Inventario

Página de Fernando Loygorri
A veces la rosa se vuelve pequeña/ y todo consiste en deambular por el mundo
Podría ser que el viejo Homero no haya existido nunca/ y toda la Ilíada no sea más que un puzzle
También podría ser una mujer a la que amas/ un sábado por la tarde
mientras contemplas su pecho a lo lejos/ y haces cábalas sobre el sentido de su pulso
A veces la ausencia es una hija/ y la brisa atempera la distancia
o quizá sea un miedo infantil a quedarse solo/ en la esfera tragicómica donde nos ha tocado existir
a veces es una isla/ en una mar que es un circo
a veces son unas pisadas en el matorral/cuando anochece y los pájaros ya no cantan
o los pasos del perro/ o el canto del almuhecín
mientras un hombre de piel cetrina te ofrece un té con hierbabuena/ y el calor del verano desiste de agobiar
Tampoco importa mucho la sensación cibernética/ de las piernas abiertas en el bochorno de la tarde
ni la risa que surge entre cuatro paredes/ que apenas impiden lo impúdico del gesto
porque los astros se encuentran ya muy cerca/ y los colores surgieron de un capricho del polvo
A veces es la lluvia que cae a contratiempo/ a veces es la escarcha congelada en la rama
o el aullido señero de un lobo adolescente/ o la huella profunda de un vencejo
Ya no miro el suelo cuando recorro el sendero/ mi vista se ha ido lejos donde nunca estará
¡qué importa pues que Homero sea hijo del sueño!/ ¡qué importa si sus himnos se cantaron jamás!
La estela de la nave surcó el mar Egeo/ y unos héroes tristísimos naufragaron al escuchar un canto parecido al gemido sexual
La noche está entera/ duerme la luna
no es julio/ no es verano
giróvago o derviche/ mezcal o ácido lisérgico
la luz se hace calor/ la energía se transforma de nuevo
¡Volad conmigo!/ ¡volad! ¡volad conmigo!

Poesía

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 30/07/2016 a las 23:56 | {0} Comentarios


Documento 8º de los Archivos de Isaac Alexander. Agosto 1946. Port de la Selva
Pasados los nefastos días me encuentro de nuevo con mi suerte.
La condesa Pepa de Montmercy ha tenido la delicadeza de ofrecerme una estancia en su masía de Port de la Selva durante el estío de este año de 1946.
Yo le he ofrecido como pago a su cortesía el entretener sus noches con viejas historias que habré de contarle de memoria (todos mis libros fueron quemados. Todos mis escritos se los fumó el humo de las hogueras) y alegrar su tupido vergel con los sones de mi flauta si así lo desea.


En el cenador la primera noche un catorce de julio del año 1946
 
¡Qué alegre la concurrencia! Parece la masía de Pepa un lugar apartado del mundo. De hecho es un lugar apartado del mundo. Las luchas aquí se han sofocado. El dictador de España no existe. Tampoco los dictadores de Portugal, de la URSS o de los Estados Unidos de América. Ha cantado la chicharra todo el día y ahora son los grillos quienes toman el relevo. La noche ha caído y tras cenar una escalivada amb muchetas y butifarra nos hemos dedicado al noble arte del bebercio.
En esta primera noche se encontraban acompañándonos una mujer de una belleza griega a la que llamaré Gemma que venía acompañada de su amante inglesa miss Virginia, una joven desabrida y pálida con la luna de Irlanda a la que apenas vi intentar sonreír un par de veces a lo largo de toda la velada. También se encontraba entre nosotros el escritor local -y juez de Paz- Nehemías Benvenist, soltero empedernido a sus cuarenta y cinco años recién cumplidos y muy dado -según me confesó la condesa cuando nos quedamos solos- al delicado placer de morder la almohada. A los postres llegaron en su precioso Alfa-Romeo 6C el matrimonio compuesto por una mujer despampanante -la cual era la piloto- que mostraba un escote tan abismal que no pude por menos que agasajarla con una frase algo pícara cuando me fue presentada y su marido un hombre apuesto con un bigote fino -camino de hormigas se suele llamar- y cuyo atractivo mayor era sin dudarlo sus manos. A ella la llamaré Amaranta y a él Pío.
Sería cerca de la medianoche cuando mi anfitriona me pidió si podía terminar la velada con alguna amenidad antigua y yo, como no podía ser menos por la deuda contraída y vislumbrando además que la condesa quería quedarse a solas conmigo, relaté la siguiente crónica que corresponde a un pasaje del diálogo El sueño o el gallo escrito por Luciano de Samosata: Un joven llamado Alectrion era amigo de Ares, bebía con el dios, le acompañaba en las fiestas y participaba de sus aventuras amorosas; en efecto, cada vez que Ares acudía a mantener relaciones adúlteras con Afrodita se llevaba a Alectrion y, temeroso de que Helio lo sorprendiera y se lo contara a Hefesto, solía dejar siempre fuera, en la puerta, al joven, para que le advirtiera de la salida de Helio; hasta que un día se quedó dormido Alectrion y traicionó la vigilancia involuntariamente, de manera que Helio se acercó sin ser advertido junto a Afrodita y Ares, que dormía confiado, en la creencia de que Alectrion le avisaría si alguien se aproximara. Así fue como Hefesto, informado por Helio, los atrapó, tras rodearlos y darles caza con las redes que tiempo atrás había construido para ellos; en cuanto Ares se vio libre, dio rienda suelta a su cólera contra Alectrion, y lo convirtió en gallo, con armas y todo, de suerte que aún lleva el penacho del casco sobre la cabeza. Este es el motivo de que los gallos, para justificarse ante Ares cuando ya no es necesario, en cuanto se aperciben de que va a salir el sol, canten con mucha antelación anunciando su orto.

Ensayo

Tags : Escritos de Isaac Alexander Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 14/07/2016 a las 17:07 | {0} Comentarios


Partieron y acamparon
los hijos.
Sus hombres llegaron al tercer día.
Se estremecieron sus entrañas.

Produzca la tierra vegetación
y entonaré sobre los montes,
Cansado el tumulto
llegaré al hierro


A pie firme,
aniquilado, invoco con el rostro cubierto
porque los cielos son mi trono
y no me fatigo en vano.

Un bello tema bulle en mi corazón,
Si hubiésemos olvidado el nombre.
A acacia huelen tus vestidos.
Un bello tema bulle en mi corazón.

Heridas frescas de la planta del pie a la cabeza,
los ladrillos han caído,
también las palmeras y el junco en un mismo día.
Se diría que el firmamento come.

El necio y el noble
pactan la salvación:
dejan suelto al buey y al asno
como ofrenda a la Seguridad y Confianza eternas.

Estas hijas son mis hijas.
dijo,
En veinte años soy forastero. Siempre en tierra extraña,
dijo.

Miscelánea

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 12/07/2016 a las 23:17 | {0} Comentarios


La cueva lacustre
Mis ojos entonces. Mis ojos se hacen a la luz amarilla de la luna que se filtra al interior de la montaña por grietas que deben herir la cima en su exterior.
Mis ojos entonces. Mis pulmones. Mi ansia de vida. El sonido que resuena en la amplia cavidad donde me encuentro.
Pienso, Es curioso no saber por dónde pisamos. ¿Cuántos seres vivos habrán subido y bajado por el acantilado sin saber que sus entrañas están huecas?
Poco a poco voy viendo los contornos y descubro en el centro de la laguna una gran piedra. Un altar, me digo. Su fuste es más delgado que su parte superior, la cual parece lisa y suave; su base se hunde en las aguas del mar.
Mil sonidos. Un millón de sonidos. Mil millones de sonidos. Casi todos líquidos. Y el maullido de Lilith desde las alturas, en alguna parte de la cueva. Otra cueva, me digo. Siempre en una cueva, me digo. Condenado a las cuevas, me digo.
Establezco una referencia para saber dónde se encuentra el túnel. Luego empiezo a nadar rodeando el perímetro de la cueva. Busco un lugar seco. Una cala en miniatura. Algo de arena. Nado a braza y el eco de la braza me recuerda al paso de una manada de búfalos por un río. Maúlla de nuevo Lilith. ¿Por qué ha entrado en la gruta? Me detengo. Consigo ver la silueta de una repisa a media altura entre el lago y la cima. Una repisa de piedra. No podría llegar hasta allí. O sí. Tengo frío. Necesito salir del agua. Vuelvo al punto de partida. No hay cala. Las dimensiones de la gruta. No sabría decirlas. Nado hasta el ara de piedra en el centro de la laguna. Es más alta de lo que había calculado. Intento escalar por su fuste. Me escurro. Decido ir hasta la zona donde vi la repisa e intentar subir. Me estoy cansando. En ninguna zona he hecho pie. Llego hasta la pared y empiezo a subir. La luna ilumina lo justo para que pueda ir agarrándome a la piedra. Una piedra que parece pómez, esponjosa, áspera. Subo lentamente. Me pregunto, ¿Qué habrá?  Alcanzo la repisa y me encaramo a ella sin problemas. Antes de dejarme ir saco las velas de la bolsa y las enciendo. El foco de luz de las velas hace que el espacio de la gruta se oscurezca. No hay signos de vida en la repisa. Pensé mientras subía si habría una colonia de murciélagos. Inspecciono el suelo. No parece haber restos de excrementos. Apago las velas. Me tumbo. Descanso.

¿He dormido? ¿He soñado con Caín y las posibles muertes de Abel? Abro los ojos. Aún es la noche. Vislumbro primero una variedad de luz verde que se refleja en el techo de la cueva y que juega con las rugosidades de la roca y parece conformar ángeles y demonios sobre mi cabeza. Pienso, Una capilla sixtina sin amor. Me siento y me asomo al borde de la repisa y mi corazón sufre un golpe, una excitación estética. La luz verde emana de las aguas. Toda la masa de agua despide lo que mi mente científica quiere llamar flúor y mi mente mística asocia con almas vagabundas ahogadas en el mar.
Sobre el ara está Lilith. Y Lilith danza. Pienso, ¿Cómo ha llegado hasta ahí? ¿Por qué danza? ¿Está seca?
Recuerdo, Paredes de cristal, vigas de cedro; plata y oro, finas vasijas de cristal, aceites costosísimos, lechos, escabeles, baldaquines, candelabros de oro, perlas; vigas de madera de olivo; plata, cristal, oro puro, vidrio, fragancias de Líbano, lechos de plata, lechos de oro, dulces especias, paños rojos y púrpuras hilados por hábiles hilanderas y trenzados por ángeles urdidos.
Escucho a Lilith que canta mientras danza,

No te distraigas muchacho.
Mi boca se ha hecho ancha.
Mi corazón se estrecha.
No te distraigas muchacho
la barca sólo vendrá una vez

La serpiente emerge su cabeza de las profundidades de la laguna. Lentamente se enrosca en el fuste del altar. Es una serpiente inmensa, del color del oro, con ojos de rubí. Repta y rodea con sus anillos el cuerpo de Lilith. Lilith canta y parece gemir. Lilith danza y se deja enroscar. La serpiente abre su boca y empieza a engullir a Lilith. Lilith canta y se deja engullir. La serpiente se yergue sobre el altar y adquiere el color verde fosforescente de las aguas. A medida que se eleva la serpiente jadea los maullidos de Lilith. Crece cabello en su cabeza. Empieza a mudar la piel y de la muda nace un cuerpo de mujer. Una mujer desnuda. Sus cabellos negros despiden fulgores azules. Su boca es roja. Su piel blanca como la muerte. Su pecho generoso como la vida. Su cintura estrecha y sus caderas anchas. Piernas largas. Pies de ébano. Es una mujer inmensa con unos ojos verdes que parecen atraer todo lo que miran. Las sombras provocadas por la luz del mar en las paredes y el techo de la gruta le dan la bienvenida. La mujer inmensa baila la danza de Lilith. Se contonea. En su movimiento quedan restos de reptil. Me ve. Pienso, No estoy aquí. Se acerca a mí. Alarga su brazo izquierdo que termina en una mano cuyos dedos están unidos por una membrana. Pienso, Esto es morir. Los dedos de la mujer gigante rozan mi pómulo herido y siento la viscosidad de su piel y una gran excitación. Pienso, Esta mujer gigante es espantosa. Pienso, Cómo deseo el espanto que me provoca. La mujer gigante abre la boca y ríe. La mujer gigante abre las piernas y pare setenta y dos águilas blancas. La mujer gigante gira sobre sí misma y crea en la cueva un torbellino. Cuando cesa el viento la mujer gigante es un delfín hembra. Habla su idioma. Se hunde en las aguas. Huyen las águilas. Se apaga el verdor del mar. Por las grietas de la montaña se anuncia la luz del día. Me lanzo desde la repisa y busco el túnel de salida. Nado y no pienso. Nado y sé que no me voy ahogar. Pienso, Seguir. Hasta el fin.
Fin de la trancripción del cuaderno negro de Olmo.

Nota de los narradores:
Tan sólo añadir que por mor de la curiosidad que nos provocó el relato y con la ayuda de los guardias rurales, buscamos la oquedad a la que hace referencia Olmo, la cual, en efecto, se hallaba en el acantilado. Buceamos y lo único que encontramos fue un túnel de unos tres metros de largo que no llevaba a ninguna parte. Lo curioso es que sí parecía como si se hubiera producido un derrumbe. Entre las rocas amontonadas encontramos lo que podría ser una muda de serpiente.

FIN

Cuento

Tags : Marea Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 08/07/2016 a las 12:41 | {0} Comentarios


Nota de los narradores:
Esta última entrega de Marea es la transcripción completa de lo escrito por  Olmo en su cuaderno negro. Por lo tanto no nos hacemos responsables de lo vertido en esas líneas ni aseguramos su veracidad pero -y esto es importante (por lo menos para nosotros)- con la misma intensidad tampoco la negamos.
Este cuaderno y todas las pertenencias de Olmo fueron encontradas por la pareja de la guardia rural en la cueva. Gracias a los contactos que mantenemos con las fuerzas armadas, llegó hasta nosotros. Las pertenencias las dejamos en el cuartelillo. Hasta el día de hoy ni Olmo ni nadie en su nombre han pasado a recogerlas.

Transcripción del cuaderno negro de Olmo.
Texto escrito a pluma con tinta verde.
 
Anochecer
Lilith está vigilante a la entrada de la cueva como si fuera una perra. La luna saldrá y su luz enfermiza será suficiente para iluminar el mundo. Tan sólo me importa que tú, C., sepas porque me encuentro en estas soledades, apartado del mundo y temeroso de los hombres. La razón es ésta: mi vida es un milagro y yo soy una mala persona. Tú bien lo sabes.
Ahora el mar está plateado y en su calma se adivina su poder como en la espalda de los gorilas de las montañas se adivina quién manda a quién.
Cuando llegue la noche y la luna menguante surja en el firmamento, iré.
Porque no tengo miedo, iré.
No me importa terminar aquí mi vida. Quizás es lo que he venido buscando. Desde los días fríos de Tirana. ¿Recuerdas cuando te decía, Tirana no es la capital de Albania y tu reías? Desde los fríos días de Albania.
El sol se oculta. Voy a beber el té. Quiero estar hidratado. También voy a comer aunque no tenga hambre. Voy a fabricar una bolsa impemeable atada a mi muslo y en ella voy a meter este cuaderno y esta pluma y unas velas y una caja de cerillas.
Lilith no se mueve. Negra e imponente en su felinidad. Tan sólo gira de vez en cuando el cuello y me mira. Adivino en su mirada la búsqueda de mi decisión. Ahora se eriza su lomo. Ahora se lame. Creo escuchar su ronroneo.

La Noche
Bajé a la cala. Ya hace frío por las noches. Sobre el mar el cejo creaba un manto fantasmal. La luna iluminaba mi destino. Lilith caminaba a mi lado izquierdo como si fuera el custodio de mis pasos hacia el cadalso. Dejé mis ropas cuidadosamente dobladas en el centro de la cala. Me até la bolsa impermeable al muslo izquierdo. Desnudo me encaminé hacia la orilla. Antes de entrar en el mar miré lo que me rodeaba. Recordé por un momento los alegres días del verano y la fiesta última. Lilith maulló y se fue andando hacia el acantilado de la izquierda. Yo respiré. Sentí el frío de las aguas en mis pies. Seguí avanzando. No sé por qué, en ese momento, reí y tras la risa me zambullí y empecé a nadar rasgando con mis brazadas a crawl el cejo que cubría las aguas del mar.
Frío. Algo parecido a la viscosidad. Avanzo en paralelo al acantilado. Voy diciéndome para coger ritmo, Aum Nahmá, Aum Nahmá, Aum Nahmá. Una brazada y otra y otra y otra hasta llegar al punto donde se encuentra la oquedad.
No me distraigo. No siento saudade por nada. Inspiro lo máximo que mis pulmones albergan. Me sumerjo y entro por el ojo que la pared del acantilado tiene en sus raíces. Avanzo por una noche líquida de paredes rugosas. Mi mente sosegada repite sin saberlo Aum Nahmá, Aum Nahmá, Aum Nahmá. Llego a un punto de no retorno. Sé que si sigo avanzando ya no tendré aire para volver atrás. Tan sólo quedará la posibilidad de que el túnel lleve a alguna parte en el interior de la montaña donde haya aire. No decido nada. Sencillamente sigo. Aum Nahmá, Aum Nahmá, Aum Nahmá. Los músculos empiezan a arder. La respiración me empieza a faltar. Veo los rostros de los hijos que nunca tendré. Veo a mi madre comiéndole la polla a uno de sus amantes. Siento el frío del aula en la escuela primaria de Tirana. Y de repente soy absolutamente consciente de que no temo morir. Aum Nahmá, Aum Nahmá, Aum Nahmá. Creo que tengo un desvanecimiento. No soy muy consciente de que me elevo pero el primer trago de aire me devuelve la vida y grito.

Cuento

Tags : Marea Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/07/2016 a las 12:49 | {0} Comentarios








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