Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Salió a la calle a respirar y echó a andar. Podríamos, en esta visión de la vida del escritor Milos Amós, describir las calles por las que anduvo, decir que salió de la ciudad (nombrar la ciudad donde vivía) y atravesó como un perro el extrarradio hasta llegar a una gran llanura (quizás en Grecia. Podríamos nombrar el país, decir por ejemplo que era griego aunque también podría ser un viejo de Alejandría y por qué no un hijo de emigrantes en los Estados Unidos o en la India). Ahora sabemos que está en la llanura. Sigue andando. No piensa. Lleva horas sin pensar. Está atento a cada paso, sabe que cada paso le aleja de su vida y de su obra. Casi -metafóricamente lo piensa- cada paso le hace olvidarse de sí. Anda y anda y anda. El crepúsculo le parece hermoso pero no le emociona. Ve a lo lejos un chamizo derruido y decide pasar la noche allí. No ha bebido nada. No ha comido nada. Tiene sueño. En un rincón, lo más alejado de la entrada, donde la oscuridad es absoluta, se tumba, se ovilla y duerme.

Cuento

Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 27/11/2008 a las 20:32 | {0} Comentarios


Al día siguiente Milos Amós no quería recordar nada más entrar en la vigilia, cuando despertaba -por mor de unos rayos de sol que se filtraban por las rendijas de la persiana- metido en un saco en el suelo del escritorio . Sólo fue un segundo, claro. De inmediato recordó la quema y el destrozo y sonrió. Se sentó en el suelo. Bostezó y sintió hambre. Por primera vez tenía hambre al despertar. Nunca había desayunado más que un café con leche y un cigarrillo. Le dolieron algo los huesos. Se estiró. En la cocina, mientras escuchaba el magazine de la radio, se hizo un par de huevos fritos, colocó un par de lonchas de jamón de York y se hizo, con el pan del día anterior, unas tostadas que untó con mantequilla. Llevó todo a la mesa del cuarto de estar. A través de la puerta de cristal del jardín, éste se veía ya casi desnudo de invierno. Un mirlo buscaba un gusano, algunos vencejos raseaban la hierba, una urraca, en lo alto de la encina hacía brillar los reflejos azulinos de su cola.
Milos Amós desayunó. Fumó después. Se bebió el café tibio y sintió cierto asco por las migas que se habían quedado, tras mojar las tostadas en el café, en el fondo de la taza, Desde niño, pensó. Se dejó llevar cuando una ráfaga de imágenes del día anterior le asaltó como si la comida hubiera alimentado de inmediato la memoria. Y se vio pensando, No, no empezaba así, era "culo, déjame decirte culo abiertamente, sin ningún anticipo poético", no, no, había algo entre abiertamente y sin, ¿cómo era? Milos Amós pensó en esos versos de su juventud, los fue rehaciendo, reconstruyendo y llegó a una conclusión que sabía perfectamente que no era la original. Ya no tenía originales quizá quedaría alguno de algún regalo que hiciera a alguna amada o a algún amigo y siempre y cuando éstos (los originales) hubieran tenido el suficiente valor sentimental como para no haber acabado en la basura tras la clásica limpia de cosas inútiles. Fragmentos, fragmentos.
Sin poder evitarlo porque Milos Amós era escritor (aunque hubiera quemado toda su obra, aunque hubiera destrozado toda su memoria escrita, también su memoria fantástica que era, por cierto, lo más terrible del destrozo que se había causado, lo que más temía no poder resistir al despertar, aunque se desdijera de todo lo hecho, aunque renegara de toda su vida) y por lo tanto su capacidad fabuladora no surgía de él sino que surgía en él, se vio iniciando un recorrido por las personas a las que quizá les hubiera dejado un texto suyo -por supuesto no recordaba quiénes eran todas, lo que por otra parte le podría llevar a descubrir a personas a las que había olvidado y que en otro tiempo fueron tanto para él que se atrevió a regalarles un escrito- y en ese recorrido quizás encontraría ya no sólo textos sino formas suyas de ser tan olvidadas como las personas con las que las había compartido.
Cuando la fabulación terminó se vio de pie en el cuarto de estar. Estaba en pijama. Despeinado y dolorido. Temblaba. Decidió irse de la casa y respirar.

Cuento

Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 25/11/2008 a las 19:58 | {0} Comentarios


Milos Amós se sintió apesadumbrado. Tuvo atisbos de locura (de repente urdía una máquina infernal; de repente se veía colgado de unas vigas estúpidas; de repente no deseaba vivir; de repente estaba dormido) y llegó a escribir un par de textos algo hermosos. Los días eran hostiles y él era hostil a los días. Amós sabía que debía recurrir a algo, inventar algo ¡qué precisa la indefinición de la palabra algo!
Quizá pasaron días. Quizá pasaron meses. No, no sabía muy bien. El tiempo como la materia se habían ido diluyendo desde que Regina le había dicho, No eres tan listo como crees. Esa certeza dicha por Regina era también, desde la infancia, una certeza suya. Esa apariencia de ser inteligente (o listo) que él había ido alimentando a base de conocimiento no había logrado permear la esencia íntima de sí mismo, la absoluta convicción de que él, Milos Amós, era estúpido y por lo tanto un pedante. Porque pedante es el que alardea de algo que no posee y él no poseía lo que había buscado, perseguido, anhelado durante toda su vida: la inteligencia. Y siguiendo ese hilo que de forma tan clarividente Regina le había mostrado, no podía por menos de admitir que si él era estúpido su escritura también lo era y todo lo que había estado construyendo desde que decidió dejar de ser estúpido era una soberana estupidez. Milos se frotó las manos y releyó las dos últimas estrofas de un poema de juventud. Las estrofas decían: Y sin embargo no hablemos,/ haced lo que os plazca,/ naced, morid, bebed, sed;/ no, no hablemos./ Así dormidos la luna no ilumina nada.// Rincón, suave almohadón de infancia cubierto,/ rincón umbrío, hueco en el roble, bahía./ Rincón de la tarde...// Siempre le había gustado de ese poema la polisemia de la palabra sed tras esa retahíla de tiempos imperativos, la posibilidad de acabar las órdenes con un sustantivo. Ahora, sabiéndose estúpido, habiendo descubierto que lo era, miraba la polisemia de sed y al sentir su estupidez le recorría un escalofrío el espinazo.
Sin pensar, como deben hacer los que se creen más de lo que son, Milos Amós empezó a eliminar todos sus escritos del ordenador. Una vez eliminados convirtió el ordenador en chatarra. Luego llevó todos sus papeles (miles y miles de papeles) y los quemó en la chimenea de la casa en la que vivía. Cuando la última llama de su obra se apagó, Milos sabía que había tomado la decisión correcta. Aún así temía la mañana siguiente.

Cuento

Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 21/11/2008 a las 12:51 | {0} Comentarios


La Solución 2. Tenaz
Milos Amós divaga con la caída de la hoja del árbol que tiene enfrente. El café frío. El ánimo frío. Una barba de días, las uñas algo sucias y una música de jazz (como la noche de la bajada a los infiernos cuando entraba en un café jazz y se encontraba a una saxofonista coja que acariciaba las teclas con pudor) ahora que la luz ya asoma y los pájaros comienzan su incesante piar de hambre.
Milos Amós suspira y relee la educada y casi velada crítica que Raúl Morales hace en su hermoso blog Luz en la Ventana acerca de los falsos poetas que publican y son premiados con falsos poemas. Dice Raúl Morales: Suficiente ojear brevemente sus libros para saber que no se han vaciado para abordar el poema y luego añade: No juzgo.
Milos Amós sí juzga (también juzga Raúl Morales, es un juicio lo que acaba de exponer y además juzga con dureza empero teñida de quietud y como aislado el juicio de posibles nombres. Juzga y se desgañita. Es un grito pero es un grito sordo como el mejor grito de la historia del cine en las escaleras exteriores de la Opera de Palermo cuando los enemigos de Michel Corleone asesinan a su hija y Michel, abrazado a ella, exhala un grito que no se oye, un grito que estalla dentro, un grito desgarrador por mudo, un grito sólo para sí abierto al mundo) y por eso se afirma (reflexivo el verbo porque se encuentra solo y no tiene nadie con quien dialogar) en su capacidad de juzgar y en su incapacidad para creer, ciegamente, en la justicia. Tampoco en la suya. Tampoco.
El escritor tras el vaivén de las flexípedes ramas del árbol se acoge, se abraza y sabe que tan sólo le queda la tenacidad (una cualidad que algunos le hurtan) de creer y descreer a un mismo tiempo, de alejarse y acercarse a un mismo tiempo, de reír, de reír cada vez más alto y cada vez más mudo, una risa sin gesto y un desdén sin soberbia.
Milos sabe -o cree saber- que hay que sacarse del corazón las verdades. No es envidia, es justicia y la justicia ha de juzgar los hechos no las personas y así sí es posible coger un libro de poemas o cualquier obra de arte y sobre el hecho artístico juzgar.
Tenaz abre el cuaderno, toma la pluma de tinta verde, se quita las gafas de ver de lejos y tras suspirar entra en una casa del centro de la ciudad donde una mujer llamada Bestiaria descifra lentamente un manuscrito llamado El Ladurm.

Cuento

Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 13/11/2008 a las 10:42 | {0} Comentarios


Llegaba ya el final del día. Desde por la mañana Milos Amós había estado dedicado a su trabajo. Ese trabajo. Esa tarea. Desde hace tantos años, amada, extraña. Le gustaba ver amanecer mientras tecleaba y urdía una forma y un contenido, reflexionaba sobre el paralelismo entre un guión y una partitura y entre ello, entre esos pensamientos al aire del humo azul del cigarrillo, bullía, latente, la historia que había de contar. Hacía falta tan sólo un segundo para entrar en una habitación pequeña, en un barrio obrero, con una lámpara de pie muy vieja, la actriz está sentada en un sofá y mira con cierto sufrimiento un aparador. El aroma del café le devuelve a la casa. Escribe lo vivido (la habitación pequeña, la lámpara de pie, etc...) y una línea rosa abarca mucho cielo. Ya es el día.

Esa descripción bucólica, que él mismo había escrito, como el pintor que se autorretrata frente a un espejo, apenas sí tenía relación con el aumento de su latido cardíaco. Había algo amañado en esa descripción, pensó.

Milos Amós siguió escribiendo y los dedos se fueron ralentizando a medida que las ideas se evaporaban de su cabeza y los personajes se difuminaban en un tono gris y sin perfil. Entonces recibió la llamada y al colgar constató el amaño de la descripción. Borró el guión que había estado escribiendo y decidió descender a los infiernos.
La ciudad. Bebió. Estuvo sentado escuchando a un grupo de jazz. Luego, en una plaza, aspiró el aire de la noche y algo se aclaró. Sabía que el mundo seguía girando como él veía las luces de un edificio. Volvió a su casa. Esperó a que amaneciera y se quedó dormido.

Cuento

Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 08/11/2008 a las 20:16 | {1} Comentarios


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