Inventario

Página de Fernando Loygorri
El regalo es la palabra y la sintaxis. Mirar las palabras y sus órdenes -órdenes de otras lenguas. Palabras de otras lenguas- y saber, tras el entrenamiento de muchos años, disfrutar los miles de millones de palabras que he leído.
El regalo es tener en la cabeza historias como la  que ahora tecleo y que no han cesado de ser creadas por mi mente desde hace cuarenta y cinco años. El regalo es imaginar y poco a poco, con el esfuerzo ingente del diario escribir haber ido destilando esa transcripción que supone llevar a palabras y sintaxis lo que la mente pergeña.
Escribir me ha salvado de morir amargo. Las palabras y las sintaxis han sido mis psiquiatras y he conocido algunas magníficas que me han hecho pensar que quizá yo también podía formar parte de su magia porque si algo es la literatura es generosa, ¡cuántos que no son escritores tienen su libro! 
El regalo es haber podido padecer el mundo y contar su esperanza.
El regalo es que alguien, un día, me haya leído y se haya emocionado. 
Los demás no importa aunque importe (lo escribo así porque sé que en el fondo de mí no me importa. Sí en la superficie muchos días).
El regalo es leer a Sófocles y admirar a Sófocles. El regalo es cómo una lectura (la última vez ha sido con el Sueco Levov, personaje de Roth)  puede llevarte a mundos propios a partir de mundos ajenos (y aún más: mundos imaginados) y provocar mediante palabras y sintaxis un estallido de pura emoción, intensa y vívida.
Por todo eso no tengo más que palabras y sintaxis de agradecimiento por la vida y las gentes que me llevaron a ejercitarme en el doloroso, terrible, patético y maravilloso oficio de escritor.  

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Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 10/07/2018 a las 00:56 | {0} Comentarios


¿Qué tiene? Nadar es volar en un medio más denso que el aire. Antes de entrar el mundo ya se ha hecho más pequeño (y más azul). Primero es la desnudez en los vestuarios, junto a otros seres humanos machos. La desnudez en compañía (recuerdos de hospital: una auxiliar, los primeros días, cuando no podía beber ni comer, me lavaba tumbado en la cama. La desnudez también entonces. Le agradecía que me limpiara). El espacio es espacial. El agua tiene esencias de atmósfera cero. Parece una analogía de espacio exterior. Y el sonido de los cuerpos abriendo el agua genera ecos que podrían ser lejanas sensaciones rojas. Es al entrar en el agua cuando se produce la extrañeza y la calma y cuando cojo la cadencia justa del braceo -y siempre hay un intervalo de tiempo en que lo consigo- aseguro que desaparece el movimiento. Nadar con cadencia es sentirse quieto.
Justo como ahora que miro el reloj y pone: 0:00.

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Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 07/06/2018 a las 23:46 | {0} Comentarios


A veces siente la ausencia de fe y mira en rededor; mira las reglas, las escritas y las no escritas; observa al hombre que va atando cabos y no puede evitar recordar a un filósofo del siglo XIX; a veces los dedos corren más que las ideas y otras en cambio la idea es tan veloz que ni los dedos de un mecanógrafo con treinta años de experiencia y en pleno uso de sus facultades mentales sería capaz de alcanzarla; a veces siente la tiranía de los juicios y algunos le llegan muy adentro y le llevan muy lejos, justo a donde no quiere ir, justo donde no quiere estar; sabe que no tiene formación; sabe que por mucho que se esfuerce hay una densidad de algunas formas que él jamás alcanzará ni tan siquiera a vislumbrar como le ocurre con las jugadas de algunos juegos intelectuales a las que él, simple aficionado, tan sólo puede admirar cuando otro las descubre; sabe todas esas carencias y sabe la carencia de sí y aún con todo espera que el amigo entienda y le siga cuidando como hasta ahora y también espera que su debilidad quede entre ellos; la noche entonces se vuelve más oscura y unas masas aún más negras que la propia noche se mueven a su alrededor y parecen cantar la Torá mientras por los zócalos de su casa, de su pequeña casa, corretean los seres del alma del mundo cuchicheando sobre lo que les espera cuando la mente del hombre que se deja sugestionar descanse por fin en su dormir y sueñe.

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Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/04/2018 a las 00:49 | {1} Comentarios


Fotograma de Phantom Thread
Fotograma de Phantom Thread

Duchamp dice: la idea es el arte. No la forma ni el fin último -resultado- de la idea sino la idea. Me pasó el otro viendo la película Phantom Thread  dirigida y escrita por Paul Thomas Anderson lo siguiente: antes de que pudiera razonarlo -es decir, una vez terminada la película analizar los símbolos y las metáforas desde la reflexión- logré entender y asumir durante su visión que Anderson buscaba -con su forma de contarme la historia- que yo sintiera la hartura de lo que vive y tiene que soportar Alma para llegar al extremo que llega.
La idea que se le ocurre a Anderson para hacerme sentir como la protagonista me parece tan buena, tan aceptable que asumo que la forma que le dé a esa idea realmente no importa; el fin último de la idea si responde a la idea incluso diría que no tiene ni siquiera interés. 
 

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Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 05/04/2018 a las 11:01 | {0} Comentarios


Casi seguro que fue un viernes. No, en todo caso, un viernes de diciembre. Fue un viernes de primavera. Al terminar la jornada en el Instituto -estábamos en 1º de BUP y corría el año 1976- un compañero de clase llamado Francisco Javier S. L. nos invitó a ir a su casa a unos cuantos. Entre ellos recuerdo que estaban Joaquín F., Javier H., Ana N.-C. y yo pero deduzco que seguro que vinieron algunas chicas más y algunos chicos. Teníamos entonces entre 14 y 15 años.
Francisco Javier era un compañero del que, no sé por qué, siempre me ha quedado la sensación de que era un petimetre, algo repipi y con un ansia de ser lo que no era que a mí me daba un poco de repelús, cuando -eso se descubre más tarde- todos a esas edades intentamos ser algo que aún no somos.
Recuerdo el salón donde nos acomodamos pequeño y abigarrado; recuerdo que como anfitrión Francisco Javier sacó una Coca-Cola grande y algo de picar; recuerdo que para mí en aquella reunión sólo existía Ana N.-C.; recuerdo que ella vestía una falda por encima de la rodilla y una camisa blanca con los botones púdicamente abrochados para que no se le pudiera ver ni el tirante del sostén. Ana era bellísima, con una belleza andaluza. Tenía los ojos rasgados y verdes oliva; el cabello azabache -aquel viernes recogido en un moño italiano-; delicados los hombros; fina la boca; ovalado el mentón; pequeño el pecho; delgada, con una hermosa voz y unos muslos torneados y suaves.
Llevaríamos no más de media hora allí. Hacía calor -por eso deduzco que era un viernes de primavera-. Francisco Javier había puesto en el tocadiscos el disco Abraxas de Santana y alguien le propuso que bajara un poco las persianas. Debíamos de estar todos sentados y quizá no había sitio para todos porque -imagino que en un arranque de osadía que siempre me agradeceré*- le dije a Ana que se sentara en mis rodillas. Ella aceptó. Y pronto nuestras manos empezaron a jugar con las manos del otro y -a medida que avanzaba el disco- las manos se debieron volver más audaces porque recuerdo las suyas en mi cuello y las mías en sus muslos hasta que, justo cuando empezaba a sonar Samba pá ti nuestras bocas se mordieron, se besaron, se excitaron por primera vez en nuestras vidas. El primer beso fue la explosión de la vida. La excitación brutal de su cuerpo pegado al mío; el olor de su sudor; el olor de su excitación; la tensión de sus labios recorriendo los míos; la extensión de su lengua en mi boca; nuestros dientes saludándose. Y mi mano, sí, mi mano, que por primera vez acariciaba el cuerpo de una mujer, Ana, que me permitió llegar hasta su pecho y morderle los lóbulos de las orejas y también susurrarle tiernas palabras mientras ella me decía, -por primera vez en mi vida una mujer me dedicaba esas palabras- amor mío, Fernando, amor mío... era un viernes de primavera hace ahora cuarenta y un años.

* Al releer esta tarde el texto, no estoy tan seguro de que fuera yo quien le pidiera a Ana que se sentara en mis rodillas. En mi recuerdo se ha abierto paso, y con fuerza, la posibilidad de que fuera ella motu propio quien se sentara encima de mí y así se iniciara lo que siguió. Si ocurrió esta variante no tengo más que alabar en Ana lo que antes alabé en mí.

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Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 15/12/2017 a las 13:46 | {0} Comentarios


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