Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Pasaje del libro Inferencia -pag. 46-. Autora: Jacinta Osorio (1963-2020)



A veces el silencio se hace grande, tanto que la aparición de un sonido -el rugir de un coche que pasa, los arreglos en el nido hecho bajo las tejas por los arrendajos o un canto- lo agranda.
Desde ese silencio la mujer escribe:
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 14/10/2026 a las 15:00 | Comentarios {0}



    Ni siquiera la intensidad se puede medir. Ella está recién levantada. Se observa. Ninguna mancha nueva. Mira la mañana. Abre las ventanas. Los pájaros. Los pájaros.
    Es casi una casualidad. Si se lo avisaran... tampoco ella lo cree. Es el metal contra el asfalto. Es el motor que ruge y espanta la sutileza del mundo. Será eso -se dice- e intenta seguir con el plan que se había trazado; de hecho se sienta y respira aunque ella sabe muy bien que no será posible. Intenta poner remedio. Jura y perjura que siempre intenta ponerle remedio sólo que la brutalidad ya se ha instalado en su sentido del oído y un torbellino, un instinto asesino, una violencia que le arrasa desde el  bajo vientre hasta los pelos de la cabeza le invaden y provocan que se golpee contra sí misma y se aturda y convierta el plan del día en la escalada de un montaña cuya cima atravesara el confín de la atmósfera.
    La fragilidad es esto. La fragilidad es lo oculto. Si supiéramos lo que ocurre no seríamos frágiles -se dice- mientras aúlla en su cuarto de baño y se mesa los cabellos con tal desesperación que hipa y se le queda seca la garganta y sangra.
    El silencio que venga después ya no provocará el efecto contrario. Se fue al traste el día. Ahora se ruega que su pensar no derive del acantilado al cuchillo y de éste a la espita del gas.
    ¡Que calle ya! ¡Que calle ya! ¡Que calle ya!
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 22/09/2026 a las 16:34 | Comentarios {0}



Elevado sobre un promontorio, a contraluz del sol, se erguía la figura del prócer. Algunos de nosotros ya sabíamos. Algunos de nosotros habíamos crecido cerca de él. Siempre fue un estúpido. Desde muy niño. Esa es la lección que se aprende en la vida -si está de la vida que aprendas la lección- y que es: el poder es el enemigo natural de la inteligencia. Por lo tanto todo prócer es su enemigo natural siendo como es el prócer quintaesencia de los valores de una sociedad humana.
Nosotros lo sabíamos y antes que nosotros las generaciones anteriores y a través de ellas -como río subterráneo que de vez en cuando, ojos del Guadiana, se deja ver y navega un trecho de su cauce al aire libre entre lomas y campos de olivos por donde las liebres campan a su anchas y el corzo se mueve ágil y pace y palmea la avutarda las aguas de la charca y brinca el saltamontes y crece la manzanilla y repta la culebra que encarna en su piel la regeneración cíclica del mundo- fuimos creando ese contrapoder sin peso y con voz que llamamos genéricamente sociedad civil y cuyas agrupaciones son las encargadas de gritar, de vez en cuando, semejantes obviedades.
También sabemos -porque somos ingenuas lo sabemos- que tenemos la batalla perdida; que desde que la agricultura conquistó el mundo y se hicieron las primeras reservas de alimento, la codicia y la humanidad iban a ser una y la misma cosa.
Ya no temblamos. Miramos al prócer en lo alto de la colina. Él es la personificación de la Acción sobre los Asuntos de la Ciudad. Nosotros somos el contrapoder en la sombra cuya única misión consiste en iluminarlo más y más y más hasta que nos deslumbre de tal forma que nos demos cuenta todos de que lo que quiere es dejarnos ciegos y guiarnos él, único camino de luz; y así, habiendo descubierto a las masas sus intenciones, oponernos y, a base de fuerza como hay que hacer con los seres tozudos y poco inteligentes, torcer su voluntad.
Nuestra arma es la paciencia. La suya el desprecio.
No venceremos. Nuestra obligación es retrasar cuanto sea posible la derrota.
 
Boceto para una ciudad. Lápiz. Gustav Mol. Agosto 2026
Boceto para una ciudad. Lápiz. Gustav Mol. Agosto 2026

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/08/2026 a las 13:01 | Comentarios {0}



¿Por qué mira con tanta fijeza la muchedumbre que abajo se afana en poner en marcha lo antes posible la maquinaria de guerra? ¿Busca a alguna persona que el azar tenga a bien mostrarle? ¿Por qué esa persona? El sirviente echa hacia atrás la capucha que ocultaba hasta entonces su mirada y vemos, por fin, su rostro y sus cabellos; los segundos son negros y abundantes, parecieran las aguas embravecidas de un océano tenebroso; su rostro es de frente amplia y destaca en ella una cicatriz que la cruza de izquierda a derecha, desde el inicio de sus cabellos allá en la izquierda hasta el principio superior de la ceja derecha; su rostro es casi anguloso pero, sobre todo en su parte inferior, se ovala hasta el punto de que el mentón tiene algo de femenino; son profundas las cuencas de sus ojos y oscuros sus iris; enjutas las mejillas realzan aún más su nariz aguileña cuyo pico sombrea unos labios gruesos llenos de sensualidad. El sirviente desiste. Sabe que tendrá que mezclarse entre la multitud y buscar, buscar hasta dar con ella. No sabe siquiera si estará en sus manos salvar la ciudad del asedio pero sí sabe que si alguien puede la única persona es ella. Pero primero ha de superar dos escollos: que los emperadores confíen en él y que pueda llegar sin ser descubierto hasta el campo enemigo.

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 03/07/2026 a las 17:59 | Comentarios {0}



La mañana se despertó con un pitido. A lo lejos se oía la llamada de auxilio de unos hombres que se habían perdido en su propio laberinto. Sonaron a rebato las campanas de la iglesia. Corrieron hacia los grandes graneros una multitud de crías, todas las que no superaran los siete años de crianza. Mujeres y hombres, mientras tanto, se habían mirado a los ojos y presas de espanto se habían apostado tras los fuertes muros de las murallas a la espera de la primera andanada de los invasores. Algún general se acordó de un punto débil; algún grupo de mujeres hábiles acudió a reforzarlo.
El sol ya empezaba a vencer el esfuerzo de las primeras horas y señoreaban sus rayos por el cielo. Una bandada de vencejos hacía razias de insectos en pleno vuelo, las aves de presa planeaban sobre sus territorios y unas nubes, avanzadilla de lo que estaba por llegar, manchaban de grises y blancos el lienzo azul.
"La espera es una guerra de nervios -arengaba el maestro de la polis a sus defensores-. No dejéis que la molicie os invada, antes bien, al contrario, debéis andar con el espíritu ocupado en cuestiones tan imperiosas como la beatitud de los ángeles o la velocidad del curso de las aguas cuando en la primavera se produce el deshielo en las cumbres de la Serranía de los Senos y nacen los manantiales y se funden los neveros y el mundo alcanza unas cotas de verdor que ya las querría para sí la fama de cualquiera de nosotros. Miraos. Abrazaos. Que es bueno el contacto humano, pieles con pieles, mejillas con mejillas, cejas con cejas, para saborear como se merece esta espera que presagia el vuelo de la victoria, la paz de las almas, la fraternidad ante la amenaza". 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 29/06/2026 a las 13:51 | Comentarios {0}


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