Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Al principio sentí una ecuación (Cielo azul + canto de pato  x  [trino de pájaro/viento en el quejigo] = x). Me olvidé. Era el cielo simplemente azul y el sol de la última tarde. Supe algo que me acercaba a la Ciudad de Dios y la Peste y se me ocurrió -por culpa de Artaud- que Ciudad de Dios + Peste = Teatro. Subí las cuestas. Bajé los despeñaderos. Bebí en el manantial sonoro. Respiré al compás de la necesidad. Reduje el esfuerzo. Sonreí por la época de las ciudades. Deduje un verso: Lo triste tras de ti. En el segundo bosque la vi. Parecía nueva y pensé: Ha sido la lluvia. Porque anoche cayó la lluvia y yo callé. Porque anoche la farola se detuvo un momento en su constante iluminar. Porque anoche recibí al edredón como si fuera el Paraíso. Estaba allí como recién puesta. Creí que nunca la había visto y posiblemente nunca la había visto. Veo tan poco de todo lo que hay. Era hermosa y tenía vetas de cuarzo. Blanca con requiebros amarillos. Tendía a lo esférico como la felicidad. Pasé de largo. Apenas me detengo. Seguí hasta el confín que yo mismo me he marcado y allí la luz anunciaba ya el verano, también el aire, también un olor de vegetación a punto de explotar. Hice algo novedoso: salté un muro y paseé un rato por el otro lado del mundo con el temor al jabalí y a la serpiente. Y entonces sentí una ecuación (Crepúsculo x cerviz = y). La tarde se pobló de gotas. Cerré los ojos y el universo se hizo más grande. Volví. El agua era alegremente azul. Dos muchachas habían dejado sus mountain bikes en el suelo de la rada y se hacían fotografías. Se las veía felices en sus días de vacaciones. La música de la juventud alentaba entonces la montaña nevada y hacía más hermoso un rayo de luz que entre nubes espolvoreaba su claridad en la ladera de un monte. Me detuve. Pensé en la roca y en la limpieza de los charcos que había ido vadeando, unos al ir, otros al volver; en otros me hundí sólo para ver como los reflejos quedaban convertidos en nada bajo mi paso. Conduje con cierto atrevimiento porque hay veces en las que la curva me llama a acelerar y yo sé que no voy a sobrepasar el límite justo y que entonces sentiré la extraña libertad que encierra en ocasiones la velocidad. Y aún ahora no he despejado las incognitas de las ecuaciones que sentí y se me repite el verso como la blancura de la roca, Lo triste tras de ti.

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 23/03/2016 a las 01:23 | {0} Comentarios


Ángel laudista. Albert Durero
Ángel laudista. Albert Durero
Quizá sea mañana y sin embargo es hoy (he traído a los ángeles conmigo en un libro; podría ser que muchos libros sean en sí mismos ángeles).
Dice Ramón Andrés en su Diccionario de música, mitología, magia y religión muchas cosas de los ángeles, habla páginas y páginas de los ángeles y yo no soy capaz de expurgar el texto y elegir lo que hoy me parezca más hermoso (adjetivo que es homenaje a la primavera).
También cómo se define el ser (Heidegger) podría ser una buena manera de terminar esta noche, de terminar este día que ha sido en todo semejante a un antiguo día de marzo lleno de vientos contrarios, nubes cargadas que en algún momento descargaban; he creído levantarme bien (ángel quiere decir, griegamente, 'mensajero', 'mensajero de dios -pondré a dios siempre con minúscula-' y también 'nuncio' y dice el maestro de lo que suena que el conjunto de los ángeles  constituye un todo armónico) pero tras conversar con C. me ha entrado una tristeza inmensa que no tenía nada que ver con C. sino más bien con un estado de ánimo que tiene mucho que ver con la ausencia. Algún día, quizá mañana mismo, rastree etimológicamente ese término 'ausencia' que tanto me ciñe el corazón (no sólo piensa el cerebro, también el corazón piensa y el estómago y el bajo vientre piensan. Me gustaría argüir que también las rodillas piensan; Wittgenstein sabía argüirlo muy enrevesadamente). Decía que esa tristeza no viene de C. pero un poco de C. sí viene, no emana de ella, emana de mí y mi conversación con ella y también emana de una obra de teatro que estoy escribiendo. Yo quiero decir algo que seguramente ya habré dicho: la labor de la escritura es una labor ardua y cuando esa labor tiene un sustrato dramático suele conllevar una vida igualmente dramática mientras se desarrolla el drama escrito. La verdad -que es lo que busca este escritor- duele sobre todo porque la verdad no conoce verdades. (Dice Ramón Andrés que las doctrinas angeleológicas forman parte de diversas concepciones cosmogónicas y religiosas, particularmente instauradas en la antigua cultura persa aunque será en el seno del judaísmo -en el que el ángel es denominado mal'akh, que significa mensajero, por más que originalmente refirió una expresión que podría traducirse como 'el rostro oculto de dios'- y el cristianismo donde alcanzarán un profundo sentido teológico). Después de C. he entrado en un vaivén algo histérico de emociones y he llorado y he gritado un par de veces y me he jugado, obsesivamente, muchos problemas de ajedrez y he acariciado a Nilo con cierta actitud enfermiza y luego he tenido un arranque de sentido común y me he ido a hacer la compra y al volver creía que ya había pasado lo peor y que la ausencia y la obra de teatro y mis propias decisiones vitales no iban a llevarme por el camino de la amargura porque no hay nada por lo que amargarse, me decía, porque todo está bien, me decía, porque no tienes nada que entender, no hay nada que entender, me decía y en esos pensamientos tranquilizadores me he ido quedando dormido en el sofá justo después de comer y he soñado (los iranios conocieron un ángel portador de la virtud llamado Vohu Manah -Espíritu del Bien- que reveló su mensaje a Zoroastro. Seres similares aunque con caracteres propios, se hallan en el universo budista y en el hinduismo, caso de los gandharvas...) algo que me ha devuelto al tormento como ocurre en los antiguos días de marzo que tras la aparente limpieza del cielo se oculta el chaparrón que está a punto de llegar junto con un descenso abrupto de la temperatura. No me daba tiempo a hacerme un café. Había dormido demasiado. Tenía que venirme a trabajar y prepararlo todo: la comida, los trastos de Nilo, mis libros, mis plumas y lápices y libros -hoy me he traído libros muy sesudos que apenas he mirado-, la obra de teatro -cuyo realismo me aterra y lo rompo de las mejores maneras posibles que soy capaz de idear- y los tabacos, mecheros, papelillos y filtros. Y he salido de casa con una tristeza inmensa como si todo el cielo fuera la tristeza mía y los campos fueran mis cuitas y las nubes fueran mis quejas y el horizonte fuera la muerte y la carretera pedazos de asfalto sin continuidad ninguna. He llegado a la Fundación. (la lectura bíblica los muestra -a los ángeles- como un enlace entre el cielo y la tierra unidos por una escala, la de Betel, la que vio Jacob en sueños, y por la cual, formando un orden y equilibrio divinos, ascienden y descienden). En algún lugar de este extenso lugar puse la imagen de la escala de Betel representada en la fachada de una iglesia -creo que centroeuropea- de cuyo nombre no me acuerdo. Ha sido bueno poner en orden mi rutina en la Fundación y también que mientras escribía pudiera ver los Campeonatos de Atletismo de pista cubierta de Portland, Oregon, Estados Unidos. Me gusta el atletismo. Me gusta escribir mientras veo a jóvenes corriendo, saltando y lanzando que es en lo que consiste el atletismo. Esa mezcla de esfuerzo físico ajeno y esfuerzo mental propio -también he seguido haciendo problemas de ajedrez- me ha ido equilibrando, sosegando y así puedo decir que en las últimas seis horas y media tan sólo me he fumado tres cigarrillos y no he llorado ni una sola lágrima y no he pegado ni un solo grito y no he vuelto a sentir que la vida pierde una gran parte de su gracia si no existe alguien a quien hacerle partícipe de ese placer de vivir. Quizá los querubines sean de oro, de oro macizo. Y el ánimo tenga que ver con el inconsciente que al contrario que el consciente -según Jung- abarca miles de años  y no está ceñido a las estrecheces del presente como le ocurre -y así ha de ser- al consciente. Y así en estas digresiones me va entrando el sueño. Voy a beber un poco de vino. Comeré una mandarina. Fumaré un cigarrillo. Y dormiré hasta mañana cuando temprano me levante y sepa que es domingo y que la ausencia tiene seguro una historia llena de interés.

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 20/03/2016 a las 00:31 | {2} Comentarios


Diario


Yo tengo para mí la recompensa y tengo la fotografía de las gotas de agua que penden de la rama del arce japonés y tengo la sonrisa de L. echando un órdago y también tengo el orgullo de V. ganándome al juego que le enseñé y tengo el tono de fastidio de R. ante una nueva mala nueva y tengo el placer de ofrecerle el brazo a mi M. para que baje los escalones y el respeto de Lo. por la vida que llevo y la atención de C. y su compañía y tengo recuerdos que atraviesan los desiertos y tengo la habilidad de contarte y la duda de por qué se me ocurrió a mí pensar que a ti ¡oh, lector! habría de interesarte lo que yo urdo. Yo tengo un extraño estandarte y una absurda divisa. Mi estandarte es la figura votiva de un hombre y mi divisa es ¡Fragilidad, mantente firme! Y en mi casa se acumulan los papeles y mis oídos se avienen a escuchar con placer las melodías lejanas del sitar. Yo tengo para mí la victoria cimentada a base de derrotas y sé que cuando el filósofo antiguo habla del río que nunca vemos igual está, en el fondo, entonando la desesperación por lo móvil, el deseo de perennidad. Yo tengo para mí una conversación por la tarde en el último domingo frente al lago y recuerdo el vestido estampado (blanco y azul) y el comentario del hospedero haciéndome vivir bien. Yo tengo en mi memoria (que no es nigún archivo al que se acuda sino que es un elemento fluyente que nace cada vez que se acude a ella) a mi P. cuando vino a verme en mi puesto de lotería y a mi tata J. que ha sido, es y será un soporte estoico como ya le hubiera gustado a Marco Aurelio y sé que cuando la memoria reconstruye a quienes murieron los está volviendo a la vida. Y porque todo esto tengo estoy y quiero llegar hasta donde mi cupo sabe con la cabeza alta, las ideas en su sitio y la fragilidad a prueba de banderas.

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 29/07/2014 a las 12:15 | {0} Comentarios


Ayer, domingo 29 de junio de 2014, una mujer mayor, con el pelo rubio teñido y despeinada (como recién levantada), vestida con un ropón rojo y calzada con unas zapatillas de andar por casa, apareció a las nueve de la mañana en el arenero rodeado por el grupo de casas donde vivo -que no es una urbanización, ni una corrala, aunque algo de corrala moderna tiene-, llevaba con ella tres grandes bolsas de plástico y un cartel escrito a mano que pegó con celo en el poyete que separa el arenero del garaje -el garaje del grupo de casas donde vivo está en abierto y es en realidad el bajo de los edificios -edificios de tres plantas, sustentandos por columnas-; entonces empezó a sacar de las bolsas libros y los fue apilando con mimo junto al cartel. Terminada la tarea se fue.

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 30/06/2014 a las 09:59 | {0} Comentarios



Me voy a permitir en este 1 de junio de 2014 un momento de introspección a partir de mi interés desmesurado por Margarita Porete y su obra Le mirouer de simples âmes anéanties, escrita a finales del siglo XIII. Esta obra de literatura mística, una de las cumbres de la literatura medieval francesa, tuvo como consecuencia para su autora el terminar sus días quemada viva en la hoguera por la Santa Inquisición Católica junto a su libro.
Descubrí a Margarita Porete hace tres días y desde entonces me persigue su figura y su fin. Quizá la busco y la estudio para recrear un personaje femenino en alguna historia que surja de esta cabeza loca a la que le dio por inventar historias y que tuvo la indecencia de pensar que de sus invenciones podría vivir y de esta indecencia y de este pensamiento es milagroso que haya ido viviendo; quizá me interesa por su condición de beguine clergesse es decir por pertenecer a la comunidad de las beguinas, un grupo de mujeres que se dedicaban al cuidado de enfermos, la beneficencia, la caridad y la enseñanza sin pertenecer a orden monacal ninguna, que solían vivir en casas comunales o en grupos de dos o tres mujeres, que no tenían una abadesa -aunque más tarde una de ellas fuera nombrada como Grande Demoiselle o directora de la comunidad- como parece ser que fue la más famosa de entre todas ellas Hadewichj d'Anvers la cual también escribió poemas místicos en neerlandés y que pudo ser faro y guía de Margarita como también lo pudo ser la también escritora y beguina Beatriz de Nazaret. Además de beguina, Margarita era clergesse, es decir, experta en clerecía, o sea una mujer culta, al modo en que lo fue un siglo antes Hildebrand von Bingen una de las personas más cultas, refinadas y sabias del siglo XII europeo; quizá me interesa Margarita Porete por lo poco que se sabe de su vida y lo mucho que se especula con ella y también y quizá porque me resulta curioso y me gustaría saber si Teresa de Ávila, la mística española, conoció a sus antecesoras y más cuando he descubierto que las propiedades de las beguinas, tras varios intentos de varios Papas a lo largo de los siglos XIV y XV de usufructuarlos a favor de su Iglesia, se las entregaron al fin a la orden carmelita y como se sabe carmelita era Teresa de Ávila.
No he leído entero El espejo de las simples almas anonadadas -ya os digo, hace tres días que conozco a Margarita-, más bien rastreo lo que se sabe de ella y una de las extrañezas que provoca esta mujer es que pudiera hacer varias copias de su manuscrito. En el siglo XIII la imprenta aún no existe y hacer un libro era muy, muy caro, se escribía sobre pergamino y el pergamino se fabricaba a partir de la piel de la oveja -¿Cuántas hojas de pergamino se podían sacar de la piel de una oveja?-, además había que fabricar la tinta, también muy costosa y por último había que encargar la escritura a un copista; aún así se sabe que en determinado momento había hasta cinco copias de su libro. La conjetura que mejor se abre paso es que la propia Margarita era copista; ella misma copiaba sus manuscritos y se los pagaba con lo que ganaba escribiendo para otros. Sólo es una conjetura.
Margarita Porete buscaba llegar a Dios por la llamada vía negativa o contemplativa y no tuvo ningún reparo sino que fue decisión suya, enviar su manuscrito al obispo de Cambrai, Gui de Colmieu, y éste lo tacha de hereje y condena a Margarita a que deje de escribir. Los procesos de la Santa Inquisición eran muy previsibles: primero se condenaba a una pena relativamente benigna pero si el condenado reincidía -se le llamaba relapso- la condena adquiría tintes infernales. Margarita no cejó en su tarea de beguina y mística y desoyó las amenazas de los, a la postre, sus verdugos: obispos, grandes teólogos de la Sorbona y demás ralea y de nuevo fue presa por la Inquisición, se le aplicó la tortura de la pera (un instrumento que consistía en introducirlo en las cavidades del cuerpo humano y por medio de una rueda, se abría dentro de la cavidad, hasta dilatarla de tal forma que provocaba espantosos dolores y secuelas incurables). Aún así Margarita no se desdijo de sus escritos y no habló para admitir sus errores; de hecho estuvo un año  en las celdas de la Santa Inquisición Católica en completo silencio hasta que el 1 de junio de 1310 (juro que no sabía que había sido un 1 de junio, como hoy, ¡benditas casualidades!) en la Plaçe de Gréve, en el corazón de París, las llamas consumieron el cuerpo vivo de esta poeta magnífica, esta mujer buena, de un cristianismo de Cristo, que defendía que la Iglesia no tenía por qué ser el único vehículo para llegar a Dios.



Extracto del Prólogo de Margarita Porete en su Espejo de las simples almas anonadadas.

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 01/06/2014 a las 11:14 | {1} Comentarios


1 2 3 4 5 » ... 31






Búsqueda

RSS ATOM RSS comment PODCAST Mobile