Yo no desnudo ante Dios
No mono
No Polo Norte. Descubridor de... sí
Hay en la esfera
en el dibujo de la esfera
en la perfección del círculo dibujado de un solo trazo
Sonido de campana entre la niebla
Cuchilla que corta un tendón de la vaca
Masectomía (quizá)
Puede ser que el velo rasgado, el sonido del velo rasgado, las rasgadura en un velo de tul
Es invierno, se crea una suerte de vaho, Nada es mínimo. Hay un corte de cuchilla en las distancias. O el sexo tan cerca de la boca. O el olor de la naturaleza. O la senda de los menhires.
No yo con el corazón en las manos ante un serafín
No es Lilith
No es Rebeca
No es Amón ni Absalón
Ni el Rey David cansado de voluptuosidades. Cansado de las venganzas de Yahvé.
Es, sí, campanas. Tropas de asalto. La gallina que casi no es pájaro. El gorrión que podría ser estereotipo de todos los pájaros. No la gallina. No tampoco el pavo real. La gallina no. Desde luego que no. La gallina no es pájaro. No, no.
Ahora tomaré las castañuelas. Ahora repartiré cartas. La mañana avanza con una rapidez que deja atrás al sol. Ahora es un pantano muerto. Ahora es una almohada con algo de gas. Ahora es un sueño que tiene forma de espina. ¡Cuántos sueños con forma de espina! ¡Qué difícil la mano!
El pasadizo es antiguamente y se venera. Si mantienes la nota, te diría, ¡Oh, músico ciego! el proverbio. Surgen las historias viejas, las que están en todos nosotros, las que son nuestra sangre de especie como la comadreja le contará a sus crías las historias que necesiten saber para ser comadrejas. No otras, no, no otras. Encasillados en comadrejas o en hombres. Categorizados. Taxonomizados. Desde ahí, ¡oh, músico! si mantienes la nota podré ver el árbol y podré ponerle nombre. Lo llamaré Herbert Nicasio o Leuba Cástor. No desde cierto grado... no, no...
Yo no desnudo ante la selva
Ni quieto en la constancia de la neblina
No importa que la mancha se mueva ni que se convierta por arte del movimiento del ojo en humo no importa la tentación del cobre ni lo mustio que puede quedar un beso si tras darlo la casa se viene abajo y el huracán muestra su fuerza. La quietud es la forma última. Lo sabe el octavo círculo. Lo sabe la nereida. Lo sabe la fuente seca. Lo sabe la mejilla. Lo sabe el gusano. Dice incluso que lo saben... aprieta. Ese soplo que salga tenaz y constante. Aprieta la mandíbula si quieres mientras te cepillo el pelo y dejo en las puntas leves ondas cuales aguas limpias que llegaran a la orilla de un lago al norte. Apriétame el cuello. Grítame algo. Escupe dentro de mi boca. Sacúdeme una vez más. Atorníllame en las rodillas tuercas o macera mi mano en cal viva. Hasta la noche. La noche malva. Yo vi una noche malva. Del todo malva.
No mono
No Polo Norte. Descubridor de... sí
Hay en la esfera
en el dibujo de la esfera
en la perfección del círculo dibujado de un solo trazo
Sonido de campana entre la niebla
Cuchilla que corta un tendón de la vaca
Masectomía (quizá)
Puede ser que el velo rasgado, el sonido del velo rasgado, las rasgadura en un velo de tul
Es invierno, se crea una suerte de vaho, Nada es mínimo. Hay un corte de cuchilla en las distancias. O el sexo tan cerca de la boca. O el olor de la naturaleza. O la senda de los menhires.
No yo con el corazón en las manos ante un serafín
No es Lilith
No es Rebeca
No es Amón ni Absalón
Ni el Rey David cansado de voluptuosidades. Cansado de las venganzas de Yahvé.
Es, sí, campanas. Tropas de asalto. La gallina que casi no es pájaro. El gorrión que podría ser estereotipo de todos los pájaros. No la gallina. No tampoco el pavo real. La gallina no. Desde luego que no. La gallina no es pájaro. No, no.
Ahora tomaré las castañuelas. Ahora repartiré cartas. La mañana avanza con una rapidez que deja atrás al sol. Ahora es un pantano muerto. Ahora es una almohada con algo de gas. Ahora es un sueño que tiene forma de espina. ¡Cuántos sueños con forma de espina! ¡Qué difícil la mano!
El pasadizo es antiguamente y se venera. Si mantienes la nota, te diría, ¡Oh, músico ciego! el proverbio. Surgen las historias viejas, las que están en todos nosotros, las que son nuestra sangre de especie como la comadreja le contará a sus crías las historias que necesiten saber para ser comadrejas. No otras, no, no otras. Encasillados en comadrejas o en hombres. Categorizados. Taxonomizados. Desde ahí, ¡oh, músico! si mantienes la nota podré ver el árbol y podré ponerle nombre. Lo llamaré Herbert Nicasio o Leuba Cástor. No desde cierto grado... no, no...
Yo no desnudo ante la selva
Ni quieto en la constancia de la neblina
No importa que la mancha se mueva ni que se convierta por arte del movimiento del ojo en humo no importa la tentación del cobre ni lo mustio que puede quedar un beso si tras darlo la casa se viene abajo y el huracán muestra su fuerza. La quietud es la forma última. Lo sabe el octavo círculo. Lo sabe la nereida. Lo sabe la fuente seca. Lo sabe la mejilla. Lo sabe el gusano. Dice incluso que lo saben... aprieta. Ese soplo que salga tenaz y constante. Aprieta la mandíbula si quieres mientras te cepillo el pelo y dejo en las puntas leves ondas cuales aguas limpias que llegaran a la orilla de un lago al norte. Apriétame el cuello. Grítame algo. Escupe dentro de mi boca. Sacúdeme una vez más. Atorníllame en las rodillas tuercas o macera mi mano en cal viva. Hasta la noche. La noche malva. Yo vi una noche malva. Del todo malva.
En el mundo en tinieblas tiene miedo. No es la sensación de estar volando, ni la nebulosa fría de las formas informes sino un siseo de mil voces que le susurran, Te vas a quedar ciego. En el oficio en tinieblas piensa si nunca jamás volverá a ver su letra, tan mala, tan suya y también, ¿Qué haré sin poder ver las letras de los libros? Una premonición le ronda: si quizá sea un empujón que se da hacia el último agujero por cansancio de vivir y también porque piensa –como deben de pensar todos los que no han tenido su reconocimiento en vida- que su gloria empezará tras su muerte con lo que cuanto antes llegue su muerte antes empezará su gloria. ¿Qué gloria?, se pregunta en las tinieblas y se pregunta ¿Por qué esta necesidad de abrazo? ¿Por qué este agradecimiento junto al amigo? ¿Por qué está la noche tan fría? ¿Por qué el gato se acurruca en su vientre? ¿Por qué sueña que se acuesta con la madre de una amante antigua? ¿Por qué sueña que se acuesta con las madres de los seres que ha querido? Y al ser consciente de las preguntas que se está haciendo lo es también de la fragilidad, de la finitud, de la contingencia de todos y cada uno de los seres vivos que pueblan el planeta y la tiniebla se hace más sucia y las formas se informan y los contornos bailan y los sonidos crecen como crece en sus manos la textura de un bote de plástico que con los ojos cerrados manipula y reconoce de nuevo, sin apenas emoción que en el mundo en tinieblas tiene miedo.
Lo está escuchando y te va a decir, Pequeña luna rodeada de un negro negrísimo. Porque ya han empezado los fríos lo está escuchando y porque suena en el ángulo superior izquierdo de la mesa la resonancia de la última nota del bajo. Porque lo está escuchando se alienta y se dice, Lo mejor es una idea peregrina que va o viene según los días. Ahora se ha absuelto de sus propios pecados, el mayor de los cuales suele ser para él la ridiculez. Lo va a volver a escuchar ahora y seguro que te dirá, Había unas fluctuaciones en ese negro negrísimo que casi derivaban en un intenso gris sin llegar a serlo. Eso te dirá cuando todo haya pasado y el invierno -reverso del verano- acoja en sus vahos ese deseo chico que a veces se puede atrapar entre las manos y también te dirá cuando llegue a la cueva que le espera, La sal no siempre es blanca. Ahora que lo escucha se siente como a salvo aunque no sepa muy bien de qué se está salvando ni tampoco tenga especial interés en descubrirlo. Sólo sabe que lo escucha, que lo está escuchando y que nada ni nadie podrá arrebatarle este momento tan ágil y fugaz como cualquier otro.
La espada y la escalera (puede ser el sombrero de un loco o esa boca que se abre como la invitación a la cueva puede ser el amanecer que llega). La correría por el llano que casi es páramo pero siente llano. La ortiga que acecha junto a su antídoto. Bajo la umbrela aguarda un siervo de los dioses antiguos a que el hombre llegue, con la lengua fuera, para ponerle la zancadilla. Sabor de barro. Sabor de ausencia. La ausencia -siente el hombre tumbado- sabe a desierto. No sabe si se revuelve inquieto o si ha habido un momento en el que la almohada era un flotador que alguien le tirara desde un risco mientras él se desliza entre aguas turbulentas. Ahogo y aire. Un seno vacío como la blancura marmórea de un bidé. Intenta agarrarse donde sea. No logra aferrarse a la almohada/flotador. Logra ver a través de las aguas que enturbian sus ojos la boca que en el verano le sonrió muy cerca. Espuma que anuncia la caída. Abismo de agua. Quizá sea simple Maelström sexual aunque el terror no es simple. El terror nunca es simple. ¿Dónde -se pregunta- están los duendes? ¿Dónde las hadas? ¿Por qué le parecen los golpes del agua mordiscos de perro enviado desde el Hades? ¿Cuándo -se pregunta- acabará el tiempo?
LLaga.
Ha visto, en algún lugar, un amor romántico y ha releído la pasión fría en los versos de Jaime Gil de Biedma.
También desea ahora lo que antes no quería. Quizás a eso se le llame cambiar.
Por las noches va conociendo más y más la ciudad de Praga fin de siécle y se pregunta, justo antes de dormir, muchas noches, por qué ese afán por conocer las calles de la vieja Praga de la mano del joven Kafka.
Le suena esta inquietud, sabe que no sabe pararla pero sí atenuarla, así es que dentro de un rato saldrá a pasear.
Respirar. Sudar. Agotarse. La inquietud de la amenaza nocturna aún resuena en su estómago. Un golpe por la espalda. La sangre que corre por el asfalto inundado de meadas de perros. La semiinconsciencia. Un sonido de ambulancia. Unas palabras que no sabe cuáles son. La sensación de que las llagas suenan.
El rebrote de ¡Muera la inteligencia!
La enfermedad -o no- de Virginia Woolf y ese riachuelo de aguas crecidas y el peso de las piedras en los bolsillos de su gabán.
Morir de forma violenta suena.
También suena la desconfianza de una vieja a la que no quiere. Y cuando dice la frase maldita y ella responde con una sonrisa cargada de ironía y miedo, sabe que tiene razón.
Aceptar la razón de los demás es uno de los mayores ejercicios de la edad, piensa y suena.
Tiene que irse. Tiene que calzarse las botas de montaña. El cielo no está cubierto y no va a llover. Algo sucias las uñas. También la mirada de su hija ayer al mediodía y el final del amor consumado en matrimonio en El sueño de una noche de verano.
Bagatela, ¡cuánto hace que no te escribía!, piensa.
La palabra continente asoma y se escabulle. El corazón afligido se esfuerza en acompasarse y la congoja, como siempre, tiene algo de mujer. Vislumbra la tarde que está a punto de llegar. El olor a cerrado. Las ideas que se ordenan a su ritmo. La cadencia coja de sus pasos. Y esa llama que a veces refulge y que tiene un nombre anterior a la capacidad de nombrar. Fuego secreto.
Ha visto, en algún lugar, un amor romántico y ha releído la pasión fría en los versos de Jaime Gil de Biedma.
También desea ahora lo que antes no quería. Quizás a eso se le llame cambiar.
Por las noches va conociendo más y más la ciudad de Praga fin de siécle y se pregunta, justo antes de dormir, muchas noches, por qué ese afán por conocer las calles de la vieja Praga de la mano del joven Kafka.
Le suena esta inquietud, sabe que no sabe pararla pero sí atenuarla, así es que dentro de un rato saldrá a pasear.
Respirar. Sudar. Agotarse. La inquietud de la amenaza nocturna aún resuena en su estómago. Un golpe por la espalda. La sangre que corre por el asfalto inundado de meadas de perros. La semiinconsciencia. Un sonido de ambulancia. Unas palabras que no sabe cuáles son. La sensación de que las llagas suenan.
El rebrote de ¡Muera la inteligencia!
La enfermedad -o no- de Virginia Woolf y ese riachuelo de aguas crecidas y el peso de las piedras en los bolsillos de su gabán.
Morir de forma violenta suena.
También suena la desconfianza de una vieja a la que no quiere. Y cuando dice la frase maldita y ella responde con una sonrisa cargada de ironía y miedo, sabe que tiene razón.
Aceptar la razón de los demás es uno de los mayores ejercicios de la edad, piensa y suena.
Tiene que irse. Tiene que calzarse las botas de montaña. El cielo no está cubierto y no va a llover. Algo sucias las uñas. También la mirada de su hija ayer al mediodía y el final del amor consumado en matrimonio en El sueño de una noche de verano.
Bagatela, ¡cuánto hace que no te escribía!, piensa.
La palabra continente asoma y se escabulle. El corazón afligido se esfuerza en acompasarse y la congoja, como siempre, tiene algo de mujer. Vislumbra la tarde que está a punto de llegar. El olor a cerrado. Las ideas que se ordenan a su ritmo. La cadencia coja de sus pasos. Y esa llama que a veces refulge y que tiene un nombre anterior a la capacidad de nombrar. Fuego secreto.
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Narrativa
Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 10/11/2017 a las 22:25 |