Inventario

Página de Fernando Loygorri
Querida Julia:
Han pasado ya diez años y he decidido que el año que viene no voy a escribirte el día que moriste sino el día que naciste, un ocho de noviembre de 1914, entre otras cosas porque no recuerdo qué día moriste exactamente; sé que fue a finales de octubre y creo que fue en 2007. Como puedes ver tan sólo recuerdo el mes. Por eso, el año que viene te escribiré en el día de tu nacimiento, mi querida, mi añorada Julia.
Una década ya y desde entonces, desde tu ausencia, por el mundo apenas ha pasado nada, nada en todo caso que a ti te sorprendiera. Ya sabes, lo de siempre: que si los chicos crecen, que si nosotros nos vamos haciendo viejos, que si hace unos días murió la tía Isabel a quien tan poco querías. Esas cosas. Quizá te hubiera divertido más la falsa independencia de Catalunya y habrías puesto el grito en el cielo por los miles de millones de euros que los hijos de puta del Partido Popular nos han robado a todos a lo largo de muchos, muchos años pero eso es algo que a ti no te habría extrañado y seguro que me habrías contado alguna vieja historia de caciques que ocurrió en tu pueblo manchego de Argamasilla de Calatrava y habrías terminado sentenciando algo parecido a, Fernandito, España ha sido siempre un país de señoritos y de gente humilde que calla y ahí habrías hecho una pausa valorativa y habrías terminado con un, hasta que qun día gritamos, hijo, gritamos y entonces no hay señorito que nos calle. Más o menos el país sigue siendo el mismo y nosotros seguimos siendo los mismos. Hubo una crisis más que nos dejó arrasados a muchos pero sobrevivimos y mantuvimos la dignidad. El rey Juan Carlos I tuvo que abdicar en su hijo Felipe que ahora es el sexto porque le pillaron cazando elefantes cuando la gente se moría de hambre y ahora anda desaparecido imagino que rumiando su ruina que siempre será más llevadera como lo suelen ser las ruinas de los ricos.
De mí poco que contar. Al poco de morir tú me separé de Elena y pasé unos años difíciles. Tuve una empresa en medio de la crisis -una editorial de audiolibros- que no aguantó ni yo supe mantenerla a flote y ahora vivo con poco pero muy honradamente. Te gustaría un programa de radio en el que colaboro desde hace tres años. Se llama Jardines en el bolsillo y en mi sección hablo de teatro con toda libertad. Violeta ya está en la universidad y es una joven deliciosa. Por lo demás ya sabes, sigo siendo -como tú me llamabas- un don Juan de vía estrecha y así me va. También he de decirte que llevo casi diez años viviendo solo y aunque estuve enamorado una vez más, ya no me duele tanto cuando el amor se acaba porque el amor, en mi vida, siempre se acaba. Quizás a eso te referías con la estrechez de mi vía.
Un beso muy fuerte, Julia. El año que viene te escribiré el ocho de noviembre. Hasta entonces cuídate allá donde estés. Ya sabes que siempre, siempre te recuerdo.

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 31/10/2017 a las 01:04 | {0} Comentarios







Amor y azar huelen a sal




 

Ensayo

Tags : Meditación sobre las formas de interpretar Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 28/10/2017 a las 14:30 | {0} Comentarios


Pinturas Negras de Goya. Duelo a garrotazos o La riña 1823
Pinturas Negras de Goya. Duelo a garrotazos o La riña 1823

Palada primera
Hay un momento en la vida de los hombres en el que sabemos que vamos a morir. Entonces ocurre algo prodigioso y es que ya nada importa. Vivimos vidas sujetas a unas normas la mayoría de las cuales no nos las impusimos nosotros a nosotros mismos porque si así fuera esas normas estarían fuera de toda duda. La vida se convierte para la mayoría de nosotros en una renuncia a nuestro ser en bien de la comunidad. Sólo repugna que las comunidades humanas sean necesariamente mediocres. No tenemos más que mirar en nuestro rededor para sentir la profunda insatisfacción en la mayoría de las comunidades humanas y cómo basta cualquier pequeña aspiración para convertir a un humano en masa humana que adora el primer becerro de oro que se le presente ya sea una idea de un ser superior que a todos nos ampara, que de cada uno de nostros lo sabe todo -lo pasado y lo porvenir- y que en todas partes se encuentra a un mismo tiempo; ya sea la idea de unos límites geográficos que normalmente van unidos a unos límites idiomáticos para sentir cómo todos somos uno, un mismo destino, una misma fuerza. Los hombres necesitamos de los hombres para sentirnos hombre y por ese afán de sentirnos ser en el grupo, aceptamos despojarnos de una parte de nosotros mismos, una parte en general muy grande, para sentir que eso que resta está a salvo. La vida se compone de una extraña y desagradable sensación de renuncia unida a una aparentemente plena sensación de pertenencia. Vivimos gran parte de nuestra vida para pertenecer y dejamos morir gran parte de nuestra vida para pertenecer.

Palada segunda
Estos días estamos viviendo en España una especie de tribalización de la existencia; de repente hay una masa en el noreste del país que se ha unido, en su gran mayoría, en torno a la idea de que han sido maltratados por España, de que están siendo reprimidos por España y de que necesitan el aire puro de su independencia para volver a respirar y al mismo tiempo en eso que se ha dado en llamar España hay muchos que denuncian el victimismo de los llamados catalanes e insultan a esos llamados catalanes con todos los viejos tópicos que se utilizan contra ellos, incluso algunos de los llamados españoles dejan de comprar productos de ese lugar llamado Catalunya para joderles un poquito más y todo va llenándose de mierda nacional, ya sea la mierda nacional de España o la mierda nacional de Catalunya y el pertenecer a uno de los dos bandos se va haciendo cada día más acuciante como si no pertenecer a uno de los dos supusiera una rareza, supusiera un extravío. La comunidad humana exige de nuevo el sacrificio de la individualidad.
Y cuando esto ocurre en mi país recuerdo lo que ocurrió en otros países y con otros grupos: los judíos en toda Europa durante cientos de años; los kurdos en Irak y en Turquía; los tutsis en Ruanda y así podríamos seguir nación por nación, continente por continente encontrando viejas rencillas entre comunidades humanas muchas de las cuales acaban en baños de sangre, en carnicerías fundamentalmente de jóvenes en los frentes de batalla y en las retarguardias el horror de las humillaciones y las venganzas. Es el sacrificio que de tanto en tanto exige la Comunidad por pertenecer a ella. Comunidades siempre necesariamente mediocres, gobernadas por hombres necesariamente mediocres.

Palada tercera
Cuando una persona va a morir, decía, ya nada importa y entonces parece liberarse en ella algo así como la nostalgia de aquel ser al que tuvo que renunciar para ser aceptado y a veces, si hay un poquito de tiempo, incluso esa persona se puede permitir el lujo de ser ante un miembro de su comunidad como también es y así, por ejemplo, tres días antes de morir, una mujer llamada Isabel, nacional católica de los pies a la cabeza por la gracia del Santísimo Dios en el que cree, recta, seca, inflexible, sin imaginación, atacada por un cáncer pulmonar, aislada en una residencia de ancianos, recibe la visita de una vieja amiga, casi familia, una amistad que se fraguó con renuncias que harían temblar al mismísimo Dios en el que cree, tan sólo por la necesidad imperiosa que esa mujer sentía por ser aceptada en un grupo al que las circunstancias de la vida le abocaron porque de otro modo, si todo hubiera sido como debía ser, ella nunca habría sentido la necesidad -ni hubiera tenido la posibilidad- de acceder a él. Sólo que en esa figura que Isabel ofrecía a la comunidad, de repente, de manera sorprendente se abrió paso una esencia suya, una esencia que le llevó a desafiar a su propio Dios -o al pensamiento que ella y la secta católica dicen tener de los mandatos de ese Dios- y a la comunidad en la que vivía y una vez cometida semejante transgresión volvió al redil de la comunidad aunque ungida para siempre de un estigma que para lavarse -como siempre hicieron los conversos- le llevó a ser más papista que el Papa. Pues bien, esta mujer, poco antes de morir, en la visita de la vieja amiga a la que me refiero, con una dosis suficiente de morfina para mitigar el dolor, de repente, en mitad de una conversación banal, necesariamente para no hablar de lo verdaderamente importante que era su muerte, le dijo a su vieja amiga, May -así llaman cariñosamente a la amiga-, no sé si deberías estar aquí. Y May, muy ceremoniosa, le pregunta a Isabel, ¿Y por qué Isabel? e Isabel le responde, Porque me va a venir a visitar un meteorito y no sé si le gustará que estés.

Pausa entre paladas
Esta mañana he escuchado bajo el sol cálido de finales de este octubre abrasador, la tierra cayendo sobre el féretro de Isabel en el cementerio de la Almudena de la ciudad de Madrid. Era un sonido seco y hermoso. Casi absoluto porque había otro que surgía en sus silencios. Y sin buscarla he encontrado la metáfora de que la vida está marcada por el ritmo de las paladas de los sepultureros cuyas pausas nos permiten escuchar el alboroto de los pájaros.
 

Ensayo

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 27/10/2017 a las 00:40 | {0} Comentarios


Tía Isabel (1931-2017) Fotografía de Olmo Z.
Tía Isabel (1931-2017) Fotografía de Olmo Z.


No era una mujer amable, ¡vive el cielo que no lo era! pero forma parte de mi vida, sobre todo de mi infancia. Ayer murió a los 86 años de edad en una residencia de ancianos del centro de Madrid. La llamábamos "tía Isabel" aunque no nos unía ningún parentesco. A veces ocurre eso que un ser foráneo se inmiscuye tanto en la vida familiar que acaba siendo una tía o un tío o un sobrino.
Quizá cuando hayan pasado unos años podré contar cómo esta mujer se convirtió en tía nuestra. Hoy siento la tristeza que debe de sentir un historiador cuando un personaje que fue clave en un determinado suceso histórico muere y con él muere una de las voces más autorizadas para hablar de ese hecho. El historiador entonces siente un vacío y más si no pudo hablar en profundidad con ese personaje del suceso en cuestión. Mi tía Isabel además era una magnífica narradora. Tenía un vocabulario rico y antiguo y poseía una capacidad de ironía -muchas veces rayana con el sarcasmo- verdaderamente notable. Tenía gracia en el contar. Fue ella junto con mi tío Carlos y Julia quien consiguió hacerme más llevadera una infancia que para mí estuvo cargada de enfermedad, violencia y soledad. Los años nos fueron separando. La juventud siempre ha de separar a los jóvenes de los viejos y creo que ella nunca me perdonó que no estuviera junto a mi tío en los últimos momentos de su vida, él que tanto me cuidó, tanto me enseñó y tanto me quiso. La verdad es que aunque entiendo por qué no estuve junto a él, tampoco yo me lo he perdonado nunca. No hace falta perdonarse todo. Es bueno no olvidar los errores. Parece que en octubre los ancianos mueren. La última vez que la vi fue hace quince días. Fuimos mi hija y yo y ella, la tía Isabel, como siempre habló y habló y habló con su voz grave de fumadora, con su sarcasmo siempre en los labios, con su buen contar... nos habló de los tiempos de la Guerra Civil en Madrid donde su madre tenía -decía ella- un comercio en la calle Señores de Luzón, en el Madrid de los Austrias y como no quería evitarlo nos contó las carnicerías que hacían los rojos y las caridades que hacían los curas y las parroquianas y los milagros de su señor Jesucristo. No era guapa -sí una mujerona-. Sí era católica y muy poco sentimental.

 

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 25/10/2017 a las 11:25 | {0} Comentarios


Ahoritita, en cuanto termine esto, iré al cuarto de baño, me pondré de rodillas y empezaré a vomitar. No será por la mañana que ha amanecido hermosa como las postales de mi abuelo cuando estaba de embajador en La Haya. Mi padre me regaló las postales de su padre y en ellas se pueden intuir retazos de aquel hombre que engendró nueve hijos entre destino y destino. Tampoco será porque al caminar en esta hermosa mañana de otoño, me ha venido a las mientes (no he recordado sino que el recuerdo me ha recordado a mí y a mí ha venido) una noche con Rosa -que era una muchacha preciosa y sorda- en un tugurio que se llamaba Palma 13. Yo sabía que Rosa y yo íbamos a follar esa noche. Llevaba persiguiéndola algún tiempo y por fin, por fin, sus brazos y mis brazos; su boca y mi boca... esas cosas. A Rosa aquella noche en el Palma 13 le apetecía fumarse unos porros y yo, todo caballero, me ofrecí a buscar un camello para conseguir la droga. Salí a la calle, un tipo me abordó y me puso una navaja en el cuello. Le di todo lo que tenía. Lo que él nunca supo es que me robó más que el dinero, me robó una noche de amor con una muchacha preciosa y sorda. No, no es por ese recuerdo que se ha atrevido a atracarme el corazón esta mañana mientras paseaba por lo que voy a vomitar ahoritita, en cuanto acabe esto. Voy a hacerlo para ver si es que tengo dentro, en las tripas, el gusano de la mediocridad de estos días. Voy a hacerlo para descubrir si esta mediocridad que vivo no es tal sino que en realidad es la vida del gusano que se anida en mí. Eso voy a hacer porque reside en mí también el espíritu del investigador (ése no es gusano; ése es búsqueda de luz) y a tientas siempre urde formas de conocer. Conocer por el vómito, por ejemplo. Así es que aquí dejo este ensayo de decir algo de lo que me rodea: unos voceros pregonando una libertad y una república que seguirán machacando a los de siempre; otros que esperan que la fortuna les permita aplastar a sus contrarios; otros más que deciden mirar las etiquetas para ver la procedencia del producto y si es de cierto lugar no comprarlo provocando con ello la ruina de quien lo produce no del lugar donde es producido; y aquéllos que confunden a Agamenón con su porquero.

Ensayo

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 24/10/2017 a las 09:57 | {0} Comentarios


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