Novela oral y dibujos de Gustav Mol
Novela oral y dibujos de Gustav Mol
Narrativa
Tags : Introspección Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 02/10/2025 a las 18:10 |La venda que cayó de los ojos del soldado. La voz que escuchó como si viniera de muy lejos cuando él mismo sabía -el soldado- que esa voz provenía de un cuerpo que estaba a su lado. La voz es la de una enfermera en un hospital de campaña durante una guerra muy cruenta que ocurrió hace muchos, muchos años.
El hombre que está lejos, probablemente en Praga, y nada sabe de esa escena y sin embargo justo en el momento que ocurre en el frente, él la está escribiendo en un cuaderno lleno de historias sin terminar.
En Berlín la prometida del checo, aguarda una carta suya que no va a llegar. No se desespera. Es una mujer hecha a sí misma con los dientes negruzcos por su amor al dulce.
Un tanque se estrella contra un roble.
Una compañía de zapadores es incapaz de hacer una trinchera en el suelo helado y se rinde, ante la imposibilidad del la defensa, al enemigo ruso. Para que el enemigo sepa que se rinden canta la compañía al unísono la canción, Hej, Slovene! que es la contraseña de la rendición entre ambos ejércitos,
La noche cae sobre Europa.
Los muertos empiezan a ser muchos. La mayoría no muere por acciones de guerra sino por la acción del frío. En las trincheras se sabe que el que se quede dormido no volverá a despertar.
¿Es sólo un día más? Vendrán más días y se añadirán y se hará una bola tan grande como las que hacen los niños cuando se niegan a tragar un bolo alimenticio.
¿Soñará que filetean su hígado y tiene tiempo de ver cómo lo ponen sobre una parrilla y llega a sentir el dolor de su víscera asándose?
¿Terminará por admitir que está loco? ¿Admitirá por fin que la infancia es la única cárcel de la que no se puede escapar? Se mirará frente al espejo y se dirá: la infancia es una cadena perpetua.
Parece que el mundo no quería dejarle descansar.
Hubo un tiempo en que creyó que el buen dios, por fin, le había acariciado la coronilla y con un leve y cariñoso empujón le había animado a seguir su camino. Hubo un tiempo en el que ante la lluvia sonreía. Hubo un tiempo en el que el porvenir estaba a la distancia de un minuto. Hubo un tiempo en el que creyó a pies juntillas que la vida era un trasunto cordial del folclore irlandés.
Ahora se levanta y el cuerpo le duele y siente la desdicha como si fuera una uña de su pie izquierdo, una uña que se ha vuelto callosa y le duele cada vez que apoya, cada vez que da un paso. ¿No quisiera dar más pasos? ¿Es sólo un día más en el que las nubes más grises que el infierno, el viento que más parece aliento de Cerbero que soplo de primavera, el frío y la humedad que traspasan con facilidad los muros le están dirigiendo hacia el acantilado contra el que un mar color verdemoco se estrella furioso, echando espumarajos por sus olas, espumarajos blancos como las flemas que recogía de su padre y que se desparramaban, pobre mío, por sus manos? ¿Realmente es éste el misterio, la dulce balada de otoño, la mano larga y sin callos de una muchacha de ciudad, los cabellos bien peinados de un muchacho con los labios propios de la juventud? ¿Deberá detenerse y volver a mirar algún cuadro que sea una alegoría de la vanitas para que él, de nuevo, se someta, humille la cerviz y desee que esto pase pronto, que la nada le cubra y nada por fin sea, así la gota lo es en el océano, así la escarcha lo es cuando sale el sol y llega el mediodía? ¿Habrá de lamentarse un día más? ¿Habrá aprendido que la tarde será callada y los muertos no se revuelven en sus tumbas y la mirada azul y verde de C. reposa en su cerebro como pudiera en la mente de Verlaine reposar el recuerdo de una mano de Rimbaud?
Se hacía el silencio. La pirámide, dedujo, estaba truncada. No sabía cómo había llegado a esta situación en la que una ausencia se convierte en un arma. Ya no quería pensar más. Ya no quería indagar más. Ya no quería sentir esa contracción a la altura del diafragma. Sólo deseaba que la mente -esa loca que habita en el mundo de cada ser- se callara. To die, to sleep,/ to sleep ... perchance to dream (Hamlet. Acto III. Escena 1ª).
¿Soñará que filetean su hígado y tiene tiempo de ver cómo lo ponen sobre una parrilla y llega a sentir el dolor de su víscera asándose?
¿Terminará por admitir que está loco? ¿Admitirá por fin que la infancia es la única cárcel de la que no se puede escapar? Se mirará frente al espejo y se dirá: la infancia es una cadena perpetua.
Parece que el mundo no quería dejarle descansar.
Hubo un tiempo en que creyó que el buen dios, por fin, le había acariciado la coronilla y con un leve y cariñoso empujón le había animado a seguir su camino. Hubo un tiempo en el que ante la lluvia sonreía. Hubo un tiempo en el que el porvenir estaba a la distancia de un minuto. Hubo un tiempo en el que creyó a pies juntillas que la vida era un trasunto cordial del folclore irlandés.
Ahora se levanta y el cuerpo le duele y siente la desdicha como si fuera una uña de su pie izquierdo, una uña que se ha vuelto callosa y le duele cada vez que apoya, cada vez que da un paso. ¿No quisiera dar más pasos? ¿Es sólo un día más en el que las nubes más grises que el infierno, el viento que más parece aliento de Cerbero que soplo de primavera, el frío y la humedad que traspasan con facilidad los muros le están dirigiendo hacia el acantilado contra el que un mar color verdemoco se estrella furioso, echando espumarajos por sus olas, espumarajos blancos como las flemas que recogía de su padre y que se desparramaban, pobre mío, por sus manos? ¿Realmente es éste el misterio, la dulce balada de otoño, la mano larga y sin callos de una muchacha de ciudad, los cabellos bien peinados de un muchacho con los labios propios de la juventud? ¿Deberá detenerse y volver a mirar algún cuadro que sea una alegoría de la vanitas para que él, de nuevo, se someta, humille la cerviz y desee que esto pase pronto, que la nada le cubra y nada por fin sea, así la gota lo es en el océano, así la escarcha lo es cuando sale el sol y llega el mediodía? ¿Habrá de lamentarse un día más? ¿Habrá aprendido que la tarde será callada y los muertos no se revuelven en sus tumbas y la mirada azul y verde de C. reposa en su cerebro como pudiera en la mente de Verlaine reposar el recuerdo de una mano de Rimbaud?
Se hacía el silencio. La pirámide, dedujo, estaba truncada. No sabía cómo había llegado a esta situación en la que una ausencia se convierte en un arma. Ya no quería pensar más. Ya no quería indagar más. Ya no quería sentir esa contracción a la altura del diafragma. Sólo deseaba que la mente -esa loca que habita en el mundo de cada ser- se callara. To die, to sleep,/ to sleep ... perchance to dream (Hamlet. Acto III. Escena 1ª).
¿Era real la sangre que le hervía a borbotones? ¿Era posible una alucinación colectiva? ¿Por qué no admite nuestro cerebro que al caer la tarde las hojas de los árboles y la hierba de los pastos son rojos? ¿Por qué quiere mantenernos en esa ilusión verde? ¿Cuándo volveremos a los libros y tomaremos notas y transcribiremos fuentes y nos sentiremos útiles en un mundo inútil que se rearma y muestra las garras de la próxima razzia?
La última guarida del hombre blanco. La civilización blanca. La gran descubridora del Gran Masturbador. La ola que inundaba pueblos y pueblos allende los mares. La asesina. La fecunda. Aquellos conquistadores. Aquellos reconquistadores. Aquellos colonizadores. Nantucket. Tierra del Fuego. Cabo de Buena Esperanza. Las caravanas. Rimbaud. Marsella. ¡Vamos, vamos, compañeras, icemos las velas y cuando nos hagamos a la mar seamos sirenas dispuestas a matar! Por la gran paridora de engendros; por la inventora de la Tierra Quemada; por la que alimentó los descubrimientos balísticos de Galileo Galilei; por la Ilustrada; por la Despótica; por la Demócrata... liberal; por la Marrana; por la Alcahueta; por la Inventora de la mediocridad. ¡Salve, Civilización Blanca! ¡Los que vamos a nacer, sufrir y morir te saludamos!
Insistimos: ¿Era real esa sangre? ¿Aquella mujer rodeada de teclados realmente los tocaba? ¿Vivía en un mundo en blanco y negro? ¿Todas sentimos activadas las mismas gamas de gris? ¿Fue esa impresión cromática las que nos lanzó al unísono contra las hordas de hombres que languidecían ante una nueva forma de estar? ¿Era posible ser siempre moderna? ¿Tendría sentido esta pregunta en el Nuevo Tiempo? ¿Por qué escribíamos con tanta inicial mayúscula?
Fue en ese momento cuando se dispararon las alarmas. Nos disgregamos. Nos escondimos. Cuando atisbábamos una luz en la noche, escondíamos los rostros bajo las alas. Apenas maullamos, bien lo sabéis. Nunca llegaba la mañana. El aire estaba bañado por un polvo gris en suspensión. Los relojes se llenaron de arena y dejaron de funcionar. Nunca fuimos de lamentarnos y tampoco esta vez lo hicimos. Algunas nos cogimos entre nosotras las manos. Otras se fueron volando hasta que una ráfaga de metralleta acabó con ellas. No quisimos saber quiénes disparaban. Permanecimos unidas y quietas. Así esperamos la muerte. Y así morimos.
Narrativa
Tags : Meditación sobre las formas de interpretar Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/03/2025 a las 18:38 |
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Tags : Introspección Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 02/10/2025 a las 18:24 |