Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

¿Cómo harán si uno no sabe? La inquietud aumenta por la tarde. El torbellino lo llama. La sensación áspera de no haber hecho. ¿Qué maletas? ¿Qué equipaje era el necesario? Sobre todo por la tarde, piensa el que no sabe, el que tiene una tendencia a dejarse llevar, el que ha acometido (con demasiado ímpetu) la soledad. ¿A espuertas? ¿En este soliloquio sin faro, sin mar, sin puesta de sol ni amanecida, sin lucero del alba, sin brazos, sin cama deshecha, sin halagos, sin sonrisas, sin canto de los pájaros, sin entusiasmo, sin desayuno fresco, sin brisa, sin adiós? La muchacha se pierde de vista por el camino que baja hasta el pueblo. Ha quedado con sus amigos. Pasarán el día en el campo, se tumbarán en la hierba que aún verdea. Algunos se besarán, se cogerán por los talles, se bañarán en las aguas frías de una poza. Volverán al atardecer, hambrientos, morenos, excitados, dispuestos a reponer fuerzas para las fiestas de la noche en las que las promesas de la tarde se harán realidad
¿Cómo hará si no sabe? ¿Cómo evocará en la vejez lo que nunca fue? ¿Cómo vivirá la ausencia de recuerdos compartidos? ¿Cómo se explicará antes de morir que no supo poner fin a esa situación? Probablemente se llame cobarde y volverá a confirmar que veinte años atrás era tan necio como sentía que lo era cuando repasaba los veinte años anteriores y sabía que nunca, que nunca, alcanzaría un grado mínimo de sabiduría, de conocimiento sin crueldad. Esas tardes de verano que han huido para siempre o un día de otoño que ella volviera apesadumbrada y al fin, tras un poco de insistencia, le contara su pena, la que todos hemos tenido, aquélla que de vez en cuando se sabe aliviar.
Tumulto y silencio. El viento se ha levantado. En poco saldrá a la tarde y al sol. Mirará de nuevo las montañas. Tendrá algún pensamiento ad hoc. Caminará hacia ninguna parte. Volverá hacia ninguna parte. Sabe que el piso en el que habita ha dejado de ser su hogar. Sabe que se encuentra en proceso de desapego. Un desapego más. Una vez más, hasta que un día -si llegara- se quede desnudo, última capa de cebolla, tras ella la nada ni siquiera este túnel que se abre tras los ojos y que algunos llaman Yo.
Caminan por el borde del acantilado. La música celta anima los sentidos del amor. Están borrachos y fumados. Una mezcla grata si el equilibrio es el justo. Se han cogido de las manos. Ella ha pensado un instante en él. Lo recuerda cuando era muy niña, él se acercaba y se sentaba a su lado, en el borde de la cama, le acariciaba la frente, sonreía y creaba un personaje con dos de sus dedos, una hormiga era, una hormiga que siempre quería dormir con ella, una hormiga bastante pesada. Lo recuerda y ríe. Su acompañante le pregunta por qué se ha puesto a reír de repente. Ella se lo cuenta. Siguen caminando. De nuevo se quedan callados. Antes de que él la atraiga hacia sí, ella recuerda un sonido que oía muchos días antes de dormir: su padre teclea en una vieja máquina de escribir. Ha dejado abierta la ventana. Se escuchan a lo lejos los sonidos de una gran arteria de la ciudad. Se besan.
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 29/06/2023 a las 18:52 | Comentarios {0}



Como la sal se siente que lo seca todo. Como los que hablan mal. Como lo que no saben expresar. Como extranjero se siente, como extranjero es. Sin casa. Sin alma gemela. Sin perro. Sin cadenas. Y no entiende porque ni siquiera lo piensa que ese estar sin casa, sin alma gemela, sin perro, sin cadena, ese conjunto de nadas es la esencia de la felicidad.
(Ahora -le diría si le tuviera frente a frente- sólo has de disimular hasta el final, hasta que la muerte -compañera íntima de toda vida- te visite, te invada y puedas al fin ser sin pensar). 
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 25/06/2023 a las 12:07 | Comentarios {0}



La tarde noche del trece de junio de xxxx el Ateneo estaba a rebosar. Todos los socios del club estaban presentes y junto a ellos habían acudido sus maridos y sus mujeres y algún cuñado y algún suegro que se había colado de rondón. Las invitaciones se habían dejado al arbitrio de la suerte (relativa, todo hay que decirlo. En los corrillos no paraba de pronunciarse la palabra pucherazo a no ser que la suerte fuera tan caprichosa que hizo que todas las invitaciones fueran a parar a gente principal de la comarca y ni una cayó, ponemos por caso, en la casa de una fregona -ni tan siquiera ilustre- o de un técnico optometrista). Olía en la biblioteca del Ateneo a fragancias caras y licores; se escuchaba en la Biblioteca del Ateneo un constante murmullo de voces graves y agudas y el ladrido -hiriente como sonido de cristal contra pizarra- del chihuahua de la señora alcaldesa. Pronto darían las nueve, se apagarían las luces y un foco se dirigiría sobre el estante de los incunables; todos los asistentes retendrían la respiración, se escucharían algunos corazones latir con ansiedad y algún ligero carraspeo recorrería la biblioteca. Cuando el silencio hubiera alcanzado su cenit surgiría -como espectro de un tiempo que ya dejó de existir- La Desnuda y ahí te querríamos ver describiendo los gestos de los asistentes, los ataques de histeria, los desmayos fulminantes, las arcadas olorosas, los éxtasis, los impulsos, las masturbaciones, los orgasmos, las oraciones, las imprecaciones, los delirios, los espantos, las plegarias, las injurias, los espasmos, las lujurias, la callada somnolencia de las horas, las condensación del vaho de los alientos, la muerte no anunciada, el parto prematuro, la escala de Jacob, el grito primero, la razón última, el deseo...
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 05/06/2023 a las 17:42 | Comentarios {0}



También estas emociones forman parte del festín. La cordura no tiene freno, se precipita, ansía asirse a la raíz que ha surgido de la tierra que es la pared del abismo. También los sueños con gusanos forman parte del festín. Hay que cocinarlo todo. Hay que presentarlo bien todo. Por eso, cuando me miro y quiero suicidarme, sé que esta emoción tan intensa forma parte del festín de la vida. No podré decir. No llegaré a expresar -no con mis palabras- este querer asomarse y dejarse caer. No sé cómo transmitir que sólo me falta audacia para seguir camino. También que hay algo en la densidad de las nubes, en los fotones del mundo, en la ondas que navegan invisibles por el aire, hay algo en ellas, escribo, que me atan a este mundo de sensaciones y consciencias. Voy a seguir cocinando mi festín. Siento que queda poco para llegar a la sobremesa.
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/06/2023 a las 13:07 | Comentarios {0}



Por algún lugar anda cojitranca la verdad. No todo será interpretar, se dice la chelista mientras afina el instrumento justo antes de salir a escena. Aquello pasó y aquello y aquello otro. Luego será el recuerdo quien tropiece, quien se rompa las piernas (metafóricamente pensando). La chelista se jira en el espejo del camerino. Nunca fue guapa, desde niña lleva la cara disfrazada por culpa de una que le rajó la mejilla de arriba abajo por una cuestión de chucherías; con los filos de una botella de cristal la marcó para siempre y también marcó su destino porque fue entonces, con la sangre chorreando por su mejilla -la izquierda para ser más precisa- cuando supo que sólo podría vivir siendo chelista. Siempre salía a escena con un velo cubriendo el tajo y exigía al encargado de las luces que rodeara su rostro con un halo de misterio. Así se escucha mejor la sonata para violonchelo de Cesar Frank, argumentaba cuando algún quisquilloso preguntaba el por qué de esa tenuidad en la iluminación de escena. Siempre tocaba la sonata para violonchelo de Frank ya fuera en un bis  o en el programa. Necesitaba escuchar su melodía y mientras lo hacía rememorar la tarde en la que su vida tomó un rumbo del todo inesperado y decidió dedicarse a la música como habría podido decidirse por el esquí de fondo. Fue la sangre en su mejilla, lo rojo líquido en su manos, el pavor que sintió, el escozor en la cara y esa primera imagen que le acudió a la cabeza y que no se le quitó hasta que le pusieron el último punto de sutura: un violonchelo entre sus piernas y un arco en su mano diestra quien marcó también su destino; si la imagen hubiera sido un bosque nevado, un par de esquís y unos bastones allá la veríais hoy compitiendo, luchando a brazo partido, dejándose el alma por vencer como ahora se deja el alma y las articulaciones de los dedos recorriendo el mástil del chelo. Esa es la verdad, cojitranca, sí, pero sin interpretación que valga.
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 08/05/2023 a las 19:26 | Comentarios {0}


1 ... « 11 12 13 14 15 16 17 » ... 51






Búsqueda

RSS ATOM RSS comment PODCAST Mobile