Es la masa que se acerca al quicio de la puerta. Es el dormitorio oscuro con una sola ventana que da a un estrecho pasillo entre el muro de la casa y el murete del jardín de la casa contigua. Es el tiempo que transcurre negro. Es el silencio en medio del cual el motor de una nevera pareciera el de un biplano de la segunda guerra mundial. Es la mente -la loca de la casa- que camina herida. Es la ausencia que le llena de culpa. Es el castigo que había visto horas antes en cualquier refriega. Es ese temor del padre que ansía volver a ver a su hija sólo una vez más.
Un padre, por cierto, que hubiera aceptado el constructo de la idea de familia. Un padre que se sintiera libre de manchas indelebles. Un padre que nunca hubiera tenido vocación de tal pero que llegado el momento de asumirlo lo hubiera hecho con la responsabilidad que impone el cargo. Un padre mayor y solitario, en este caso. Un padre al que no le fue bien siendo hijo, ni tampoco hermano.
Volvemos a esa masa entonces, a esa noche oscurísima de enero, en un país donde las tradiciones pesan, con un clima de montaña por donde los vientos pasan poderosos y mueven con crueldad las ramas desnudas de almendros, laureles y arces y que provocan, en los goznes de una cancela una suerte de gemidos que remiten a los lamentos de un preso en una mazmorra cuyo único delito fue amar la libertad. Ese hombre entonces, a punto de la vejez y el olvido, siente la masa más negra que la negrura inmensa de la noche en la que duerme, observándole desde el quicio de la puerta de su dormitorio y al mismo tiempo ocurre que unos a los que conoció de niño quieren atarle los brazos con unas cintas para poder inmovilizarle y aplicar sin resistencia una tortura. Le parece al hombre que la masa que se mueve negra y densa en el quicio de la puerta de su dormitorio, es la que ordena a sus captores, a los que conoció de niño, con los que convivió la infancia, que le reduzcan y el hombre aunque lucha, sabe que no va a poder vencer porque le fallan las fuerzas de los brazos, porque la vejez llegó a sus músculos y porque en el fondo blanquísimo de su ser no quiere luchar más y es ahí, en ese momento de desfallecimiento, a punto de ser entregado a la viscosidad de la masa oscura que como si se viera sometida a una fuerza superior a la suya -que es de por sí hercúlea-, le impide traspasar el quicio de la puerta del dormitorio del hombre que fue padre sin buscarlo, éste, aterrado, con el miedo frío de los terrores óseos, supone que quizá sueñe y que esta muerte horrenda a la que va a ser conducido por sus propios hermanos, puede que no sea más que un juego de su mente.
La masa se hace grande. ¿Duerme? ¿Podría despertarse? De la lucha quedaría un mechón de cabello blanco en los mechones de su frente. ¿Querrá? La masa se hace más grande. Todo late.
Ensayos de Michel de Montaigne; Libro I Capítulo XXV. Edición de María Dolores Picazo. Traducción de Almudena Montojo. Editorial Cátedra.
(...) Guardamos las ideas y el saber de otros y nada más. Es menester hacerlos nuestros. Harto nos parecemos a aquel que, teniendo necesidad de fuego se fue a buscarlo a casa del vecino y hallando allí uno grande y hermoso, quedóse allí calentándose sin acordarse ya de llevar un poco para su casa. ¿De qué nos sirve tener la panza llena de carne si no la digerimos? ¿Si no se transforma en nosotros? ¿Si no nos aumenta ni fortalece? ¿Pensamos acaso que Lúculo a quien las letras formaron e hicieron capitán tan grande sin la ayuda de la experiencia, usase de ellas como nosotros?
Tanto nos apoyamos en los brazos de los demás que anulamos nuestras fuerzas. ¿Que quiero armarme contra el miedo a la muerte? Hágolo a expensas de Séneca. ¿Que quiero tener consuelo para mí o para otro? Tómolo de Cicerón. Tomaríalo de mí mismo si me hubieran enseñado a ello. Nada me gusta esta inteligencia relativa y mendigada.
Aun cuando pudiéramos ser sabios con el saber de los demás, al menos prudentes, sólo podemos serlo con nuestra propia prudencia (...)
Se revuelve como todas las mañanas. Deja que las horas pasen. Abre los ojos y los cierra. La luz no acaba de entrar. Se levanta mucho más tarde de cuando lo hubiera deseado. La culpa lo mantiene en la cama. Tumbado. Apretando los ojos. Y sueña asuntos con amigas de hace mucho que provocan cierta angustia, la incapacidad de no saber cómo resolver aquello (que no sabe con exactitud lo que es).
Avanzada la mañana. Parece que la primavera asalta. Cantan los pájaros y los tulipanes -tan efímeros como la vida- abren sus pétalos para recibir la luz del sol y permitir que las abejas entren y hurguen en sus estambres. Desayuna junto a la ventana abierta. Escucha a un mismo tiempo la voz de los pájaros y los aullidos de la última guerra. No sabe por qué. La herida siempre abierta.
Lee a un hombre contemporáneo. Escribe tres palabras. Le asalta el deseo de adormilarse. Hoy tampoco será el día. No, hoy tampoco... se repite. Respira fuerte. Decide sobreponerse. Decaerá pronto.
¿Cómo se puede justificar que no ataque? ¿Cómo es posible que no se desnude y grite y acuse? ¿Por qué mantiene la herida abierta? ¿Por qué no muestra las certezas? ¿Aún hay tiempo? ¿Habrá un arrepentimiento?
Friega. Cocina. Come. Reposa. Vuelve a la labor inútil. Siempre fue un inútil. Su labor lo fue siempre. Toda labor, en última instancia, debe de serlo. Porque nada de lo humano le es ajeno. Porque jamás dejó de escuchar. Dentro de poco se enfrentará al mundo y todas sus relaciones estarán marcadas con el estigma de la culpa. Algo hubiste de hacer, se dice, como si no fuera posible que se actúe contra alguien sin que éste merezca semejante acción.
Mis secuestradores, medita, malditos canallas, no me abandonéis. La tierra para un sólo hombre es inmensa. Pensad lo fácil que es perderse. Pensad lo mucho que conviene al ser humano sentirse amparado.
Cuando caiga la noche se drogará con imágenes. Se acostará tarde. Para no despertar.
Cuento
Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 09/04/2026 a las 17:09 |La tarde se detiene sobre el brillo que el último sol deja caer sobre la hoja de un roble. Todo calla. Sí, es esa hora en la que los pájaros han terminado la jornada y se recogen las hormigas. Yo no tiemblo como el brillo en la hoja. Yo tiemblo por dentro, casi en los huesos; la tarde se detiene, me mira a los ojos y parece una madre buena y severa que estuviera esperando la confesión de una trastada mía para poder sonreír hasta que llegue la noche. La tarde me ha esperado y yo se lo agradezco y como veía que las ocho y diez no llegaba, le he pedido si podría volver a andar para que el tiempo continúe ofreciéndonos la idea de que es un transcurrir. Y ella, la tarde, me (nos) regala un día más el movimiento. ¡Salve sea! ¡Bendito el brillo que se apaga!
Te miro y siento el mundo lejos.
Aseguro que suena el árbol que no es observado cuando cae en mitad de la jungla, a la hora de la siesta de los animales, en esa calma que ni el viento es capaz de alterar.
Te miro y me siento desnudo, sin defensas.
Aseguro que la cascada sigue cayendo y que las Furias persiguen a los hijos desconsiderados o a los abuelos que dejaron de cuidar a quien debían.
Te miro y siento que nunca más te veré y al sentirlo el agua se hiela y el canto de los pájaros de mi jardín se vuelve fúnebre como el halcón cuando en picado mira a la liebre que ha de morir entre sus garras. Te quiero y muero. Te miro y sangro. No hay duelo.
Aseguro que en la tundra ha crecido una brizna de hierba y alguien, sometido a las inclemencias de un tiempo extremo, ha sentido el calor en sus mejillas tras dar un buen trago a un té del Labrador. Me quedan mis manos para seguir mirándote. Aseguro el tiro cuando sueño. Me doy justo en el centro de la frente con la delicada, escribió Raymond Chandler, exactitud de la suerte.
Te miro y se eclipsa el universo. Te miro y deja de expandirse tu ausencia. Te miro y surge poderosa la florecilla del almendro. Te miro y siento eterna la estupidez humana.
Aseguro cada grano de trigo, la existencia real de los esclavos judíos y su aportación -en fuerza y potencia- a la construcción de las pirámides; aseguro mi inclinación a que volaran por los aires todas las construcciones erigidas en aras de una menos que merecida exaltación de cualquier ser humano; aseguro que los judíos ya no merecen nuestra compasión, la deuda de la humanidad con ellos ha quedado saldada, de ahora en adelante por mí pueden volver a ser carne de cañón; aseguro la supremacía de cualquier ser vivo sobre esta especie miserable que se creyó dios y como tal dios siempre será despreciable; aseguro que nada hay peor que ser un dios y nada más hermoso que la narración de su creación.
Te miro y se inunda de tierra el mar.
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Cuento
Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 13/04/2026 a las 18:07 |