Los ojos del rey miran enamorados la figura que yace. Urna en el páramo. Atrás queda el humo de la batalla y resuenan como de cristal los tambores de piel de hipopótamo. El rey sangra del hombro. No se duele de la herida sino de la figura que yace aún caliente en la urna. Es su hijo muerto con valor en la batalla a la edad de once años. Nobles, siervos y clerecía guardan silencio, hasta el viento se ha calmado y ni un ave osa alterar el responso. Pronto caerá la tarde. Perdida la batalla y perdido el hijo el rey piensa ahora en el final de su dinastía y siente lo que hasta entonces nunca había sentido: el peso de los años en cada una de sus articulaciones.
Carreteras:
Bordea una tierra llana, amarilla, en febrero.
Un puerto con niebla. Despacio. Vamos despacio. Verdes. Muchos verdes difuminados. Manchas verdes.
Gira sobre el mar. Un mar radiante. Un mar que se hunde, sin resistencia, en la noche sin luna.
Carretera de montaña en Francia. Hacia Port Bou.
Lugares:
Una cena frugal en un puerto pequeño. Recuerdo la playa atestada de exiliados al terminar la Guerra Civil Española. Los campos de concentración. Un recuerdo imposible en mí (aún me quedaban muchos años para nacer) y sin embargo nítido.
Llueve y hace sol. Asturias.
Un prado.
Carreteras:
De tierra. Cada vez más estrecha. A ambos lados fincas privadas. En bicicleta.
Es una carretera que acaba en un cul-de-sac. En el oeste. Un río corre en paralelo y unas barquichuelas se mecen sin ganas sobre sus aguas en una tarde sin viento.
A lomos de una camioneta. Grandes extensiones de cultivos de marihuana. Murcia. En enero. La parte trasera de la furgoneta es descapotada. Hace frío, viento y un pavimento frenético.
Lugar:
Playa en el fin del mundo. El faro de Trafalgar. Con una muchacha. En plena madrugada.
Bordea una tierra llana, amarilla, en febrero.
Un puerto con niebla. Despacio. Vamos despacio. Verdes. Muchos verdes difuminados. Manchas verdes.
Gira sobre el mar. Un mar radiante. Un mar que se hunde, sin resistencia, en la noche sin luna.
Carretera de montaña en Francia. Hacia Port Bou.
Lugares:
Una cena frugal en un puerto pequeño. Recuerdo la playa atestada de exiliados al terminar la Guerra Civil Española. Los campos de concentración. Un recuerdo imposible en mí (aún me quedaban muchos años para nacer) y sin embargo nítido.
Llueve y hace sol. Asturias.
Un prado.
Carreteras:
De tierra. Cada vez más estrecha. A ambos lados fincas privadas. En bicicleta.
Es una carretera que acaba en un cul-de-sac. En el oeste. Un río corre en paralelo y unas barquichuelas se mecen sin ganas sobre sus aguas en una tarde sin viento.
A lomos de una camioneta. Grandes extensiones de cultivos de marihuana. Murcia. En enero. La parte trasera de la furgoneta es descapotada. Hace frío, viento y un pavimento frenético.
Lugar:
Playa en el fin del mundo. El faro de Trafalgar. Con una muchacha. En plena madrugada.
Narrativa
Tags : Archivo 2009 Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 18/06/2009 a las 19:37 |
Las abejas melíferas están desapareciendo, una extraña enfermedad dicen, una menor resistencia a los virus, algo relacionado con la labor de los hombres sobre la santa madre tierra. Dave Hackenberg se gana la vida llevando abejas de acá para allá para que polinicen los cultivos: los melones en Florida -escriben Diane Cox-Foster y Dennis van Elgelsdorp- , las manzanas en Pennsylvania, los arándanos en Maine, las almendras de California.
La cabeza de la abeja melífera es tan ajena a las cabezas, ¿cuándo se vieron esos pelos surgiendo de sus ojos compuestos?
Un seno de una mujer francesa a la altura de mis ojos.
El calor del andén del metro, la ausencia en la vida de otros cuerpos. Una sensación esquiva. Una extraña, por antigua, secuencia de hechos.
El frío en el cuello. Un piano conocido. Un país. Una escuela. Una astucia. Un amor que nos deja. Que nos deja. La lejanía, de repente, de la montaña que estuvo tan cerca o del río o de la casa.
Magia, ahora está, ahora no está. Magia tus ojos (no le hablo a nadie. No me atrevo a hablarle a nadie. Es -quien escribe- un narrador que en nada me concierne. Son sus dedos y su cabeza y sus sentimientos, sus sentimientos, porque los míos se quedaron aparcados en el aparcamiento de una estación de tren, eso sí, bella... la estación) y esas manos que suavemente se deslizan por tu brazo tras el ataque de un viento fresco. Esa saliva. Ese aire entre tus cabellos. Tu vientre. Tu vientre esgrime el calor de los hornos en tu piel.
Alguna máscara en la calle. Un alud de tientos y milagros. Cómo me gustó siempre el verso La calma de la tarde en un cigarro escrito por mí hace muchos años, muchos, muchos años....
La cabeza de la abeja melífera es tan ajena a las cabezas, ¿cuándo se vieron esos pelos surgiendo de sus ojos compuestos?
Un seno de una mujer francesa a la altura de mis ojos.
El calor del andén del metro, la ausencia en la vida de otros cuerpos. Una sensación esquiva. Una extraña, por antigua, secuencia de hechos.
El frío en el cuello. Un piano conocido. Un país. Una escuela. Una astucia. Un amor que nos deja. Que nos deja. La lejanía, de repente, de la montaña que estuvo tan cerca o del río o de la casa.
Magia, ahora está, ahora no está. Magia tus ojos (no le hablo a nadie. No me atrevo a hablarle a nadie. Es -quien escribe- un narrador que en nada me concierne. Son sus dedos y su cabeza y sus sentimientos, sus sentimientos, porque los míos se quedaron aparcados en el aparcamiento de una estación de tren, eso sí, bella... la estación) y esas manos que suavemente se deslizan por tu brazo tras el ataque de un viento fresco. Esa saliva. Ese aire entre tus cabellos. Tu vientre. Tu vientre esgrime el calor de los hornos en tu piel.
Alguna máscara en la calle. Un alud de tientos y milagros. Cómo me gustó siempre el verso La calma de la tarde en un cigarro escrito por mí hace muchos años, muchos, muchos años....
Narrativa
Tags : Archivo 2009 Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 09/06/2009 a las 22:18 |
Es esa voz de Astrud Gilberto y esa guitarra de Joao Gilberto y Antonio Carlos Jobim y por supuesto el saxo de Stan Getz. Esa ausencia de la bossa nova. Ese tempo sensual y melancólico, esa cadencia de agua suave, ese rumor que llega muy lejos. La memoria. La sonrisa.
Jugando con los tiempos. Ausente de nuevo, dejando a los dedos que naveguen por las teclas siguiendo (o al menos con la intención de seguir) el ritmo que marca el percusionista en el platillo.
Esta vida es de los valientes y yo lo soy en muy pocas ocasiones. Me congratulo en todo caso porque alguna vez sí lo he sido (o me he sentido). He mirado de frente y he sentido una gran bocanada de aire adentrarse en mí y alentarme.
La mano, reservada para escasas ocasiones, deambula.
Secuencia que nos lleva. Molicie he dicho hoy y palabra tan desafortunada me ha hecho, sin embargo, gracia.
Son las diez.
Jugando con los tiempos. Ausente de nuevo, dejando a los dedos que naveguen por las teclas siguiendo (o al menos con la intención de seguir) el ritmo que marca el percusionista en el platillo.
Esta vida es de los valientes y yo lo soy en muy pocas ocasiones. Me congratulo en todo caso porque alguna vez sí lo he sido (o me he sentido). He mirado de frente y he sentido una gran bocanada de aire adentrarse en mí y alentarme.
La mano, reservada para escasas ocasiones, deambula.
Secuencia que nos lleva. Molicie he dicho hoy y palabra tan desafortunada me ha hecho, sin embargo, gracia.
Son las diez.
Narrativa
Tags : Archivo 2009 Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 08/06/2009 a las 21:55 |
Serenada la tarde se había cubierto de nubes. Antes había sido el viento. Luego llegaron los hombres. Quisieron atravesar las aguas y todos murieron ahogados cuando se acercaron a la orilla. Quedó flotando un rato la cabellera dorada de una niña y sólo por su color. El silencio vino pronto. Los pájaros hicieron el rito funeral y algo parecido a una mangosta acercó su hociquillo y el lago le dejó beber. Callado el ocaso. Callado el silencio. Callado el mundo. Por callado se dejó ver el avión del comandante Sse, su áurea carlinga emitía destellos de pez abisal que se expandían por el lago, lentamente, casi dulcemente mientras a su alrededor se iba haciendo oscuro, la noche en un lugar perdido de la China la cual sin embargo era incapaz de apagar el dorado rumor de las aguas del lago Hoo Shon.
Narrativa
Tags : Archivo 2009 Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 26/05/2009 a las 16:02 |
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Narrativa
Tags : Archivo 2009 Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 28/06/2009 a las 12:28 |