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Página de Fernando Loygorri
Juan Cejudo, Maestro de maestros
Juan Cejudo, Maestro de maestros


Mi querido Juan:
Moriste hace tres días. Me enteré ayer. Tenías 71 años. Te conocí cuando tú tenías 36 y yo 23 y he de decirte que ya eras viejo. Creo que fuiste viejo desde los trece años cuando te arrolló el carro allá en tu pueblo de Palencia, lindero con Burgos, Espinosa de Cerrato y te quedaste cojo para siempre y empezaste, creo yo, en ese mismo momento a ser viejo y a ser sabio. Jamás conocí a un hombre tan sabio como tú y digo sabio porque la sabiduría no contiene crueldad y tú nunca fuiste cruel (bueno quizá lo fueras. No lo puedo asegurar. Sí puedo asegurar en cambio que conmigo no lo fuiste jamás y sí fuiste el hombre más generoso).

Descansa en paz, maestro mío, mi amigo, mi viejo

En enero de 2011 y en este mismo espacio le dediqué este artículo Juan Cejudo o Xoan Cejudo mi maestro. Si te interesa no tienes más que clicar en él.
 

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 30/09/2018 a las 13:56 | {0} Comentarios


Documento 21 de los archivos póstumos de Isaac Alexander



Chacra de Río Perdido, provincia de Córdoba. Argentina
28 de septiembre de 1946

Recién llegué a la Argentina, dejé que mis emociones alimentaran el caudal de Río Perdido. Me miro las manos con entusiasmo (tengo a la diosa Vida dentro) y al moverlas, al pasearlas por, por ejemplo, la planta de la lavanda, se me hincha el pecho en una respiración que quisiera abarcar mucho más que mis pobres y atacados pulmones; la lucidez que deriva de la idea de luz, entronca con Lucifer que, etimológicamente, quiere decir El que hace luz porque la lucidez (lo luminoso) siempre ha de tener presente el dolor; ser lúcido es ser consciente del dolor y aún con todo el dolor que este cuerpo mío y esta mente mía ha tenido que contemplar y sufrir, grito frente a los inmensos muros que se levantaron cuando chocaron entre sí las placas tectónicas correspondientes, ¡Gracias! Porque gratitud siento por vivir aunque sea finito y contingente; porque agradezco al cúmulo de azares y destinos que mi padre y mi madre copularan el día indicado y que fuera ese espermatozoide justo y ese óvulo justo quienes se encontraran en el seno de mi madre Esther y surgiera yo, Isaac Alexander, hijo de Salomon Alexander y Esther Steiner, judío por tradición y ciudadano agnóstico y sin dios por elección. Agradezco a las Furias su inclemencia; agradezco a Afrodita su belleza; agradezco a las Parcas cómo consiguen inocular el terror en nuestros corazones; agradezco los pensamientos de los hombres sabios; agradezco los paisajes que nos ofrece el mundo; agradezco la cúpula ardiente del universo y lo que el corazón ansía a veces porque estuve muerto y sin esperanza en una Europa devastada por sus propios habitantes y vi cara a cara la animalidad esencial del ser humano y tuve la certeza de que siempre habrá otros para los que seremos grey y como tal sentirán la tentación de azotarnos y dirigirnos hacia donde ellos quieran por medio de la fuerza de sus látigos y la fiereza de sus perros; por eso exclamo, libre de mis últimos amos, manumitido por otros y por lo tanto libre: ¡Tened cuidado con los pastores! ¡No os dejéis sermonear con palabras graves! ¡Contempladlos y escupidles a la cara y hacedles ver que sois hombres libres, osos en vuestro territorio, animados por un bendito deseo de longevidad!

Amen
 

Ensayo

Tags : Escritos de Isaac Alexander Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 28/09/2018 a las 12:10 | {0} Comentarios


La ceguera
la nube
de nuevo
Sábana blanca
de hilo de Holanda
Los viejos diccionarios
sfumatos
La ceguera
la nube
envuelve esa ausencia de mano
difusos los contornos
recuerdos de Irlanda
donde nunca estuve
La ceguera
la nube
el temor en la noche
mientras fuera todo está ocurriendo
a la vista
La ceguera
la nube
Borges
Esa sonrisa helada en sus ojos de ciego
Sólo la palabra
Nunca más letras
No es miedo
Es nostalgia
de lo que aún no ha ocurrido
Un abrazo de noche para siempre
Luego
quedará el recuerdo
electro magnéticamente se escuchará
el final
No temo la sombra de la calavera
Ni imagino los dientes de cristal
hay en el aire un olor de matorral y tierra
y el cielo un día más 
el cielo un día más
La ceguera
la nube
La luna anda casi llena
Una nube cruza su faz
La ceguera
la nube

Ensayo

Tags : Atrofias Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 26/09/2018 a las 00:18 | {0} Comentarios


Que el lobo del ártico cace por fin al buey almizclero
con pasión, una emoción semejante a la cadencia y el sonido del agua
(primera sensación de vida)
Que los vientos se confundan
Que los olores lleguen y puedan seguir su huella
en las inmensas llanuras de las noches con sol
Se entrega a los brazos de la muerte
Quisiera que fuera sin dolor
como el avefría y su penacho
por los cielos de Europa
En la tempestad buscará la calma
y el silencio (o la pausa) significarán para él una especie de asunción
Tendrá tiempo de denostar de los arrogantes
y sentirá como ominosa la tendencia de algunos a mirar con desdén
Esa cadencia de las largas brazadas
La respiración que se vuelve constante
La mezcla de placer y sufrimiento
La novela erótica del siglo anterior
No se mueve la fronda
A lo lejos permanece quieta como si todo su afán consistiera en pasar desapercibida
La pleamar
El otero
La meseta a sus pies
Si el lobo del Ártico consiguiera la presa de buey almizclero
Lo solicita con emoción
con toda la pasión que pudiera esperarse de un fin que se consigue
El universo se va diluyendo en un sistema más de conocimiento
La oscuridad también lo es
Así es que ahora debe bracear, una vez y otra vez
Más tarde ascenderá la Montaña
Elevará el puño
Será acogido
Nunca será simiente de rábano
Se diluye
Si los lobos
El Ártico en un país llamado Canadá
Islas
Krill
Más tarde bajo la tormenta
un rayo cayó cerca
corrió el perro
Se mantuvieron firmes en lo alto
No era desafío.

Ensayo

Tags : Atrofias Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 18/09/2018 a las 17:21 | {0} Comentarios


En la mañana tuvo una precaución excesiva al conducir. Tenía la sensación de ir un segundo por detrás del presente. Esa carretera que conocía le parecía nueva. Quizá seguía incrustado en él la idea de que tocaba peor que hace diez años o que el desprecio del mundo iba haciendo mella. Ligero tobogán, pensaba, mientras las rotondas se sucedían y en una de ellas tomó un riesgo innecesario porque fue consciente de haber tenido una ausencia. Se dirigía a algún sitio, una mansión cerca de la gran ciudad con jardín, piscina y esculturas, tardaba en saber por qué iba allí. Luego ya lo sabía y seguía conduciendo con la sensación de que si había algún día en el que pudiera tener un accidente, éste, hoy, era el día.
Tuvo imágenes de los grandes dolores de su mundo burgués. Se sucedían a ráfagas y cada ráfaga le transmitía la angustia, la ansiedad, el miedo que son emociones que deambulan por las almas de los hombres cuando algo terrible está punto de pasar. Rememoraba la tragedia, la sentía físicamente; quizá por eso había buscado la distancia. Tenía miedo. No era valiente, pensó cuando tomaba el carril de incorporación a la autopista. No, no era el mejor momento. Incorporarse requiere ciertas dosis de valentía y de prudencia.
Soledad y velocidad. Hubo un momento en el que supo que llegaría a la mansión y que su reloj se había ajustado al reloj del mundo. A partir de entonces, a lo largo de todo el día, sintió una congoja constante; ni el paisaje del atardecer, ni la carrera, ni la música, ni la interpretación correcta de una pieza de Bob Marley, ni la cena que le quedó rica, ni la ternura de las gentes humildes vistas a través de los ojos de un hombre bueno, ni el inicio de una historia, ni el silencio de la noche, ni la voz en la distancia , ni cuando se oyó a sí mismo decir Aleluya, ni una respiración honda, ni la inmensidad del espacio junto a la brevedad de la vida, ni el recuerdo de su tata, ni la curiosidad que aún le alimentaba, ni disfrutar de la luz, ni mantener vivo tantos años al arce japonés, ni la amistad auténtica, nada lograba arrancarle esa punzada de dolor que si bien dolía también le permitía componer su Interludio 8 para piano y orquesta de cámara; un dolor que le iría agotando hasta dejarle profundamente dormido  como el niño que se ha quedado exhausto tras haber llorado mucho.

Narrativa

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 15/09/2018 a las 01:08 | {0} Comentarios


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