Espacio vacío y amarillo. Suelo de arena. Ráfagas de viento de izquierda a derecha según el espectador.
Una mujer y un hombre sentados en sillas de respaldo alto están frente a frente. Les separa una distancia de cincuenta centímetros. Ella viste un vestido corto con estampado de pájaros tropicales. Él viste una camisa blanca y unos jeans. Están descalzos. Tienen los pies hundidos en la arena.
...que voy a morderte el cuello para desmayarme; quiero sentir tu sangre en mi lengua, que mi lengua toda se vuelva roja de tu sangre; voy a desnudarme para que observes, sin velos, el universo que se oculta tras la camisa y los jeans; quiero ese momento, frente a la terraza más allá de la cual se encuentra la montaña fría como cadáver rocoso, fría como si se levantaran los muertos Tzara y Ray y se pusieran como locos a construir dadaísmos; ¡déjame comerte el coño! ¡córrete en mi boca! deja que el flujo de tus órganos se deslice -grisura viva- por las comisuras de mis labios; porque el tiempo que vivimos es corto y el placer se turba a veces de sí mismo; porque tememos no rezar a tiempo; porque sentimos que dios ya muerto se quisiera reencarnar en ciervo; flota en el aire el tormento del fin; grita la bestia en las lindes del bosque; el tiempo se hizo marfil y se volvió amarillo; que voy a morderte el cuello hasta descuidarme las uñas, las dejaré muy largas como sables que jugaran en la arena con la palabra 'arena' en francés; desnudos los dos, al abrigo de un viento lóbrego que vino de Occidente y cubrió la carretera del muérdago que agoniza en los albores del invierno; despojados, cerrados los ojos, atentos los labios, inquietas las manos, lo vellos de los sexos entrelazados por fin, las puntas de los pies a punto de despegar; sí, nos quiero así, sólo un día más, tras un trago de vino bueno, el día que dejó de llover...
- No vamos a saltar a la comba. Todo ese tiempo ya ha pasado. No vamos a soñar catedrales. Nos queda un resto de argamasa parecido en todo al concepto de amor. No vamos a hablar de las cigüeñas. ¿Cuántas veces tomaste el sarcófago y abriste la tapa para contemplar su interior? No devanaremos la madeja. El mar queda lejos. Lo sabes. No podremos llegar allí. No oiremos una vez más las olas ni sentiremos en nuestros pies la arena fresca, la que queda por la tarde cuando el sol se pone y sale esa luna gorda como el vientre de Deméter y nos quedamos sentados contemplando ese desconocimiento como si lo descubriéramos por primera vez. No nos soltaremos las manos. No nos meteremos en el agua ni sentiremos el picor de la sal en nuestras pieles. Nos vamos a quedar sentados. Nos vamos a mirar a los ojos. Quizás vayas al baño y luego vaya yo y nos crucemos por el pasillo y se rocen, en el cruce, los laterales de nuestros meñiques. Eso haremos, amor mío. Lloraremos con toda seguridad. Tenemos por qué llorar. Es uno de los últimos días. Lo sabemos. Lo sabemos. El piano puede sonar si quieres. No me importa. Lo sabes; sobre todo desde que vivimos en esta casa donde nadie habita más que nosotros, tú y yo, querida mía, la loca de la casa, mi amante leal, mi fuente de inspiración.
El hombre se queda callado y cierra los ojos.
Ella se levanta y pone en el tocadiscos The gentle side of John Coltrane. Apaga alguna luz. Se descalza. Vuelve al sofá. Se acurruca.
- Nos tomaremos las manos. ¿Podremos sentir como la primera vez? ¿Ese momento en el que uno de los dos tomó la decisión de tocar la piel del otro y el momento en el que el otro acepta y aprieta y mira? No, ya nunca más veremos el mar. Quedémonos para siempre aquí. Frente al pequeño jardín, escuchando a John Coltrane, hasta que la luna gorda se vaya desvaneciendo en los azules que el sol genera cuando vuelve a nacer. ¿Naceremos más veces? ¿Nos reencontraremos? ¿Qué será de las naves tripuladas que se dirigen a Orión? ¿Nos entenderemos con los sátrapas que hoy asolan nuestra suelo? ¡Ven, abrázame! La noche se está volviendo muy callada y siento como un presagio el silencio del mochuelo!
Hay un largo silencio durante el cual el bosque murmura. Es el momento en el que el sapo descubre que nunca será príncipe y ese descubrimiento le calma para siempre y le hace saltar de loto en loto. Hay un silencio estelar. Fuera estará la explicación. A ninguno de los dos le importa. La tierra navega y va rápida y sabe que llegará un día en el que ya no se verán desde ella más estrellas. Será el cielo un inmenso vacío azul y negro. Las resquebrajaduras de la bóveda celeste se habrán sellado para siempre, el orbe dejará de girar y quedará también en silencio. Lo saben ellos. Se abrazan.
- Dormidos estaremos listos. La noche será nuestra aliada. Subiremos las montañas. Navegaremos los pocos océanos que quedan. Haremos vivacs. Nos meceremos en las hamacas de nuestros bisabuelos. Pasará el avión de las tres. Las muchachas aparecerán por la esquina poco después de terminada la escuela. ¡Qué hermosa es la juventud!
Teatro
Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/01/2026 a las 02:54 |Monólogo escueto, listo para encordar
KARL:
Krausismo, Fernanda, obtuvo prohibidos en 1873.
Esposo como plan b en la tarde donde Manet concibió un globo.
Completo, Fernanda, por post conciliar, por incrementar hasta el delirio el menosprecio y la lengua;
¡Segismundo, atiende en el mostrador!
Suya y nada más que suya, lo digo así porque ésa es la definición que le dio Hanna Arendt.
¿No estaría en contradicción con la vida onírica?
La Madre Naturaleza.
Isaac Yakovlevich Pavlosky.
De todo ello dio razón en un polémico ensayo que denominó Hacedores de sueños.
¡Libértame. Fernanda!
Liberto fue Terencio y así le fue.
Dime si Terencio era de piel oscura como las noches egipcias a orillas de un río...
...el río que pasa por mi aldea no es el Tajo.
...el río a cuya vera descanso en Egipto no es el Nilo;
No es el Nilo, Fernanda, no es el Nilo. ¿Tuviste un idilio con el hombre que se balancea en el aire? ¿Sabía lo desahogada de tu situación económica? ¿Te lamía mientras te pedía unos cuantos miles de reales? Digna de encomio es tu valentía.
Ya termino, ya, ya termino. Sólo era por no perder la mano. Por dejarme guiar por una piedra. Se trata, al fin y al cabo de un trabajo sin salario. Ven, Fernanda, ven, enlacemos as mâos à beira do rio.
Pieza teatral en una sola escena
Garganta entre montañas. Sopla helador y tenebroso el Bóreas. Grandes masas de piedra se alzan sobre la garganta. Son montañas escarpadas, profundamente verticales, cuyas paredes de tan lisas se dirían de cristal y tan elevadas que la vista no alcanza la cima más alta de sus picos; es la hora de la tarde que muere; el cielo ha variado del rosa cursi al carmesí menstrual; se escuchan no muy lejos gruñidos de animales horribles dispuestos a alimentarse de cualquier cosa que huela a carne y un poco más cerca, como si estuvieran a los pies de las encrespadas y lisas montañas, el Ogro escucha el coro de los lobos entonando un miserere; vuelan sobre su cabeza calva buitres y cernícalos y también éstos graznan su hambre, su intención de matar.
El Ogro es un macho de más de doscientos metros de altura y una envergadura de casi ciento cincuenta; es robusto, fiero, espantoso su rostro, afilados sus dientes, roja la esclerótica de sus ojos inmensos y negros como aguas abisales del mar más oscuro; su cuello sería el de veinte toros; las vértebras de su espalda son escamas afiladas ; su torso velludo está recubierto por un exoesqueleto, una especie de coraza color hueso que ningún depredador intuye hasta que intenta clavar sus dientes en él; sus manos no son manos son armas que asesinan; su miembro sexual siempre está enhiesto y este priapismo monstruoso le provoca tal dolor que se pasa la vida haciéndose pajas y corriéndose con la esperanza de que una eyaculación consiga acabar, por fin, con semejante tensión.
El Ogro:
¡Ah, sí! ¡Vaya si lo sé! Se está deshaciendo el muelle y caen a mi alrededor excrementos de gaviota que me recuerdan que la mierda siempre cae del cielo; soplo; me venero; estoy aturdido; desde que me levanto por la mañana; desde que el abrevadero del cerdo está sin agua y lo miro a él perdido y gris al fondo de la cochiquera como si me pidiera que de una puta vez acabe con su vida de cebón; caigo; desisto; quisiera coger el arma que no tengo y meterle una bala por la mitad de la frente -con la delicada exactitud de la suerte que escribiría Chandler- al hombre que un día acabará con los míos; la tarde decae; el hielo se endurece en el suelo; las cimas viejas; las nubes mansas; todo me lleva a levantarme esta noche cuando la madrugada sea una paz que no existe; eso haré; en ese tiempo me levantaré; por muy aturdido; por muy emperifollado; por muy asesino... ¡Ay, Gaia, cómo! ¡Cuándo! ¡Casandra, hazte oír y provoca el milagro de creerte porque en mi mente late un deseo perverso y atractivo de devorar cerebros de canallas, de acabar con la estirpe de los idealistas, de someter a cualquiera que me mire más allá del atardecer! ¡Desde esta garganta clamo a los hombres que vengan a por mí; ruego que no se dejen atemorizar por mi fealdad; crean que yo podría ser -horror necesario- el que acabe con la estirpe de quienes alimentan la estupidez! Voy a bajar la voz (El Ogro baja la voz y al hacerlo ésta se vuelve grave y casi bonita como si con ella envolviera un momento de ternura en el mundo) para decir que mi enormidad es nada y que no necesitáis - vosotros, dioses pequeños en proporción directa al temor que nos tenéis- tenernos amarrados a las laderas de estos colosos; bastaría con que pactáramos unos mínimos, cumpliéramos lo pactado y dejáramos que la vida corriera por nuestras venas el tiempo que nos fuera dado; (de nuevo su voz se va endureciendo, se vuelve más metálica, más aguda, más hiriente) y si no lo hacéis, llegará un día en que uno de nosotros se libere y entonces os juro que de vosotros no quedará ni el recuerdo casi cómico de un mito; os desmembraremos; os quemaremos; os simbolizaremos; olvidaremos el significado del símbolo; os olvidaremos; os olvidaran y al fin un nuevo mundo feo nacerá sin rastro de vuestra fealdad; ¡dejad que la Parca se acerque a vosotros! ¡Dejad que os engulla con gula! ¡Convertíos en savia de vuestro propio infierno y dejad que los niños se acerquen a mí!
En esa actitud cautiva me he visto. Sonrojado. El año se había vuelto bronco. Apenas había llovido y ese hecho atmosférico había alterado nuestros ánimos. Los de todos. También los ánimos de los de la parte de arriba donde decían que el aire era más puro y no transportaba tanto polvo en suspensión como aquí abajo. Teníamos la parte interna de las uñas siempre llenas de mierda. No valía cepillárselas una vez al día. Si querías tenerlas limpias, tenías que hacerlo dos o tres veces al día. Eso hacía yo. Así lo hacía. Mañana. Tarde. Noche. Porque a ella no le gustaba la roña debajo de las uñas. Sólo por eso. Tampoco me costaba tanto. Me dolía más cuando me decía, Si vivieras arriba. Si hubieras tenido los cojones de haber luchado por nosotros y haber conseguido ascender en la escala social para llegar hasta las zonas altas, entonces, sí, entonces, seguro que allí no tendrías tanta roña debajo de esas uñas que más parecen garras de buitre… ¡Vete! ¡Déjame! ¡Lávate, piojoso! En esa actitud cautiva. Sin ganas de echar en cara. Me quedo sentado. Frente a la pantalla. A veces imagino que está siendo de otra forma en otro sitio y eso no me alivia sólo que las variaciones sobre un mismo tema tienen algo de ritmo mineral. Una especie de eternidad como los estratos de las montañas. Extraña labor de los geólogos. Y como tal eternidad algo de quieto, de no movido por los siglos de los siglos. No inmóvil por deseo o por peso. No movido. La imagen es desastres a través de eones y eones en esta Tierra azotada por desastres y desastres y que por el azar hubiera un rincón del mundo por el que nunca hubieran pasado los desastres: no corrimientos de tierras, no meteoritos, no inundaciones, no fallas que chocan, no tormentas formidables, no nacimiento de moléculas. Nada. Desde el inicio. No movido. Ninguna fuerza ha ejercido influencia sobre él, excepto las inevitables, las generales al planeta Tierra. El planeta Tierra. La tierra. Tierra y tiempo. Esa forma de eternidad me calma. Esa forma mineral de sentirme vivo. Una forma quieta de permanecer. Una forma inmóvil al recibir los embates de la vida. ¡Qué áspero el mundo! ¡Carajo! ¡Qué áspero! Luego he pensado a Luis Cernuda y he leído algunos de sus versos… a escondidas… porque no quiero que nadie sepa de mis penas… porque me niego a arrostrar el mal de otros… porque siento cierta pereza en los últimos meses a la hora de esforzarme en calmar la sequedad de mi boca, la de mi piel también, la de mis labios también, también la sequedad de la aurora.
Teatro
Tags : Fantasmagorías Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 07/04/2024 a las 20:10 |
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Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 20/01/2026 a las 18:29 |