Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Escrito por Isaac Alexander

Edición y notas de Fernando Loygorri


Kurfürstendamm ab dem Breitscheidplatz en Berlin Charlottenburg. Julio 1957
Kurfürstendamm ab dem Breitscheidplatz en Berlin Charlottenburg. Julio 1957

XLII
     ¿Pretende alguien que sin llegar a conocer el 4% de lo que percibimos, podamos siquiera atisbar de qué cojones va esto? Escribo el 4% porque es el dato que ofrece el método de conocimiento en boga en nuestros días. Método científico. Filosofía positiva. Siempre más.

     ¿Cómo se alivia en una persona católica el temor al diablo? ¿Puede alguien no llegar a morir por ese temor? ¿Si cree realmente el usurero católico que cuando vaya al infierno será alimentando con barriles de oro fundido sintiendo lo que sentiría un vivo en el gaznate si le metieran oro a 1064º? 
 
Fragmento decimonónico
     Apunte de una mano: la muñeca parece siempre a punto de quebrarse y se diría que suenan las siete esclavas de oro que la adornan a cadenas de alma en pena. Pálida su mano. Huesuda su mano. Quizás algo -pero apenas, una apreciación casi, casi, cursi- estrecha y con los dedos muy largos que terminan en unas uñas romas pintadas con esmalte traslúcido como si fueran las uñas de una novicia del alta alcurnia.

     Observo la garrapata que le he quitado a Hamlet. La observo largo rato. Me sigue impresionando que nuestra base vital sea casi idéntica. Cuando he terminado de observarla, la envuelvo en papel higiénico y la tiro al retrete. Siempre que las tiro pienso en que no sé si las garrapatas pueden respirar bajo el agua... si tuvieran un plastrón como sistema respiratorio... Habré de consultarlo. O quizá prefiera quedarme con la duda.

     Oposición Confianza/Transparencia. La segunda niega la primera.
 

Narrativa

Tags : Escritos de Isaac Alexander Libro de las soledades Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/07/2021 a las 17:51 | Comentarios {0}


Escrito por Isaac Alexander

Edición y notas de Fernando Loygorri


Justine ou les malheurs de la vertu. Anónimo. 1797
Justine ou les malheurs de la vertu. Anónimo. 1797

XLI

Fragmentos decimonónicos*
     ...tiene el camisón subido a la altura de las caderas, sé que el castigo será inclemente, el clérigo Bronzer dejará su espalda marcada con las tiras de cuero del látigo. Dicen de este clérigo que es además del más joven el más severo de cuantos han dirigido las almas de las huérfanas del Orfanato de Nuestra Señora de las Virtudes...

     ...sus ojos negros, encendidos como brasas de un fuego en su punto álgido, los vieron; él estaba casi desnudo, tan sólo llevaba puesta la cabeza de toro y cuando vio aquellos cuernos hermosos como cuernos de luna reposando sobre sus hombros fuertes y admiró las sombras que la hoguera forjaba en su torso, su vista recayó en su miembro viril que estaba enhiesto y descapullado y que generaba en la sombra de la pared del fondo la sensación de un títere a punto de entrar en escena [...]** la boca se mantenía semiabierta y llegó a pensar que hasta en sus dientes sentía su dulzura; su boca esperaba a que él se acercara y él le acercó su pecho y ella lo besó con tal largura que sintió celos del vello de aquel hombre hermoso que no debía el voto de castidad a un Dios injusto mientras que él, clérigo miserable, había de sufrir estos ardores que más tenían de penitencia diabólica que de prueba divina...

     ...Marie acariciaba el cabello de Muriel mientras untaba la carne viva de su espalda con un ungüento que aliviaba la quemazón. El clérigo Bronzer la había fustigado sin piedad hasta veinte veces. Delante de todas las huérfanas, monjas y personal sanitario, el clérigo desnudó a Muriel de cintura para arriba, ordenó que la Madre Superiora la atara al tronco del viejo roble, uno que estaba allí desde tiempo inmemorial, dicen que desde el siglo XIII y que también desde hacía generaciones era el tronco al que se ataba a los delincuentes para que recibieran sus castigos. Por eso se le llamaba El Viejo Justiciero y todos le temían. Además el Viejo Justiciero se encontraba en el centro de los tres edificios que conformaban el Orfanato y así los llamados Días de Castigo aquello era lo más parecido a un Auto de Fe del Renacimiento español. Tanto desde la explanada como desde las ventanas todas estaban obligadas a asistir a la ejecución de los castigos. El plato de fuerte de aquel día había sido, por supuesto, los veinte latigazos a Muriel por tener subido el camisón hasta la cadera estando dormida pudiendo provocar, como así ocurrió, la visión por parte de sus compañeras de sus partes pudendas...

     ...el clérigo no tenía más de veinticuatro años. Era muy delgado. Sus mejillas hundidas dejaban ver unos grandes y negrísimos ojos. Su boca era muy fina. Sus dientes estaban algo amarillentos por la acción del tabaco. Su frente era amplia y lisa. Su piel muy pálida como si siempre estuviera muerto. Sus manos eran huesudas, largas, algo femeninas. Tenía una voz grave que contrastaba con la delgadez de su ser. Era una voz bien timbrada. Era una voz hermosa. Como todo joven, aunque no especialmente agraciado, era bello por su juventud...

     ...se despertó con una fiebre muy alta. Deliraba. Decía frases como, ¡Sacadme esta espada! ¡Sacadme el aguijón del tábano! No puedo huir más. ¿Dónde me esconderé? ¿A qué extraño paraje habré de ir para que los castigos no me persigan y pueda al fin dejar volar mis ansias? Mis ansias... ¡Sacadme esta espada! ¡Arrancadme este corazón del mío que me lo está pudriendo! Luego se calmaba pero por poco tiempo, tan poco que no le permitía descansar...

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* Como anuncié en el capítulo 41 de este Libro de las soledades, inicio los fragmentos en los que Isaac escribe al modo decimonónico en base a las pautas establecidas por Mario Praz. Como especifico son fragmentos. La razón es que por su propia naturaleza de apuntes, muchos de los textos son esbozos, líneas de desarrollo o escritura automática  que por puro juicio estético decido no publicar. Se me podrá criticar y estará bien hecho.

** Cuando introduzco en un párrafo este signo [...] es que he omitido parte de ese párrafo.

 

Narrativa

Tags : Escritos de Isaac Alexander Libro de las soledades Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/07/2021 a las 18:48 | Comentarios {0}


Escrito por Isaac Alexander

Edición y notas de Fernando Loygorri


La mort de Sardanapale de Eugène Delacroix. 1827
La mort de Sardanapale de Eugène Delacroix. 1827

XL
     Me pregunta Clarissa sobre la vejez. La recuerdo el primer día que vino a mi casa. Tenía dieciséis años y parecía como si su destino estuviera encadenado a la suerte de sus tíos. Ahora, cuando me pregunta sobre la vejez, tiene treinta y uno y sonríe como si con esa sonrisa quisiera devolverme lo que ella cree que me debe. De hecho me lo dice, ¡Te debo tanto! Yo la miro muy fijamente a sus ojos de mujer hecha a sí misma y le respondo que no me debe nada, que no es una frase hecha que alivie la deuda que ella cree tener, le aseguro que nada sabemos de por qué ocurren las cosas, ¿por qué -le pregunto- colocas el inicio de tu destino en el día en que me conociste y no en los días en que se fue forjando tu carácter y que fue justo esa conformación la que me atrajo, la que me llamó a mí hacia ti como si yo fuera un mozalbete al que la rueda de la Vida conduce donde debe? Afirmo que quizá más agradecimiento le debo yo a ella porque en los largos años del estudio yo rejuvenecí y es más llegué a a desearla y ensoñé en las noches de frío, encuentros cálidos que me conducían suavemente al sueño. Sonríe Clarissa y me confiesa que ella también soñó y al principio temió. Me cuenta que las primeras semanas estaba convencida de que la tocaría o alguna cosa así, algo sucio, algo perverso que, me confiesa, no dejaba de aterrorizarla hasta que pasados unos meses se fue calmando y de repente un día se dio cuenta de que llevaba tiempo sin sentir que yo fuera una amenaza.
Le aseguro que tengo un temperamento lúbrico* y que ensoñé encuentros con ella, una joven tan rubicunda y tan temerosa pero yo sabía que eran ensueños librescos, sueños de un romántico cuyo cenit se encontraba justo en jamás traspasar el mundo de la imaginación. Porque imaginar es libre y en el imaginar caben todas las posibilidades de ser. Todas. Todas. Sólo que hay que tener la audacia de saber que son imaginaciones y amarlas en sí, sin atisbo alguno de juicio. En mi imaginación he matado a mi madre espachurrándole el cráneo con mi mano izquierda, yo que amaba a mi madre más allá de la vida. Desde mi imaginación he sido argonauta, carcelero, héroe romántico en lo alto de un peñasco escupiendo mi furia a una tormenta de mil diablos; he sido asesino, he sido contable, he sido monje amanuense y he sido don juan de vía estrecha y de vía ancha; en mi imaginación te he poseído, Clarissa, y he gozado de tu carne como si ésta no fuera transubstanciación de mis ideas sino pura carne tuya, puros huesos tuyos; en mi imaginación he arrancado la cabellera a Hitler, le he metido un pepino por el culo a Franco y he asado las criadillas de Stalin a las que acompañé con una mano frita de Churchill; he viajado en mi imaginación al Annapurna y he escrito endecasílabos que fueron copiados una noche por Shakespeare para uno de sus sonetos. Nada rehúye la imaginación. Debemos dejarla libre porque es ella la auténtica loca de la casa (Teresa de Ávila la llamaba alma).

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En las próximas entradas de este Libro de las soledades voy a transcribir una serie de fragmentos en los que el elemento erótico o claramente pornográfico van a adquirir cierta relevancia. Lo hago de este modo porque he logrado reunir lo que considero que son unos ejercicios que el propio Isaac me dijo que estaba escribiendo. Eran, decía, unos apuntes de literatura escrita al modo decimonónico a partir del estudio clásico de Mario Praz  y añadía que en este caso se daba la circunstancia de que en su vida real había una mujer que se deleitaba leyendo este tipo de literatura; así es que ese viejo adagio literario de cherchez la femme, se cumplía en esta ocasión a rajatabla. La femme, me dijo sonriendo, se llama Angélica.
 

Narrativa

Tags : Escritos de Isaac Alexander Libro de las soledades Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 01/07/2021 a las 19:14 | Comentarios {0}


Escrito por Isaac Alexander

Edición y notas de Fernando Loygorri


Desnudo reclinado de Edgar Degas. 1885
Desnudo reclinado de Edgar Degas. 1885

XXXIX
     Voy a asomarme a un deleite. Permitidme hoy queridas Aglaya y Euphosine, queridos Donjuan y Hamlet practicar un antiguo divertimento que hacía cuando me dio por aprender a contar historias. Fue hace mucho, mucho tiempo. Ahora que ya lo años me obligan al retiro, voy perdiendo su cuenta, como si cada vez fuera siendo menos esclavo suyo. Cada vez me dedico menos al cómputo del tiempo. Incluso empiezo a dudar de su dimensionalidad pero por ahí me pierdo y no es ésa mi intención. Ahora sólo sé que fue hace muchos años. Probablemente a finales de los años cincuenta cuando ejercí el oficio de tasador de bibliotecas*. Recuerdo que por mor de mi profesión hube de abrir muchos libros. Casi ninguno pasó por mis manos sin pena ni gloria. En todos acababa encontrando algo; la mayoría de los casos imagino que serían figuras retóricas, encuentros felices con la lengua. Tengo un recuerdo que no sé si es de un sueño, de una gran biblioteca en un castillo del siglo XIII ubicado en la Bretaña francesa que tenía dos grandes torreones circulares coronados por tejados de pizarra. En uno de esos torreones -el de la izquierda según mirabas de frente el castillo desde la alameda que moría frente a la puerta principal- se encontraba la biblioteca. Las estanterías, circulares como el muro, ascendían hasta casi llegar al tejado; a sus baldas se accedía por medio de un ingenioso sistema de poleas que ponía en marcha una escalera que podía ascender hasta la galería que remataba las estanterías y daba acceso al tejado. Los muros medirían unos veinte metros de altura. No sé si el número de volúmenes ascendía a casi doscientos mil o son exageraciones propias de un recuerdo añejo.
Pues bien, fue allí -gatas queridas, perros amigos- donde me aficioné a no entender nada. No sé cuántos miles de volúmenes estaban escritos en alfabetos extraños, cuántos otros miles lo estaban en el alfabeto latino pero con letras arcaicas, cuántos más lo estaban en lenguas que yo ni siquiera sabía a qué familia de lenguas podrían pertenecer. Lo más sorprendente fue que empecé a sentir un placer muy exótico -para mí ese es el adjetivo que le puede dar un poco de color a lo que sentía-. Un día, por ejemplo, estuve leyendo el Kalevala en su idioma original sin saber en absoluto que estaba leyendo la epopeya finesa por antonomasia en la versión que de ella hizo Elias Lönnrot. Además el ejemplar en el que la estaba leyendo era la edición prínceps de 1849. Lo maravilloso de aquella experiencia es que cuando la baronesa de l'Estrade -viuda del barón de l'Estrade- me comentó el tema del libro reviví la sensación de heroicidad que había sentido mientras leía esos versos sin sentido ninguno para mí. ¿A qué lugar acudió mi mente para generar en mí la sensación de estar leyendo algo parecido a los cantos de antiquísimos rapsodas del Sur?
No quiero dejar de anotar un suceso. La segunda noche en el castillo, me quedé trabajando en la biblioteca. Ésta, en la planta de abajo, disponía de una gran mesa de madera bien iluminada para la lectura y con sillas tapizadas para que leer no resultase enojoso en las nalgas. Por una de las saeteras -por cuyos estrechos vanos entraba la única luz natural- vi durante unos minutos el filo recién nacido de la luna y en esa contemplación estaba cuando la veuve de l'Estrade entró trayéndome además de la transparencia de su camisón, un ponche calentito. No he decir cuánto de bueno hizo el ponche en mi cuerpo y cómo cuando observé los pezones como pitones de la viuda, mi verga se hizo a la mar y arribó entre sus piernas, aunque antes le rogué que se tumbara sobre la mesa, permitiera que le bajara las bragas y dejara que con largura lamiera su clítoris e introdujera levemente mi lengua en su vagina hasta que sus exhalaciones me invitaran a entrar en ella no ya con mi lengua sino con mi bergantina verga. A todo ello accedió gustosa la señora viuda baronesa de l'Estrade y he de decir que antes de que continuara con mis inclinaciones varoniles, ella me rogó si accedería a que me introdujera sus dedos por mi culo -con toda la cautela y todos los aceites necesarios para que la introducción fuera grata- mientras se entretenía reconociendo mi polla con su boca hasta que yo estuviera a punto de decir, ¡Basta, por Afrodita, basta o el chorro de semen saldrá con tanta fuerza que de seguro una gota reposará sobre la barandilla de la galería superior del torreón! Reí con ella de su hipérbole y nos pusimos a gozar hasta el alba. ¡Bendita literatura!

     Dejadme, Aglaya, Donjuan, Euphosine y Hamlet, sumergirme en estos jeroglíficos del Imperio Medio, donde parece que alguien ha vencido en una singular batalla aunque también pudiera ser una cuenta de balas de paja o el tránsito de un alma al inframundo o la celebración de una fiesta de la primavera. Chi lo sa!

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En esta revista que tanto me congratulo en dirigir, publiqué cuatro entradas en las que Isaac Alexander recuerda su época de tasador de bibliotecas. Si clicas sobre el nombre resaltado en verde accederás a la serie completa.
 

Narrativa

Tags : Escritos de Isaac Alexander Libro de las soledades Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 29/06/2021 a las 19:37 | Comentarios {0}


Cipreses en la noche estrellada. Vincent van Gogh. 1889. Dibujo a pluma y tinta
Cipreses en la noche estrellada. Vincent van Gogh. 1889. Dibujo a pluma y tinta

Donde la luna me lleve; ahí estaré. No importa si entiendo. No importa si vuelvo o si la espuma se convertirá en agente atmosférico. La lluvia ha de verterse sola y a su ritmo. No es descubrir por descubrir. Tampoco debería ser un manto de olvido. Es dejarse llevar hasta donde la luna decida. Por vagabunda. Por materia rocosa y callada. Por su misteriosa –por mucho que explicada- presencia y ausencia. Entregarse. No por sucumbir a ella sino por agradecimiento, vuelta a la vuelta. Sí, sí, ser rueda, el tiempo de estar vivo ser rueda y desgastarme y pincharme y quedar aislada en un lugar remoto y desierto y frío donde la vida se haya hecho tan escasa que una sola brizna de hierba sea la exaltación misma del existir.

Luna extraña. Luna amada. Tan desdeñosa y linda como una mañanita de abril con quince años y a punto de encontrarte con el aire de la primavera en tus pulmones. Cuesta de abril. Sendero de mayo. Ausencia de junio. Canícula de julio. Ardor de agosto. Arrecogías de septiembre. Colores de octubre. Lluvias de noviembre. Helor de diciembre... mañanitas de abril.

Luna mía, redonda como el vientre de la madre de mi hija la víspera de parir. Redonda fertilidad del mundo. Endiosamiento de la diosa. ¡Serpiente y águila! Felices dragones tendréis.

Luna fiel. Luna infiel. A ti. Mies del universo. También un pájaro de papel. También tiza y pizarra.

He de recogerme. Estoy en el fondo de la cueva. Donde la luz no llega. Un hacho ilumina las paredes. En sus relieves adivino la forma del bisonte. No hace calor. No sufro. Sólo he de saber utilizar la mano y los pigmentos. Y sé.
 

Ensayo poético

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 28/06/2021 a las 13:54 | Comentarios {0}


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