La reverberación llegó con el oído. Hasta entonces nada había vuelto, nada había re-vuelto. Fue despertarse y sentir la punzada y saber que desde ese momento en adelante la punzada sería el aviso de la ausencia. ¡Nunca lo habría supuesto! se decía restregándose aún los ojos mientras por el interior de los muros corría el agua a una velocidad pasmosa. ¿Había llegado el día? ¿Era esto lo que tanto temían los colegas del gremio? ¿Esto era de lo que se hablaba en voz baja como si no se quisiera mentar a la Parca o como si ésta fuera dura de oído y bastara hablar bajito para escapar a su influencia?
Se levantó. Fue al baño sin la urgencia de otros días. Fuera el silencio atronaba. Ni los pájaros cantaban. Sintió la punzada al poco de estar despierto, cuando estaba echando los restos del café del día anterior por el desagüe del fregadero. No se dijo nada. No se detuvo en su quehacer sino que continuó fiel a sí mismo y al miedo de especie a la muerte; se hizo, por lo tanto, el desayuno; se lo llevó en una bandeja hasta la salita y fue al untar con mantequilla la primera tostada cuando le vino una segunda punzada, ésta mucho más fuerte, mucho más intensa, hasta el punto que le cortó la respiración y le empujó a mirar por la ventana el almendro que se elevaba a más de quince metros del suelo y que mantenía un vigor propio de la primavera. No remitió el dolor que se le había incrustado hasta el fondo del hígado, donde los pensamientos bullían y armaban tal jaleo que hubo de llamar a sus perros interiores para que callasen. No callaron. Había llegado, se decía -o decían los pensamientos que, cuales furias soltadas de sus yugos, se hubieran desparramado por todo su ser provocándole convulsiones y lamentos y suspiros tan hondos que la noche casi vuelve y pasa el día entre tormentos como smog-. Ingerir, se decía. Degustar, se decía. Mira, se decía, observa el sol, la fresca mañana y azul. Deja que la memoria ejerza su función. No luches contra ella. No sabrás nunca. No te refociles. No rebusques. No te hundas. Nadie dijo que esto fuera a ser fácil. Anularse. Darse por vencido. Entregarse a los brazos del mejor postor y dejar de sentir, ¡Por dios te lo pido -le rogaba una voz interior que parecía estar por encima de sí mismo-, deja de tener esperanza! La única esperanza sería que cambiaras y eso, bien lo sabes, no está en tu mano.
Fue entonces, de la mano de la palabra mano, cuando reverberó el vacío y de él fugaron, hacia un punto preciso de su horizonte, su presencia, el calor de su cuerpo, el mundo de las ideas, las soluciones complejas, el deseo insufrible, la contemplación serena, las ganas de amar, la aspiración de una alteración de la conciencia, la caricia, la sorpresa de una noche en la que su cuerpo se arrimó al suyo y ambos se dieron el calor justo; reverberó la infancia de sus hijos, las carreras por la playa, las olas del mar, el velero lejos, el farallón tan blanco, las ganas de saltar, el muérdago y el musgo, la contemplación de la erección de una ciudad sagrada, la escalada hasta un castillo en ruinas en cuya torre albarrana se apostaban defensores con los rostros cubiertos con yelmos obtenidos como botín en una incursión en el oriente; fue entonces cuando supo el horror vacui y la inutilidad del rezo y se aprestó a ser valiente una vez más por mucho que supiera, en el fondo de ese hígado asaeteado por pensamientos nefastos, que la valentía no es una condición de los valientes sino de los sanos.
La escucha. Se acerca. Luego la niebla cubre sus entendederas y lo demás es tan sólo un ir dejando de hilar muy poco a poco, muy poco a poco...
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Ensayo poético
Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 03/06/2026 a las 11:48 |