La tarde se detiene sobre el brillo que el último sol deja caer sobre la hoja de un roble. Todo calla. Sí, es esa hora en la que los pájaros han terminado la jornada y se recogen las hormigas. Yo no tiemblo como el brillo en la hoja. Yo tiemblo por dentro, casi en los huesos; la tarde se detiene, me mira a los ojos y parece una madre buena y severa que estuviera esperando la confesión de una trastada mía para poder sonreír hasta que llegue la noche. La tarde me ha esperado y yo se lo agradezco y como veía que las ocho y diez no llegaba, le he pedido si podría volver a andar para que el tiempo continúe ofreciéndonos la idea de que es un transcurrir. Y ella, la tarde, me (nos) regala un día más el movimiento. ¡Salve sea! ¡Bendito el brillo que se apaga!
Te miro y siento el mundo lejos.
Aseguro que suena el árbol que no es observado cuando cae en mitad de la jungla, a la hora de la siesta de los animales, en esa calma que ni el viento es capaz de alterar.
Te miro y me siento desnudo, sin defensas.
Aseguro que la cascada sigue cayendo y que las Furias persiguen a los hijos desconsiderados o a los abuelos que dejaron de cuidar a quien debían.
Te miro y siento que nunca más te veré y al sentirlo el agua se hiela y el canto de los pájaros de mi jardín se vuelve fúnebre como el halcón cuando en picado mira a la liebre que ha de morir entre sus garras. Te quiero y muero. Te miro y sangro. No hay duelo.
Aseguro que en la tundra ha crecido una brizna de hierba y alguien, sometido a las inclemencias de un tiempo extremo, ha sentido el calor en sus mejillas tras dar un buen trago a un té del Labrador. Me quedan mis manos para seguir mirándote. Aseguro el tiro cuando sueño. Me doy justo en el centro de la frente con la delicada, escribió Raymond Chandler, exactitud de la suerte.
Te miro y se eclipsa el universo. Te miro y deja de expandirse tu ausencia. Te miro y surge poderosa la florecilla del almendro. Te miro y siento eterna la estupidez humana.
Aseguro cada grano de trigo, la existencia real de los esclavos judíos y su aportación -en fuerza y potencia- a la construcción de las pirámides; aseguro mi inclinación a que volaran por los aires todas las construcciones erigidas en aras de una menos que merecida exaltación de cualquier ser humano; aseguro que los judíos ya no merecen nuestra compasión, la deuda de la humanidad con ellos ha quedado saldada, de ahora en adelante por mí pueden volver a ser carne de cañón; aseguro la supremacía de cualquier ser vivo sobre esta especie miserable que se creyó dios y como tal dios siempre será despreciable; aseguro que nada hay peor que ser un dios y nada más hermoso que la narración de su creación.
Te miro y se inunda de tierra el mar.
Corrección hecha en los últimos días de 2025 de un poema escrito a principios de la década de los 90 del pasado siglo
Como la cigarra canta, suspiro por encontrarme con una vida consagrada a los límites del hambre; ¡venid, venid, marineros! ¡venid, callad, guardaespaldas! hay un niño que se yergue y un corazón que se aplasta; la noche viene rodando, las piedras crujen al alba, los ríos se están mordiendo, las algas del mar llegadas; ¡venid, respirad, alondras! cantad, inspirad mis mentes, ellas que volaban lejos, ellas que al fin… mis mentes son catalejos mirados por mil miradas: mis mentes, mis catalejos, mi afán, una ensenada cubierta de flores verdes y tallos malvas; mis mentes, canallas, mis mentes están huyendo entre branas… branas cósmicas, ad infinitum; mis mentes ya no son nada, mis mentes son sólo aire, mis mentes no son ni aire, ni espadas, ni muletas de hostias consagradas; no hay mentes, no hay hostias, no hay flores, no hay branas; mentes, tan sólo mentes, mentes desintegradas.
Icor
Te quiero. Así vuelan las palabras. Te quiero y río. Te quiero y verde azulado. Las palomas dejaron de volar en marzo. Llovían almohadas sobre las buhardillas. Supe que la pesadilla avanzaba. Te quiero y salmuera. Te quiero y mina de plata. Luego quedarán en la memoria muchos silencios y como si fuera -la memoria- humilde jarapa, nada recordaré tan sólo que te quiero. Te quiero. Bailan las hojas a punto de dejarse caer por el otoño. Te quiero y no estoy desnudo. Te quiero como se quiere el alma del mundo. La sorna se ha fugado y el arpa resuena en el Tártaro y también los timbales y una suerte de clavecín que se olvidó de afinar. Te quiero por hablarme. Te quiero por callarme. Te quiero por darme cobijo bajo tus ayes. La niebla será brumario. El boulevard se hará de puntos y un deje naranja permanecerá en el cielo. Hordas de impresionistas inundarán los cuarteles y acabarán con todas las armas con sus pinceles. Te quiero y la saliva. Te quiero sin estandartes. Te quiero con la muela partida. Te quiero con las piernas y con las nueces. Sí, ambos sabemos que la humanidad es magra y que la maldad campa. Sólo nos salvan las imaginaciones. Te quiero y calma. Te quiero y playa. Ahora respiraré y me acordaré del día en que fotografiabas el juego del perro. Te quiero y sábanas. Te quiero y lupa. Ya las canas. Ya se acerca. Ya las ganas.
Poesía
Tags : Rapsodia en noviembre Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 11/11/2025 a las 20:13 |CORO: ¡Monstruo!
¡Qué caos extraño en las perreas!
¡Qué sinfín de plenitudes!
¡Se comban las huellas!
El aire desaparece.
La noche, desprovista de negro puro,
se agria y observa el cielo, su enemigo,
y quisiera matar una a una a sus estrellas.
Duerme, mi piececillo, duerme
que el sueño es amo del sentido.
¡Qué estruendo las bramaderas!
¡Cuántas iniciaciones!
¡Bulle el camino!
El agua desaparece.
La mañana, despierta y rosa,
se despereza y observa el fuego
como quien bordara un velo.
Duerme, mi piececillo, duerme
siempre a tu vera estoy, siempre a tu vera.
Poesía
Tags : Rapsodia en noviembre Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 02/11/2025 a las 19:13 |
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Poesía
Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 08/04/2026 a las 19:37 |