Inventario

Página de Fernando Loygorri

(y casi última)


La casa estropeada me atrofia el buen humor
No voy a soñar con los muros que fueron derruidos
(si es que alguna vez lo fue alguno) 
Ni voy a hacer aspavientos cada vez que vivir me dé la espalda
(también yo sé darle la espalda a la vida)
Sí continuaré mirando de frente las luces de noviembre
por más que el ojo derecho se empeñe en aguarme la fiesta
y un dolor parecido al caramelo se incruste cada noche entre mis hombros
La vida es un sarmiento retorcido y seco
que florece cada tanto como si fuera miércoles
No vale el esfuerzo regodearse en nada
y sí mirar al perro cuando camina por lo alto del murete
No voy a someterme como si estuviera vencido
porque jamás nadie pudo con el instinto de vida
-matarse es su exaltación máxima-
Presumo que esta noche me sentiré dichoso
sabiendo como sé que las erinias, las pobres, como perras furiosas gruñen a las puertas de mi sueño para devorarme el corazón hasta sangrarme
No voy a sentir nostalgia de brazo ninguno
Ni escribiré un puto verso por los labios que supieron besarme
La saliva sólo sirve para deglutir y huele mal
Camino con la vista en el suelo
porque el cuello también atrofiado me impide mirar al frente mientras lo hago
Alimenté mal mi cuello
Me dejé llevar por mi carácter
Merezco las tuberías rotas
Merezco el suelo inundado y fragmentos
Ahora has de saber algo importante:
si merezco todo esto es porque amo a Bach
y a Nina Hagen a un mismo tiempo

Ensayo

Tags : Atrofias Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 30/10/2018 a las 19:13 | {0} Comentarios


Soplo en el cristal (no es urna es polvo de luz tras la nube). Vigorosa la tarde. Ese viento que viene de muy cerca, allá en el norte. Humedales. Perversión: justo cuando la noche empieza le crujen las manos. En la soledad del camino. Dorada la luz del otoño. Que ya llega noviembre. Que ya llega el día del nacimiento de su muerte. Paralelas. No continuas. Debe aprenderlo. Marca un compás con cierto albedrío. Es risueña la cara de la muchacha. El perro mayor también merece una caricia. Duerme la noche. Se despereza el frío. Todo, todo está barrido. Un paso y después otro. Alegoría de los zapatos rotos. Ha recordado un poema antiguo. La figura buena del adulto. El horrible hedor de las diosas viejas elevadas por Esquilo a la categoría de sepultas. Hay adoraciones. Perversión: un ajuste del cinturón acompañado de la caída de un sombrero. Se escuchaba lejos un tango. Parecía echar fuego la luna. Siete. Veinte.
Fin del son.

Miscelánea

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 28/10/2018 a las 01:06 | {0} Comentarios


No hay palabras para lo inefable
Luces de faros en la noche ciudadana
Canción y espera
mientras en el rezo a Hermes surge, caprichosa, la idea del beso
Ha sido lo superficial del sueño, al amparo del amanecer
lo que ha devuelto el fervor por la vida al hombre a punto de entrar en la vejez
Nacimiento en una casa soleada de las primeras canas
En la habitación abierta un mujer en ropa interior
Sí se puede escribir sonríe la mirada
el gran teatro del mundo aún no ha echado el telón
entre bambalinas se achuchan dos actores a la espera del pie que les de entrada del que en escena hace su papel
llueve la música de un violín porque desciende y ve en un retablo moderno una posible escala de Jacob
no huele a incienso
Sí escucha cirio Pascual

La vuelta
El principio de la naturaleza (quizá la entrada al más allá no sea más que la puerta de servicio)
La respiración de la gente perro y la alegría de una cola en movimiento
aseguran el cese de la hostilidades por una noche
Beso el pálpito del corazón
Me quitaría el sombrero
Volvería a anudar el foulard al cuello
No viajo en un coche descapotado
No soy Isadora Duncan

Ensayo

Tags : Atrofias Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 23/10/2018 a las 13:26 | {0} Comentarios


Provengo, exclama,
del piélago
y he recordado el ocaso en el que me arrebato
Relincha la yegua
La montaña al fondo está iluminada otoñalmente
y vuelve a mi memoria los versos de Esquilo 
en la boca de la criminal Clitemnestra
el polvo sediento, hermano del barro
cuando me siento para mejor sentir el relente del anochecer
Sí provengo del piélago
Nunca estuve en Grecia
aunque luché una mañana frente a los muros de Ilión
y acompañé a Telémaco un trecho de su búsqueda del padre
Provengo de los roquedales
y soy dura e insensible como el talco
Mañana abriré los párpados sin recordar haber escrito esto
Si viniera un verdugo acompañado de un juez lo negaría también
y mantendría la vista fija en el hacha,
calibraría la finura del filo
mediría tiempos de agonía
No me temblarían  las rodillas
Rezaría sí
porque a veces rezar es hermoso
como es tranquilizador defecar cada mañana
Provengo del piélago
y soy como el pulpo
que al contacto con lo matices de color de un coral 
se mimetiza con él y así se oculta
El cambio vive en mí
¡Cómo quisiera haber sido la Casta Diva!
¡Como quisiera haber sido la Cerda!
¡Cómo habría sido capaz de consolar a Deirdre en su último dolor!
(luego habría muerto junto a ella y habríamos navegado ardientes sobre las aguas del mar de Irlanda)
Que provengo del piélago
Sueño a veces
Miro el rayo de sol que tan sólo alumbra la parte inferior de la nube
Entre brumas el monasterio
Quizá restos de melisma
En otro tiempo
En este tiempo

Ensayo

Tags : Atrofias Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 18/10/2018 a las 00:20 | {0} Comentarios


Cuando le conocí no tendría aún los veinticinco años, yo debía de andar por los treinta y muchos. Era guapo, de una belleza fría y tenía un ojo de cada color sólo que ambos colores eran claros -verde y azul claros- y tenías que fijarte mucho para descubrirlo. En todo caso no importaba que no fueras observador porque él ya se iba a encargar de contártelo a la primera ocasión que encontrara y si no la encontraba la fabricaba. Ese narcisismo lo descubrí tiempo después. Nos conocimos en una de las veladas que organizaba Carlo Delol en su casa de la calle del Almirante Lezo, cerca del Senado, en el Madrid de los de los Austrias. Acababa de aterrizar en la capital desde su Mundaka natal, en Vizcaya, con el imponente reto de hacerse un hueco en la profesión que había elegido: una profesión -todo hay que decirlo- en la que el esfuerzo poco tenía que ver con el éxito; una cara bonita solía ser el camino más recto para triunfar y si a eso le añadimos don de gentes y una buena disposición a que otros usen tu cuerpo como carta de presentación miel sobre hojuelas.
Corrían los años noventa y Carlo, en aquella velada en su casa, nos lo presentó como un pariente lejano y por lo tanto un mancebo al que tomaba bajo su protección porque Carlo Delol hacía creer en aquella época a los recién llegados a sus veladas  que él era un protector de los jóvenes talentos, un promotor. Si además luego se los podía llevar a la cama mejor que mejor. Era una época en la que aún la homosexualidad no estaba tan aceptada como ahora y por lo tanto todos esos enredos amorosos quedaban a la luz de comentarios velados, ingeniosidades de salón; añádase que Carlo nunca había declarado su condición homosexual, siendo como era un hombre mucho mayor que nosotros, de la vieja escuela, al que le gustaba más la ambigüedad que la evidencia. Nos lo presentó pues como un sobrino tercero; nos dijo tras aparecer en el salón, levantarse él y darle un cariñoso abrazo de bienvenida, Os presento a mi sobrino tercero Gorka Muñárriz que viene a hacer carrera, ¡pobre mío! Y rió Carlo con esa jocosidad tan bien aprendida en los salones de sus antepasados, aquellos banqueros que compraban títulos de vizconde a mediados del siglo XIX y urdían una genealogía que los alejara lo máximo posible de su origen judío. Gorka saludó con seguridad y por primera vez pude apreciar en él  esa sonrisa que no nace en la mirada sino bajo la nariz y que provoca una sensación cercana al desagrado porque mientras el último tercio de la cara sonríe los otros dos tercios permanecen hieráticos, con una expresión neutra que a mí me recordaba la frialdad del metal.

Cuento

Tags : El Vendedor Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 12/10/2018 a las 21:02 | {0} Comentarios


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