Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Monólogo



El Actor: un viejo dios soberano... justo de eso... puedo hurgar en esa llaga... los dioses vencidos... los dioses muertos... irme a los albores... es una estepa con un solo árbol... podría mirarme en el espejo y ver el rostro que he visto hace un rato. Todavía hacía sol. Ese dios amarillo y redondo... podría acunarme en las historias primordiales que tienen algo de sueño... de sueño de niño que ya recuerda los sueños... salir ahí fuera, una noche más, asido a las luces y al vestuario... hablar de esos dioses que hacían camino junto a nosotros y aún antes... mucho antes de fijar la verdad en la memoria... hay una gruta. Hay un fuego que se mantiene a costa de vidas si es necesario. Hay unas lanzas. Hay un riesgo que ya sabemos lo que significa. No sabemos que el coito lleva a la gestación. Las diosas. Los dioses eran ellas. Hubo un miedo y un mujericidio que acabó con su magia e inauguró la edad de la fuerza ... esos dioses, como Poseidón... o ésos más allá, a eones de distancia, antes del Tiempo, antes del Espacio que son pura ausencia, absoluta ignorancia, creadores por generación espontánea... No podría ir más lejos. No me atrevo. Vislumbro a penas el fracaso. Siento el aliento de la oscuridad que enfrente de mí respira... hablaría de la sensación de pasmo... hablaría de un lugar para vivir y del silencio inmisericorde al que se ven abismados cuando repelen y son cedidos como muebles inútiles en un mundo funcional... me atrevería... lo aseguro... poco antes de salir... me atrevería, lo juro. Ya lo he hecho antes. Me he enfrentado a ello varias veces. Una vez pude elegir entre partir un brazo o enfrentarme otra vez a ello y elegí enfrentarme. No quiero decir mucho más con eso... de dioses en las últimas... de los hermosísimos textos que se les dedicaron... la lluvia amarilla, el solsticio de invierno, el nacimiento del Buda, La Vaquería-Templo... los dioses muertos y resucitados. De ellos hablaría tanto. O de una montaña sagrada, Ida, o cualquiera otra, aunque Ida sea un monte pero tenga alma de montaña... hablaría de lo ctónico, de lo que se asienta y pesa y adquiere la densidad suficiente para nombrarlo... la noche está brava... Yo me erguiría ante mis muertos y les preguntaría... saber si ellos también... Si esta noche llamaran a la puerta y apareciera un perro al que llamara Ego...
 

Teatro

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 27/05/2026 a las 01:59 | Comentarios {0}


Cuentecillo teatral


Gilbert Garcin ca. 1999
Gilbert Garcin ca. 1999

       - No hay cascarón más vacío. Así me expreso.

       - Como el café, desde luego, desde luego...

       - No querría parecer desagradecido.

       - ¿Y lo es? A mí esa cuestión me parece mucho más interesante. Me llevaría incluso, si usted desarrollara, me llevaría, digo, a un estado de pura exaltación sexual.

       - ¡Qué gran unión!

       - ¡Qué gran patria! añado. Porque entonces se juntan los sufrimientos venales con los verdaderos. El cielo se convierte en infierno y me suda el coño lo que pueda pasar después. Los verdaderos, he dicho...

       - En efecto, lo has dicho.

       - Y tú quedas ahí, como un pasmarote. Digo los verdaderos y tú los das por hechos. Despierta, por el ángel cariacontecido te lo pido. Despierta. Ponme en duda o ponme mirando a Cuenca pero ponme, que yo sienta sangre que corre por tus venas, torrentes rojos perfectamente encauzados.

       - ¡Asesina de niños! ¡Rompehuevos! ¡Maldita sea la hora en la que nos encontramos por el caminito del Rey, cuando caía el sol y se levantaba una brisa de verano que olía a higos y tomillo! ¡Maldita sea tu estampa! ¡Así se te pudran los dientes para que nunca más puedas volver a sonreír y se acuñen en tus mejillas los hoyuelos que parecen los brocales de los pozos en los que la Doncella bebió! ¡Que no te quiero ver nunca más! ¡Mala conciencia!

       - No te vale y lo sabes. No es suficiente. Prevengo una catarata de aceite de oliva. Roo los huesecillos. Se afilan mis dientes y por dentro, cuando te pienso, se remueve una víscera que vaga sin nombre por los alrededores del páncreas. No nos digamos más maldades. No nos maldigamos más. La noche llegará pronto y vendrán los ausentes a visitarte. Llamarán a tu puerta. Entrarán muy despacio.

       - ¡Calla!

       - Se pondrán tras de ti. Te rodearán, incauto, lo sabes. Te rodearán y pondrán sus manos sobre tus hombros sobre los que se elevará una gran torre a la que bautizarán con tu nombre el cual, vencido, se convertirá en piedra. No me mires así. No me das pena. 

       - ¡Calla, por los santos maravedís que no huelen a orín! ¡Calla por el suelo de pinocha en el que nos reímos hasta que nos dolieron las plantas de los pies! Insisto: no hay cascarón más vacío. Y añado: se me perdieron los labios y no sé dónde.

       - ¿Me tendrás esta noche?

       - Todas.
       
       - Tan lejos llegará el espejo.

       - Coge la mano y véndela al mejor postor.

       - Vanidoso.

       - Vanidades.
 

Teatro

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 11/05/2026 a las 18:46 | Comentarios {0}



Espacio vacío y amarillo. Suelo de arena. Ráfagas de viento de izquierda a derecha según el espectador.
Una mujer y un hombre sentados en sillas de respaldo alto están frente a frente. Les separa una distancia de cincuenta  centímetros. Ella viste un vestido corto con estampado de pájaros tropicales. Él viste una camisa blanca y unos jeans. Están descalzos. Tienen los pies hundidos en la arena.


...que voy a morderte el cuello para desmayarme; quiero sentir tu sangre en mi lengua, que mi lengua toda se vuelva roja de tu sangre; voy a desnudarme para que observes, sin velos, el universo que se oculta tras la camisa y los jeans; quiero ese momento, frente a la terraza más allá de la cual se encuentra la montaña fría como cadáver rocoso, fría como si se levantaran los muertos Tzara y Ray y se pusieran como locos a construir dadaísmos; ¡déjame comerte el coño! ¡córrete en mi boca! deja que el flujo de tus órganos se deslice -grisura viva- por las comisuras de mis labios; porque el tiempo que vivimos es corto y el placer se turba a veces de sí mismo; porque tememos no rezar a tiempo; porque sentimos que dios ya muerto se quisiera reencarnar en ciervo; flota en el aire el tormento del fin; grita la bestia en las lindes del bosque; el tiempo se hizo marfil y se volvió amarillo; que voy a morderte el cuello hasta descuidarme las uñas, las dejaré muy largas como sables que jugaran en la arena con la palabra 'arena' en francés; desnudos los dos, al abrigo de un viento lóbrego que vino de Occidente y cubrió la carretera del muérdago que agoniza en los albores del invierno; despojados, cerrados los ojos, atentos los labios, inquietas las manos, lo vellos de los sexos entrelazados por fin, las puntas de los pies a punto de despegar; sí, nos quiero así, sólo un día más, tras un trago de vino bueno, el día que dejó de llover...
 

Teatro

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 20/01/2026 a las 18:29 | Comentarios {0}



- No vamos a saltar a la comba. Todo ese tiempo ya ha pasado. No vamos a soñar catedrales. Nos queda un resto de argamasa parecido en todo al concepto de amor. No vamos a hablar de las cigüeñas. ¿Cuántas veces tomaste el sarcófago y abriste la tapa para contemplar su interior? No devanaremos la madeja. El mar queda lejos. Lo sabes. No podremos llegar allí. No oiremos una vez más las olas ni sentiremos en nuestros pies la arena fresca, la que queda por la tarde cuando el sol se pone y sale esa luna gorda como el vientre de Deméter y nos quedamos sentados contemplando ese desconocimiento como si lo descubriéramos por primera vez. No nos soltaremos las manos. No nos meteremos en el agua ni sentiremos el picor de la sal en nuestras pieles. Nos vamos a quedar sentados. Nos vamos a mirar a los ojos. Quizás vayas al baño y luego vaya yo y nos crucemos por el pasillo y se rocen, en el cruce, los laterales de nuestros meñiques. Eso haremos, amor mío. Lloraremos con toda seguridad. Tenemos por qué llorar. Es uno de los últimos días. Lo sabemos. Lo sabemos. El piano puede sonar si quieres. No me importa. Lo sabes; sobre todo desde que vivimos en esta casa donde nadie habita más que nosotros, tú y yo, querida mía, la loca de la casa, mi amante leal, mi fuente de inspiración.

El hombre se queda callado y cierra los ojos.
Ella se levanta y pone en el tocadiscos The gentle side of John Coltrane. Apaga alguna luz. Se descalza. Vuelve al sofá. Se acurruca. 


- Nos tomaremos las manos. ¿Podremos sentir como la primera vez? ¿Ese momento en el que uno de los dos tomó la decisión de tocar la piel del otro y el momento en el que el otro acepta y aprieta y mira? No, ya nunca más veremos el mar. Quedémonos para siempre aquí. Frente al pequeño jardín, escuchando a John Coltrane, hasta que la luna gorda se vaya desvaneciendo en los azules que el sol genera cuando vuelve a nacer. ¿Naceremos más veces? ¿Nos reencontraremos? ¿Qué será de las naves tripuladas que se dirigen a Orión? ¿Nos entenderemos con los sátrapas que hoy asolan nuestra suelo? ¡Ven, abrázame! La noche se está volviendo muy callada y siento como un presagio el silencio del mochuelo!

Hay un largo silencio durante el cual el bosque murmura. Es el momento en el que el sapo descubre que nunca será príncipe y ese descubrimiento le calma para siempre y le hace saltar de loto en loto. Hay un silencio estelar. Fuera estará la explicación. A ninguno de los dos le importa. La tierra navega y va rápida y sabe que llegará un día en el que ya no se verán desde ella más estrellas. Será el cielo un inmenso vacío azul y negro. Las resquebrajaduras de la bóveda celeste se habrán sellado para siempre, el orbe dejará de girar y quedará también en silencio. Lo saben ellos. Se abrazan.

- Dormidos estaremos listos. La noche será nuestra aliada. Subiremos las montañas. Navegaremos los pocos océanos que quedan. Haremos vivacs. Nos meceremos en las hamacas de nuestros bisabuelos. Pasará el avión de las tres. Las muchachas aparecerán por la esquina poco después de terminada la escuela. ¡Qué hermosa es la juventud!
 

Teatro

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/01/2026 a las 02:54 | Comentarios {0}


Monólogo escueto, listo para encordar


Toro. Fotógrafo Olmo Z. 2014
Toro. Fotógrafo Olmo Z. 2014

KARL:
Krausismo, Fernanda, obtuvo prohibidos en 1873. 
Esposo como plan b en la tarde donde Manet concibió un globo.
Completo, Fernanda, por post conciliar, por incrementar hasta el delirio el menosprecio y la lengua;
¡Segismundo, atiende en el mostrador!
Suya y nada más que suya, lo digo así porque ésa es la definición que le dio Hanna Arendt.
¿No estaría en contradicción con la vida onírica?
La Madre Naturaleza.
Isaac Yakovlevich Pavlosky.
De todo ello dio razón en un polémico ensayo que denominó Hacedores de sueños.
¡Libértame. Fernanda!
Liberto fue Terencio y así le fue.
Dime si Terencio era de piel oscura como las noches egipcias a orillas de un río...
...el río que pasa por mi aldea no es el Tajo.
...el río a cuya vera descanso en Egipto no es el Nilo;
No es el Nilo, Fernanda, no es el Nilo. ¿Tuviste un idilio con el hombre que se balancea en el aire? ¿Sabía lo desahogada de tu situación económica? ¿Te lamía mientras te pedía unos cuantos miles de reales? Digna de encomio es tu valentía.
Ya termino, ya, ya termino. Sólo era por no perder la mano. Por dejarme guiar por una piedra. Se trata, al fin y al cabo de un trabajo sin salario. Ven, Fernanda, ven, enlacemos as mâos à beira do rio.
 

Teatro

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 08/04/2025 a las 18:25 | Comentarios {0}


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