Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Que sepas que el camino no es el mismo sin ti; es tan distinto que ya no quiero ir. He probado a hacerlo de noche cuando la luna ilumina algo y deja lo demás en la penumbra y ni aún así.
Ausencia tuya en mí. Ausencia de mis pasos. Ausencia de latidos. Ausencias por venir.
Desde que ya no estás la belleza del mundo ha perdido.
Desde que sé que no volverás me tumbo por las tardes.
Sí, lo sé, al haberte convertido en Alma del Mundo sólo te puedo mirar de reojo. Sólo quería que lo supieras, pequeño y amado amigo mío.
Nos gustaba esta luz. Ibas a paso ligero.
 

Memorias

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 24/09/2026 a las 19:06 | Comentarios {0}


May
May ca.1955
May ca.1955

Era una mujer guapa, con estilo. Lo único que no era bonito en ella eran las uñas de las manos que las tenía como yo -en realidad yo las heredé de ella- en forma de garra porque la placa ungüeal cubre el perioniquio (o borde periungüeal). Tenía -y tiene- una voz muy hermosa de mezzosoprano; cuando niños nos cantaba a menudo zarzuelas y nosotros las aprendimos y las cantábamos con ella; recuerdo aún la letra y la música de una canción de la zarzuela La del manojo de rosas del maestro Pablo Sorozábal y con libreto de Anselmo Cuadrado Carreño y Francisco Ramos de Castro que es el penúltimo número del segundo acto, un dúo entre  Ascensión y Joaquín, una habanera titulada ¡Qué tiempos aquéllos! Curioso que sea esa la canción de la que hoy me acuerdo.
Casi todo el mundo la llamaba May y a mí -como a Liana- me gustaba mucho ese sobrenombre porque en realidad mi madre se llama María Teresa.
Ayer, Liana y yo, fuimos a ver a May sólo que ella ya no está; su cuerpo sí recuerda a ella aunque tenga ya muchos, muchísimos años y queden todavía en su mirada, en su nariz, en el óvalo de su cara restos de aquello que fue. Sólo que May está demenciada y ya apenas recuerda nada y farfulla palabras y frases enteras que soy incapaz de entender y a veces se enfada y se pone un poquito agresiva pero enseguida recula, se calma, se mete los dedos en la boca con una fruición de bebé y luego se preocupa muchísimo por un imperdible para que no se le pierda y aquí no puedo evitar pensar en Freud y en el inconsciente y cómo ese objeto, seguramente, sea el que le permita no perderse definitivamente.
Me hubiera gustado que Liana hubiera conocido a May a la edad de treinta y cinco, cuarenta años cuando el máximo de la desgracia no había caído sobre nuestra familia y la alegría de vivir aún se palpaba en el corazón de mi madre, una mujer joven y con esperanza; me hubiera gustado que la viera cuando estaba feliz y era ingeniosa y tenía eso que se llama don de gentes y hacía reír y reía y cantaba e iba a fiestas para las que se vestía con vestidos que realzaban su figura y permitían que se vieran sus piernas porque mi madre, según apreciación general, tenía unas piernas más bonitas que las de Ava Gadner.
Ayer sólo vi fogonazos de May, apenas nada de mi madre; ayer vi a una mujer muy mayor que está cansada y no sabe por qué y que asegura que cuando quiera ella se levanta pero no se levanta nunca y busca una y otra vez que el imperdible esté en su sitio y luego se mete los dedos en la boca y la saliva que deja en ellos la extiende por las falanges de los dedos de la otra mano. Yo me siento a su lado y le tomo la mano; Liana se sienta enfrente. Estamos en el salón de la casa familiar. ¡Cuánto me pesan las paredes de esa casa! Me ensombrecen y aún así me repongo e intento comunicarme con ella, con May, y a veces surge en una pequeña sonrisa, en un mohín ligero como una brisa de verano, al caer la tarde, cuando el sol se oculta en el horizonte del mar y yo veo desde la orilla a May y a Antonio, mis padres, paseando por el paseo marítimo. Yo no he cumplido los diez años, ellos recién acaban de entrar en los cuarenta. ¡Qué tiempos aquéllos! ¡Qué hermosos están! 
 

Memorias

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 24/03/2026 a las 17:21 | Comentarios {0}


Nilo y yo en el camino. Fotografía de Liana Luchini Solano. 12 de octubre de 2025
Nilo y yo en el camino. Fotografía de Liana Luchini Solano. 12 de octubre de 2025

Nilo

Un mes de mayo de 2012 fuimos mi hija y yo al Refugio, un centro de acogida para perros abandonados. V. quería un perro. Estaba en la edad de querer uno y yo estaba en la edad de poder concederle ese deseo. Paseando por el recinto V. se fijó en un perrillo de dos meses, un chucho casi negro por entero excepto por el final de las patas, parte del morrillo, el pecho y la punta de la cola que eran blancas como las cimas de las montañas del Himalaya. Recuerdo que V. me lo señaló con el dedo índice de su mano derecha y sonrió. Justo en ese momento la responsable del centro me llamó y me pidió que habláramos aparte un momento. Me dijo que ese perro tenía parvovirus y que era posible que no saliera adelante pero V., cuando se lo dije, aseguró que saldría adelante, seguro que saldría. Nos fuimos con él y en el coche pensamos en su nombre. V. quería llamarlo Milo pero cuando se puso a hacer pis en el asiento de atrás le dije ¿Y por qué no lo llamamos Nilo? V. rio y aceptó. El día que fuimos a por él era un sábado por la mañana. Esa misma noche Nilo tuvo una crisis tremenda. Lo llevamos a una clínica veterinaria de urgencia. Le inyectaron la jeringa de antibiótico más grande que he visto en mi vida y al salir la veterinaria me dijo que era muy posible que muriera en las siguientes veinticuatro horas. No murió. Ayer, cinco de noviembre de 2025, murió y parte de mí ha muerto con él.
Han sido casi catorce años de una amistad a prueba de vida; juntos hemos caminado el tiempo; juntos nos hemos consolado de las desgracias del vivir; juntos hemos jugado, reído, amado, dormido; juntos hemos visto los más hermosos atardeceres en el jardincito que teníamos. En el jardín hay unas rocas donde yo me sentaba y él siempre subía y se sentaba junto a mí y los dos, muy serenos, contemplábamos el mundo que se abría ante nuestras miradas; junto a él me he sentido seguro, protegido; junto a él he sido optimista; junto a él he recorrido cientos de kilómetros; juntos hemos remado y juntos hemos sufrido el abandono más terrible que se pueda vivir. Se ha muerto mi hermano, mi amigo, mi guía, mi consuelo y mi alegría.
Viaja sin dolor, hermano mío, mi perrillo, Nilo, como el río...
 

Memorias

Tags : Rapsodia en noviembre Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/11/2025 a las 18:51 | Comentarios {2}



Capítulo Primero (cont.)
Montaillou

        Cuando iba a saltar al momento de mi nacimiento, te me has aparecido de rodillas frente a la hornacina de la salita de tu casa en donde habías colocado una réplica en resina de la Piedad de Miguel Ángel que habías comprado en una tienda de souvenirs, junto a la Plaza de San Pedro de Roma. Era, me dijiste, la única vez que habías salido al extranjero y lo hiciste porque peregrinaste, como una buena católica ha de hacer, a Roma. Era la hora del atardecer; llevabas el pelo recogido y cubierto por un velo negro. La cabeza la tenías inclinada hacia el suelo, mantenías cerrados los ojos y musitabas para tus adentros los avesmarías de un rosario que a mí me resultaba interminable.
Nada en ti era atractivo, Elsa. Nunca te maquillabas. Vestías siempre con una blusa abotonada hasta el cuello, una rebeca siempre en tonos ocres sobre ella, una falda por debajo de las rodillas en tonos grises, medias marrones y zapatos bajos de cordón. Pero bajo la austeridad de tu vestimenta, bajo la castidad que aireaban, yo intuía unos pechos firmes y grandes y unas caderas fuertes donde agarrarse y unas nalgas prietas y un sexo jugoso y velludo y unas piernas fuertes como suelen serlo las de las mujeres vírgenes; esas visiones, mi querida Elsa, me excitaban y sabía que un día la Piedad de la hornacina sería testigo de nuestro primer arrebato sexual; tú te opondrías, me rogarías que no lo hiciéramos frente a tu señora la virgen María, llorarías para ablandarme pero al mismo tiempo sabrías que yo no iba a ceder y también sabrías que ibas a sucumbir a la tentación y al pecado porque así -como decías tú a menudo- nos había hecho Dios Nuestro Señor: débiles ante la tentación, débiles ante el placer de la carne, débiles ante un demonio tentador. Demonio tentador me llamabas mientras gemías y me pedías que te follara más, más, demonio mío, hijo del infierno, amor de mis entretelas.
Escribo sobre nosotros porque formamos parte de mi vida. Me referiré a ti cuando lo necesite porque junto a ti se produjo en mí algo que no he vuelto a sentir y es que, siendo yo como soy ángel caído, he sentido junto a ti la viscosa cercanía de Dios y casi he llegado a oler el olor que más me repugna: el olor de santidad. Ya sigo con mi nacimiento. Sólo quería que supieras que aquel atardecer en que por vez primera te vi rezar de rodillas, ante la Virgen, yo me coloqué tras de ti -sé que tú lo sentiste. Sé que disimulaste- y mis pensamientos imaginaban que te ponías a cuatro patas, te levantabas las faldas, te bajabas las bragas color carne y entre avemaría y avemaría me exigías que te tomara y al girar tu cara para cerciorarte de que me acercaba dispuesto a obedecerte no era tu cara la que veía sino la cara de mi madre Guillemette con un ojo a la funerala.
 

Memorias

Tags : Memorias para Elsa Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 08/05/2025 a las 20:38 | Comentarios {0}



Capítulo Primero
Montaillou

        La primera vez que recuerdo nacer es una noche de noviembre. Desde el quinto mes del embarazo fui consciente de mi existencia y de la existencia de otros; fui consciente de que era transportado; fui consciente de que aquella no era mi última morada sino el interior de un cuerpo humano y sentí y supe que ese cuerpo que me llevaba en su interior no me quería dentro de él. No sé si fue anterior o posterior a la certeza del rechazo cuando yo también sentí lo mismo: me daba asco aquel cuerpo y por decirlo en términos que habrán de ser revisados una y otra vez, también la personalidad de ese cuerpo, el carácter que habitaba en él me resultaba áspero. Luego estaba el olor. ¡Qué mal olía aquel cuerpo! ¡Cuántas veces vomité por el olor nauseabundo que llegaba tanto desde el exterior como desde los intestinos que me rodeaban! Era un olor a cuerpo basto. Era un olor de putrefacción constante. Y este olor se mezclaba con olores de sudor, de sangre, de líquido intersticial con aires de ciénaga. Aquel cuerpo parecía las entrañas de una ciudad superpoblada en donde todas las cagadas, todas las meadas, todas las menstruaciones, todas las lefas, todos los esputos, todo lo pútrido venía a parar allí y a través de la minúscula porosidad de las paredes del saco amniótico entraban esos olores que me mortificaban y hacían que empezara a dar patadas como si con ello pudiera romper la membrana del saco y escapar cuanto antes de aquel infierno líquido, sucio, vivo. Unas patadas a las que aquel cuerpo respondía dándose puñetazos en el lugar donde yo pateaba pero por fuera y fue así como descubrí que había un fuera y que yo estaba dentro de algo que me transportaba y deduje, un par de meses antes de nacer, que algún día yo también estaría fuera y no dependería del cuerpo que ahora me transportaba tan a su pesar.
 

Memorias

Tags : Memorias para Elsa Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 05/05/2025 a las 18:09 | Comentarios {0}


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