No estaba soleada. La respiración se iba haciendo fatigosa. El clavel, en el alfeizar de la ventana, sumergido su tallo, más o menos hasta la mitad, en un vaso de agua de cristal transparente. Los efectos de la luz. Su rostro afilado. El olor a alcanfor. Es pobre la habitación. La cama. Una mesa. Tres sillas. Un armario ropero. El vaso de cristal transparente con clavel. Dora ha salido un momento. La devoción amorosa de esta joven. El amor en toda su pureza. Porque conozco a Dora aseguro que el amor existe. Franz apenas puede hablar. Su voz es un susurro, ronca, con el sonido de caverna que provoca la tuberculosis en la laringe. Ayer escribió a sus padres. Me llama no con su voz; me llama levantando un poco la mano. Yo miraba por la ventana. He visto el movimiento de reojo. Estoy atento. Me acerco a la cama y me inclino poniendo mi oído muy cerca de sus labios. Me susurra ¡Máteme!
Las nubes cercan el valle. Le miro a los ojos. Sus ojos me exigen. Hubo una promesa. Hace tiempo. Austria, pienso. ¿Cómo será después? sin él.
Preparo una inyección de Pantopon un opiáceo tan fuerte como la morfina. Sé que K. mira cómo lo hago. Tengo su mirada clavada en mi espalda. Sus ojos grandes, amables, sus cejas oscuras y espesas. Se lo inyecto. Me ruega que me incline de nuevo. Lo hago. Me susurra, ¡No me engañe, se lo pido por el dios de nuestros padres, no me engañe! Sonrío. Le contesto, No le engaño. K. empieza a sentir los efectos del narcótico. Cierra los ojos. Parece descansar.
Lo llamábamos así y ya está ocurriendo. La nana se va a elevar en cuanto nos quedemos quietos. La nana se elevará desde gargantas dispuestas a todo. No importará la nieve. No nos dolerán los azotes en el culo. Maravilla será ver esas bocas abiertas cagando notas. Ya está ocurriendo. Porque lo estamos aceptando. La grulla arrulla al bebé fascista que acaba de nacer. Marchan por los aires majestuosas autillas con el alma libre mientras los autillos, sus hígados sobre todo, destilan hiel que arde y produce torpor y deseo de morir. Ya no vuelven los pañuelos rojos sino que limpios y blancos ondean azules pañuelos de machos. Veredas y caminos saludan al Estúpido y a su paso una cohorte de mandados riega el mundo con sus meadas y sus salidas de tiesto. ¡Anidad, Marihuanas! ¡Dejad abiertas las ventanas! Los pies seguirán las rutas trazadas. Los cantos elevarán los ánimos de los caucásicos, los cuales, astutos y agresivos, intentarán dar un bocado más. Los zafiros. Los australes. Los Bobos. Los silicatos. Las sales minerales. Las remolachas. Las bandadas de ánades. Las charcas tropicales. Las vallas publicitarias y sus mitos. Las tierras raras. Retuérzame el hurgalio, mister Spock. Quiero, cómo decirle, sentir escrotalmente la furia de mi aliento mientras la tarde se quema entre mítines que enfervorecen a las masas y las inclinan a saludar con el brazo en alto y la mano extendida cual flecha que se dirigiera el confortable mundo totalitario que nos espera entre sus brazos de hierro para apretarnos hasta explotarnos el corazón. Vamos, queridas; vamos, queridos; vamos querides; cógeos por los talles y por la ancha alameda marchemos hacia la nueva barbarie. Pero, ¡Por dios os lo pido! no dejemos de cantar como si fuéramos comparsas de un narcomusical. La hermosura me está invadiendo. Los marcianos se acuestan a mi vera y dejan ver bajo sus muslos sus metralletas. Y ¿qué me decís de las universidades? ¿Qué decir de ese enorme latinismo que es campus? ¡O tempora o mores! Ya está pasando. Llegó de nuevo. Surgen las razias. Se persigue al Otro. Se vocifera la necedad ahíta de orgullo. Se fijan las miradas. Se despiertan los apetitos. ¡Ay, mirlo! Me zambullo. Donde los calamares habitan. En el fondo de todo. Sobre el principio de nada. Aterrado y osado como el frío que asola el valle donde vivo, por donde pasa un río, por donde pasa un río, ¡ea! ¡arsa! ¡olé!
Cuento
Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 23/12/2025 a las 18:25 |Lo dijimos tan alto. Vibraban nuestras gargantas. Era allá arriba. Todavía con fuelle. Me dijiste que bajara y la lluvia tembló de contenta. El mundo era azul y amarillo con su poquito de verde. Cantaban las aves como si realmente existiera el Paraíso. ¡Qué suave sonaba la cascada! ¡Cómo tu pelo corto y tu cara seria caminaban de la mano con tu vicio! ¡Y qué hermosos eran (los vicios)! sobre todo si se marcaban en las venas de tus brazos y coloreaban de hígado enfermo tu esclerótica. Incluso el beso que no nos dimos tuvo algo de carnal.
Aquel día sin embargo no estabas viciada. Viniste limpia y con sonrisa. Parecías una muchacha normal que se ha vestido con unos vaqueros y una camiseta para dar una vuelta por la montaña y que ha venido a buscar al muchacho que le gusta porque es verano y viene de lejos. Aquella mañana era la eternidad. Así fue para nosotros. Así nos cogimos de las manos para ayudarnos a escalar y cuando llegamos a la cima de una de las montañas, nos sentamos y fumamos en silencio mientras mirábamos el mismo mar azul intenso picado de blancos. También el beso que no nos dimos tuvo algo de carnal. Fue allí donde de repente, como ocurren los grandes cambios en la vida, gritaste bien alto y yo te acompañé y grité lo mismo y vibraron juntas nuestras gargantas.
Aquel invierno te vi por última vez. Habían dejado abierto la mitad superior del ataúd. Casi no estabas en esa carcasa. Sólo quedaban de ti los labios que en vida también estaban siempre morados. Me incliné sobre ti. Nada me importaba que alguien nos viera. Quería besar tus labios al menos una vez. Lo hice. No tuvo nada de carnal.
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Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 14/12/2025 a las 19:39 |Cuando vimos los aspavientos de aquel hombre que en su sexualización fluida era casi casi una mujer, todos acudimos en su auxilio; el primero que llegó junto a ella -ahora es ella porque al acercarnos nos inundaba una esencia tan femenina que pálida se quedaba Afrodita en su concha tal cual la imaginaron los maestros renacentistas italianos- se quedó pasmado, transido de contemplación, como ido; tras él llegamos varios en tropel y al sentir el temblor en el labio inferior de aquel ser que surcaba los géneros como quien surca un amar, sentimos cada uno en el nuestro algo parecido a la empatía, algo parecido al dolor. Llegaron los demás y se hizo el silencio, tan sólo reverberaba en la Gare du Nord -que allí era donde estábamos-, en el andén 3, el aleteo de un petirrojo que se debió de extraviar cuando migraba hacia el sur. Justo en ese momento el sol emitió su último suspiro y nos entregó a la sombra como entrega un padre la novia ante un altar; ella -por los claroscuros que se habían pintado en su rostro- era ahora un muchacho adolescente, a punto de juventud; su gesto, atormentado, nos hablaba de pasiones antiguas como la piedra o la luna y su mano derecha, contenida en puño pálido cual alabastro, parecía contenerse a sí misma en una lucha final; lentamente, adagio infinito, le abandonó del todo la luz y su cuerpo se dejó caer sobre el suelo hecho de adoquín gris, del feo y sufrido adoquín gris y a medida que su cuerpo entraba en contacto con el adoquín se diluía, se iba yendo hasta que tan sólo quedó de aquel ser tan bello un rastro de bruma que sabía a sal.
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Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/12/2025 a las 20:06 |...y atiende la murga los pasos de los muertos; en el altozano se ha divisado la planta del té y las mujeres al grito de ¡Viva los nabos! han subido por la escarpada ladera, con la cabeza hacia arriba como si esperaran los cielos o una tormenta de padre y muy señor mío; la jefa de todas ellas, doña Margarita de la Manzana Verde-Doncella, se ha arremangado las faldas y como alma que llevara el diablo se ha lanzado a la cima, desgañitándose, jadeándose, enrojeciéndose hasta quedar casi sin resuello cuando con su pie izquierdo ha coronado la cima y dulcemente, como si niña fuera, se ha quedado dormida.
...venid, venid angelitos del demonio; venid, venid, almas en pena; corred, corred marsupiales y que cada salto que deis sea un aguacero de primavera; bebed, bebed cervatillos grises; amad, amad duendes de las rocas blancas; amasad, amasad con vuestra manitas el barro de las marmitas; haya tras venir, beber, amar y amasar un bucle cual rizo de muchacho casadero que rozara ligero la frente de doña Margarita y que ese roce del rizo del cabello despertara en ella la sed del sexo y fuera su cuerpo manantial fresco de flujos y promesas.
...aunque la muerte aceche y el dolor suponga el color de la adormidera, cantad caritas de oso, bufad espectros del mundo, alabad guiñoles queridos el humor que del hombre sale cada mañana, cuando acude a la vigilia y olvida el lugar en donde realmente habita: el mundo del sueño, el mundo sin forma, el mundo sin duelos.
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Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/12/2025 a las 16:38 |
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Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/01/2026 a las 20:39 |