Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Milos atraviesa un páramo. No sabe la dirección que tomó. Imagina por la niebla y la escarcha que debió de emprender un rumbo norte. Una barba lampiña le ha crecido. La cazadora de cuero gastado apenas le protege de la humedad porque no es lluvia lo que cae sino condensación de agua, pegajosa como aceite. Las zapatillas deportivas con las que salió de la casa tras quemar toda su obra están rotas y por lo tanto sus calcetines y sus pies están mojados. Milos Amós debe andar. No hay cobijo alguno en el corto perímetro que alcanza su vista. Todo el paisaje es rojo y blanco como si aquel páramo fuera rico en hierro. Mientras camina Milos piensa cuándo caerá desfallecido porque ha de llegar un instante en que eso ocurra. No sabe cómo, no sabe si será lentamente como cuando una lipotimia viene a nuestro encuentro y antes de caer redondos una suerte de visión beatífica del mundo nos invade; no sabe si de repente sentirá un dolor punzante en algún sitio cercano a los pulmones que le obligará a arrodillarse; no sabe si será fulminante sin tiempo para una última reflexión.
Una ráfaga de brisa helada le pincha en la cara y el graznido de un cuervo -quizás su paso- le asusta. Sigue con la mirada una mancha oscura que ha surgido en la niebla un poco por encima de su cabeza. Es una mancha rápida que se mueve en círculos. Milos se detiene. La mancha se esfuma. Milos piensa la palabra buitre y luego intenta encontrar en su memoria una imagen de unos buitres en la niebla. No la encuentra y piensa que tampoco eso quiere decir que no pueda existir buitres en la niebla, que sus miradas o sus olfatos no avizoren el movimiento de carne a punto de corromperse o cuando menos una carne débil fácil para ser atacada. No le importa. O mejor no lo teme. El susto por el graznido vino más por la constatación de saberse acompañado en ese páramo que por su propia definición, cuando menos simbólica, debiera ser un lugar vacío. No teme el picotazo de unas aves. Tan sólo querría que fueran certeros. Milos emprende de nuevo la marcha. Cuando el tiempo no tiene medida se vuelve esquivo. Por eso Milos no sabe cuánto tiempo ha transcurrido hasta que ha notado el filo de una roca en su boca y ha llegado a pensar antes de quedarse sin sentido, Tengo frío.

Cuento

Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 07/12/2008 a las 12:08 | Comentarios {0}


Sonaba y no quería abrir los ojos. Estaba bien en su mundo oscuro. Quería creer -y de hecho lo creyó- que soñaba y así todo lo que ocurrió a partir de ese momento fue un sueño. Entraba un delicioso olor a mermelada de bayas del bosque y sin embargo era un olor que venía de un cuerpo, no de un vegetal. Venía de un cuerpo de mujer. No lograba saber si la mujer estaba muy cerca o si era una distancia considerable que el sueño, con sus milagrosas cualidades, permitía acortar. Ese olor, como una marea, como un cosquilleo comenzó a descender por el vientre de Milos Amós y cuando llegó a su miembro, también de forma milagrosa porque desde un tiempo casi inmemorial la excitación como mucho se había quedado en sus costillas, lo empezó a engordar a golpes de sangre. No llegó a gemir Milos pero si tragó saliva y se quedó más quieto para que nada distrajese a la sangre de su empuje y su polla fue creciendo, fue creciendo y Milos sonrió porque pensó que su polla debía de ser más grande que él mismo porque seguía creciendo y más y más. Cuando casi le llegó a doler tanta hermosura, sintió un dedo que recorría su mejilla, un calor que lo rodeaba entero, una piel ajena a la suya y una respiración en todo femenina. Luchaba Milos Amós por no abrir los ojos. No quería ver. Descubrió, en esa oscuridad, que si no veía ningún sueño se desvanecía, porque incluso si aquel cuerpo que estaba tan cerca del suyo era el cuerpo de un hombre dispuesto a someterle o era el cuerpo de una mujer horrísona con visos de serpiente, nada de eso le atañía. Pensó en su devaneo, pensó en su creer soñar, en animales mitológicos, en mezclas hasta cómicas de mineral y mujer, incluso en diosas que extraviadas de sí mismas habían dado con aquel pobre mortal que era él. En esos ensueños estaba cuando las manos de aquel ser bajaron su pantalón y permitieron a su miembro que, como bandera que por fin ondea al aire, se explayase en su enormidad. La otra mano acarició sus gónadas y pronto, más quizá de lo que hubiera deseado en un sueño perfecto, la entrepierna velluda de una mujer se colocó sobre él e introdujo su miembro en ella ¡Oh, se dijo! -lo dijo pero sin pronunciarlo- ¡Oh, oh, oh! y así eran los oh, acordes en todo con el movimiento de la mujer y su mar interior, con el crescendo propio del amor carnal, hasta llegar al final, hasta que la polla se convierte en un surtidor de esencias blancas y el coño resulta el recipiente donde la vida se mece. Tras el goce no se quedó dormido -porque se creía ya dormido-, no abrió los ojos hasta que se hubo hecho el silencio en el chamizo y entonces vio que junto a él había dos hogazas de pan, una jarra de leche y un paquete de cigarrillos con mechero.

Cuento

Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 03/12/2008 a las 11:35 | Comentarios {2}


Salió a la calle a respirar y echó a andar. Podríamos, en esta visión de la vida del escritor Milos Amós, describir las calles por las que anduvo, decir que salió de la ciudad (nombrar la ciudad donde vivía) y atravesó como un perro el extrarradio hasta llegar a una gran llanura (quizás en Grecia. Podríamos nombrar el país, decir por ejemplo que era griego aunque también podría ser un viejo de Alejandría y por qué no un hijo de emigrantes en los Estados Unidos o en la India). Ahora sabemos que está en la llanura. Sigue andando. No piensa. Lleva horas sin pensar. Está atento a cada paso, sabe que cada paso le aleja de su vida y de su obra. Casi -metafóricamente lo piensa- cada paso le hace olvidarse de sí. Anda y anda y anda. El crepúsculo le parece hermoso pero no le emociona. Ve a lo lejos un chamizo derruido y decide pasar la noche allí. No ha bebido nada. No ha comido nada. Tiene sueño. En un rincón, lo más alejado de la entrada, donde la oscuridad es absoluta, se tumba, se ovilla y duerme.

Cuento

Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 27/11/2008 a las 20:32 | Comentarios {0}


Al día siguiente Milos Amós no quería recordar nada más entrar en la vigilia, cuando despertaba -por mor de unos rayos de sol que se filtraban por las rendijas de la persiana- metido en un saco en el suelo del escritorio . Sólo fue un segundo, claro. De inmediato recordó la quema y el destrozo y sonrió. Se sentó en el suelo. Bostezó y sintió hambre. Por primera vez tenía hambre al despertar. Nunca había desayunado más que un café con leche y un cigarrillo. Le dolieron algo los huesos. Se estiró. En la cocina, mientras escuchaba el magazine de la radio, se hizo un par de huevos fritos, colocó un par de lonchas de jamón de York y se hizo, con el pan del día anterior, unas tostadas que untó con mantequilla. Llevó todo a la mesa del cuarto de estar. A través de la puerta de cristal del jardín, éste se veía ya casi desnudo de invierno. Un mirlo buscaba un gusano, algunos vencejos raseaban la hierba, una urraca, en lo alto de la encina hacía brillar los reflejos azulinos de su cola.
Milos Amós desayunó. Fumó después. Se bebió el café tibio y sintió cierto asco por las migas que se habían quedado, tras mojar las tostadas en el café, en el fondo de la taza, Desde niño, pensó. Se dejó llevar cuando una ráfaga de imágenes del día anterior le asaltó como si la comida hubiera alimentado de inmediato la memoria. Y se vio pensando, No, no empezaba así, era "culo, déjame decirte culo abiertamente, sin ningún anticipo poético", no, no, había algo entre abiertamente y sin, ¿cómo era? Milos Amós pensó en esos versos de su juventud, los fue rehaciendo, reconstruyendo y llegó a una conclusión que sabía perfectamente que no era la original. Ya no tenía originales quizá quedaría alguno de algún regalo que hiciera a alguna amada o a algún amigo y siempre y cuando éstos (los originales) hubieran tenido el suficiente valor sentimental como para no haber acabado en la basura tras la clásica limpia de cosas inútiles. Fragmentos, fragmentos.
Sin poder evitarlo porque Milos Amós era escritor (aunque hubiera quemado toda su obra, aunque hubiera destrozado toda su memoria escrita, también su memoria fantástica que era, por cierto, lo más terrible del destrozo que se había causado, lo que más temía no poder resistir al despertar, aunque se desdijera de todo lo hecho, aunque renegara de toda su vida) y por lo tanto su capacidad fabuladora no surgía de él sino que surgía en él, se vio iniciando un recorrido por las personas a las que quizá les hubiera dejado un texto suyo -por supuesto no recordaba quiénes eran todas, lo que por otra parte le podría llevar a descubrir a personas a las que había olvidado y que en otro tiempo fueron tanto para él que se atrevió a regalarles un escrito- y en ese recorrido quizás encontraría ya no sólo textos sino formas suyas de ser tan olvidadas como las personas con las que las había compartido.
Cuando la fabulación terminó se vio de pie en el cuarto de estar. Estaba en pijama. Despeinado y dolorido. Temblaba. Decidió irse de la casa y respirar.

Cuento

Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 25/11/2008 a las 19:58 | Comentarios {0}


Milos Amós se sintió apesadumbrado. Tuvo atisbos de locura (de repente urdía una máquina infernal; de repente se veía colgado de unas vigas estúpidas; de repente no deseaba vivir; de repente estaba dormido) y llegó a escribir un par de textos algo hermosos. Los días eran hostiles y él era hostil a los días. Amós sabía que debía recurrir a algo, inventar algo ¡qué precisa la indefinición de la palabra algo!
Quizá pasaron días. Quizá pasaron meses. No, no sabía muy bien. El tiempo como la materia se habían ido diluyendo desde que Regina le había dicho, No eres tan listo como crees. Esa certeza dicha por Regina era también, desde la infancia, una certeza suya. Esa apariencia de ser inteligente (o listo) que él había ido alimentando a base de conocimiento no había logrado permear la esencia íntima de sí mismo, la absoluta convicción de que él, Milos Amós, era estúpido y por lo tanto un pedante. Porque pedante es el que alardea de algo que no posee y él no poseía lo que había buscado, perseguido, anhelado durante toda su vida: la inteligencia. Y siguiendo ese hilo que de forma tan clarividente Regina le había mostrado, no podía por menos de admitir que si él era estúpido su escritura también lo era y todo lo que había estado construyendo desde que decidió dejar de ser estúpido era una soberana estupidez. Milos se frotó las manos y releyó las dos últimas estrofas de un poema de juventud. Las estrofas decían: Y sin embargo no hablemos,/ haced lo que os plazca,/ naced, morid, bebed, sed;/ no, no hablemos./ Así dormidos la luna no ilumina nada.// Rincón, suave almohadón de infancia cubierto,/ rincón umbrío, hueco en el roble, bahía./ Rincón de la tarde...// Siempre le había gustado de ese poema la polisemia de la palabra sed tras esa retahíla de tiempos imperativos, la posibilidad de acabar las órdenes con un sustantivo. Ahora, sabiéndose estúpido, habiendo descubierto que lo era, miraba la polisemia de sed y al sentir su estupidez le recorría un escalofrío el espinazo.
Sin pensar, como deben hacer los que se creen más de lo que son, Milos Amós empezó a eliminar todos sus escritos del ordenador. Una vez eliminados convirtió el ordenador en chatarra. Luego llevó todos sus papeles (miles y miles de papeles) y los quemó en la chimenea de la casa en la que vivía. Cuando la última llama de su obra se apagó, Milos sabía que había tomado la decisión correcta. Aún así temía la mañana siguiente.

Cuento

Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 21/11/2008 a las 12:51 | Comentarios {0}


1 ... « 26 27 28 29 30 31






Búsqueda

RSS ATOM RSS comment PODCAST Mobile