Es el túnel. Te lo tengo que decir. Una oquedad que se abre en mitad de la noche. He estado conduciendo por una carretera secundaria. Creo que sé a dónde voy. Aunque hayan pasado muchas horas. En la noche, como te digo, surge y sabes que vas a entrar, que vas a seguir hacia delante porque supones que llegará un momento en que saldrás del vientre de la montaña y volverás a sentir la ligereza del aire libre y, si así fuera, la noche estrellada... si así fuera. Conduzco, te decía, por esa carretera oscura como boca de pitón. La noche está cubierta. Tan sólo se ve hasta donde la luz amarillenta de los faros alcanza. Por eso la sorpresa ante la oquedad que se abre de repente, una negrura más negra si cabe, una negrura donde además voy a entrar motu propio. Podría darme la vuelta. Podría no ir al sitio a donde iba. Nada era tan importante. Creo que nada era tan importante como para verme impelido a entrar sí o sí por la boca del túnel; aún así entro. La oscuridad se estrecha. Es un túnel de un sólo carril. No hay nadie por delante. Hace ya muchos kilómetros que no diviso las luces traseras de algún vehículo. Me habría venido bien en algún momento, sí, en algún momento de fatiga. Para dejarme llevar por esa luz y no tener que andar adivinando la dirección de cada curva a cada rato. Tampoco nadie me sigue. Es una noche de noviembre. En noviembre hay menos coches en las madrugadas. Las carreteras parecen abandonadas y todo se vuelve misterioso, los kilómetros en sí se vuelven misteriosos y las sombras que corren a su vera. Estoy solo. Conduzco por una carretera secundaria de media montaña. Acabo de entrar en un túnel. Nunca había estado en esta carretera. No sé cuán largo es el túnel. No me he fijado si en algún cartel lo han avisado. Desde hace un tiempo venía manteniendo la vista al frente, iba con el piloto automático puesto, quería llegar. No sé por qué quería llegar. No sé si saldré alguna vez de este túnel gris. Parece ser él el que se mueve mientras que el coche está quieto: el asfalto corre bajo sus ruedas y los muros y la bóveda vuelan sobre y a los lados de mí. Si no saliera, sólo una cosa te deseo: que me olvides pronto, muy, muy pronto. El muro y la bóveda del túnel vuelan, ágil se desliza el asfalto.
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Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 12/01/2026 a las 19:43 |