Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Oía la voz y seguía esa voz. A lo lejos el viento (o cuando menos el movimiento del aire o menos aún cierta ondulación de partículas u ondas) transmitía la melodía, tan melancólica, del Impromptu de Schubert. Oía, decimos, la voz de Cristeta que animaba, dicho sea de paso sin demasiada efectividad, a Milos para que alcanzara la cima del risco con estas o semejantes palabras, Ánimos, micer Isaac (sólo recordar que Milos se hizo llamar a sí mismo Isaac por no sabemos qué extraño capricho de sus cuerdas vocales pues podemos asegurar que él quiso decir su verdadero nombre cuando ella le preguntó o él se presentó ya no lo recuerda, y surgió decirle, Me llamo Isaac Alexander. Y es más que a continuación él podría haber dicho, Lo siento, Cristeta, en realidad me llamo Milos Amós pero mis cuerdas vocales han pronunciado este nombre que no sé de dónde ha venido ni a dónde llevará. Desde entonces buscaba Milos la ocasión de confesarle a Cristeta su verdadero nombre y apellido y cada vez que lo iba a hacer se le hacía un nudo en la garganta y surgía entonces de él, tras tragar una larga saliva, frases llenas de una incoherencia algo infantil lo que permitía suponer a Cristeta que Isaac no estaba del todo en sus cabales) que tan sólo restan dos peñas, algo resbaladizas eso sí, y habremos llegados a la cima de esta serranía y así podrá usted disfrutar de una vista como nunca ha imaginado. Esta arenga fastidiaba a Milos por deducir Cristeta, sin conocerle de nada, que su imaginación no podía imaginar una vista inimaginable ¿Quién podía entrar en la imaginación de nadie? se preguntaba mientras se agarraba con fuerza a un exquisito saledizo de una roca se diría bruñida por un experto alfarero y temía que si no superaba ese escollo caería a un vacío del que ni se atrevía a calcular los metros. Tan sólo sabía que dejaría los sesos esparcidos por el cauce del río seco que era el pie de aquella montaña. Haciendo un esfuerzo superó la roca y cuando tomaba aire -un aire purísimo que dolía en los pulmones- escuchó de nuevo a la cenobita salmodiar unos versos del Cantar de los Cantares, Cazadnos las raposas,/ las raposillas que devastan las viñas,/ porque nuestras viñas están en flor./ Mi amado es mío, / y yo soy suya;/ él apacienta entre azucenas./ Mientras sopla la brisa,/ y se alargan las sombras,/ ¡Vuélvete, amado mío!/ ¡Aseméjate al gamo,/ o al cervatillo,/ sobre los montes escarpados! Esos versos escuchados con las manos cubiertas de desolladuras, con el sudor del esfuerzo, con el temor a la caída si bien no aligeraron su miedo sí le dieron un empuje y se oyó a sí mismo mientras atacaba el último escollo responder, Paloma mía,/ que anidas en las grietas de la peña,/ en los escondrijos de los muros escarpados,/ hazme ver tu rostro,/ déjame oír tu voz;/ porque tu voz es dulce/ y tu rostro es encantador. Milos Amós superó la última roca y, en efecto, ante él se desplegó por vez primera una vista que jamás hubiera imaginado: era el cuerpo desnudo de Cristeta sobre un lecho de musgo fresco, a su alrededor florecían siemprevivas, blancas y pequeñas, tras ella una fuente y más allá el horizonte de un mar lejanísimo. Ella dijo, La fuente del jardín/ es pozo de aguas vivas y él respondió, Ábreme, hermana mía, amiga mía/ paloma mía, perfecta mía.

Cuento

Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 01/01/2009 a las 12:44 | Comentarios {0}


El cenobita era una mujer. Milos Amós se presentó, curiosamente para él, con otro nombre, se hizo llamar Isaac Alexander. El nombre le salió de la garganta sin que él pudiera hacer nada por evitarlo. Ella sin quitarse la capucha que cubría todo su rostro respondió, Mi nombre es Cristeta, si le parece a la hora de la cena nos volveremos a ver. Y la cenobita desapareció en el cenobio dejando a Milos Amós con dos dudas: ¿a qué hora se cenaba?, ¿quién haría la cena? Porque como hombre moderno Milos sabía que las obligaciones del hogar podían tener belleza y más desde que un amigo le había leído unas líneas sobre la poética del espacio y él se había asido a ellas para disfrutar quitando el polvo... cuando quitaba el polvo, cuando tenía una casa, cuando tenía una familia y vivía en una ciudad. Quiso quitarse esos recuerdos (que en en realidad no eran tales porque no recordaba ni los lugares de donde quitaba el polvo, ni la casa que los habitaba, ni la familia a la que perteneció ni la ciudad donde vivió. Sólo recordaba los hechos pero no las circunstancias de los mismos) y cuando se dio cuenta de que no los eran volvió a las dudas y se encontró como perdido hasta que oyó la voz de la cenobita que le avisaba que la cena estaba lista y Milos se oyó gritando, ¿Dónde está el refectorio? (dijo refectorio en honor a Cristeta y al cenobio) y la respuesta le vino de seguido, Siga todo el pasillo hasta el fondo y luego gire a su derecha. Así lo hizo Milos.
El refectorio estaba iluminado tan sólo con dos cabos de vela. En una tosca mesa de piedra había cuatro cuencos, dos vasos y una jarra de agua. La cena se componía de arroz y verduras. Cuando llegó Milos, Cristeta no estaba. Cuando apareció la cenobita, Milos se dijo, ¡Maldita sea! Cristeta no llevaba la capucha y su rostro, al mostrarse en la luz, era de tal belleza que Milos quiso huir y arrancarse los ojos. También había cambiado su hábito y ahora vestía uno más ceñido y dicho ceñimiento mostraba unas formas que, sin razón aparente, encendió de golpe todos los impulsos sensuales de Milos Amós ¿Es esto obra del infierno? se dijo para sí ¡Maldita sea!, se repitió. Cene, Isaac, cene, le dijo Cristeta y Milos, hipnotizado, cenó.

Cuento

Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 29/12/2008 a las 16:41 | Comentarios {0}


Medusa de Caravaggio
Medusa de Caravaggio
Milos Amós lo observa y mira. Hay un rumor. Hay un vuelo. Hay una estela. Sobre una montaña se intuye una estaca de madera. Sobre una ladera el descender de un rebaño de madreselvas. Cierra los párpados y los abre. Mira con su espalda el muro en el que se apoya. Le viene a la memoria los inicios del recuerdo de sí mismo. Yo escribía, piensa. Un deje blanco en el cielo escribe una nube. No le tiemblan las manos y el cuerpo se ha acabado aceptando o así se lo parece. Tiene la sensación de haberse descargado de la pesada carga de la rabia. Ahora la puede ver fuera de él, tiene el aspecto de una hidra, son sus cabellos lugares de dolor, los ojos de su rabia tienen los iris llenos de colmillos, el cuerpo de su rabia se extiende hasta lontananza y sus extremidades agarran el aire e intentan estrangularlo. Sin embargo ahora no necesita un espejo para salvaguardarse, la puede mirar de frente con todo el terror que le cause y el aire lucha contra ella y se revuelve a su alrededor venteando su cabello, haciendo girar los lugares de dolor hasta que unos con otros se confunden y así van perdiendo su identidad, su fuerza.
Milos Amós hunde sus raíces en la ternura, de momento tan sólo en la palabra, pues aún es incapaz de transmitirla. Sabe sentirla cuando se la muestran pero él no sabe crearla. Quizás ahora con la rabia fuera, ante este paisaje, quizás ahora pueda contar la historia de un niño y en ese contar pueda ir destilando gotas de ternura y pueda emocionar como a él le emocionan las historias de Ana María Matute y frases suyas como aquella que dice: hay infancias más largas que la vida y al recordar la frase se le llenan los ojos de lágrimas y la rabia se esfuma.
¿Cómo he vivido hasta aquí?, se pregunta.
El sol se oculta. Milos Amós escucha los pasos de alguien que asciende el terreno abrupto que conduce al cenobio. NI por un momento ha sentido temor. Ya no siente temor. Al poco aparece el cenobita. Descubre entonces que es una mujer. La noche ha entrado en el mundo.

Cuento

Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 24/12/2008 a las 16:46 | Comentarios {0}


Respira. Da unos pasos en la celda. Se sienta. Respira de nuevo. Esta vez no se ha mareado. No recuerda nada. Es como si hubiera despertado de un larguísimo sueño reparador ¿Dónde está? ¿Qué ha pasado? ¿Qué es ese lugar donde las puertas son huecos redondos en los muros, donde no hay cristales en los vanos, cuya cama es un lecho de paja con una tosca saya encima? ¿Cómo llegó hasta ahí? ¿Hay alguien más con él?
Milos Amós decide levantarse, pasar el hueco en el muro que hace de puerta y dirigirse hacia algún lugar que le lleve al exterior. Antes decide beber de una jarra de metal. El agua está fresca. Alguien se la debe haber puesto. Se da cuenta de que además está limpio. Su cuerpo huele a jabón. Alguien le debe haber lavado. No puede creer que él mismo se haya lavado y haya ido a por agua fresca. Hasta la boca, descubre, la sabe a hierbabuena. Tras haber bebido vuelve a ponerse en pie y con sumo cuidado, como si estuviera a punto de quebrarse a cada paso, se va alejando del jergón, atraviesa el primer muro, se detiene, respira, vuelve a caminar hacia un punto de luz que parece más intenso, va llegando, cada paso lo siente más firme. Está descalzo. Atraviesa un pasillo largo y oscuro hacia lo que parece la oquedad que dará salida al exterior. Sale y el sol, inmenso, ciega sus ojos. Ha de cerrarlos largo tiempo. Ha de abrirlos poco a poco. Y así sus pupilas van ejercitándose tras tanto tiempo en la penumbra de su celda. Conseguida la justa contracción por fin puede ver el paisaje que se muestra ante él y el lugar donde se encuentra. El paisaje es una cima del mundo, el edificio está colgado en su ladera oeste. El paisaje es descomunal, encrespado, hosco y hermoso. El edificio son ruinas. El paisaje le hace preguntarse cómo ha llegado hasta él, cuándo subió semejantes montañas, cómo pudo ver desde la planicie aquel cenobio. Repentinamente cansado se sienta en el suelo y apoya su espalda contra el muro. Cierra los ojos, deja que el aire acaricie su cuerpo. Entonces piensa, Estoy vivo, todavía estoy vivo.

Cuento

Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 16/12/2008 a las 14:13 | Comentarios {0}


Interior de un Cenobio
Interior de un Cenobio
Aunque el cenobita se negaba a admitirlo, Milos Amós no dejaba de repetir que aquello había sido un milagro. Sin embargo el cenobita le decía, calmadamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo para pronunciar cada letra, que nada había de milagroso en que un hombre pasara por el mismo lugar que había pasado otro. Milos callaba y respiraba con dificultad. El cenobita entonces le dejaba solo, en una celda austera.
El tiempo, ese extraño personaje de la vida, del cual tan acertadamente hablara Bernardo Soares, se había vuelto loco en la vida de Amos. No lo controlaba en absoluto. No lo podía medir. No supo -durante ¿cuánto tiempo?- dónde estaba la realidad y dónde la ensoñación. No sabía si aquel cenobita era real o si estaba en las puertas de cualquier cielo y aquel era un pedro que esperaba la decisión de su Señor para dejarle o no entrar en su Reino. Sentía algo caliente en sus labios. Sentía algo fresco en su frente. Oía una oración por su curación. Pero, ¿qué enfermedad tenía? En algún momento el cenobita le contestó que quizá fuera una pulmonía porque no sabía cuánto tiempo había permanecido en el páramo, todo lleno de humedad; tampoco sabía cuánta sangre había perdido debido a la herida que se había abierto en su mejilla.
Largas pausas se producían en su consciencia. Cuando despertaba, o mejor dicho cuando volvía a la consciencia -porque tenía la impresión de que las lagunas en sus recuerdos no era necesariamente estar inconsciente, sino también una necesidad de borrar, de borrarse- siempre era de día y escuchaba casi como un arrullo, el trajinar del cenobita.

Cuento

Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 13/12/2008 a las 10:49 | Comentarios {0}


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