Inventario

Página de Fernando Loygorri
A veces siente la ausencia de fe y mira en rededor; mira las reglas, las escritas y las no escritas; observa al hombre que va atando cabos y no puede evitar recordar a un filósofo del siglo XIX; a veces los dedos corren más que las ideas y otras en cambio la idea es tan veloz que ni los dedos de un mecanógrafo con treinta años de experiencia y en pleno uso de sus facultades mentales sería capaz de alcanzarla; a veces siente la tiranía de los juicios y algunos le llegan muy adentro y le llevan muy lejos, justo a donde no quiere ir, justo donde no quiere estar; sabe que no tiene formación; sabe que por mucho que se esfuerce hay una densidad de algunas formas que él jamás alcanzará ni tan siquiera a vislumbrar como le ocurre con las jugadas de algunos juegos intelectuales a las que él, simple aficionado, tan sólo puede admirar cuando otro las descubre; sabe todas esas carencias y sabe la carencia de sí y aún con todo espera que el amigo entienda y le siga cuidando como hasta ahora y también espera que su debilidad quede entre ellos; la noche entonces se vuelve más oscura y unas masas aún más negras que la propia noche se mueven a su alrededor y parecen cantar la Torá mientras por los zócalos de su casa, de su pequeña casa, corretean los seres del alma del mundo cuchicheando sobre lo que les espera cuando la mente del hombre que se deja sugestionar descanse por fin en su dormir y sueñe.

Miscelánea

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/04/2018 a las 00:49 | {1} Comentarios


Fotograma de Phantom Thread
Fotograma de Phantom Thread

Duchamp dice: la idea es el arte. No la forma ni el fin último -resultado- de la idea sino la idea. Me pasó el otro viendo la película Phantom Thread  dirigida y escrita por Paul Thomas Anderson lo siguiente: antes de que pudiera razonarlo -es decir, una vez terminada la película analizar los símbolos y las metáforas desde la reflexión- logré entender y asumir durante su visión que Anderson buscaba -con su forma de contarme la historia- que yo sintiera la hartura de lo que vive y tiene que soportar Alma para llegar al extremo que llega.
La idea que se le ocurre a Anderson para hacerme sentir como la protagonista me parece tan buena, tan aceptable que asumo que la forma que le dé a esa idea realmente no importa; el fin último de la idea si responde a la idea incluso diría que no tiene ni siquiera interés. 
 

Miscelánea

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 05/04/2018 a las 11:01 | {0} Comentarios


Casi seguro que fue un viernes. No, en todo caso, un viernes de diciembre. Fue un viernes de primavera. Al terminar la jornada en el Instituto -estábamos en 1º de BUP y corría el año 1976- un compañero de clase llamado Francisco Javier S. L. nos invitó a ir a su casa a unos cuantos. Entre ellos recuerdo que estaban Joaquín F., Javier H., Ana N.-C. y yo pero deduzco que seguro que vinieron algunas chicas más y algunos chicos. Teníamos entonces entre 14 y 15 años.
Francisco Javier era un compañero del que, no sé por qué, siempre me ha quedado la sensación de que era un petimetre, algo repipi y con un ansia de ser lo que no era que a mí me daba un poco de repelús, cuando -eso se descubre más tarde- todos a esas edades intentamos ser algo que aún no somos.
Recuerdo el salón donde nos acomodamos pequeño y abigarrado; recuerdo que como anfitrión Francisco Javier sacó una Coca-Cola grande y algo de picar; recuerdo que para mí en aquella reunión sólo existía Ana N.-C.; recuerdo que ella vestía una falda por encima de la rodilla y una camisa blanca con los botones púdicamente abrochados para que no se le pudiera ver ni el tirante del sostén. Ana era bellísima, con una belleza andaluza. Tenía los ojos rasgados y verdes oliva; el cabello azabache -aquel viernes recogido en un moño italiano-; delicados los hombros; fina la boca; ovalado el mentón; pequeño el pecho; delgada, con una hermosa voz y unos muslos torneados y suaves.
Llevaríamos no más de media hora allí. Hacía calor -por eso deduzco que era un viernes de primavera-. Francisco Javier había puesto en el tocadiscos el disco Abraxas de Santana y alguien le propuso que bajara un poco las persianas. Debíamos de estar todos sentados y quizá no había sitio para todos porque -imagino que en un arranque de osadía que siempre me agradeceré*- le dije a Ana que se sentara en mis rodillas. Ella aceptó. Y pronto nuestras manos empezaron a jugar con las manos del otro y -a medida que avanzaba el disco- las manos se debieron volver más audaces porque recuerdo las suyas en mi cuello y las mías en sus muslos hasta que, justo cuando empezaba a sonar Samba pá ti nuestras bocas se mordieron, se besaron, se excitaron por primera vez en nuestras vidas. El primer beso fue la explosión de la vida. La excitación brutal de su cuerpo pegado al mío; el olor de su sudor; el olor de su excitación; la tensión de sus labios recorriendo los míos; la extensión de su lengua en mi boca; nuestros dientes saludándose. Y mi mano, sí, mi mano, que por primera vez acariciaba el cuerpo de una mujer, Ana, que me permitió llegar hasta su pecho y morderle los lóbulos de las orejas y también susurrarle tiernas palabras mientras ella me decía, -por primera vez en mi vida una mujer me dedicaba esas palabras- amor mío, Fernando, amor mío... era un viernes de primavera hace ahora cuarenta y un años.

* Al releer esta tarde el texto, no estoy tan seguro de que fuera yo quien le pidiera a Ana que se sentara en mis rodillas. En mi recuerdo se ha abierto paso, y con fuerza, la posibilidad de que fuera ella motu propio quien se sentara encima de mí y así se iniciara lo que siguió. Si ocurrió esta variante no tengo más que alabar en Ana lo que antes alabé en mí.

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Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 15/12/2017 a las 13:46 | {0} Comentarios


¿Dónde está el camino del lago? (aunque no fuera un lago exactamente sino más bien una represa sólo que si no miraba hacia el sur y tan sólo miraba hacia el noroeste el paisaje era el de un lago con montañas al fondo y juncos en las riberas y encinas).
¿Sigue la tierra seca o las últimas lluvias la han reverdecido?
¿Qué partes del muro de piedra están derruidas? ¿Y cuáles han sido reconstruidas? ¿Se ha escapado algún toro? ¿Siguen camuflándose los puercoespines en el campo? ¿Y la culebrilla? ¿Y el zorro? Y por supuesto ¿están los jabalíes a sus anchas vagando por los caminos ya sea bajo la niebla o bajo el sol o en la llovizna?
¿Correrá Nilo de nuevo tras la pelota? ¿Me emocionaré en exceso cuando vuelva? ¿Seguiré pensando que mi vida es otra? ¿Sentiré el temor de las horas solas? ¿Qué le contaré a Fernando cuando le vea? ¿Qué canción será la que me duerma? ¿Terminaré la lectura de Stendhal Del Amor? ¿Aprenderé algo que me nutra? ¿Sonreiré con ternura cuando vea mi rostro ante el espejo? No cualquier espejo, no, sino el espejo de mi casa.
¿Abrazaré mi almohada? ¿Dormiré tranquilo? ¿Podré trabajar mientras a mis espaldas atardece? ¿Cenaré a gusto? ¿Volveré a probar el vino? Y cuando nade ¿qué sentirán mis piernas? ¿qué arco trazarán mis brazos? ¿cómo respirará mi boca el aire? ¿cómo lo expulsará mi nariz? ¿Tendré aún ritmo? ¿Recobraré con prontitud las fuerzas?
El día se está cubriendo de niebla y mis dedos sienten cierta cualidad del frío. ¿Qué les contaré a mis vecinos? ¿Cómo seré recibido? ¿Cuántas veces me vendré abajo? ¿Cuántas miraré el desafío con audacia? ¿De cuántos libros me tengo que despedir? ¿Cuántas frases escribiré aún? ¿Llegaré lejos? ¿Hoy empieza todo? ¿Cada hoy empieza siempre todo?

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Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 14/12/2017 a las 12:12 | {0} Comentarios


No resuelvo la ecuación en esta mañana de diciembre porque aún vibra en el aire una vena ocluida. No sé qué vena. Como tampoco sé exactamente cuál es la forma del páncreas ni conozco al dedillo las montañas de Marte. Sí, reconozco que no me sé sus nombres, ni sus ubicaciones, ni la pendiente media de sus laderas como desconozco igualmente las nombres de las venas que recorren mi tórax o la cantidad de sangre que se tiene que acumular en mi cerebro para poder pensar y luego escribir la palabra vida. Y aún así, con tanta ignorancia en mí, me siento cercano a Agamenón y a su Porquero cuando -imagino- caminan en esta mañana de un diciembre parecido de hace 3000 años por las costas de Lidia o se zambullen en un río de aguas cristalinas o meriendan en un prado de colores desvaídos mientras conversan sobre las razones del viento o sobre los aires de la guerra y ambos tras sus razonamientos permanecen callados porque el sol se oculta, el mundo enrojece y el porquero, sin pronunciarlo, piensa Marte.
Desde esta ignorancia escribo. Desde esta ignorancia me declaro incapaz de resolver ecuaciones de primer grado (¡y menos aún de 2º o de 3º!). Desde esta ignorancia voy a releer a algunos que me hicieron feliz en su momento mientras la mañana de este diciembre frío como el dolor avanza y nada se escucha excepto la pulsión de los dedos en las teclas, mi respiración (¡aún respiro!) y el roce de mi jersey con el escai de los brazos de la butaca.
De todas formas sí quiero hacer constar que sé la luz del sol y la palidez de la luna y también que reconozco el sabor de las aguas de los mares las cuales diferencio sin apenas esfuerzo del sabor de las aguas de manantial.
Y así todo irá siendo dicho. 

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Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 05/12/2017 a las 10:42 | {0} Comentarios


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