Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Samson Humes se levantó la mañana del 16 de septiembre de 1903 con una erección fálica descomunal. La noche anterior a su polla se le habría podido llamar con total tranquilidad pene; no había sufrido grandes incomodidades a lo largo del día, las usuales en todo caso en un muchacho de veintitrés años al que la sexualidad aún no le había sonreído. En toda su corta vida tan sólo una vez se había juntado al cuerpo de una mujer y fue en un baile al que acudió con los chicos de su parroquia cuando tenía dieciseis años y se atrevió a pedirle a una muchacha flaca y fea que bailara con él; la muchacha magra en exceso debía de tener ardores porque aceptó de inmediato y se pegó a Samson como si fuera una tabla de salvación. Mientras se miraba la erección, aún en la cama, recordó cómo durante aquel baile, él intentó sentir los pezones de la muchacha o algo de las tetas pero no logró sentirlo y de hecho durante un rato imaginó si sus amigos no le estarían gastando una broma y aquella muchacha era en realidad un chico disfrazado. Aquella idea no logró evitar que cierto grado de excitación acudiera a su pito y lo engrosara; cuando la muchacha lo notó en su muslo, se pegó aún más y dejó escapar, como al descuido, un ligerísimo suspiro en su oído. Entonces la música terminó. La muchacha le miró a los ojos con picardía y se mordió el labio inferior y Samson Hume bajó la vista, se dio la vuelta y se perdió entre las parejas de la pista de baile sin ni siquiera darle las gracias a la muchacha porque cada vez que una chica miraba a  Samsom Humes con arrobo él se moría de vergüenza y lo único que quería era escapar de aquella mirada fuera como fuese. Incluso una vez, cuando tenía trece años, y estaba jugando al juego de la botella y le tocó besar a una niña en los labios, se levantó como un resorte, dijo que antes tenía que hacer pis -lo que provocó la carcajada general de la muchachada- y salió escopetado y no paró de correr hasta llegar a su habitación, donde se tumbó en la cama, se cubrió la cabeza con la almohada y lloró por el terror que le nacía en el vientre cada vez que se asomaba a su vida el contacto con el cuerpo de una chica.
E. J. Bellocq Fotografía de la serie titulada The Girls of Storyville
E. J. Bellocq Fotografía de la serie titulada The Girls of Storyville

Narrativa

Tags : Las putas de Storyville Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 03/04/2014 a las 16:17 | Comentarios {0}


Basado en un hecho real



Desde niña la mujer amaba la libertad. Cuando cumplió los doce años empezó a tener una pesadilla: sus padres la ingresaban en un convento de clausura y allí moría toda su vida. La mujer creció amando la libertad en la vigilia y siendo monja de clausura en el sueño. En la juventud tardía conoció a Carmelo y libremente se casó con él. Poco a poco -de forma imperceptible, nos dijo- se fue haciendo a la vida del matrimonio y -como a tantas, nos dijo- la especie la venció y tuvo hijos. A lo largo de todos esos años siguió teniendo la misma pesadilla: monja de clausura de por vida.
Un día en la sobremesa de una reunión de amigos, en el pequeño jardín de un chalet adosado, tras la barbacoa y el baño en la piscina de la Comunidad, mientras los niños jugaban a la sombra, los mayores ayudaban a la digestión con una copita de orujo o pacharán y conversaban y la conversación derivó en el significado de los nombres. De los doce que estaban sólo tres conocían su significado: Carlota desde niña había oído decir que su nombre -de origen germánico- quiere decir La que es fuerte; Rubén alegó la herencia hebrea de su nombre que venía a ser Dios conoce mi amor. El tercero que conocía el significado de su nombre era Carmelo, el marido de la mujer que amaba la libertad. Carmelo dijo: Mi nombre quiere decir Huerto de Dios y por derivación Convento.
Desde aquel día la mujer que amó la libertad desde niña y que mantuvo desde siempre la misma pesadilla no volvió a soñar que moría siendo monja de clausura.

Narrativa

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 21/02/2014 a las 11:21 | Comentarios {0}


Fueron estos días fríos. Pensó: descaradamente y como un profesor a la antigua gritó: ¡Manipular descaradamente! o Engañar descaradamente. ¿por qué le abrió la cabeza a la vieja? y aunque sintió que aquello era descabellado (que admite un gran número de sustantivos), saltó el murete, corrió hacia la vieja y le hundió la piedra en la cabeza. Le vieja dijo, como en un rezo, Me ha matao y cayó despacito y se quedó en el suelo con los ojos abiertos y muerta.
Supo que nadie le había visto. Volvió por donde había venido y siguió el paseo como si no acabara de matar a esa vieja, justo a esa vieja. Cuando llegó a la esquina de la rotonda pensó, Elucubración. Teoría. Sueño. Ambición.
Como siempre volvió a su casa, se quitó los guantes, colgó el abrigo en el perchero de la entrada, entonces decidió hacer algo distinto: llevó el abrigo al armario de la niña y lo colgó allí. Luego sí, luego hizo lo de siempre: fue a la cocina, hizo un café y pensó, Delito (abominable, atroz, infame) y también en caso de y comisión de y cuerpo de. Quería que nevara. Y no nevó. Si hubiera nevado entonces, pensó, Si hubiera nevado el delito atroz no se hubiera consumado porque la vieja no hubiera salido porque la vieja no le habría gritado, como todas las tardes, ¡No toque el muro! ¡El muro es mío! ¡Asqueroso! Pensó, mientras daba el primer sorbo al café hirviente, Delirio absurdo, delirio alocado, delirio extremo. Encendió un cigarrillo y al leer se necesitan los logros delineados pero no hay voluntad política de unión, se le saltaron las lágrimas y con vehemencia sintió las palabras Abrupto, bronco, desbordante, rotundo, inculcar y menos vehementemente, casi con dulzura sintió pertinaz que denota empeño y de empeño derivó en peña y de peña llegó a la piedra y recordó la cabeza abierta.
Llegada la primavera sin los aspavientos de la vieja en su paseo de las tardes concluyó, Fue el invierno. Y sintió la impunidad como un gozoso poder frente al destino, como si el azar fuera el único garante de la integridad de las bestias.

Narrativa

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 31/01/2014 a las 10:31 | Comentarios {0}


Extracto de la novela Yo no existo que vengo escribiendo desde hace un par de años y que, por supuesto, no sé si terminaré (ni tampoco sé por qué he de terminarla aunque cuando la releo me parece interesante y con cierto sentido del humor, yo que tan falto estoy de él).


Extracto 2º de Yo no existo


Extracto primero de Yo no existo

(...) La obra era el Montaplatos de Harold Pinter (tiene que quedar muy claro que sé de lo que hablo, que sé quién es Harold Pinter, incluso hacer una referencia a su fotografía con una gorra marinera algo ladeada hacia la derecha desde el punto de vista del observador y su bigote y los años 60 y el absurdo de la existencia o lo absurdo de pensar que la existencia es absurda. Lo digo yo que no existo). La representaban dos actores en una sala pequeña de un gran centro artístico de Madrid, un antiguo matadero. Las Naves del Español se llama ahora, cuyo nombre, el actual, me parece más bien el título de una zarzuela y el antiguo de tan horrísono tiene su gracia. (...)
(...) Haré el esfuerzo de hablar de C. [...] C. me cuenta en la Venta una cuestión de arriendos. También habla de una desilusión y de cierto spleen vital que le tiene abatida. Mientras la escucho recuerdo un libro de Eduard Punset en el que se sorprendía y deseaba sorprender a sus lectores con la idea de que en el último siglo la vida de los seres humanos se había duplicado y que ese duplicarse la vida conllevaba la idea del tedium vitae, de no saber qué hacer con tantos años. C. se come la tapa de ensaladilla rusa. Se sorprende de que yo no coma. Paga ella. Siempre quiere pagar ella. Me pone de los nervios las luchas que nos traemos con el pagar. Llegamos a la sala dos. Me encuentro con amistades muertas. La sala ha sido, incluidas las butacas, forrada con bolsas de basura negra. Los diez primeros minutos de la obra de una luz gris son de una belleza pictórica. Todo lo demás de la obra no tiene demasiado interés (F. me hace hablar así. Yo más bien pienso que no tengo ni idea de nada. Y al mismo tiempo que lo digo quisiera decirlo con orgullo. No sé de teatro. No sé de política. No sé de relaciones mundanas. No sé de drogas. No sé de educación. No sé física. No sé de literatura. No sé qué hago siendo editor si no tengo ni pajolera idea de literatura. No sé de nada. No sé por qué estoy vivo y no existo. No sé por qué F. me crea y ya tengo ocho páginas y cuarto de vida). Al salir nos encontramos con V., con P, con A. y con M. M. sigue siendo una mujer bella. Sobre todo su mirada. Tiene unos ojos realmente espeluznantes. M. me dice que me debe una visita. Yo le digo que no me debe nada. No quiero que nadie sienta que me debe algo. Nadie me debe nada. Nadie debería de deber nada. Me responde que no me enfade. Le respondo que no es enfado es que siempre que nos vemos me recuerda lo que me debe y ese sentimiento de deuda es terrible. No quiero que lo sienta conmigo. Los anteriores que son amistades muertas se van juntos a tomar algo y C. y yo nos escabullimos, montamos en mi coche que es en realidad el coche de una relación anterior cuando yo vivía con E. y nos hacíamos muy desgraciados y yo estaba aterrado, sin tierra, que me gusta escribir una y otra vez esa etimología. Nunca en mi vida he pasado tanto miedo a que ocurriera lo que acabó ocurriendo. Y no me faltaban motivos. Digo que cogimos el coche y C. se hizo un canuto y yo no fumé (F. quiere que no le dé ni una calada; le di una calada. Él quiere que yo no pruebe los porros. Pero a veces doy una calada y muchas noches siento las ganas de drogarme. Ya no lo hago. No, ya no lo hago. Ahora siento el miedo sereno, como mucho con un par de vasos de vino acompañado del frío que hace en mi casa de V.). Fuimos hasta su barrio. Tomamos un poco de empanada. Hablamos de la soledad de nuestras vidas. Me acompañó hasta el coche mientras se hacía otro canuto. Me fui. Entré en el garaje abierto de mi casa de V. y rompí el espejo retrovisor y me pareció un símbolo: había estado con amistades muertas, con el pasado muerto, no quiero mirar al pasado muerto. Me cargo el espejo retrovisor. Me cuesta mucho dinero repararlo, casi 200 €, lo que cuesta una lavadora. Cuesta mucho mirar al pasado.

Narrativa

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 28/12/2013 a las 12:06 | Comentarios {2}


Heme aquí desnudo. Durante la noche zarandeó el viento unas sábanas que quedaron colgadas a deshora. Yo, joven y dormido, soñaba el ámbito del bosque.  Sabía que en las ciudades de los hombres muchos estarían arropados, con el embozo por cima de las barbillas. El hombre pegado al culo caliente de la mujer. La mujer gestando el quinto vástago. Joven aún no sabía que no se pueden contar más que cuatro historias y terminada la cuarta todo vuelve a empezar. No lo sabía.  Por eso me desperté en la madrugada. Cogí lápiz y papel y decidí inventar por vez primera la historia del mundo. Y la inventé. Quiero decir: creé espacios, tiempos y circunstancias. La historia volaba por las páginas y me utilizaba a mí como demiurgo y así surgieron campos labrados, montañas altísimas, árboles cuyas copas horadaban el centro del cielo, bóvedas agrietadas a través de cuyas grietas se dejaba vislumbrar el fuego exterior del Mundo; surgieron sonidos y escalas; surgieron diversas formas de la materia e infinidad de combinaciones; surgieron los estados de ánimo y la constelación de las pasiones. Yo apenas descansaba arrastrado por la historia que a sí misma se contaba hasta que de repente, frente a mi ventana, que formaba parte de la casa que la historia del mundo había construido para mí, apareció la figura de una muchacha verde y castaña. Yo no sabía que la contemplación de una mujer podía alterar de tal forma mis sentidos, ni sabía que el palito flácido que tenía entre las piernas, devendría en rama de roble, ni sabía que un deseo calorífico, una especie de calor interno que me hacía gemir, era capaz de empujarme hacia el exterior de mí y hacerme sentir que la historia del mundo que estaba contando no tenía, de repente, el más mínimo interés.
La muchacha verde y castaña estaba iluminada por la luna. Llevaba un vestido que ceñía, cuando el viento se agolpaba en él, unas formas que influían en mis manos y en el ímpetu de mis piernas. La boca de la muchacha se abrió y expulsó un sonido leve como el rocío, intenso como la humedad en las marismas y en un gesto que me pareció al principio excéntrico y más tarde sublime, se levantó el vestido hasta la altura de su vientre justo cuando un rayo hendió en su sexo y me mostró la entrada a una caverna teñida de azul. Enloquecí de pronto. Me castañetearon los dientes. Sólo quise agarrar a la muchacha verde y castaña y jugar con ella hasta morir o deshacerme en agua. Miré la historia del Mundo que me había llevado media noche y me supo a nostalgia y vanidad. Miré mi mano izquierda que había llegado hasta la rama de roble que tenía entre las piernas cuando acarició su yema y todo mi cuerpo exhaló una queja que era al mismo tiempo un grito de la Tierra y sin pensar salí de la casa que la historia del Mundo había construido para mí. La muchacha verde y castaña me observaba correr hacia ella, me jaleó hasta que no nos separaron más que tres zancadas juveniles y entonces, ágil como la liebre, inquieta como la gacela, huyó de mí, vi cómo escapaba y se perdía en el soto del bosque. Yo la seguí e inventé un nombre para ella. Un nombre que no supe articular. Y así empezaron a pasar los días. Y luego los meses. Y cada vez el paisaje se mostraba más desnudo. El mundo se volvía más frío. La nieve lo cubrió todo. Yo fui envejeciendo. De vez en cuando, a lo lejos, siempre lejos, veía a la muchacha verde y castaña con los brazos en jarras, lloviéndose a sí misma y en cuanto estaba a punto de alcanzarla, ágil como la liebre, inquieta como la gacela, saltaba, corría, huía de mí. Hasta que un día no pude más. Me paré. Me observé en la delgada película de hielo de un lago y me vi viejo, con larga barba y desdentado. A mis espaldas todo era escarcha. Frente a mí, a una corta distancia, se había sentado la muchacha verde y castaña. Me sorprendió de su gesto cierta ternura. Y me sorprendió su voz cuando me dijo: Has de morir, Viejo. Ahora me toca a mí y abrió sus piernas y parió un jardín y yo morí.
Mystic River de Lyonel Feininger (1951)
Mystic River de Lyonel Feininger (1951)

Narrativa

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 21/12/2013 a las 10:41 | Comentarios {0}


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