Capítulo del Libro de las soledades de Isaac Alexander
In memoriam N.
¡Qué cruel constancia se delata! ¡Desde que el perro de Stan Carr lamió por primera vez la mano de su amo! ¿Cómo no mirar las nubes que van invadiendo el cielo? ¿Cómo no sentir la inmensidad de la nadería que somos? La existencia. Los abrojos en los campos de cultivo. El fuego que todo lo devasta. El agua que todo lo pudre. La mirada atenta del depredador. El otro mundo de los insectos. ¡Y los peces! ¡Los peces! Esas presiones. Las densidades. ¡Todos esos estímulos en nuestras fibras nerviosas mientras la vida aparece y desaparece en todas partes y a la vez! Alguien camina por un polígono a las afueras de León mientras al otro lado del mundo surfean las olas unas muchachas australianas que luego comerán langosta en un chiringuito de la playa; una langosta que esa mañana barría con sus antenas el fondo marino dispuesta a sobrevivir un día más. Las redes. La visión por los ojos. Ya no, querida mía, tú ya no. Ahora hay que hacer de tripas corazón. Morderse la lengua si hace falta. Ponerse la máscara correcta. Acudir sin pompa al ceremonial. Así son las cosas. Así son desde hace demasiado tiempo: aún no aprendimos a despreciar la vida y a ignorar la muerte, como ya lo aprendieron todos los demás seres vivos del planeta.
Hace una mañana fría. Reposa a mis pies un piano. La cima de la montaña se ciñe una corona de nieve. No he visto a los pájaros. No los he escuchado. Esa es la constancia. La crueldad en toda su magnitud. A lo lejos ladran. Se informan. A alguien, ahora, le urge algo tanto que está a punto de tener un accidente mientras que a dos manzanas una joven está haciendo la compra en un hipermercado, en alta mar un marinero recoge los aparejos y recuerda a un amigo el cual, en ese mismo momento, termina de instalar un router en una casa aislada, en mitad de un bosque hasta donde llegó, por cauces irregulares, la fibra óptica; sueña una gata sobre un tejado de placas solares; muere un azor por las aspas de un molino, juegan dos parejas al pádel cerca de Rosario. No te cuento más: lo otro, como todos, lo sabes.
- No vamos a saltar a la comba. Todo ese tiempo ya ha pasado. No vamos a soñar catedrales. Nos queda un resto de argamasa parecido en todo al concepto de amor. No vamos a hablar de las cigüeñas. ¿Cuántas veces tomaste el sarcófago y abriste la tapa para contemplar su interior? No devanaremos la madeja. El mar queda lejos. Lo sabes. No podremos llegar allí. No oiremos una vez más las olas ni sentiremos en nuestros pies la arena fresca, la que queda por la tarde cuando el sol se pone y sale esa luna gorda como el vientre de Deméter y nos quedamos sentados contemplando ese desconocimiento como si lo descubriéramos por primera vez. No nos soltaremos las manos. No nos meteremos en el agua ni sentiremos el picor de la sal en nuestras pieles. Nos vamos a quedar sentados. Nos vamos a mirar a los ojos. Quizás vayas al baño y luego vaya yo y nos crucemos por el pasillo y se rocen, en el cruce, los laterales de nuestros meñiques. Eso haremos, amor mío. Lloraremos con toda seguridad. Tenemos por qué llorar. Es uno de los últimos días. Lo sabemos. Lo sabemos. El piano puede sonar si quieres. No me importa. Lo sabes; sobre todo desde que vivimos en esta casa donde nadie habita más que nosotros, tú y yo, querida mía, la loca de la casa, mi amante leal, mi fuente de inspiración.
El hombre se queda callado y cierra los ojos.
Ella se levanta y pone en el tocadiscos The gentle side of John Coltrane. Apaga alguna luz. Se descalza. Vuelve al sofá. Se acurruca.
- Nos tomaremos las manos. ¿Podremos sentir como la primera vez? ¿Ese momento en el que uno de los dos tomó la decisión de tocar la piel del otro y el momento en el que el otro acepta y aprieta y mira? No, ya nunca más veremos el mar. Quedémonos para siempre aquí. Frente al pequeño jardín, escuchando a John Coltrane, hasta que la luna gorda se vaya desvaneciendo en los azules que el sol genera cuando vuelve a nacer. ¿Naceremos más veces? ¿Nos reencontraremos? ¿Qué será de las naves tripuladas que se dirigen a Orión? ¿Nos entenderemos con los sátrapas que hoy asolan nuestra suelo? ¡Ven, abrázame! La noche se está volviendo muy callada y siento como un presagio el silencio del mochuelo!
Hay un largo silencio durante el cual el bosque murmura. Es el momento en el que el sapo descubre que nunca será príncipe y ese descubrimiento le calma para siempre y le hace saltar de loto en loto. Hay un silencio estelar. Fuera estará la explicación. A ninguno de los dos le importa. La tierra navega y va rápida y sabe que llegará un día en el que ya no se verán desde ella más estrellas. Será el cielo un inmenso vacío azul y negro. Las resquebrajaduras de la bóveda celeste se habrán sellado para siempre, el orbe dejará de girar y quedará también en silencio. Lo saben ellos. Se abrazan.
- Dormidos estaremos listos. La noche será nuestra aliada. Subiremos las montañas. Navegaremos los pocos océanos que quedan. Haremos vivacs. Nos meceremos en las hamacas de nuestros bisabuelos. Pasará el avión de las tres. Las muchachas aparecerán por la esquina poco después de terminada la escuela. ¡Qué hermosa es la juventud!
Teatro
Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/01/2026 a las 02:54 |Me declaro libertino (en el sentido que a esta palabra se le daba en el siglo XVIII, es decir, en moderna terminología: librepensador).
194.- Es el intestino (probablemente el grueso) que no diera abasto para evacuar toda la hez (¿por qué si hez es femenino no lo puede ser juez?). También la hez metafísica se expulsa por el ano físico. ¡Cuánta me queda! ¿Seré una gran membrana que encerrara tan sólo hez?
195.- Los merecimientos. La sopa. Cuando entras en calor. El desmembramiento de Baal para ser recompuesto y volver a ser Baal. Môt no es peor. Môt sólo es el dios de lo muerto, lo pútrido, lo que, sin curiosidad ninguna, alimenta. La tierra no es más que una inmenso suelo de mierda. Môt pudiera ser representado como los grandes monstruos del inframundo. Inframundo/sueño.
196.- La vereda por donde paseé con algunos sueños en los bolsillos. La amalgama. Sentirme pedazos de ajenos. Haber fracasado sin conocer, exactamente, los motivos; haber triunfado sin conocer los hechos del triunfo. Vuelo en una cuadriga tirada por Pegasos. Y no me muero y no me acerco en exceso a Febo.
197.- Deben de ser fondos y merecimientos (fondos abisales, en todo caso, a los que no llego ni con mis propios batiscafos) los que aprietan mis gónadas hasta convertirlas en geodas cristalinas como el cuarzo, amargas cual eón en guerra.
198.- La vida se desarma con el canto de los grillos. La vida se derrama por los bosques infinitos. La vida ácuea. La vida aérea. La vida no se renueva. La vida se hace mierda (la que luego alimenta la nueva vida).
199.- Compararnos con Dios es el pecado original. Caín descubrió la vía para hacernos Dios: la técnica, el metal, la industria. Lo consiguió la especie. Ya somos Dios y al serlo hemos descubierto que la claridad divina alumbra la mierda que también contiene. La lucha de un Dios en sí mismo es la lucha eterna entre la mierda y la vida.
200.- Ahora volveré a navegar. No me importa que las praderas de asfódelos queden lejos ni que los rostros de los amados se entristezcan con mi partida. He de seguir. Ellos también saben que habrán de seguir. El océano es el mismo para todos aunque lo parcelemos y le pongamos nombres distintos e incluso a algunas zonas las llamemos mares (con género doble como debiera ser siempre).
201.- La noche es alta. La tierra se bate en retirada. Vishnu se quejó anoche mientras soñaba y al hacerlo cayó sobre Indonesia una tromba de agua. Alta está la mar. Bajas las estrellas. La hidra, en todo caso, sobrevive.
Ensayo poético
Tags : Reflexiones para antes de morir Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 29/12/2025 a las 14:03 |Lo llamábamos así y ya está ocurriendo. La nana se va a elevar en cuanto nos quedemos quietos. La nana se elevará desde gargantas dispuestas a todo. No importará la nieve. No nos dolerán los azotes en el culo. Maravilla será ver esas bocas abiertas cagando notas. Ya está ocurriendo. Porque lo estamos aceptando. La grulla arrulla al bebé fascista que acaba de nacer. Marchan por los aires majestuosas autillas con el alma libre mientras los autillos, sus hígados sobre todo, destilan hiel que arde y produce torpor y deseo de morir. Ya no vuelven los pañuelos rojos sino que limpios y blancos ondean azules pañuelos de machos. Veredas y caminos saludan al Estúpido y a su paso una cohorte de mandados riega el mundo con sus meadas y sus salidas de tiesto. ¡Anidad, Marihuanas! ¡Dejad abiertas las ventanas! Los pies seguirán las rutas trazadas. Los cantos elevarán los ánimos de los caucásicos, los cuales, astutos y agresivos, intentarán dar un bocado más. Los zafiros. Los australes. Los Bobos. Los silicatos. Las sales minerales. Las remolachas. Las bandadas de ánades. Las charcas tropicales. Las vallas publicitarias y sus mitos. Las tierras raras. Retuérzame el hurgalio, mister Spock. Quiero, cómo decirle, sentir escrotalmente la furia de mi aliento mientras la tarde se quema entre mítines que enfervorecen a las masas y las inclinan a saludar con el brazo en alto y la mano extendida cual flecha que se dirigiera el confortable mundo totalitario que nos espera entre sus brazos de hierro para apretarnos hasta explotarnos el corazón. Vamos, queridas; vamos, queridos; vamos querides; cógeos por los talles y por la ancha alameda marchemos hacia la nueva barbarie. Pero, ¡Por dios os lo pido! no dejemos de cantar como si fuéramos comparsas de un narcomusical. La hermosura me está invadiendo. Los marcianos se acuestan a mi vera y dejan ver bajo sus muslos sus metralletas. Y ¿qué me decís de las universidades? ¿Qué decir de ese enorme latinismo que es campus? ¡O tempora o mores! Ya está pasando. Llegó de nuevo. Surgen las razias. Se persigue al Otro. Se vocifera la necedad ahíta de orgullo. Se fijan las miradas. Se despiertan los apetitos. ¡Ay, mirlo! Me zambullo. Donde los calamares habitan. En el fondo de todo. Sobre el principio de nada. Aterrado y osado como el frío que asola el valle donde vivo, por donde pasa un río, por donde pasa un río, ¡ea! ¡arsa! ¡olé!
Cuento
Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 23/12/2025 a las 18:25 |Corrección hecha en los últimos días de 2025 de un poema escrito a principios de la década de los 90 del pasado siglo
Como la cigarra canta, suspiro por encontrarme con una vida consagrada a los límites del hambre; ¡venid, venid, marineros! ¡venid, callad, guardaespaldas! hay un niño que se yergue y un corazón que se aplasta; la noche viene rodando, las piedras crujen al alba, los ríos se están mordiendo, las algas del mar llegadas; ¡venid, respirad, alondras! cantad, inspirad mis mentes, ellas que volaban lejos, ellas que al fin… mis mentes son catalejos mirados por mil miradas: mis mentes, mis catalejos, mi afán, una ensenada cubierta de flores verdes y tallos malvas; mis mentes, canallas, mis mentes están huyendo entre branas… branas cósmicas, ad infinitum; mis mentes ya no son nada, mis mentes son sólo aire, mis mentes no son ni aire, ni espadas, ni muletas de hostias consagradas; no hay mentes, no hay hostias, no hay flores, no hay branas; mentes, tan sólo mentes, mentes desintegradas.
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Narrativa
Tags : Escritos de Isaac Alexander Libro de las soledades Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/01/2026 a las 14:26 |