Inventario

Página de Fernando Loygorri

Palpar la luz, mirar y no atreverse
a ampararla en el cuenco de la mano;
dejarla entonces encima de un piano
y verla huir, palpitar, desvanecerse.

Poesía

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 17/01/2009 a las 18:51 | {1} Comentarios


Nuca y triángulo
Nuca y triángulo
Se queda ahí
se detiene
acosa si se quiere
los pulmones
Es más arriba
no llega a doler
se detiene
a la espera
de una espita
y ejerce la presión de los fluidos presos en un medio ínfimo
Dicen
(¿quiénes?
¿qué voces?
¿son amigas?
¿son monstruos?
¿se deslizan?)
exhala
medita
sobrepasa
¿Cómo?
¿Bajo qué promesa?
¿en qué dirección?
hasta el ladrido del perro
hasta las nubes
hasta la hoja que no cae
¿cómo abrir?
¿cómo dejar pasar?
uno mismo siendo tantos
¿quién de mí está en mí hoy?
si no lo conozco
si no me deja
si pudiera llamarlo
si lo dejara pasar
hasta el vientre
o antes a los alvéolos
¡sólo hasta los alvéolos!

Poesía

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 15/01/2009 a las 17:13 | {1} Comentarios


En estos días
una canción de Neil Young
habla de un muchacho que pesca,
de un avión que pasa.
Quizás hable también de una estela.

En estos días
el lago está de tan azul frío,
sobre él se desliza
callada una piragua.
Quizás al anochecer sea más rojo.

En estos días
el alboroto es más sutil,
se diría absorto en sí mismo
o al acecho.
Quizá se palpa lo hondo de sus hígados.

En estos días
el mirlo picotea el jardín,
las urracas concilian en las antenas,
un gusano huye de su fin.
Quizá mañana todo vuelva, sí.

Poesía

Tags : Archivo 2008 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 28/12/2008 a las 18:59 | {0} Comentarios



Poema I

Aquel hombre lo juraba todo. Todo decía, lo juro, decía. En las sacristías –decía- lo juro, en las sacristías los he visto. Y un día en el parque. Lo juro –repetía- No podía ser. Una y otra vez. Y cada vez –lo juraba- el alma. O algo. Un vaho de alma. Si quieres. La corteza del árbol. Por poner un ejemplo, algo que nos pueda ayudar. Lo juro. Y lloraba un poco maquinalmente, pero al fin y al cabo eran lágrimas. Lágrimas sagradas –repetía de nuevo- . Lágrimas sagradas por las que lo juro. Entonces sacaba un pañuelo. Se dejaba llevar por la pereza como las caracolas. Surcos surcaban su frente cuando ante nosotros lo juraba. Y más tarde en la noche de un martes –no lo olvidaremos en la vida- estalló en las casas la risa del hombre que juraba. La risa viscosa. Seca. Casi nadie se dio cuenta de lo que significaba aquello. Luego pensamos que no quisimos darnos cuenta. Aletargados por la primavera o el calor. Tan insensatos. Tan ¿certeros?. No quisimos reconocerlo. Porque escocía demasiado. No lo supimos. Supimos que la aventura se estaba desbocando. Y aquel hombre al darse cuenta estalló en aquella risa en aquella lúgubre tarde cuando los pájaros volaban muy locos y el oeste apenas podía mantenerse en su dirección. Entonces sí lo recuerdo porque la tarde era rara. Tú estabas callada y sobre el perfil de tu oreja pendía un hilo de sol. Tú me supiste y corriste hacia mí como sabiendo que la hija terminaba y la inclinación llevaría por fin a la noche y es posible que la luna se encendiera y hubiera algo más que amor. Lo juro.


Poema II

La he mirado
y no estabas.

Luego me he ido
y no estabas.

He vuelto por si...
y no estabas.

He fumado droga
y no estabas.

No he querido volver
y no estabas.

He pensado la preposición cabe
y no estabas.

He mirado la almohada
y no estabas.

He vuelto sobre el agua
y no estabas.

He subido luego
y no estabas.

He bajado luego
y no estabas.

Y no estabas.

Poesía

Tags : Archivo 2008 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 20/12/2008 a las 18:18 | {0} Comentarios



A la hora de la siesta,
en el verano,
en la alta infancia,
cuando los sueños están más cerca que nunca,
se miraban por las ventanas del patio.
Así descubrió el amor
en la niña pelirroja y con pecas.

Esa hora torpe tras el goce en la playa
y repuestas las fuerzas a la mesa;
esa hora de luz muy amarilla que se tumba
en un mar verde, muy verde,
las olas, la arena, los jóvenes.

Más tarde descubriría que,
sujetos a la sensualidad de un cuerpo sometido
a su física, cual huella de gaviota apenas influida
por la ola que no logra borrar su rastro,
como nube quieta sobre un pinar sin viento,
los hombres aman las ventanas.

Poesía

Tags : Archivo 2008 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 10/12/2008 a las 11:45 | {0} Comentarios


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