No llueve y algo ocurrió un 25 de septiembre. La vida se ha detenido y al escribir esta última frase -la vida se ha detenido- he pensado en un refugiado que acaba de darse cuenta de que está a punto de morir ahogado. Ya ha muerto.
Hoy me he levantado muy temprano en relación con lo tarde que me acosté ayer (a las cuatro de la madrugada me acosté. Tardé en dormirme. Me he levantado a las diez) porque hubo un tiempo -hace ahora diez años- en que me gustaba mucho ver las carreras de motos. Entonces vivía con Elena. Viví cinco años con Elena. A veces recuerdo la sensación de vivir en pareja. La sensación de acostarte junto a tu mujer, de levantarte junto a ella. Convivir. (Sé que en este momento ha nacido un niño cerca. Lo sé porque unos vecinos han salido llevando con ellos un inmenso oso de peluche). La vida se renueva a cada instante. Recuerdo el jardincillo que había en la casa. Recuerdo a Reiki un sitshu que cantaba ópera como una mezzo. Recuerdo al hijo de Elena. Sentía que no me quería en su casa (lo digo sin crítica alguna. Sus razones tuvo. Sinceras razones con toda seguridad). Recuerdo el día en el que ya sabía que todo había terminado y fuimos a cenar a casa de Joaquín -hermano de Elena-. Tenían como invitado a un Swami -si cliqueas sobre su nombre podrás leer la entrada que escribí sobre aquel encuentro- y creo que no me comporté como hubiera debido (también entre los budistas se ha de tener un respeto reverencial por los curas). Pocos días más tarde abandonaba la casa de Elena para siempre. Desde entonces han pasado siete años y no he vuelto a tener pareja. Tuve una relación pero nunca fue mi pareja. Casi tres años después de abandonar la casa de Elena. Recuerdo el día que la conocí porque yo tenía el pelo recién cortado y era junio y estaba tomando una medicación contra la depresión que me estaba volviendo loco hasta el punto que sin prescripción facultativa había empezado a dejar de tomarla. Nunca -aunque sé que esa palabra es demasiado larga- volveré a tomar ese tipo de medicación: es pura basura. Esa relación terminó hace más de un año. Desde entonces he recaído varias veces. Desde entonces -como siempre- intento el difícil trabajo del olvido. Esta mañana la mujer que despacha el pan me ha preguntado por mi perro.
Hoy me he levantado muy temprano en relación con lo tarde que me acosté ayer (a las cuatro de la madrugada me acosté. Tardé en dormirme. Me he levantado a las diez) porque hubo un tiempo -hace ahora diez años- en que me gustaba mucho ver las carreras de motos. Entonces vivía con Elena. Viví cinco años con Elena. A veces recuerdo la sensación de vivir en pareja. La sensación de acostarte junto a tu mujer, de levantarte junto a ella. Convivir. (Sé que en este momento ha nacido un niño cerca. Lo sé porque unos vecinos han salido llevando con ellos un inmenso oso de peluche). La vida se renueva a cada instante. Recuerdo el jardincillo que había en la casa. Recuerdo a Reiki un sitshu que cantaba ópera como una mezzo. Recuerdo al hijo de Elena. Sentía que no me quería en su casa (lo digo sin crítica alguna. Sus razones tuvo. Sinceras razones con toda seguridad). Recuerdo el día en el que ya sabía que todo había terminado y fuimos a cenar a casa de Joaquín -hermano de Elena-. Tenían como invitado a un Swami -si cliqueas sobre su nombre podrás leer la entrada que escribí sobre aquel encuentro- y creo que no me comporté como hubiera debido (también entre los budistas se ha de tener un respeto reverencial por los curas). Pocos días más tarde abandonaba la casa de Elena para siempre. Desde entonces han pasado siete años y no he vuelto a tener pareja. Tuve una relación pero nunca fue mi pareja. Casi tres años después de abandonar la casa de Elena. Recuerdo el día que la conocí porque yo tenía el pelo recién cortado y era junio y estaba tomando una medicación contra la depresión que me estaba volviendo loco hasta el punto que sin prescripción facultativa había empezado a dejar de tomarla. Nunca -aunque sé que esa palabra es demasiado larga- volveré a tomar ese tipo de medicación: es pura basura. Esa relación terminó hace más de un año. Desde entonces he recaído varias veces. Desde entonces -como siempre- intento el difícil trabajo del olvido. Esta mañana la mujer que despacha el pan me ha preguntado por mi perro.
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Diario
Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 25/09/2016 a las 12:14 |