   <br />  Mis secuestradores, medita, malditos canallas, no me abandonéis. La tierra para un sólo hombre es inmensa. Pensad lo fácil que es perderse. Pensad lo mucho que conviene al ser humano sentirse amparado. <br />   <br />  Cuando caiga la noche se drogará con imágenes. Se acostará tarde. Para no despertar. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>Semblantes</title>
   <updated>2026-04-08T19:48:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Semblantes_a2598.html</id>
   <category term="Poesía" />
   <published>2026-04-08T19:37:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  La tarde se detiene sobre el brillo que el último sol deja caer sobre la hoja de un roble. Todo calla. Sí, es esa hora en la que los pájaros han terminado la jornada y se recogen las hormigas. Yo no tiemblo como el brillo en la hoja. Yo tiemblo por dentro, casi en los huesos; la tarde se detiene, me mira a los ojos y parece una madre buena y severa que estuviera esperando la confesión de una trastada mía para poder sonreír hasta que llegue la noche. La tarde me ha esperado y yo se lo agradezco y como veía que las ocho y diez no llegaba, le he pedido si podría volver a andar para que el tiempo continúe ofreciéndonos la idea de que es un transcurrir. Y ella, la tarde, me (nos) regala un día más el movimiento. ¡Salve sea! ¡Bendito el brillo que se apaga! <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>Pentagonal</title>
   <updated>2026-04-05T14:33:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Pentagonal_a2597.html</id>
   <category term="Poesía" />
   <published>2026-04-05T14:14:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Te miro y siento el mundo lejos. <br />  Aseguro que suena el árbol que no es observado cuando cae en mitad de la jungla, a la hora de la siesta de los animales, en esa calma que ni el viento es capaz de alterar. <br />  Te miro y me siento desnudo, sin defensas. <br />  Aseguro que la cascada sigue cayendo y que las Furias persiguen a los hijos desconsiderados o a los abuelos que dejaron de cuidar a quien debían. <br />  Te miro y siento que nunca más te veré y al sentirlo el agua se hiela y el canto de los pájaros de mi jardín se vuelve fúnebre como el halcón cuando en picado mira a la liebre que ha de morir entre sus garras. Te quiero y muero. Te miro y sangro. No hay duelo. <br />  Aseguro que en la tundra ha crecido una brizna de hierba y alguien, sometido a las inclemencias de un tiempo extremo, ha sentido el calor en sus mejillas tras dar un buen trago a un té del Labrador. Me quedan mis manos para seguir mirándote. Aseguro el tiro cuando sueño. Me doy justo en el centro de la frente con la delicada, escribió Raymond Chandler,&nbsp; exactitud de la suerte. <br />  Te miro y se eclipsa el universo. Te miro y deja de expandirse tu ausencia. Te miro y surge poderosa la florecilla del almendro. Te miro y siento eterna la estupidez humana. <br />  Aseguro cada grano de trigo, la existencia real de los esclavos judíos y su aportación -en fuerza y potencia- a la construcción de las pirámides; aseguro mi inclinación a que volaran por los aires todas las construcciones erigidas en aras de una menos que merecida exaltación de cualquier ser humano; aseguro que los judíos ya no merecen nuestra compasión, la deuda de la humanidad con ellos ha quedado saldada, de ahora en adelante por mí pueden volver a ser carne de cañón; aseguro la supremacía de cualquier ser vivo sobre esta especie miserable que se creyó dios y como tal dios siempre será despreciable; aseguro que nada hay peor que ser un dios y nada más hermoso que la narración de su creación. <br />  Te miro y se inunda de tierra el mar. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>Mudanzas</title>
   <updated>2026-04-04T21:04:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Mudanzas_a2596.html</id>
   <category term="Ensayo poético" />
   <published>2026-04-04T16:01:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
Hay más luz cuando alguien habla. (Frase de un niño citada por Sigmund Freud).     <div>
       <br />  Buscaba. Buscaba. Buscaba. Las voces se venían superponiendo unas a otras. Escuchaba y buscaba. Desde la mañana había sido la dinámica. Desde el fin del mundo había venido. No había venido remando. Había venido nadando. Brazada a brazada. Bocanada a bocanada. Buscaba la flor. La suerte buscaba mientras fuera, en la ionosfera se había escuchado el grito que había salido de las entrañas, del bajo vientre, por el ombligo el cual era hermoso como un cráter que acabara de formarse. Buscaba la esencia de este pasmo. Buscaba la atmósfera que le permitiera entender el ambiente en el que se encontraba. Buscaba las uñas que se había comido poco antes de sucumbir al mar. <br />   <br />  La niña se concentra en las teclas del piano y con una suavidad impropia ataca un adagio que hunde para siempre la civilización occidental en las simas del dolor. <br />   <br />  Buscaba esa esquina que un día le apartó para siempre de la recta vía, aquélla que desde el Oriente se venía afirmando como la forma segura de aceptar el destino. Pero él recordaba a la niña. Recordaba su dedos gordezuelos sobre las teclas. Recordaba las lágrimas que asaltaron sus ojos como si se hubiera producido un acontecimiento único: el descubrimiento de un dios, la mano que sana, el libro que mece, la pierna que avanza, el solo que fuga, la estrella que alumbra el camino de los camelleros, la larga jarcia de un velero, la espuma en la cresta de la ola, la voz que narra el evento, la lluvia que se escapó de entre sus axilas, la cuna que se lanzó al vacío, el descubrimiento instantáneo de la lentitud, la ventisca en el Polo Norte, el paso de Canadá, la cadencia de un intervalo, la gran llamarada, la derrota... <br />   <br />  La acepto -se dijo-. Me arrodillo. Ya no quiero lamentarme más. Voy a mirar de frente mi carácter. Voy a asumir mi destino en este día de suerte. Las montañas se han rendido también. Ha sido tan emocionante asistir al derrumbamiento de las cimas que mis dientes se han mellado y mi lengua se ha cubierto de llagas y grietas como si el hablar fuera los cortes que un bisturí hiciera en la epidermis de un hombre obeso. <br />  Se ha dicho: ¡Que muero! <br />   <br />  La niña teclea con los ojos cerrados. Desde lejos parece una pianista adulta y menuda. Toda ella está envuelta en una penumbra con niebla. No pasarán más de diez segundos para que el francotirador le vuele la cabeza y sus dedos gordezuelos se detengan de golpe y suenen como final del adagio las notas que abarquen el choque de su frente contra ellas. <br />   <br />  No volverá. No. Seguirá braceando hasta que no lo quede ni un gramo de glucosa en sus músculos y entonces, justo en ese momento, desde los fondos abisales surgirán los seres que se comerán hasta la médula de sus huesos. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>May</title>
   <updated>2026-03-24T23:20:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/May_a2595.html</id>
   <category term="Memorias" />
   <photo:imgsrc>https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/imagette/95584825-66801237.jpg</photo:imgsrc>
   <published>2026-03-24T17:21:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div style="position:relative; text-align : center; padding-bottom: 1em;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/95584825-66801237.jpg?v=1775899101" alt="May" title="May" />
     </div>
     <div>
       <br />  Era una mujer guapa, con estilo. Lo único que no era bonito en ella eran las uñas de las manos que las tenía como yo -en realidad yo las heredé de ella- en forma de garra porque la placa ungüeal cubre el perioniquio (o borde periungüeal). Tenía -y tiene- una voz muy hermosa de mezzosoprano; cuando niños nos cantaba a menudo zarzuelas y nosotros las aprendimos y las cantábamos con ella; recuerdo aún la letra y la música de una canción de la zarzuela&nbsp;<em>La del manojo de rosas </em>del maestro Pablo Sorozábal y con libreto de Anselmo Cuadrado Carreño y Francisco Ramos de Castro que es el penúltimo número del segundo acto, un dúo entre&nbsp; Ascensión y Joaquín, una habanera titulada&nbsp;<i>¡Qué tiempos aquéllos!&nbsp;</i>Curioso que sea esa la canción de la que hoy me acuerdo. <br />  Casi todo el mundo la llamaba <em>May</em>&nbsp;y a mí -como a Liana- me gustaba mucho ese sobrenombre porque en realidad mi madre se llama María Teresa. <br />  Ayer, Liana y yo, fuimos a ver a May sólo que ella ya no está; su cuerpo sí recuerda a ella aunque tenga ya muchos, muchísimos años y queden todavía en su mirada, en su nariz, en el óvalo de su cara restos de aquello que fue. Sólo que May está demenciada y ya apenas recuerda nada y farfulla palabras y frases enteras que soy incapaz de entender y a veces se enfada y se pone un poquito agresiva pero enseguida recula, se calma, se mete los dedos en la boca con una fruición de bebé y luego se preocupa muchísimo por un imperdible para que no se le pierda y aquí no puedo evitar pensar en Freud y en el inconsciente y cómo ese objeto, seguramente, sea el que le permita no perderse definitivamente. <br />  Me hubiera gustado que Liana hubiera conocido a May a la edad de treinta y cinco, cuarenta años cuando el máximo de la desgracia no había caído sobre nuestra familia y la alegría de vivir aún se palpaba en el corazón de mi madre, una mujer joven y con esperanza; me hubiera gustado que la viera cuando estaba feliz y era ingeniosa y tenía eso que se llama don de gentes y hacía reír y reía y cantaba e iba a fiestas para las que se vestía con vestidos que realzaban su figura y permitían que se vieran sus piernas porque mi madre, según apreciación general, tenía unas piernas más bonitas que las de Ava Gadner. <br />  Ayer sólo vi fogonazos de May, apenas nada de mi madre; ayer vi a una mujer muy mayor que está cansada y no sabe por qué y que asegura que cuando quiera ella se levanta pero no se levanta nunca y busca una y otra vez que el imperdible esté en su sitio y luego se mete los dedos en la boca y la saliva que deja en ellos la extiende por las falanges de los dedos de la otra mano. Yo me siento a su lado y le tomo la mano; Liana se sienta enfrente. Estamos en el salón de la casa familiar. ¡Cuánto me pesan las paredes de esa casa! Me ensombrecen y aún así me repongo e intento comunicarme con ella, con May, y a veces surge en una pequeña sonrisa, en un mohín ligero como una brisa de verano, al caer la tarde, cuando el sol se oculta en el horizonte del mar y yo veo desde la orilla a May y a Antonio, mis padres, paseando por el paseo marítimo. Yo no he cumplido los diez años, ellos recién acaban de entrar en los cuarenta. ¡Qué tiempos aquéllos!&nbsp;¡Qué hermosos están!&nbsp; <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>Apuntes (48) </title>
   <updated>2026-03-18T20:37:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Apuntes-48_a2594.html</id>
   <category term="Ensayo poético" />
   <published>2026-03-18T20:14:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Cruzadas las manos sobre el pecho, con la determinación de intentarlo una vez más, se ha sentado frente a la ventana y ha cantado hasta quedarse sin voz; la noche se hace eco de su desencuentro; hasta el parpadear de unas luces que se ven muy arriba, casi donde la atmósfera pierde su nombre, encierra la posible comparación de ese hecho -el brillo con parpadeo- con su alma cada día. <br />   <br />  A veces se desata su ansia. <br />   <br />  Quedarse dormido, de costado... para siempre. <br />   <br />  Hoy que es un día cualquiera de un mes cualquiera en el cómputo de los hombres... <br />   <br />  Esa, esa es la substancia. No hay otra. Aunque quisiera escalar el muro de los lamentos no podría substraerse a esa substancia que anida en él, que se cocina en él, a cada segundo, como una huella, fósil si quieres de tiempos que fueron, en todo caso, vividos. <br />   <br />  ¡Vamos! ¡Vamos, a las barricadas! Subamos por aquellas peñas y tomemos la posición. Sólo, recordad, son almas las que os esperan. ¡Matadlas! No dejéis ni una viva, que ardan como Fuegos de San Telmo en un océano del Septentrión. Porque yo vi la ardora en unas playas lusas una noche de agosto en la que aún creía en la amistad; porque sentí mi cuerpo fosfórico y llegué a pensar que la mano que me acariciaba era la que me cerraría los párpados por última vez. <br />   <br />  La substancia contiene la esperanza. ¡Matadla! ¡Matadla! <br />   <br />  Y vosotros, buenos machos, dormid con bragas de encaje, sentid en vuestros genitales la suavidad de la tela, acariciaos el periné como si fuera una suerte de coño que ha nacido bajo vuestros escrotos y gemid mientras os corréis pronunciando el nombre que supuso vuestra ruina. <br />   <br />  Me quedé sin substancia. Habré de rellenarme. Hay todavía mucho que generar. <br />   <br />  Amén. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/Apuntes-48_a2594.html" />
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  <entry>
   <title>Passacaglia</title>
   <updated>2026-03-25T14:44:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Passacaglia_a2593.html</id>
   <category term="Ensayo poético" />
   <published>2026-03-11T19:32:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Podría quedarse dormido en el banco como ya le ocurrió hace años. No quiso. Ya peinaba canas. Había dejado de entender palabras y algunas le parecían perfectas por ridículas. <br />   <br />  Allá va, vestida de payasa, con una sonrisa estrafalaria y las uñas pintadas de carne. <br />   <br />  Hubiéramos querido. Como se hacen las salsas o como piden los mendigos a la salida de la iglesia hace setenta años. El vuelo no sorprendió a nadie. Hubiéramos querido y habría pasado un ángel de carne y hueso como líquida era la lefa del arcángel Gabriel. Los niños no se encargan. Los niños se hacen y luego ellos, al albur del mundo en el que caigan, acabarán olvidándote como se olvidan los gestos con los que nos arrancamos los padrastros un sábado sin fin. <br />   <br />  Me darías igual desnudo. Ya nada de ti me llama la atención. Tan sólo seguimos porque nos conocemos. Hasta tu tumba te seguiré porque tú, lo sabes, morirás antes. <br />   <br />  ¡Qué poco bastó para caer rendida! <br />   <br />  Vamos, entremos en ese portal. Apóyate. ¿Consientes?&nbsp; <br />   <br />  Era cierto. A la hora exacta de aquel día de marzo, la luna menguante quedó suspendida por uno de sus extremos de la veleta de la torre. Al día siguiente llegaron las cigüeñas. <br />   <br />  ¡Cálmate, este amor no durará para siempre! <br />   <br />  Vieron a los gatos en el fondo de les poubelles. Cantó el azor su canto bravo. Unas meninas se rajaron los miriñaques y el cielo se abrió en rabiosos rayos de luz. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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   <title>Temblor</title>
   <updated>2026-03-11T19:32:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Temblor_a2592.html</id>
   <category term="Ensayo poético" />
   <published>2026-03-04T19:45:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  No soy yo el dispensador de este amor que llega desde mis venas hasta vuestros ojos; no es de mí de quien emana la carestía del servil; no me corroo por dentro; no espero la espada ni la daga. Quiero amaros. Amaros siempre con esta desdicha que me persigue junto a vosotros. Porque os quiero sin que de mí salga este amor. Porque he llegado a menospreciar tanto mi vida que sé apreciar la de cualquiera de vosotros. Parece que a ese conocimiento aboca el fondo del pozo. <br />  Hace poco se me murió mi primer gran amigo. ¡Qué dulce dolor siento cada día! ¡Qué caricias como espinas &nbsp;si me viene a la cabeza su paso! ¡Qué aire de terciopelo en sus últimas miradas! ¡Qué sabia compostura en el paseo! <br />  Amar es esto. Dejar marchar también. La tarde no había temblado hasta ahora. De hecho me documentaba para una ficción que tal vez sea cierta cuando de improviso he sentido el temblor, se ha apoderado de mí como tantas tardes desde hace mas de cincuenta años y he llegado hasta aquí, hasta estas líneas que ahora escribo, con un piano tras de mí y de frente la oscuridad de una noche de marzo en mitad de unas montañas, ya a solas y la luz cálida de una vieja lámpara. <br />  Empiezo a estar dispuesto. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>Revuelta</title>
   <updated>2026-03-03T20:47:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Revuelta_a2591.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-03-03T20:23:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Eran las nueve menos diez. Habíamos quedado hacía veinte minutos y él aún no había llegado ni me había llamado ni había respondido &nbsp;a los mensajes que le había estado enviando. Yo tenía quince años y él también. El andén se estaba empezando a quedar vacío. Las gentes terminaban de despedirse. Mi vista, como si fuera una estatua, estaba fija en las escaleras mecánicas que bajaban desde el vestíbulo y por donde él tenía que aparecer antes de ocho minutos. Sólo quedaban ocho minutos. Encendí un cigarrillo y me apoyé en una de las columnas que sustentaban la marquesina que cubría los andenes. Fumaba. Miraba. Recordaba. El plan no podía fallar. Había gente que nos esperaba y que nos echaría una mano los primeros meses. Luego todo rodaría de manera natural. Recordaba sus ojos cómo brillaban cuando la noche pasada, en el parque de La Guindalera, nos habíamos dado el último beso antes de irnos cada uno para nuestra casa. Él me miró, casi delirante, y me dijo, Juntos para toda la vida. Desde mañana para toda la vida.. Yo le respondí, Para toda la vida, mi amor, para toda. Vete. Vete. Él salió corriendo, se detuvo y gritó, ¡A las ocho y media! En cinco minutos el tren arrancaría. Nadie bajaba ya por la escalera. Y ¿si no venía? Di la última calada. Miré una última vez. Hacía frío. Quería irme y estaba aterrada y sentí, de repente, una soledad dura y oscura como obsidiana. Con rabia pise la colilla. Me eché la mochila al hombro. Subí al tren. Justo cuando iba a entrar al convoy creí ver por el rabillo del ojo a alguien bajando a toda velocidad por la escalera. No quise cerciorarme. No sé por qué deseé la sorpresa. El tren arrancó. Encontré mi asiento. Dejé la mochila. Me acomodé y cerré los ojos. Que pasara lo que tuviera que pasar.&nbsp; <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>La doctrina del shock (2)</title>
   <updated>2026-03-02T19:56:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-doctrina-del-shock-2_a2590.html</id>
   <category term="Ensayo" />
   <published>2026-03-02T18:55:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  En 2012, era enero, escribí una entrada titulada así <a class="link" href="https://www.fernandoloygorri.com/La-doctrina-del-shock_a769.html"><em>La doctrina del&nbsp;</em><i>shock&nbsp;</i></a>  &nbsp;-si la quieres leer, ya sabes, no tienes más que clicar en su título en verde-. Seguimos instalados en ella. Y va en aumento. <br />  ¿Qué estado individual, social genera esta constante sensación de conmoción? ¿Qué implica en la vida de cada uno de nosotros la sensación de tener a las puertas de nuestras pequeñas vidas a un enemigo descomunal, dispuesto a acabar hasta con lo más sagrado que cada uno lleve en su saca? Un enemigo que por cierto, siempre es lo&nbsp;<em>Otro</em>. El miedo, en una palabra. <br />  Recuerdo que escribí la entrada tras ver un documental del mismo título de Michel Winterbottom. Naomi Klein, en 2007, había escrito su famoso libro en el que se basó el director para hacer su película. No me voy a entretener en intentar hacer una sinopsis ni del libro ni del documental porque creo que, en este caso, el título es la sinopsis perfecta y su lectura o la visión del documental se hacen casi imprescindibles para entender los alaridos de los modernos dictadores. <br />  Ya estamos en la III Guerra Mundial. De aquí -como profetizó Albert Einstein- acabaremos de nuevo en las cavernas. No sé cuánto durará esta guerra ni hasta qué extremos de crueldad &nbsp;y locura llegaremos. No me va a importar. No me voy a quedar en los sucesos (que es lo que quieren los generadores de opinión: atraparnos en los focos potentísimos de un suceso brutal) sino que voy a seguir buscando los procesos, los lugares por los que ha transitado el ser humano hasta llegar aquí y por ahí quizá llegue el conocimiento y la asunción de una certeza que Platón -el primero en Occidente, con su teoría de la idea de Idea y su derivada Lo Ideal- quiso ocultarnos: que el ser humano es por definición finito y contingente y eso le aboca a ser <em>mutatis mutandis&nbsp;</em>un lobo para el hombre. <br />  En los últimos días, debido a una pequeña enfermedad que me ha obligado a estar de sofá y tele (esta nueva televisión con cientos de canales que te lleva de un lugar &nbsp;a otro como si estuviéramos en un océano de informaciones e imágenes que acaban mareándote), he escuchado a personas que se podrían considerar los ideales de la burguesía, es decir, los seres masa, contraponer al horror que vivimos (¿qué horror? ¿qué novedad de horror? ¿que no sabíamos que &nbsp;los seres humanos nos matamos unos a otros sin descanso? ¿que no sabíamos que la codicia es el gran motor de Occidente?) la bondad, la ternura, los momentos en que unos nos ayudamos a otros como si fuera un sortilegio, algo que pudiera tener el poder de detener este deseo demasiado humano de trascender sea como sea, le cueste a quien le cueste. Esa reacción es estar en estado de shock y ese estado lleva a la yunta, lleva a agachar la cabeza. <br />  Por cierto, esta reflexión no es conclusiva, es sólo paisaje de un proceso. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>Embrión de oro</title>
   <updated>2026-02-24T20:36:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Embrion-de-oro_a2589.html</id>
   <category term="Ensayo poético" />
   <published>2026-02-24T19:36:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Me he hecho grande como la garganta y sé moler los granos que se me entreguen. <br />  La noche ha dicho, ¡Basta! y se ha roto en alba. <br />  Lirio-tigre <br />  Costa-alta <br />  Se han roto los cristales. Han gritado por las ventanas. Ya todo estaba hecho. Estaba hecho para siempre. Corrían años intermedios de un siglo más. Luego, condenados a repetirnos, volvieron a romperse cristales y se volvió a gritar por las ventanas abiertas a un mundo frío y púrpura. <br />  No anduve muy lejos de mi casa. <br />  Siempre he sido temeroso de mis dioses por eso me indigno cuando descubro en ellos purezas. <br />  Me he hecho grande y nata. <br />  Me interesa la ternura sin volverme blando como la maldad me interesa sin volverme malvado. <br />  Pienso seguir nadando. Vuela la sangre por mis venas. Dejé de endurecer mis arterias. Quise que mi mente divagara. Pude describir el desmembramiento de Purusa antes ser escrito. No quise. Pude narrar la vida del Bautista antes de que cualquier nabib lo señalara. Tampoco quise. Pude rogar a la Magdalena que me arropara. Lo habría hecho. Estoy seguro. Tan sólo pude hablar con ella y con su amante, un tal Jesús de Nazareth, en la cima de una colina llamada Gólgota que tenía la forma de una inmensa calavera. <br />  Porque la grieta se abre. <br />  Porque el sulfuro huele. <br />  Se acerca la nave. ¡Cómo se ciñe al viento su vela! Se acerca la nave. La que nos lleva al otro lado. La que nos deja dormidos. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>No mancha</title>
   <updated>2026-02-13T21:09:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/No-mancha_a2588.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-02-13T20:04:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Estaba la mar en calma. Cantaba tierra adentro un autillo. El ratón no andaba lejos. Comer, pensaba un joven sentado sobre la rama de un roble. ¡Cuánto aguanta la tierra! ¡Cuánto aporta! Estoy dentro de este ecosistema. Participo de una forma de vida que parte de comer y beber. Comer. Beber. <br />   <br />  Sí, sí, -se hablaba en voz alta la muchacha que pasea a la orilla del mar, la última espuma de las olas puede besar en ocasiones sus tobillos- me sé manejar en este medio. Sé lo que es el aire y sabe el cuerpo cómo hacer para usarlo. El aire. La mañana. La ilusión de los colores... y las tinieblas, claro -¿ha ocultado una nube cargada la luz imperiosa del sol? ¿Estaba éste adormilado, concentrado en un instante de su hidrógeno a punto de explotar o no?¿Fue la cercanía? Si, es cierto, a veces el cielo se cubre de repente y llueve a mares y se recuerda-, ese mundo que cada mañana, como piel vieja de serpiente renovada, desafía a la oscuridad y la vence y se lanza a la luz como manadas... las tinieblas llegarán de nuevo. Estaré sola. La luz está muerta. <br />   <br />  El joven baja de la rama del roble. No tendrá más de veinte años. Su gesto es cordial y su cuerpo ágil y flexible. No lleva miedo. Tan sólo hambre. Piensa en una tortilla española y unos pimientos rojos untados en aceite de oliva y asados con azúcar y sal. La cocina. Canta el nombre de su madre, dice Mayte, Maytechu, Mayte. Se ha cubierto el cielo. Parece que va a llover. <br />   <br />  La muchacha ha echado a correr. ¡Qué fría, de improviso, la arena! Corre la muchacha y piensa en algunas carreras legendarias; ríe y se siente afortunada por estar mojada y saber a sal. Son tantas las gotas que caen que apenas puede ver. En todo caso sabe que ha de ir hacia donde se dirige, que arriba, tras la curva a la izquierda, hay una gran explanada donde ha dejado aparcado el coche. Lo demás es tan sólo llegar y apretarse al espacio. <br />   <br />  El joven llega a la explanada donde ha dejado el coche. Ve llegar por el otro extremo a una muchacha empapada a la que escucha reír. La muchacha entrevé a lo lejos la figura del joven y exclama, ¡Vaya dos! y el muchacho le grita, ¡Sí! y le dice adiós con la mano. La joven se mete en su coche. El joven se mete en el suyo. Arrancan. Se dirigen uno detrás del otro hacia la carretera secundaria. Ponen los intermitentes. Giran. Aceleran. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>32 Mímesis</title>
   <updated>2026-02-07T20:40:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/32-Mimesis_a2587.html</id>
   <category term="Ensayo" />
   <photo:imgsrc>https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/imagette/94177784-65674470.jpg</photo:imgsrc>
   <published>2026-02-07T19:45:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
Me declaro libertino (en el sentido que a esta palabra se le daba en el siglo XVIII, es decir, en moderna terminología: librepensador).     <div style="position:relative; text-align : center; padding-bottom: 1em;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/94177784-65674470.jpg?v=1770493054" alt="32 Mímesis" title="32 Mímesis" />
     </div>
     <div>
       <br />  <strong>202.- </strong>¿Estoy en un periodo de cambio? ¿Importa algo? ¿Cuál es la nave que nos lleva? y ¿hacia dónde? <br />   <br />  <strong>203.-&nbsp;</strong>La distancia no es necesariamente olvido. <br />   <br />  <strong>204.- Mishra Pankaj</strong>&nbsp;en su libro&nbsp;<em>La edad de la ira&nbsp;</em>habla del deseo humano de parecernos a los otros. Esa tendencia a la identidad debe de ser uno de esos mecanismos de defensa que nos han convertido en seres cobardes y gremiales como las vacas. Sólo cuando el peligro es máximo los bóvidos humanos se atreven a atacar. <br />   <br />  <strong>205.-&nbsp;</strong>¿Cómo se han de encarar unas memorias? Yo propongo que desde el olvido absoluto. Un olvido que permita recordar (porque el olvido, ya nos los dijo el antipático y magnífico poeta <strong>Luis Cernuda</strong>, no es ignorancia.&nbsp;<em>&nbsp;Olvido de ti sí&nbsp;</em>-escribía-&nbsp;<em>mas no ignorancia tuya</em>). <br />   <br />  <strong>206.- </strong>En ocasiones acude a mi cuerpo una emoción intensa. Tengo aceradas las terminaciones nerviosas. Un solo copo de nieve puede provocarme una descarga brutal de ternura en todo el cuerpo. También la contemplación del odio me lleva a mis zonas más oscuras. <br />   <br />  <strong>207.-&nbsp;</strong>Pensar y sentir son las fuentes que se juntan en los mundos de la emoción. <br />   <br />  <strong>208.-&nbsp;</strong>Hasta pasivamente hemos de luchar contra el fascismo y contra los reaccionarios y volvernos conservadores de los pocos logros que se han alcanzado en este mundo de mierda: unos pocos derechos civiles para unos pocos y un mínimo de justicia social para menos aún. Debemos conseguir que esas dos miserias: justicia social y derechos civiles lleguen a miles, a millones, a miles de millones de seres humanos. <br />   <br />  <strong>209.-&nbsp;</strong>¿Y si se produce el cambio? ¿Dejará por fin de importar? ¿Seré capaz, junto con mis compañeros los libros y las artes, de navegar con mi propia nave en un mar grato a los ojos de este hombre que un día se atrevió a intuir que podría? <br />   <br />  <strong>210.-&nbsp;</strong>Queridas, vamos. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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   <title>Calva y reflejo</title>
   <updated>2026-02-04T14:28:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Calva-y-reflejo_a2586.html</id>
   <category term="Ensayo poético" />
   <published>2026-02-04T14:08:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Mira las uñas de sus pies y siente que están largas como si hubiera una largura estándar y el sabor de la tierra fuera el de las fresas. <br />  Mira el cuadro de los caballos y al sentir una vuelta a la infancia se mesa los cabellos y grita un nombre griego que no le dice nada. <br />  Mira el monte Olimpo, el que está en Marte, el que tiene una altitud de 22 kilómetros y sueña una división cartesiana del espacio y sueña que el amor se disuelve en talco como las esporas se yerguen atónitas ante la belleza del canto de las sirenas. <br />  Mira las rayas de sus manos (lo que acontecerá en la izquierda, lo acontecido en la derecha). <br />  Mira la tristeza de la vida en los ojos de la vieja y quisiera que no fuera esa su mirada y quisiera morir ahora mismo, a las puertas del último asalto, en un extraño bastión llamado Láctea. <br />  Mira los pechos de la amada. <br />  Mira las dagas emplumadas. <br />  Mira el fetiche que alarga su sombra sobre losas marmoladas. <br />  Mira el chupa chups de limón. <br />  Mira la necesidad de azúcar y el temblor que le provoca en el cuerpo saber que se va quedando sin glucosa. ¡Ay, querida glucosa, fuente de energía, envenenadora de almas! <br />  Luego la noche calma los ojos y él, sedente, recuerda el brillo de la calva en el cráneo de su madre y recuerda el día en el que sintió la sal marina y supo que vivir es murmurar melodías. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/Calva-y-reflejo_a2586.html" />
  </entry>
  <entry>
   <title>Detritus</title>
   <updated>2026-02-02T19:14:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Detritus_a2585.html</id>
   <category term="Ensayo poético" />
   <photo:imgsrc>https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/imagette/94041295-65617354.jpg</photo:imgsrc>
   <published>2026-02-02T13:32:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div style="position:relative; text-align : center; padding-bottom: 1em;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/94041295-65617354.jpg?v=1775902534" alt="Detritus" title="Detritus" />
     </div>
     <div>
       <br />  Las noches y sus sueños me avisan de que tengo el alma llena de mierda. Se me llenó el alma de asco. No hay sueño que tenga que no me revele al fin la sociedad que mi concepción del mundo ha generado. Me debato. Me lucho. Me miro. Me zambullo en zonas pestilentes que supuran diarreas que alteran el día para siempre. Hasta los sueños ignorados deben de haber marcado las vigilias que he construido a base de conciencia, a base de miradas, a base sobre todo de ausencias. Sé que hay existencias (¿existencias?) sanas y felices; creo firmemente en que puede que existan parejas que se amen; acepto la visión bella del lugar que habitamos y aún así mis sueños me muestran noche a noche lo contrario. ¡Oh, si pudiera lanzarme a los vicios solitarios sin sentimiento alguno de culpa! ¡Si pudiera acusar sin la menor duda a otros de mi desamparo! ¡Si fuera capaz de drogarme hasta la extenuación, hasta el delirio, hasta el delito! Sí, volverme un delincuente. Acechar en la noche fría de este febrero maldito a un anciano borracho y bajo la luz de una farola asestarle cuatro puñaladas para arrancarle el puto peluco de su muñeca y robarle los sesenta euros que lleva en la cartera tan sólo para correr a La Celsa y pillarle a un camello más drogado que yo algo que contenga unos restos de heroína. La miseria, me digo, mientras a mis espaldas un viento ciego y una lluvia inclemente lo humedecen todo y producen el nacimiento del moho y adquieren las paredes la consistencia del musgo y llora a lo lejos un recién nacido echado al contenedor de los plásticos por su asquerosa madre que lo tiró ahí para que muriera de hambre, de frío y de olor a mierda. Esto es el día dos. Tengo heladas las puntas de los dedos. Aprieto los puños que no son de acero. Me miro en un espejo y me culpo de no haber llevado a tiempo a mi perro a un veterinario tras ser embestido por una vaca la cual, pobre mía, individuo de un rebaño, había sido azuzada previamente por un pastor al que si reconociera le arrancaría los huevos a mordiscos y lo apalearía hasta que me rogara que por dios y por la santísima virgen lo matara, lo matara allí como él reventó a mi perro... mi perro, imagen misma de un dios bueno, al que llamé Cristo un día del cual no tengo ya el recuerdo. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/Detritus_a2585.html" />
  </entry>
  <entry>
   <title>El grito</title>
   <updated>2026-01-31T14:11:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/El-grito_a2584.html</id>
   <category term="Ensayo" />
   <photo:imgsrc>https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/imagette/94004320-65605094.jpg</photo:imgsrc>
   <published>2026-01-31T13:42:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div style="position:relative; text-align : center; padding-bottom: 1em;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/94004320-65605094.jpg?v=1775902534" alt="El grito" title="El grito" />
     </div>
     <div>
       <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;¡Llegaremos al final de los túneles! Tendremos que hacerlo, camaradas, aunque los vientos que nos vengan de cara sean los de los fascistas y sus algaradas. Volveremos de nuevo a mirarlos a la cara y temeremos sus represalias pero a muchos -ojalá sea yo uno de ellos- no nos acobardarán sus armas de fuego ni sus puños de hierro ni sus bates de beisbol ni sus esbirros de la violencia legal en nuestras calles. <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sí, la primavera queda lejos pero todos sabemos, todos, todos lo sabemos, que bajo la nieve que ahora siembra de helor el suelo a nuestros pies, están germinando las flores que mañana cubrirán las praderas del mundo de un concierto de color. La vida, a veces, se abre paso; la fraternidad, a veces, existe y en ocasiones un abrazo, tan sólo una mirada, puede salvar una vida. <br />  &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;¡Levantemos los puños y cantemos! ¡Aprestémonos a luchar contra el fascismo! ¡Asaltemos los muros de la maldita democracia liberal y convirtámosla en una democracia social y de derecho! ¡Basta ya de apariencias! ¡Basta ya de espejismos de libertad e igualdad! ¡Atravesemos este ciclo que vuelve eternamente a su retorno de democracia liberal/fascismo/guerra y conquistemos nuestra Tierra! <br />  &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;¡La tiniebla ya casi no puede ser más densa! ¡Campan los asesinos por nuestras ciudades y nuestros campos! Las buenas gentes, llenas de horror, callan. La malas gentes, llenas de soberbia, gritan. No será nuestro silencio quien acabe con sus gritos, será nuestra unión quien los machaque; será nuestra unión quien los encierre en su vergüenza y si es necesario habremos de amordazarlos y si es necesario habremos de mostrarles el camino de la buena vida y si es necesario habremos de leerles en las noches del invierno a oscuras algunos de los ensayos de ese gran y alegre vividor que fue Montaigne. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/El-grito_a2584.html" />
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  <entry>
   <title>Estarcido</title>
   <updated>2026-01-21T20:54:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Estarcido_a2583.html</id>
   <category term="Ensayo poético" />
   <published>2026-01-21T20:14:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Apenas llego a verla, es <a class="link" href="https://elpais.com/ciencia/2026-01-21/hallada-en-indonesia-la-pintura-rupestre-mas-antigua-de-la-humanidad.html#?prm=copy_link" target="_blank">el estarcido de una mano</a>  &nbsp;( si clicas sobre&nbsp; el texto en verde accederás al artículo publicado en El País) hecho hace 67.800 años. La mano ha sido descubierta en una cueva de Indonesia. Dicen que es la obra de arte más antigua del mundo, más antigua que las pinturas también rupestres de las actuales Francia y España. La cueva es de piedra caliza. La cueva está en la isla de Muna, al sureste de Célebes. Por la forma de la mano, porque acaban en punta los dedos, como si el ser que la imprimió sobre la roca quisiera que semejaran garras; porque ese 'querer que una cosa parezca otra' forma parte de lo que hoy se llama pensamiento simbólico y esta forma de pensar parece que es propia de nuestra especie, hubo alguien no hace tanto, 678 siglos, que entendió la esencia de la vida en la tierra: una mano que también desgarra. Luego vendría la magia y luego los mitos que eran simples narraciones y luego las grandes construcciones teológicas y luego la ciencia y luego una mujer camina por una gran avenida de una de las grandes metrópolis del mundo, según dataciones que todos entendemos, corre el año 2026 de la era común. La mujer habla desde su celular con una amiga. Atrás quedan las manos impresas hace 678 siglos en las paredes de caliza de unas cuevas halladas en las islas Célebes. Hay teorías que aseguran que eternamente retornará ese ser a imprimir la misma mano acabada en uñas puntiagudas como garras y esa mujer volverá a hablar con su amiga con un celular y yo volveré a escribir ante una vieja mesa sobre ambas distancias. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/Estarcido_a2583.html" />
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   <title>La oca</title>
   <updated>2026-01-20T20:47:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-oca_a2582.html</id>
   <category term="Teatro" />
   <published>2026-01-20T18:29:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
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       <br />  <em>Espacio vacío y amarillo. Suelo de arena. Ráfagas de viento de izquierda a derecha según el espectador. <br />  Una mujer y un hombre sentados en sillas de respaldo alto están frente a frente. Les separa una distancia de cincuenta &nbsp;centímetros. Ella viste un vestido corto con estampado de pájaros tropicales. Él viste una camisa blanca y unos jeans. Están descalzos. Tienen los pies hundidos en la arena.</em> <br />   <br />  ...que voy a morderte el cuello para desmayarme; quiero sentir tu sangre en mi lengua, que mi lengua toda se vuelva roja de tu sangre; voy a desnudarme para que observes, sin velos, el universo que se oculta tras la camisa y los&nbsp;<em>jeans</em>; quiero ese momento, frente a la terraza más allá de la cual se encuentra la montaña fría como cadáver rocoso, fría como si se levantaran los muertos Tzara y Ray y se pusieran como locos a construir dadaísmos; ¡déjame comerte el coño! ¡córrete en mi boca! deja que el flujo de tus órganos se deslice -grisura viva- por las comisuras de mis labios; porque el tiempo que vivimos es corto y el placer se turba a veces de sí mismo; porque tememos no rezar a tiempo; porque sentimos que dios ya muerto se quisiera reencarnar en ciervo; flota en el aire el tormento del fin; grita la bestia en las lindes del bosque; el tiempo se hizo marfil y se volvió amarillo; que voy a morderte el cuello hasta descuidarme las uñas, las dejaré muy largas como sables que jugaran en la arena con la palabra 'arena' en francés; desnudos los dos, al abrigo de un viento lóbrego que vino de Occidente y cubrió la carretera del muérdago que agoniza en los albores del invierno; despojados, cerrados los ojos, atentos los labios, inquietas las manos, lo vellos de los sexos entrelazados por fin, las puntas de los pies a punto de despegar; sí, nos quiero así, sólo un día más, tras un trago de vino bueno, el día que dejó de llover... <br />  &nbsp;
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