Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Tirando al suelo una urna de la dinastía Han. Autor: Ai Weiwei
Tirando al suelo una urna de la dinastía Han. Autor: Ai Weiwei
Ayer Matilde se hizo añicos y aunque todos lo esperábamos desde hace meses, algunos incluso años, no dejó de estremecernos su figura partida en mitad de la calle. La primera en dar la voz de alarma fue Gertrudis, la modista del cuarto, vecina desde el cuarenta y dos de Matilde, porque en aquel momento se encontraba en el balcón disfrutando una ligera brisa que se había levantado al final de la tarde y miraba hacia abajo bendiciendo el cielo. Luego nos confesó que la vio más inclinada que de costumbre hacia el lado derecho y que le notaba como un perfil de cristal que nunca antes había visto. Pero también nos confesó tras un largo silencio que aquello le pareció un espejismo. Nada más.
Mientras Paca la portera recogía con escoba y recogedor los pedazos de Matilde y los humedecía, todo hay que decirlo, con alguna que otra lágrima y eso que Matilde siempre había dicho de Paca que era una guarra y una sucia, Amparito, la del segundo, a su lado, le decía: "Mismamente esta mañana la había oído decir a la Matilde: De mi corazón al aire hay un suspiro". Y la Paca suspiraba y decía entre dientes: "Siempre fue una artista". Comentario que fue corroborado tanto por doña Angustias, la del primero, como por doña Mercedes, mejor llamada la Melancólica, porque no se le conocía sonrisa. Pero sin lugar a dudas la que más sufrió el destrozo de Matilde fue Encarnación, la del sexto. ¡Dios santo cómo se puso la pobre mujer!. Se mesó los cabellos, se desgarró las ropas, se mordió las manos y surgiendo como un vendaval trágico exclamó delante de todos: "Ay, ay, ay, viene la vida y se va volando y apenas se ha disfrutado de un instante ya la negrura de lo eterno arrasa con todo y nos deja desnudas bajo la tierra a merced de los naturales mecanismos del abono orgánico" (en este punto del planto hubo general consenso al afirmar que la pobre Encarnación empezaba a desvariar) "¡Matilde, vieja amiga, cabellos blancos llenos de sabiduría, apóstola de la senectud, pedacito de cerámica a punto de quebrarse, encarnación de la humanidad, humanidad misma siempre limpia y estable, barométricamente". En este momento se acercaron Lourdes, la del segundo interior derecha, y Mónica, la hija de la Melancólica y tomaron suavemente por los codos a Encarnación porque todos sabíamos que cuando Encarnación decía barométricamente estaba a punto de producirse su ataque epiléptico y bastante teníamos con el espectáculo de Matilde hecha pedazos como para añadir a Encarnación en trance. Por fin pudieron conseguir que le diera el ataque en el zaguán al resguardo de las terribles sombras del crepúsculo.
Dos horas invirtió Paca la portera en recoger todos los añicos de Matilde. Tan sólo esparció por la acera polvillo del corazón porque se negaba a dejarse recoger y un par de tendones del pie derecho. Todo lo demás lo metió en una bolsa de basura de las modernas con asas de plástico que, al tirar de ellas hacia arriba, hacen que la bolsa se cierre. Cuando hubo terminado el trabajo, aplaudido por todos, tocó el timbre asambleario y la presidenta de la comunidad, doña Juliana, la del quinto interior izquierda, decidió convocar junta extraordinaria aquella misma noche tras el anuncio por los distintos canales de televisión de los azares de la jornada. Ya todos reunidos en el cuarto de las calderas, Juliana habló en voz baja tras rezar un responso por la finada. Y Juliana dijo: "Mal haríamos queridas mías si dejáramos que a Matilde se la llevara la funeraria municipal. Porque nunca en este inmueble se ha vengado nadie de las muertas ni tan siquiera de aquella gran víbora que fue doña Adelaida, más puta que las gallinas y más golfa que una compañía de legionarios la cual como todas, perdón todos (y me miró a mí como disculpándose), recordaréis se benefició al calzonazos de mi marido una lúgubre tarde de verano. Por cierto que no sé por qué siendo todas mujeres y habiendo tan sólo un hombre hemos de tomar el genérico masculino; si me disculpa usted don Atanasio le trataré en femenino cuando me refiera a la comunidad. Como iba diciendo queridas (de nuevo me miró doña Juliana con una sonrisilla pícara) ni aún entonces dejamos a aquella gilipollas a su suerte. Y hoy de nuevo, cuando la muerte llama a nuestra puerta, y Matilde se deshace ante nosotras hemos de ser caritativas por más que Matilde fuera una sucia usurera y una clasista de mierda que no podía ver a una verdulera sin ponerse antes un pañuelito perfumado en la nariz. Y propongo como presidenta de esta comunidad de vecinas que hagamos lo mismo que hicimos con la puta Adelaida, con la ingenua Elvira, con la oligofrénica no entrenable Alfonsina y con la despampanante Lucrecia. Y propongo como siempre que sea nuestro buen Atanasio el que realice de nuevo la obra pues no otro sino él podría hacerlo. He dicho". Cerrada sonó la ovación en el cuarto de las calderas porque, en general, los discursos de Juliana elevaban nuestros ánimos y nos hacía sentirnos importantes porque nos hablaba como cuando ella formó parte de un parlamento allá por Camerún según siempre nos contó.
Así pues me entregaron la bolsa con los añicos de Matilde y pacientemente como ya hice en su día con Adelaida, Elvira, Alfonsina y la, ciertamente, despampanante Lucrecia de la que alguna día contaremos su historia, fui recomponiendo su figura hasta que al alba toqué el timbre comunal para que las vecinas mediante votación secreta dieran su visto bueno al trabajo. Una a una fueron pasando por mi modesto taller y examinaron concienzudamente la obra. Allí estaba Matilde reconstruida y pegada añico a añico; alguna parte, como es natural faltó, pero todas lo comprendieron y fueron dando su asentimiento e introdujeron su voto en la urna oscura del fondo del salón. A media mañana aceptada mi obra por treinta votos a favor, dos en contra y una abstención (la mía como es natural) se decidió colocar a Matilde en la Galería de las Vecinas Muertas, junto a Adelaida su confidente en vida. Y allí reposa ya, tan frágil, tan callada y con sus ojillos de usurera tan brillantes como los tuvo en vida.

Cuento

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 17/05/2009 a las 20:00 | Comentarios {0}


Antoni Tapies
Antoni Tapies
Había sido por la tarde cuando sintió la orden. Estaba desnudo sobre una cama, aplastado por un calor salvaje. A veces giraba un poco la cabeza hacia el lugar donde se encontraba la ventana y tras ella una persiana de rejilla de color verde y tras ellas el sol que caía a plomo, lo ardía todo, y se tocaba la polla, intentaba animarla para hacerse una paja y correrse y quedarse agotado para dormir un rato y ver si en ese intervalo de inconsciencia el bochorno se había calmado, se agitaba algo la persiana, una bocanada de aire fresco se anunciaba. Esta vez no se empalmaba. A lo largo de la tarde lo había conseguido en cinco ocasiones. No se desesperó, ni sintió una frustración que de seguro le habría dado más calor. Busco otro medio para salir de aquella asfixia mientras la espalda se pegaba a la sábana y el mundo se hacía un poco más sucio. En su pensamiento recordaba un hermoso lago de aguas doradas en la China. No sabía si había estado en él y sin embargo lo recordaba, quieto, entre montañas, milagroso. Lo llamó Hoo Shon por una necesidad absurda de llamarlo. Sonrío cuando en un alarde de imaginación creyó caminar hacia sus aguas y sentir en las palmas de los pies su temperatura fría, casi invernal. A su boca acudió algo de saliva ¿Dónde?, se preguntó. La tarde callaba. El exterior no existía. No recordaba el nombre de la ciudad en la que estaba. No recordaba el continente en el que estaba. No sabía cómo había llegado hasta allí. Le vino el recuerdo antiguo de un incendio y le produjo más calor aún. No quiso confundirlo con el calor asfixiante del exterior; este calor nuevo nacía dentro y parecía hornear una idea que empezaba a crecer en los alrededores de su hígado. Milos cerró los ojos y buceó en sí mismo. Vio el fuego. Se acercó cuanto pudo y entonces pudo leer -tras las llamas que surgían de su vesícula biliar- VUELVE. El fuego horneaba en los cálculos de su hígado estas letras.
Milos se incorporó. Anduvo hasta el baño. Se metió en la ducha. Fue consciente de lo mucho que había adelgazado. Se ensoñó con una ciudad bajo la lluvia y una muchacha con paraguas expulsando vaho por la boca. Degustó la palabra boca. Salió de la ducha. Se secó excepto el pelo. Cogió una mochila que no sabía que tenía y al salir a la calle el aire de una tormenta entró por su nariz. Ya no le importó dónde estaba. Iba a volver.

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Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 28/04/2009 a las 19:21 | Comentarios {0}


La tarde tiene el aliento del otoño. El viento se ha ido yendo y ha quedado, suspendido sobre el lago, el rizo último del viento aquel. Los hojas de los árboles brillan, con la quietud de un color amarillo que va a dejar de ser, tan sólo por uno de sus lados; en el otro las hojas son verdes y oscuras. El lago sin embargo mantiene sus aguas doradas. Apenas las ondas alteran la gama. Ni un pez, ni un insecto. Todo está quieto en el lago. Nada se escucha en el lago. Sí a su alrededor, en la tierra, una carrera, un suspiro, un canto. Entre montañas, muy encerrado, se admira el lago Hoo-Shon en sus aguas doradas.

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Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 21/04/2009 a las 22:13 | Comentarios {2}


Lleno de arrogancia, se dijo. Lleno de observador, se dijo. En mitad del llano miraba las estrellas que habían ido apareciendo tras irse largas bandadas de nubes. Imaginó a aquellos hombres que creían que la bóveda celeste era de piedra y las estrellas agujeros por donde asomaba el fuego que rodeaba a esa gigantesca esfera; imaginó a aquellos hombres deduciendo la música de las esferas porque -se decían- si la bóveda celeste es sólida y nosotros vivimos en un medio sólido y giramos como gira la bóveda celeste, ese movimiento tiene que producir una fricción y esa fricción ha de producir un sonido y no puede ser de otro modo que esos sonidos creen una relación y que la relación de esos sonidos sea ni más ni menos que música. La noche cantó una pausa entre dos notas.

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Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/04/2009 a las 20:46 | Comentarios {0}


Para conocer más de Milos Amós leer las entradas La Solución en varias entregas.


La solución 12 b Milos Amós
Milos Amós se despertó. Escuchaba unos sonidos antiguos. No desconocidos. Eran como un mar pero mecánico y sin ritmo. Todo era oscuridad. También le faltaba algo en ese espacio sonoro, algo que había desaparecido bajo ese sonido mayor de un mar rugiente y mecánico. Pensó si abrir los ojos pero aún se vio en una carretera que enfilaba un monasterio llena de hielo y nieve. No conduce él. Es un amigo quien lo hace. Él decide bajarse. Promete llegar a una exposición. Cae una lluvia fuerte casi granizo. Milos se sube el cuello de una cazadora y camina en dirección opuesta. Se escuchan campanadas. Y el miedo y el renuevo y la línea de salida surcan su pensamiento (al que nunca supo acallar siempre rondando su espíritu o algo de lo desconocido. Siempre razonando -por decirlo de forma alguna- los acontecimientos. Hasta en los sueños) como fogonazos o látigos que sacuden su espalda. Debe enfrentarse piensa. Un ráfaga de la cenobita (o de su nombre) acude a su miembro y se le empina y quisiera follar en ese momento, en sólo ese látigo. Descubre que la espalda aún no le duele y eso, decide, es muy importante, esencial para su vida. Hubo una montaña, hubo el incendio de una parte de su vida, hubo una huida, hubo un páramo. Aquello no le vacunó de la incertidumbre. No le vacunó lo suficiente. Se agarra fuerte a una imagen de un farallón en una costa verde. Huele a gris. Eso le hace respirar y tararea una canción. Sabe lo que no debe pronunciar por respeto, una cuestión religiosa si se quiere, una obligación moral también, mantenerse en una línea de actuación que siempre podrá defender porque cumple los preceptos de toda moral antigua: lealtad, discreción, respeto. Se va hacia allá. Y vuelve. No está renovado. Hay mucho por hacer. Y él lo sabe. Y en su mente se incrusta una intención, Es el momento de construir mi patria.[

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Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 05/04/2009 a las 12:56 | Comentarios {0}


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