Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Recado de escribir de mi abuelo Ángel. ca. 1906
Recado de escribir de mi abuelo Ángel. ca. 1906
0h 12m
Sé que a veces me diluyo. Sé que a veces el paisaje me engulle y me devuelve al mundo (durante un rato cuando menos) brizna de hierba o gota de manantial. Sé que a veces me dejo llevar por los ciclos de la luna y que el estruendo que se me produce en el corazón me estruja las tripas, presiona mi páncreas y vuelve al hígado insidioso. Sé que no tengo cultura para llegar a tanto. Sé que el peldaño de madera durará poco tiempo, menos en todo caso que aquel otro de mármol. Sé que los gobiernos no tienen el menor reparo en asesinar con un virus de laboratorio a unos cuantos miles de personas. También que la alegría se esconde debajo de las piedras y que hay grandes humoristas que consiguieron hacer de su capa un sayo. Sé que en algún lugar me perdí y desde entonces lucho contra mi carácter como si la acritud, la amargura y el enfado no tuvieran cabida en un mundo de colores donde para estar triste hay que pedir permiso a los psicólogos y a los farmacéuticos. Sé que los seres vivos no conscientes de su ser nos sacan una gran ventaja y que el pensamiento es una de las grandes fallas que el gen creó en esta máquina de hacer genes que somos los humanos. Defiendo que el gran vencedor de la selección natural, el verdaderamente fuerte, el que ha subyugado al que se cree el emperador es el trigo. El trigo dobló nuestros lomos. El trigo nos arraigó a una tierra. El trigo nos inmovilizó para siempre sólo para que él se perfeccionara y se extendiera. El trigo nos obligó a cuidarlo. El trigo nos devanó los sesos para crear los pesticidas. El trigo generó en nosotros la idea de la herencia y nos hizo mirar al cielo no ya con la nostalgia de no poder volar sino con la mente de un relojero.
A veces me diluyo: cuando no quiero hacer gracia, toso sin motivo, me altero por una correa que se tensa más de lo esperado, escucho el grito de bestia de un niño que juega, las carreras en el piso de arriba, el agua que cae por la bajante como si anhelara ser cascada en un continente que quedó olvidado tras una guerra colonial. Me diluyo como grasa sometida a producto químico. Me diluyo como el semen que ha quedado en el vientre tras haber follado mucho y haber pensado en algún momento del coito que la eternidad se hizo para ese momento. Me diluyo en la risa de una mujer que arrastra la silla de ruedas de un viejo bajo un sol de febrero que se diría de mayo. Me diluyo en la roca sobre la que me sentaré algún día para dibujar un paisaje, yo a quien los enviados de Dios cercenaron para siempre la capacidad de dibujar. A veces me diluyo entero en uno de mis pies y otras basta una cabello en la almohada para sentir que todo mi cuerpo está en él. Me diluyo mucho en los libros. En los libros cerrados. No en sus páginas. Me diluyo en su aspecto macizo cuando reposan como a la espera en una de la baldas de la estantería. Porque sé que dentro está bullendo lo que cuentan. Porque sé que bastará que los tome y los abra para que sus mundos se desparramen ante mis ojos y quizás un fogonazo me deslumbre y me deje momentáneamente ciego.
Ya estoy cerca de la frontera. Es recta como los confines del desierto que he ido atravesando. Sólo me sorprende que no haya guardianes, ni puertas ni alambradas: tan sólo hay extensión. Y en ella me diluiré y seré yo también extensión de la frontera como los miles y miles de vidas que llegaron hasta aquí, para como yo, irla conformando.

Narrativa

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 11/02/2020 a las 00:11 | {0} Comentarios


Chicas jugando a las cartas. Storyville. Bellocq ca.1907
Chicas jugando a las cartas. Storyville. Bellocq ca.1907
18h 14m
Estos días son febriles y por las noches me suelo ir a los universos paralelos donde me encuentro con seres fantásticos con los que charlo.
La fiebre tiene, para mí, un cualidad sedante. Llevo meses ahondando en la idea de que las sinapsis neuronales que se generan en la alta infancia -llamo alta infancia a la que media entre los días previos a nacer y los tres años- marcan el devenir de los primates. Pongo un ejemplo muy simple para explicarlo: suele ocurrir que un natural de Francia se alegre cuando un compatriota gana en algún evento deportivo; lo evidente es que si ese sujeto hubiera nacido en Islandia, se alegraría no cuando ganara un francés sino un islandés y eso es así porque en nuestra infancia se nos inculcan determinadas conexiones neuronales una de las cuales nos provoca una reacción de simpatía cuando alguien que ha nacido en un ente absolutamente aleatorio llamado Francia, gana. Pues bien si cosas tan sencillas siguen produciendo la misma reacción ¿qué no pasará con las importantes?
Desde niño fui enfermizo. Puedo albergar la idea más o menos plausible de que debido a las circunstancias en las que me iba viendo envuelto, una parte de mi mente quería morir y así una y otra vez enfermaba; otra posibilidad es que enfermara porque tan sólo en ese estado sentía por una parte que me cuidaban y por otra que me dejaban en paz.
A parte de la enfermedad más grave que tuve cuyas secuelas arrastro todavía hoy, yo solía caer enfermo de anginas lo que provocaba unas fiebres altísimas, de más de 40 grados. Durante días estaba metido en la cama, en la habitación de mi hermana -la única en la que se me podía aislar- y pasaba la horas entre lecturas de Los Cinco, Sandokán, Los Siete Secretos o Los Tres Investigadores además de los álbumes de Dumbo o de Flash Gordon.  Las mañanas eran más frescas y a mí me calmaba mucho el trajín de las criadas haciendo la casa y la voz de mi madre hablando por teléfono. Las tardes, en cambio, eran de fuertes subidas de temperatura y empezaba a alucinar pero yo no decía nada porque disfrutaba con ello y con lo lejana que me parecía la voz de Julia o de mi madre cuando me tomaban la temperatura y preocupadas decían, Tiene casi 41 o Vamos a ver si le baja y si no llamamos al doctor Quintana. Fueron tantas las anginas y tantas las fiebres que se me creó una sinapsis neuronal que me dice que la fiebre me mantiene a salvo y es grata.

Narrativa

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/02/2020 a las 18:14 | {0} Comentarios


Estudio Dos desnudos femeninos de Edouard Vuillard ca. 1903
Estudio Dos desnudos femeninos de Edouard Vuillard ca. 1903
268.- El pasado me provoca, cuando lo escucho, un mejunje compuesto por tristeza y vergüenza.

269.- De todos los que fui tan sólo me gusta un niño de doce años que una mañana fue valiente.

270.- Si dejas huella, te pueden seguir el rastro hasta cazarte.

271.- Ha vuelto corriendo, agotado de amar.

272.- De repente en una calle oscura dos mujeres te hablan.

273.- Vuelvo atrás con la voz joven del hombre que sueña con llegar a algún sitio.

274.- Lo reconozco: a veces escribo tan sólo para que tú, lector desconocido, me leas.

275.- ¿Cuánta pesadumbre me causarán en la vejez los libros que no escribí?

276.- ¡Con qué ganas entré a jugar ajedrez! ¡Cómo perdí una tras otra todas las partidas!

277.-  Impar y pasa.
Los aforismos que van desde el nº 268 al nº 277
-y que se compendian bajo el título de Aforismos (27)-,
son todos responsabilidad del director y autor de esta revista

Ensayo

Tags : Aforismos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 05/02/2020 a las 22:04 | {0} Comentarios


¿Mundo?
¿Mundo?
12h 15m
260.- Seamos valientes y quedémonos junto al tambor de la lavadora escuchando el giro del tiempo.

261.- El mundo se hizo mayor ayer. Sin entender muy bien este pensamiento, ni las consecuencias que podría tener, la mujer que lo había tenido, se llevó las manos a la cabeza y empezó a arrancarse mechones de pelo.

262.- Cuando admiro la belleza en una mujer de ochenta y cuatro años y siento por ella un deseo erótico, soy consciente de que la vejez puede llegar a irradiar un estado tal de belleza que provoque el deseo de acariciarlo.

263.- Hay que mirar atrás, sí, hay que hacerlo; por eso Yahvé castigó a Edith al girarse o los jueces del Averno Minos, Eaco y Radamantis castigaron al divino Orfeo por girarse para ver a su amada Eurídice.

264.- ¿Por qué no quieren los dioses -invenciones al fin y al cabo humanas- que miremos atrás?

265.- Cualquier prohibición divina hay que transgredirla. Esa debería ser una ineludible condición humana.

266.- ¿Somos conscientes de que la cantidad de Agua que hay en la Tierra es siempre la misma? ¿Desde el inicio del Agua?

267.- Dijo el paleontólogo: No somos aún humanos y antes de llegar a serlo seremos transhumanos

Los aforismos que van desde el nº 260 al nº 267
-y que se compendian bajo el título de Aforismos (26)-,
son todos responsabilidad del director y autor de esta revista
 

Ensayo

Tags : Aforismos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 01/02/2020 a las 12:14 | {0} Comentarios


Apuntes (11)
19h. 38m.
Alguien fuma. Alguien a quien escucho. Es una conversación en France Culture sobre Koltès. Me encanta Koltès. Hablan de la vida de Koltès. Lo llaman ángel. Como evocación sonora han puesto -escribo de memoria- la banda sonora de Paris Texas.

Tengo un poco de frío.

El día ha sido largo y estoy volviendo una vez más a atrapar las rutinas. Descubro que no me suicido si amo mis rutinas. La clave de no suicidarse es hacer con amor las rutinas. Si hiciera rutinariamente las rutinas, me cortaría el cuello sin emoción alguna.

Unas nubes en el cielo han llamado mi atención.

El grupo al que hoy le he hablado de Arte -excepto dos personas- era un grupo muerto. Estaban todas -eran mujeres excepto un hombre- muertas en vida. Habían ido a escuchar hablar de arte como si hubieran ido a escuchar la homilía de un cura con aliento a bromuro.

Hablan los expertos de la sexualidad de Koltès. La sexualidad de Koltès. Detente. Me digo. Detente. Me repito. Los expertos.

He estado en muchos sitios. No quería estar en tantos sitios. También he elucubrado sobre una separación. El término mariage ha aparecido en la conversación que escucho en France Culture justo cuando escribía la palabra separación.
21h. 40m.
De nada me desdigo.

Mirad a Antonio Machado al que le tuvieron que pagar el entierro... de tan ligero.

Hay un bolígrafo de tinta verde y tres tomos de palabras antiguas, de cuando las palabras eran autoridades.

De nada me quejo. Quede en el aire esta velocidad. Por si la calma no vuelve nunca. Por si he de tumbarme a mirar las estrellas hasta quedar dormido como dicen que mueren los que murieron de frío. Sonrisas heladas. Sonrisas de invierno.

No quiero dejar mi voz enjaulada. Tengo que gritar más. Gritar más fuerte. Gritar por los perros a los que los veterinarios extirparon las cuerdas vocales para que no ladrasen... me hace recordar al niño que lleva ya tres años, en el cementerio más cercano, quejándose de un paisaje seco en la rodilla.

Breves fulguraciones de emoción (eso es Debussy)...

Breve mi canto en esta noche de enero. Mi mirada también breve. No quiero escribir hoy obscenidad alguna.

Narrativa

Tags : Apuntes Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 29/01/2020 a las 19:37 | {0} Comentarios


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