Cuentecillo teatral
- No hay cascarón más vacío. Así me expreso.
- Como el café, desde luego, desde luego...
- No querría parecer desagradecido.
- ¿Y lo es? A mí esa cuestión me parece mucho más interesante. Me llevaría incluso, si usted desarrollara, me llevaría, digo, a un estado de pura exaltación sexual.
- ¡Qué gran unión!
- ¡Qué gran patria! añado. Porque entonces se juntan los sufrimientos venales con los verdaderos. El cielo se convierte en infierno y me suda el coño lo que pueda pasar después. Los verdaderos, he dicho...
- En efecto, lo has dicho.
- Y tú quedas ahí, como un pasmarote. Digo los verdaderos y tú los das por hechos. Despierta, por el ángel cariacontecido te lo pido. Despierta. Ponme en duda o ponme mirando a Cuenca pero ponme, que yo sienta sangre que corre por tus venas, torrentes rojos perfectamente encauzados.
- ¡Asesina de niños! ¡Rompehuevos! ¡Maldita sea la hora en la que nos encontramos por el caminito del Rey, cuando caía el sol y se levantaba una brisa de verano que olía a higos y tomillo! ¡Maldita sea tu estampa! ¡Así se te pudran los dientes para que nunca más puedas volver a sonreír y se acuñen en tus mejillas los hoyuelos que parecen los brocales de los pozos en los que la Doncella bebió! ¡Que no te quiero ver nunca más! ¡Mala conciencia!
- No te vale y lo sabes. No es suficiente. Prevengo una catarata de aceite de oliva. Roo los huesecillos. Se afilan mis dientes y por dentro, cuando te pienso, se remueve una víscera que vaga sin nombre por los alrededores del páncreas. No nos digamos más maldades. No nos maldigamos más. La noche llegará pronto y vendrán los ausentes a visitarte. Llamarán a tu puerta. Entrarán muy despacio.
- ¡Calla!
- Se pondrán tras de ti. Te rodearán, incauto, lo sabes. Te rodearán y pondrán sus manos sobre tus hombros sobre los que se elevará una gran torre a la que bautizarán con tu nombre el cual, vencido, se convertirá en piedra. No me mires así. No me das pena.
- ¡Calla, por los santos maravedís que no huelen a orín! ¡Calla por el suelo de pinocha en el que nos reímos hasta que nos dolieron las plantas de los pies! Insisto: no hay cascarón más vacío. Y añado: se me perdieron los labios y no sé dónde.
- ¿Me tendrás esta noche?
- Todas.
- Tan lejos llegará el espejo.
- Coge la mano y véndela al mejor postor.
- Vanidoso.
- Vanidades.
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Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 11/05/2026 a las 18:46 |