Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Querido Mo:
Siempre esperamos lo imposible. Cuando quemábamos a tu madre en el cementerio estaba convencida de que aunque fuera en el último instante aparecerías. Luego me dijeron que estabas trabajando de guardés en la casa de unos señores importantes en los alrededores de Madrid y que andabas escribiendo tus cuitas en uno de esos libros imaginarios que hay ahora en internet. Como podrás comprender me puse a rastrear tu rastro. Pensaba que sería tan fácil como escribir tu nombre en el buscador, que de inmediato aparecerías y yo me pondría a leer. No fue así. Tardé tiempo, mucho tiempo en llegar hasta el libro de ese señor que tanto espacio te ha dejado y que según me dijo el técnico que te buscó -sí, hasta ahí llegué: con unos pequeños ahorros me permití contratar a un informático que dio con el blog de ese señor y con tus escritos y luego pagué, en trabajo, la labor de un traductor. A mis 81 años he cuidado de su madre el doble del tiempo que tú estuviste escribiendo. Menos mal que es una mujer dormida y apenas da la lata- era como buscar un aguja en un ciberpajar (se rió de su propia ocurrencia y a mí no me hizo maldita la gracia).
Una vez terminé de leer me entristeció que no me hubieras mencionado y pensé que seguías tan enfadado como el día en que te bajaste del autobús para no tener ni siquiera que saludarme. Entonces yo también me enfadé, enfado de vieja, ya sabrás lo que es cuando lo seas. Luego pensé en lo herido que debes de estar y como enfermera que fui y que soy, sé muy bien lo que duele una herida mal curada y las consecuencias que puede llegar a tener y te vi esa misma noche, en un sueño, cuando tenías siete años y me sonreías y yo te tenía en mis rodillas mientras tú no parabas de hacer tonterías con una banderita del Brasil que te había llevado esa tarde. Tu madre preparaba la cena y yo sabía lo que había pasado aquella mañana. Y tú no lo sabías.
Han pasado 31 años desde aquel encuentro en el autobús y desde hace 37, todos los 14 de noviembre, he encendido las velas de tus cumpleaños y te he felicitado y comido un pastelillo por tu salud y por tu dicha.
Podría contarte en esta carta lo que pasó entre tu madre y yo pero no sería más que una interpretación de lo que realmente sucedió sólo que eso que sucedió es imposible de reconstruir; podría decirte, con la esperanza de que te alivie y te haga sentir un poco mejor, que durante los últimos meses de la vida de Wislawa volví a estar junto a ella y nos perdonamos; podría generarte cierta culpa si te digo que siempre fuiste para mí el hijo que nunca tuve y que el dolor que sentí por no poder verte fue tan intenso que caí enferma y estuve a punto de de morir; podría decirte, moralmente, que las penas han de quedarse en los intestinos de cada cual y sin embargo te diré que fuiste para mí el sol que nunca veíamos en las calles de Tirana; que en la cárcel en la que vivimos eras la libertad encarnada con tus ocurrencias, tus besos, tu calor y tu amor; que nunca tuve en cuenta tu desplante porque entiendo la juventud y su necesidad de alejarse de lo que le duele y también te diré, después de haberte leído, que me has provocado melancolía al sentir que eres tan parecido a tu madre, tan, tan parecido.
Queridísimo Mo, no me voy a extender, el traductor del que te hablo me cobra por palabra y ya que has renunciado a tu lengua, vaya usted a saber por qué, no quiero yo obligarte a leer esta carta en albanés. Junto a ella te envío este diario que tu madre me entregó antes de morir y sé que si pudiera ver lo que estoy haciendo se sentiría de nuevo traicionada -y de nuevo se equivocaría- porque me rogó que los quemara en el mismo horno que a ella. No he sido capaz. Y cuando te he leído me ha sorprendido... bueno, eso ya lo verás tú si es que aún tienes ojos para ver. Los diarios son ocho -curiosamente el número del infinito-. Te envío el IV.
Mo, mi niño enfermizo, ojos grandes, luz mía, pedacito de vida, cuídate mucho y disculpa a este anciana que siempre, siempre, ha tenido la debilidad de quererte, si con este envío abre heridas que tú creiste cerradas. Porque a veces hay que sajar y limpiar por dentro para purificar y permitir que por fin la carne se una a la carne sin marca indeleble, sin cicatriz.
Vivo donde siempre.
Te quiere, Danila S.

Narrativa

Tags : Colección El mes de noviembre Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 19/11/2014 a las 19:28 | Comentarios {2}


Danila nunca me llamó Olmo; desde que la recuerdo me llamó Mo. Era también enfermera como Wislawa y en mi memoria queda como la única amiga que tuvo mi madre. La recuerdo como una mujer bellísima. Tenía el pelo caoba, el rostro ovalado, los ojos grandes y castaños casi miel, la boca de labios gruesos, los dientes blanquísimos y con un tamaño en proporción exacta con la carnosidad de sus labios y guardo en la memoria sus cejas pintadas que con el tiempo he relacionado con las arcos superciliares de la escultura arcaica griega. Su cuerpo era voluptuoso, generosísimo de formas, una mujer selva, no una mujer parque como podría haberlo sido Wislawa. Se pasaba a menudo por casa y siempre que lo hacía me traía una golosina o un soldado de plomo o una bandera. Quería que llegase a tener todas las banderas de todos los países del mundo y me enseñaba, como si de un juego se tratase, las capitales de todos esos países. Y me decía mientras me enseñaba, Tú viajarás lo que nosotras no hemos podido. Recuerdo también que regañaba a mi madre por la dureza y el desdén con el que solía tratarme y era la única persona a la que mi madre permitía que me acariciara o me abrazara tras regañarme ella o soltarme un bofetón. Cuando Danila estaba en casa yo me sentía seguro.
Aquella relación entre ambas mujeres, tan estrecha, tan constante duró aproximadamente once años -los primeros once años de mi vida-; de repente, de un día para otro, Danila dejó de venir por casa y los ojos de mi madre enrojecieron durante meses. Un día me atreví a preguntarle por Danila y ella me constestó, La próxima vez que pronuncies ese nombre te arranco la lengua. Y en otra ocasión me dijo, Si me entero que la buscas o que las has visto, te envío a un internado de por vida. Mi amor por ella fue mayor que las amenazas de mi madre y al cabo de un tiempo la busqué y esperé a que terminara su jornada en el hospital a una distancia prudencial. La seguí y cuando me vio me abrazó con la ternura de siempre, miró enrededor para cerciorarse de que nadie nos había visto y me llevó a un cafetín y me invitó a un helado. Recuerdo que ella se tomó un té. Recuerdo que se cogía las manos con evidentes nervios. Recuerdo que me miraba muy fijamente a los ojos. Recuerdo sus palabras, No vuelvas a buscarme. No debes hacerlo, Mo. Te quiero y te querré siempre y sólo, si en algún momento, tu vida corriera peligro o corriera peligro la vida de tu madre, búscame. Tu madre, Mo... quiérela, quiérela aunque no la entiendas, aunque te maltrate, aunque te desdeñe porque no sabe lo que hace y lo que es aún peor: no sabe lo que siente. Y ahora vete. Vamos. Dame un beso y vete. Yo estaré siempre ahí.
Pasaron muchos años hasta que la volví a ver; nunca corrió peligro mi vida ni la de Wislawa. La vi una tarde. Yo tenía diecisiete años. Nos encontramos en un autobús. Ella sonrió con verdadera felicidad. Yo bajé los ojos y me alejé de ella. Estaba herido. Durante mucho tiempo albergué la esperanza de que un día volvería a aparecer por casa y me sentiría de nuevo tranquilo y seguro sabiendo que estaba allí jugando el papel del reverso de la moneda de mi madre. En cuanto cumplí los dieciocho me fui de Albania y viajé lo que ellas no habían podido.
No he vuelto a saber de ella hasta hoy, 31 años después.
Voy a leer la carta que me envía.
Deconstrucción de bandera. Foto de Olmo Z. Noviembre 2014
Deconstrucción de bandera. Foto de Olmo Z. Noviembre 2014

Narrativa

Tags : Colección El mes de noviembre Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 18/11/2014 a las 11:52 | Comentarios {2}


14h 36m
He vuelto de dar mis charlas en el museo. Han sido en esta ocasión dos grupos seguidos, gentes mayores con curiosidad.

11h 51m (día siguiente)
¿Puedo decir que me he cansado? ¿Puedo hablar de una función teatral? ¿Puedo recordar las palabras de Peter Brook el cual aseguraba que un hombre frente a otro sentado en una silla es ya teatro? En estas lucubraciones me encuentro cuando recuerdo que hace dos días le comentó Raúl -un amigo de quien dice escribirme- que hace ya años el que me escribe utilizaba esta manera de contar lo que pasaba, a modo de diario, en este mismo blog (no me gusta la palabra blog, a mí, a Olmo Z.). Tan sólo querría aclarar una cuestión aunque le reste cierta emoción al relato que siga e incluso reste lectores al escritor que lo escribe, Fernando Loygorri, y esta cuestión se resume en la siguiente afirmación: Fernando Loygorri NO ME ESCRIBE, yo no soy una invención suya; por una cuestión de pudor yo no quería que se supiera que no tengo medios para costearme un ordenador, ni una conexión a internet de esas de banda ancha, así es que desde el verano le pedí que me dejara un espacio en su blog, en su casa y en su tiempo para poder expresar esto que sentí la necesidad de hacer. Tan sólo se dedica, por amistad, a corregir mi deficiente español lo que le agradezco en todo lo que vale.

18h 22m
A las cuatro y veinte minutos de la tarde han llamado a la puerta. He contestado con la esperanza de que fuera mi mujer que por mor de unas circunstancias meteorológicas adversas había tenido que volver de Canadá; esperaba oír de nuevo el anuncio de un falso repartidor de pizzas. Pero no ha sido así. En esta ocasión era la cartera -una mujer que se ha convertido desde hace un tiempo en un heraldo del miedo- y cuando me ha dicho que tenía un paquete para mí, he pensado, ¿Qué nueva desgracia trae a mi casa, a mi vida? La he abierto. Volga ha ladrado. Me ha entregado el paquete. La ha despedido amablemente, sé que no se debe matar al mensajero. He visto el matasellos de Albania y de inmediato he pensado en un envío hecho por mi madre desde las cenizas. Lo he sopesado. He dejado el paquete encima de la mesa. Lo he mirado un rato mientras me liaba un cigarrillo.

Narrativa

Tags : Colección El mes de noviembre Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 13/11/2014 a las 18:07 | Comentarios {0}


Clase de Anatomía. Fotografía de Olmo Z. Agosto 2014
Clase de Anatomía. Fotografía de Olmo Z. Agosto 2014
10h 20m
Ayer anduve en la tarde que era noche. Me dirigí hacia una funcionaria médico en un centro de salud (cuando en realidad se deberían llamar centros de enfermedad; nadie va a estos sitios cuando está sano. Tampoco enseñan salud) para que iniciara el proceso mediante el cual espero convertirme en un absoluto incapaz.
Quiero serlo. Deseo serlo. Necesito serlo con certificado oficial.
Hoy me he despertado rendido. No por la funcionaria médico sino por el paso de eso que no se sabe qué es y que tan sólo logra ser explicado estableciendo una analogía con eso otro tan reglado llamado espacio. Escribo sobre el paso del tiempo. Me rindo a él -fantasma de dimensión- y siento cómo al rendirme me diluyo en él y sólo soy capaz de explicarme no en mí mismo sino mediante analogías. Por ejemplo: soy en tanto en cuanto participo de una conformación membranosa. Lo que tiene membrana es.

10h 36m
...como si quisieran desnudarme, ver mis deformidades, ajustar el grado exacto de imperfección con un instrumental especialmente ideado para ello; si introdujeran esos aparatos para medir la muerte parcial de mi médula espinal; si midieran con codicia el anquilosamiento de mis costillas (tan sólo de mis costillas); como si estuviera escuchando en el gesto de la funcionaria médico, la voz de Wislawa cuando en la niñez se ponía nerviosa por mis espasmos musculares que me hacían babear y poner los ojos en blanco mientras -según su acertada descripción- no dejaba de decir tonterías y luego caía en un estado de letargo que llegaba a durar varias horas.

10h 52m
...estoy dispuesto a irme. A no ser nada. Estoy dispuesto yo, Olmo Z, que caminé por largas y rectas carreteras; que tejí pulseras al borde un acantilado; que corregí un diccionario de esoterismo que me descubrió un mundo fascinante y lleno de eruditos; que conseguí idear una nueva forma de horadar las paredes de la montaña arcillosa; que amé sin saber amar; que gocé sin saber gozar; que atravesé el fantasma del tiempo en carne y hueso; que urdí una forma de comunicación no verbal; que lloré ante el desastre de Ruanda; que nadé tanto que hubo un día en que me creí, por fin, cachalote; que supe hacer reír al amigo; que osé consolar; que al dormir fui consciente de mi inconsciente; que luego negué el inconsciente en un simposio de psiquiatras freudianos y fui, inconscientemente, apedreado; que llegué hasta esta orilla; que la orilla se llama 54; que siguo viendo en la lluvia una suerte de levedad hacia abajo; que me acaricio como si fuera otro; que mantengo las formas ante una funcionaria médico que lleva el pelo recogido como si fuera una monja y tiene la delgadez de sus labios un letargo de empatía, un decaimiento de sonrisa, una lasitud muscular pasmosas y florecen en mí, cuando estoy frente a ella, el alma de la mansedumbre y el sonido del mugido del toro cuando ha sido atravesado por la espada del matador y toda su vida se desliza en sangre, por su costado como la sangre de Cristo hizo que su vida huyera aún clavado en la cruz; que apagué la vida de un amigo y le dejé solo; que no supe morderme la lengua; que arrastro una deuda que jamás podré pagar; que me ausento; que me levanto; que me caigo; que me muero; que desisto; que avanzo y me detengo; que he volado; que he escuchado con una emoción verdadera algunos conciertos para piano; que he mirado como sólo los hombres pueden hacerlo las olas amarillas del mar mediterráneo; que me he desdicho; que he vuelto a afirmar; que he maldecido a una cría de rana; que he dejado que la charca se evaporara; que estoy ahora en el nuevo límite; que no voy a pedir perdón una vez más. Estoy dispuesto a ser incapaz (lo que sé que entraña una contradicción en los términos) y aceptar sin propósito de enmienda que lo fui siempre; siempre en Tirana, la ciudad en la que me vi nacer; siempre en la carretera; siempre en la casas; en los amores siempre; siempre en mi oficio; siempre en las lagunas y en las cimas siempre.

Narrativa

Tags : Colección El mes de noviembre Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 12/11/2014 a las 10:19 | Comentarios {0}


8h 30m
De repente yo, Olmo Z., recuerdo: mi mujer ha vuelto de Australia, por sorpresa. Estoy en mi casa. Acabo de barrerla, no es una acción puntual, suelo barrer porque Volga es un perro de pelo largo y en cuanto estoy un par de días sin hacerlo el suelo de la casa se oscurece, se mece cuando abro las ventanas y en los rincones se acumula su pelo negro. Como digo acabo de barrerla y suena el timbre del portal. Una voz dice, Telepizza.  Yo contesto que no he pedido nada y la voz me contesta que no le responden en el piso al que llama, si podría hacerle el favor de abrir. Abro.
Cuando llaman a mi puerta, se me frunce el ceño y me cruza la frente este pensamiento, Deja de ser un viejo gruñón. El repartidor se habrá equivocado. Sé amable. Abro entonces y frente a mí me encuentro a mi mujer. Mi primer pensamiento es, Menos mal que barrí. Ella se queda en el umbral y cuando me fijo en sus ojos verdes me doy cuenta de que ya casi no los recordaba, lo que se había fijado era más la idea de sus ojos que sus ojos en sí. Luego nos abrazamos el largo abrazo de los tiempos largos en que dos seres que se quieren no se ven. Le hago pasar. Le ofrezco algo de beber. Hace frío.
Mi mujer está muy morena y muy rubia, tiene su gesto el cansancio del viaje y ese cansancio la vuelve bella con un algo de melancolía. Nos preguntamos mientras bebemos un té verde con hierbabuena cuánto hace que estamos separados. Ella calcula rápidamente y dice, Siete meses y doce días. Luego sonríe y baja la mirada y ese gesto atestigua que es ella, es su gesto y también que coja la taza con las dos manos y aspire, como lo haría una niña, los aromas mezclados de las hierbas.
Volga no cesa de hacerle gracias. Mi mujer responde a ellas hasta que sacando su carácter más sureño, lo calma, lo aparta y le avisa de que ya vale. Luego paseamos. Luego nos sentamos a la orilla de un lago e intentamos bebernos un vino con calma pero el frío es intenso. Volvemos entonces. Hacemos la comida y todo parece como cuando vivíamos juntos y las rutinas se hacían tiempo. Comemos. Bebemos un poco más de vino. Ella me cuenta sus estudios en Australia: la incidencia de la medicina occidental entre los aborígenes. Con el estómago lleno y la embriaguez del vino hacemos el follar y nos quedamos dormidos. Como siempre, como si fuera siempre nuestra vida, ella se despierta y se levanta antes, hace un café, vemos una película. Cuando está terminando le pregunto si se quedará a dormir, si se quedará muchos días. Mi mujer sonríe y me dice que no, que se va esta misma tarde, ha cogido una habitación cerca del aeropuerto porque al día siguiente parte hacia Canadá y prefería no tener prisas ni agobiarse con un atasco, Cosas así, dice. Comenta mientras se pone el abrigo de pelo de camello que quizá esté de vuelta para febrero. La acompaño hasta la puerta. Como siempre no se vuelve para decir adiós. Volga y yo nos miramos y dejamos que el resto del día transcurra sin pensar, sin recordar, sin decidir que lo que acaba de pasar ha sido verdad o tan sólo imaginación del que escribe.

Narrativa

Tags : Colección El mes de noviembre Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 10/11/2014 a las 11:01 | Comentarios {2}


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