Alma: No la conocía mucho. Sólo desde hacía unos días. Me dijo, ¿Por qué no vamos mañana a la playa? Era verano. Yo le dije que sí, claro. Nos fuimos juntas a la mañana siguiente. Anduvimos por un camino en el bosque, un bosque de pinos, que moría en una playa de arena y piedras. El sol lucía alto cuando nos tumbamos. Ella dijo, Estamos solas. Tomemos el sol desnudas. Nos desnudamos. Nos tumbamos. Cerramos los ojos. Pasó el tiempo. No sé si me quedé dormida. No sé si soñé pero cuando fui consciente de nuevo de mí, estaba húmeda, una cantidad tremenda de flujo, inundaba mi coño. Tragué saliva. Estaba excitada. Abrí los ojos y lo primero que percibí fue un par de muchachos que al verme mirarlos se escondieron tras unas plantas. Se lo dije, le dije, Krista, unos muchachos nos miran. Ella dijo, Pues que miren. Estoy húmeda. No me importaría si... Yo le respondí que también lo estaba. Déjalos, me dijo. Nos dimos la vuelta. Nos pusimos de espaldas, con los culos al aire. No sé el tiempo que pasó hasta que los muchachos se acercaron. Se pusieron en cuclillas cerca de nosotras. Abrí los ojos. Vi cómo Krista agarraba el miembro empalmado de uno de ellos y lo acariciaba. El otro estaba a mi lado, muy rojo, muy excitado pero no se movía. Yo tampoco me movía, sólo sentí la humedad de mi coño y el deseo que tenía de que me follara. Krista se puso a su muchacho encima. Se puso bocarriba. Abrió las piernas. Se metió la polla del muchacho y me dijo, ¡Cógete al otro! ¡Folla! Lo hice. Lo cogí. Le bajé el bañador. Tenía una polla dura y grande con un gran glande rojo como las fresas salvajes. Me la metí. Se movió. Me corrí como una bestia. Nunca, jamás me había corrido tan intensamente. Me corrí varias veces. También Krista se corría y gemía y agarraba mi mano. Le dije al mío que no se corriera dentro. Pero se corrió dentro. Me lanzó una gran cantidad de semen. Mi coño era un estanque. Apenas descansamos. Les comimos las pollas y los muchachos se corrieron en nuestras bocas. Me gustó tanto el sabor a almendras de la lefa del mío que me volví a correr. Los muchachos se fueron. Nosotras nos quedamos desnudas, abiertas las piernas para que la brisa entrara en nuestros coños y los aliviara del ardor. Me excitaban los muslos torneados, los pechos tersos, la boca hinchada de Krista. Nos masturbamos la una a la otra. Nos corrimos una vez más. Reímos. Más tarde nos bañamos. Luego nos fuimos. En la casa que había alquilado me esperaba mi novio. Por la noche me lo follé y volví a correrme como nunca hasta entonces y como nunca después. A las pocas semanas aborté.
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Cuento
Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 29/06/2025 a las 18:42 |