Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Eran las nueve menos diez. Habíamos quedado hacía veinte minutos y él aún no había llegado ni me había llamado ni había respondido  a los mensajes que le había estado enviando. Yo tenía quince años y él también. El andén se estaba empezando a quedar vacío. Las gentes terminaban de despedirse. Mi vista, como si fuera una estatua, estaba fija en las escaleras mecánicas que bajaban desde el vestíbulo y por donde él tenía que aparecer antes de ocho minutos. Sólo quedaban ocho minutos. Encendí un cigarrillo y me apoyé en una de las columnas que sustentaban la marquesina que cubría los andenes. Fumaba. Miraba. Recordaba. El plan no podía fallar. Había gente que nos esperaba y que nos echaría una mano los primeros meses. Luego todo rodaría de manera natural. Recordaba sus ojos cómo brillaban cuando la noche pasada, en el parque de La Guindalera, nos habíamos dado el último beso antes de irnos cada uno para nuestra casa. Él me miró, casi delirante, y me dijo, Juntos para toda la vida. Desde mañana para toda la vida.. Yo le respondí, Para toda la vida, mi amor, para toda. Vete. Vete. Él salió corriendo, se detuvo y gritó, ¡A las ocho y media! En cinco minutos el tren arrancaría. Nadie bajaba ya por la escalera. Y ¿si no venía? Di la última calada. Miré una última vez. Hacía frío. Quería irme y estaba aterrada y sentí, de repente, una soledad dura y oscura como obsidiana. Con rabia pise la colilla. Me eché la mochila al hombro. Subí al tren. Justo cuando iba a entrar al convoy creí ver por el rabillo del ojo a alguien bajando a toda velocidad por la escalera. No quise cerciorarme. No sé por qué deseé la sorpresa. El tren arrancó. Encontré mi asiento. Dejé la mochila. Me acomodé y cerré los ojos. Que pasara lo que tuviera que pasar. 
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 03/03/2026 a las 20:23 | Comentarios {0}



Estaba la mar en calma. Cantaba tierra adentro un autillo. El ratón no andaba lejos. Comer, pensaba un joven sentado sobre la rama de un roble. ¡Cuánto aguanta la tierra! ¡Cuánto aporta! Estoy dentro de este ecosistema. Participo de una forma de vida que parte de comer y beber. Comer. Beber.

Sí, sí, -se hablaba en voz alta la muchacha que pasea a la orilla del mar, la última espuma de las olas puede besar en ocasiones sus tobillos- me sé manejar en este medio. Sé lo que es el aire y sabe el cuerpo cómo hacer para usarlo. El aire. La mañana. La ilusión de los colores... y las tinieblas, claro -¿ha ocultado una nube cargada la luz imperiosa del sol? ¿Estaba éste adormilado, concentrado en un instante de su hidrógeno a punto de explotar o no?¿Fue la cercanía? Si, es cierto, a veces el cielo se cubre de repente y llueve a mares y se recuerda-, ese mundo que cada mañana, como piel vieja de serpiente renovada, desafía a la oscuridad y la vence y se lanza a la luz como manadas... las tinieblas llegarán de nuevo. Estaré sola. La luz está muerta.

El joven baja de la rama del roble. No tendrá más de veinte años. Su gesto es cordial y su cuerpo ágil y flexible. No lleva miedo. Tan sólo hambre. Piensa en una tortilla española y unos pimientos rojos untados en aceite de oliva y asados con azúcar y sal. La cocina. Canta el nombre de su madre, dice Mayte, Maytechu, Mayte. Se ha cubierto el cielo. Parece que va a llover.

La muchacha ha echado a correr. ¡Qué fría, de improviso, la arena! Corre la muchacha y piensa en algunas carreras legendarias; ríe y se siente afortunada por estar mojada y saber a sal. Son tantas las gotas que caen que apenas puede ver. En todo caso sabe que ha de ir hacia donde se dirige, que arriba, tras la curva a la izquierda, hay una gran explanada donde ha dejado aparcado el coche. Lo demás es tan sólo llegar y apretarse al espacio.

El joven llega a la explanada donde ha dejado el coche. Ve llegar por el otro extremo a una muchacha empapada a la que escucha reír. La muchacha entrevé a lo lejos la figura del joven y exclama, ¡Vaya dos! y el muchacho le grita, ¡Sí! y le dice adiós con la mano. La joven se mete en su coche. El joven se mete en el suyo. Arrancan. Se dirigen uno detrás del otro hacia la carretera secundaria. Ponen los intermitentes. Giran. Aceleran.
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 13/02/2026 a las 20:04 | Comentarios {0}



Es el túnel. Te lo tengo que decir. Una oquedad que se abre en mitad de la noche. He estado conduciendo por una carretera secundaria. Creo que sé a dónde voy. Aunque hayan pasado muchas horas. En la noche, como te digo, surge y sabes que vas a entrar, que vas a seguir hacia delante porque supones que llegará un momento en que saldrás del vientre de la montaña y volverás a sentir la ligereza del aire libre y, si así fuera, la noche estrellada... si así fuera. Conduzco, te decía, por esa carretera oscura como boca de pitón. La noche está cubierta. Tan sólo se ve hasta donde la luz amarillenta de los faros alcanza. Por eso la sorpresa ante la oquedad que se abre de repente, una negrura más negra si cabe, una negrura donde además voy a entrar motu propio. Podría darme la vuelta. Podría no ir al sitio a donde iba. Nada era tan importante. Creo que nada era tan importante como para verme impelido a entrar sí o sí por la boca del túnel; aún así entro. La oscuridad se estrecha. Es un túnel de un sólo carril. No hay nadie por delante. Hace ya muchos kilómetros que no diviso las luces traseras de algún vehículo. Me habría venido bien en algún momento, sí, en algún momento de fatiga. Para dejarme llevar por esa luz y no tener que andar adivinando la dirección de cada curva a cada rato. Tampoco nadie me sigue. Es una noche de noviembre. En noviembre hay menos coches en las madrugadas. Las carreteras parecen abandonadas y todo se vuelve misterioso, los kilómetros en sí se vuelven misteriosos y las sombras que corren a su vera. Estoy solo. Conduzco por una carretera secundaria de media montaña. Acabo de entrar en un túnel. Nunca había estado en esta carretera. No sé cuán largo es el túnel. No me he fijado si en algún cartel lo han avisado. Desde hace un tiempo venía manteniendo la vista al frente, iba con el piloto automático puesto, quería llegar. No sé por qué quería llegar. No sé si saldré alguna vez de este túnel gris. Parece ser él el que se mueve mientras que el coche está quieto: el asfalto  corre bajo sus ruedas y los muros y la bóveda vuelan sobre y a los lados de mí. Si no saliera, sólo una cosa te deseo: que me olvides pronto, muy, muy pronto. El muro y la bóveda del túnel vuelan, ágil se desliza el asfalto.
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 12/01/2026 a las 19:43 | Comentarios {0}



       No estaba soleada. La respiración se iba haciendo fatigosa. El clavel, en el alfeizar de la ventana, sumergido su tallo, más o menos hasta la mitad, en un vaso de agua de cristal transparente. Los efectos de la luz. Su rostro afilado. El olor a alcanfor. Es pobre la habitación. La cama. Una mesa. Tres sillas. Un armario ropero. El vaso de cristal transparente con clavel. Dora ha salido un momento. La devoción amorosa de esta joven. El amor en toda su pureza. Porque conozco a Dora aseguro que el amor existe. Franz apenas puede hablar. Su voz es un susurro, ronca, con el sonido de caverna que provoca la tuberculosis en la laringe. Ayer escribió a sus padres. Me llama no con su voz; me llama levantando un poco la mano. Yo miraba por la ventana. He visto el movimiento de reojo. Estoy atento. Me acerco  a la cama y me inclino poniendo mi oído muy cerca de sus labios. Me susurra ¡Máteme!
      Las nubes cercan el valle. Le miro a los ojos. Sus ojos me exigen. Hubo una promesa. Hace tiempo. Austria, pienso. ¿Cómo será después? sin él. 
       Preparo una inyección de Pantopon un opiáceo tan fuerte como la morfina. Sé que K. mira cómo lo hago. Tengo su mirada clavada en mi espalda. Sus ojos grandes, amables, sus cejas oscuras y espesas. Se lo inyecto. Me ruega que me incline de nuevo. Lo hago. Me susurra, ¡No me engañe, se lo pido por el dios de nuestros padres, no me engañe! Sonrío. Le contesto, No le engaño. K. empieza a sentir los efectos del narcótico. Cierra los ojos. Parece descansar.
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/01/2026 a las 20:39 | Comentarios {0}



Lo llamábamos así y ya está ocurriendo. La nana se va a elevar en cuanto nos quedemos quietos. La nana se elevará desde gargantas dispuestas a todo. No importará la nieve. No nos dolerán los azotes en el culo. Maravilla será ver esas bocas abiertas cagando notas. Ya está ocurriendo. Porque lo estamos aceptando. La grulla arrulla al bebé fascista que acaba de nacer. Marchan por los aires majestuosas autillas con el alma libre mientras los autillos, sus hígados sobre todo, destilan hiel que arde  y produce torpor y deseo de morir. Ya no vuelven los pañuelos rojos sino que limpios y blancos ondean azules pañuelos de machos. Veredas y caminos saludan al Estúpido y a su paso una cohorte de mandados riega el mundo con sus meadas y sus salidas de tiesto. ¡Anidad, Marihuanas! ¡Dejad abiertas las ventanas! Los pies seguirán las rutas trazadas. Los cantos elevarán los ánimos de los caucásicos, los cuales, astutos y agresivos, intentarán dar un bocado más. Los zafiros. Los australes. Los Bobos. Los silicatos. Las sales minerales. Las remolachas. Las bandadas de ánades. Las charcas tropicales. Las vallas publicitarias y sus mitos. Las tierras raras. Retuérzame el hurgalio, mister Spock. Quiero, cómo decirle, sentir escrotalmente la furia de mi aliento mientras la tarde se quema entre mítines que enfervorecen a las masas y las inclinan a saludar con el brazo en alto y la mano extendida cual flecha que se dirigiera el confortable mundo totalitario que nos espera entre sus brazos de hierro para apretarnos hasta explotarnos el corazón. Vamos, queridas; vamos, queridos; vamos querides; cógeos por los talles y por la ancha alameda marchemos hacia la nueva barbarie. Pero, ¡Por dios os lo pido! no dejemos de cantar como si fuéramos comparsas de un narcomusical. La hermosura me está invadiendo. Los marcianos se acuestan a mi vera y dejan ver bajo sus muslos sus metralletas. Y ¿qué me decís de las universidades? ¿Qué decir de ese enorme latinismo que es campus? ¡O tempora o mores! Ya está pasando. Llegó de nuevo. Surgen las razias. Se persigue al Otro. Se vocifera la necedad ahíta de orgullo. Se fijan las miradas. Se despiertan los apetitos. ¡Ay, mirlo! Me zambullo. Donde los calamares habitan. En el fondo de todo. Sobre el principio de nada. Aterrado y osado como el frío que asola el valle donde vivo, por donde pasa un río, por donde pasa un río, ¡ea! ¡arsa! ¡olé!
 
Dibujo sobre partitura de Unica Zürn c. 1950
Dibujo sobre partitura de Unica Zürn c. 1950

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 23/12/2025 a las 18:25 | Comentarios {0}


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