A veces me recompongo como si fuera una mermelada. Eso me me he dicho. Sé que la mermelada apenas tiene relación con la recomposición. Pero me altera el ruido. Me enloquece el ruido y cuando lo escribo recuerdo una frase que aparecía en una función de Dagoll Dagom allá por los años 80, Mi tornillo de vanadio. ¿Por qué en un seis de junio de 2025?
¿Nada me puede agredir más que recomponerme en mermelada? ¿Ser una sustancia pringosa que se desliza por los cuerpos con los que entra en contacto? ¿Son estos zeugmas aproximaciones a la muerte? ¿Es esta anarquía horaria anticipo de lo por venir? ¿Me estoy deshaciendo? ¿Me deconstruí y me recompuse en ser que relaciona mermeladas y resurrecciones?
¡Qué agresivo puede ser el silencio! ¡Qué violencia desata la injusticia! Puedo estar viendo una película que habla de unos sentimientos muy burgueses (el amor sólo se lo pueden permitir los estómagos llenos) que apenas me emocionan, que no agitan ya -viejas alas de mariposa en las tripas- los ritmos... mis ritmos...ahora que me paso los días contándolos, solfeando por las esquinas, las figuras básicas de los ritmos occidentales. Ritmos de la civilización blanca. La Devastadora. La Aterradora. Ahora que lo hago. Ahora que recuerdo la decepción de mi padre cuando le hice ver que la música es, ante todo, matemática sonora, la occidental. La Terrible. La Acompasada. Y veo sus ojos alcohólicos y huelo su sudor a ginebra. Las madrugadas de aquellos años míos de mil novecientos setenta y ocho que volaron por los aires y se convirtieron en estrellas de un firmamento en guerra.
Me lo arrebató. Me destruyó. Agónico. Sin esperanza. Recomponiéndome en mermelada. Mi tornillo de vanadio. Mi brillante tornillo. Mi luna rota. Mi espejo envuelto. La osadía de haberlo intentado. Recomponerse. Recomponerse. En mermelada. Sin un sabor preciso. Con una cocción exacta. A estas alturas. Traspasado ya el primer cuarto de siglo que no pasó ni rápido ni lento sino lleno de destrucciones, como un gran castillo de mierda venido abajo. Supurando pus alumbré la noche y quieto entre mis manos murió el lagarto. Tiritaba el saltimbanqui bajo la lluvia de fuego en Irak. La ira era blanca. Mi esperma negro. La ira era blanca. Mi esperma mudo. La ira era blanca. Mi esperma escaso. La lluvia de fuego sobre Irak. El olor a muerte en Gaza. Jehová menstrua sobre Israel. Betsabé. Ira de la abundancia.
Nana quiero para dormir, yo recompuesto en mermelada. Acúname Nana. Cierra mis ojos e insufla por mis fosas nasales el suficiente veneno para morir.
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Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/07/2025 a las 01:03 |