Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Descanse en paz la saltadora



María Eduarda Rodrigues de Freitas, de veintiún años de edad, murió el sábado. Hace cinco días, a estas mismas horas, María Eduarda había ido a su trabajo en un gimnasio de la ciudad brasileña de Limeira, al sureste del país, en el Estado de Sâo Paulo. Tampoco sé, a ciencia cierta, mucho más de lo que hizo hace cinco días. Imagino que no alteraría su rutina. Sería un día normal, con un fin de semana normal, en el que había quedado con su novio para hacer puenting desde el ponte do Esqueleto (que así se dice también en portugués), a pocos kilómetros de la ciudad.
María Eduarda Rodrigues de Freitas no sabía que los hombres que se tenían que encargar de su seguridad, los que tenían que atarle una cuerda a la cintura (una cuerda no elástica que hace que el salto sea aún más estresante, más adrenalínico; a este tipo de salto se le llama, prosaicamente, rope jump. Rope también tiene el significado de soga.), andaban esa mañana en otras cosas... 
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 16/06/2026 a las 18:42 | Comentarios {0}



¿Se aplacará algún día? Ahora tan sólo se quiere levantar para hacer sus necesidades y luego se quiere volver a la cama y cerrar los ojos y quedarse dormida. La pregunta que inicia este corto relato se la hace a ella misma. Está sentada encima de la cama. Son las cinco de la tarde. Normalmente a esas horas estaría en la oficina, terminando la jornada. Ha sabido vivir muchos años con ello y de improviso, hace tres días, se despertó con un mechón de su pelo encanecido tras haber tenido una pesadilla horrísona: el mal es una masa de vapor viscoso, algo semejante a los humos que desprende la combustión de una rueda. El mal se le mete por la nariz. El mal es un terror que le hiela la sangre. El mal es un grito que nadie puede escuchar. Despertó. Sudada. Se incorporó en la cama. Se quedó sentada y su mirada se fijó en la pared de enfrente, la cual, por efecto quizá de restos de la pesadilla, le pareció alejada. A día de hoy se lo sigue pareciendo. Desde esa pesadilla se ha quedado metida en la cama. Tan sólo se levanta para hacer sus necesidades, para comer y beber algo. No se lava. Se vuelve rápido a la cama. Se tapa y se masturba con la mano izquierda mientras se mete los dedos de la derecha por el ano. Los varios orgasmos permiten que vuelve a quedarse dormida. Se masturba y no busca con ello el placer sino la muerte aunque parcial nacida del cansancio. Cuando se despierta repite la misma rutina ahora que ya no las tiene. La misma rutina que acabará matándola de inanición. Ella que había soportado tantos años. De repente, de un día para otro, como si desde siempre lo hubiera sabido. La salida era ésta: abandonar y abandonarse. Desde hoy. "Habéis vencido. Me derroto,", se ha dicho. Lo ha hecho.
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/06/2026 a las 18:04 | Comentarios {0}



La descripción del muro. Se acerca desde lejos una mujer. Descripción del muro, formas caprichosas se crean en la relación entre los desconchones y varias capas de pinturas. La mujer se acerca. Lleva un abrigo que abraza sobre su cuerpo. Un abrigo que cae por debajo de su minifalda. Sus leotardos son morados. Sus zapatos negros, de tacón y acharolados. El muro se vuelve de un insufrible tono polaco.
El bebé acaba de ser abandonado en un contenedor de un polígono industrial. El bebé se despierta por los olores de la putrefacción. Llorará. Gritará. Berreará. Se agotará. Morirá. Nadie descubrirá nunca al crío. Todo fue en vano. Sus huesos deben de andar desperdigados por cualquier vertedero de los alrededores de la megalópolis. No es el único ser vivo de vida breve.
Cae sobre el nido la tormenta. La mujer zapatea por la calle solitaria. Lejos han dado una media. La mujer se ha detenido. Ha encendido un cigarrillo. Ha dado una profunda calada y el humo y el vaho han creado niebla sobre niebla. No ha entrado en calor. Quisiera haber sido antes. Sin apenas remordimiento.
Se encienden las cocinas de las casas que se apiñan en bloques en los suburbios de la ciudad. Las radios y los calderas se oponen. Ella camina sin querer llegar. También quisiera estar sentada en una casa frente al mar donde muchos años atrás había estado serena. Desconfía del entusiasmo. Nada más lejos de su intención intimidar. Es una reacción animal.
Juntar las dos series. Animar la carrera. Creer que sí es posible. Creer que lo hizo. Otra cosa es que consiguiera transcender. Inmanente fue siempre. Se acerca a la casa. Se acerca al desfile de las vecinas. Las primeras en salir llevan a sus hijos al cole, antes de hora, porque ellas han de ir a trabajar muy, muy temprano. Ella sigue siendo una niña.Se negó a crecer. Se mantiene igual. En lo alto de la trona. Arruga un papel de celofán. El mundo es arrugar un papel de celofán. El mundo es el sonido de los papeles de celofán aplastados, arrugados, vueltos a estirar. El mundo es su abrigo que le permite aguantar el helor del amanecer por las escaleras. Su ceño. Sus talones. Una crema contra las grietas de los talones. Que no se te olvide, se dice a sí misma llamándose de tú.
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 01/06/2026 a las 17:43 | Comentarios {0}



La  suma de todas sus virtudes se vieron reducidas a cero -para parientes, amigos, vecinos y miembros de la Obra- el día en el que Vivria Soloz se desnudó en lo alto de la cima y se pegó una ráfaga de cien tiros metiéndose el cañón de su arma de repetición por el coño. Su cuerpo quedó hecho pedazos. Hasta le saltaron de sus cuencas los ojos. Ni su marido ni sus diecisiete hijos ni por supuesto su director espiritual acudieron al sepelio que, por expreso deseo del cónyuge, se hizo fuera de sagrado. El Opus les dio la espalda. El director espiritual que tantas buenas viandas había comido en su casa, hechas con todo el amor por su esclava favorita -lo de esclava dicho, por supuesto, de forma católicamente cariñosa y perversa-, repudió a la suicida y más aún por la forma obscena que había elegido para matarse y aseguró que maldeciría a cualquiera de sus descendientes con el que se encontrara desde ese momento en adelante, incluso aunque fuera una casualidad, que la casualidad, sentenció, siempre es obra del diablo. Nadie volvió a pronunciar su nombre aunque se dice que el decimocuarto de sus hijos, un suavón de tomo y lomo según cuchicheaban parientes, amigos, vecinos y miembros de la Obra, lo pronunciaba en voz baja todos los domingos cuando se levantaba antes del amanecer y subía hasta la cima y se sentaba en la tierra y se la comía de a poquitos porque, pensaba, algo tomaría del cuerpo y la sangre de la muerta. Amén.
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/05/2026 a las 18:40 | Comentarios {0}



Es la masa que se acerca al quicio de la puerta. Es el dormitorio oscuro con una sola ventana que da a un estrecho pasillo entre el muro de la casa y el murete del jardín de la casa contigua. Es el tiempo que transcurre negro. Es el silencio en medio del cual el motor de una nevera pareciera el de un biplano de la segunda guerra mundial. Es la mente -la loca de la casa- que camina herida. Es la ausencia que le llena de culpa. Es el castigo que había visto horas antes en cualquier refriega. Es ese temor del padre que ansía volver a ver a su hija sólo una vez más.
Un padre, por cierto, que hubiera aceptado el constructo de la idea de familia. Un padre que se sintiera libre de manchas indelebles. Un padre que nunca hubiera tenido vocación de tal pero que llegado el momento de asumirlo lo hubiera hecho con la responsabilidad que impone el cargo. Un padre mayor y solitario, en este caso. Un padre al que no le fue bien siendo hijo, ni tampoco hermano.
Volvemos a esa masa entonces, a esa noche oscurísima de enero, en un país donde las tradiciones pesan, con un clima de montaña por donde los vientos pasan poderosos y mueven con crueldad las ramas desnudas de almendros y arces y las vestidas de los laureles, que provocan, en los goznes de una cancela, una suerte de gemidos que remiten a los lamentos de un preso en una mazmorra cuyo único delito fue amar la libertad. Ese hombre entonces, a punto de la vejez y el olvido, siente la masa más negra que la negrura inmensa de la noche en la que duerme, observándole desde el quicio de la puerta de su dormitorio y al mismo tiempo ocurre que unos a los que conoció de niño quieren atarle los brazos con unas cintas para poder inmovilizarle y aplicar sin resistencia una tortura. Le parece al hombre que la masa que se mueve negra y densa en el quicio de la puerta de su dormitorio, es la que ordena a sus captores, a los que conoció de niño, con los que convivió la infancia, que le reduzcan y el hombre aunque lucha, sabe que no va a poder vencer porque le fallan las fuerzas de los brazos, porque la vejez llegó a sus músculos y porque en el fondo blanquísimo de su ser no quiere luchar más y es ahí, en ese momento de desfallecimiento, a punto de ser entregado a la viscosidad de la masa oscura que como si se viera sometida a una fuerza superior a la suya -que es de por sí hercúlea-, le impide traspasar el quicio de la puerta del dormitorio del hombre que fue padre sin buscarlo, éste, aterrado, con el miedo frío de los terrores óseos, supone que quizá sueñe y que esta muerte horrenda a la que va a ser conducido por sus propios hermanos, puede que no sea más que un juego de su mente. 
La masa se hace grande. ¿Duerme? ¿Podría despertarse? De la lucha quedaría un mechón de cabello blanco en los mechones de su frente. ¿Querrá? La masa se hace más grande. Todo late.
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 13/04/2026 a las 18:07 | Comentarios {0}


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