Diluvio . Acorazado. Singladura. Hueco. Mancuerna. Sopapo. Misterio. Albúmina. Suerte. Salta. Mullido. Silente. Sinécdoque. Lujuria, me llaman. La furia del viento. El estrépito que asumen los cristales. La huida. La vaca. Melancolía y tisis. Una tumbona en el jardín. Es el final del verano. La ausencia. Huracán, amigo. Vuela. Absorbe. Murciélago. La vista buena de tus ojos verdes. Salmuera. Ajo. Bendito que es bien dicho. Paz que no sea en cementerios. Paz que construya. Hurón. El gran bosque. La avenida de la ciudad. La señera. Digo: Diablos. La luz se hace entera. Cabalga; cabalga hasta los valles aquéllos, los que se están quedando verdes como es el mar que nunca conocerán. Esa. La musa. Mano. Andrómeda ¡Oh, Andrómeda, ven a mis brazos! Espumajeen tus cascos en el barro; cabalga, caballito, ¡arre! ¡arre! Muela. Hocico. Cisterna. La suegra. La pampa sembrada de árboles gauchos de ramas boleadoras y hojas de facón. Voz. Desnudos. Los senos. Vuelve. No retengas más la representación. El haya se encarga del aire. El tambor será mañana. Di adiós. Adiós.
Cuento
Tags : Cuentecillos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 27/08/2025 a las 18:32 |
Resolver que allí está. No es la mirada quien fija la distancia. La ira se fue apagando; su rescoldo, el rencor, apenas quema; el gris se adueña del final del sueño. Navego agosto y braceo con la cadencia de los bueyes viejos, los que han dado mucha vuelta a la noria, sobre el mismo río aunque siempre otro; navego con las palmas de las manos terminando de dibujar sus líneas, sin saber muy bien, ni aún aquí, si fui siempre tan honrado como me exijo ser; ¡ay, las palabras! ¡qué trazos gruesos no haremos con ellas! Navego y mantengo la respiración; de repente me elevo más de lo debido sobre lo razonable y rozo el despecho, las ganas de agitarme, de convertirme en sapo y quedarme sapo, en la charca verde que pintará Monet. Sólo es agosto, me digo, y la mente se adelanta al próximo año, el de los eclipses que ya no podrán contemplar unos cuantos miles de millones de seres que hoy viven. Yo quiero vivir para ver esos eclipses, me digo y juego con un ensalmo, con una palabra fasta que me aventure la ventura de vivir un año más. Amar también es esto.
La noche está tan callada. La chicharra quiere tanto seguir viva. Arde la tierra y el viento duerme. Nadie llamará a la puerta. El perro seguirá tranquilo en su duermevela. Las luces se fijan.
Cuento
Tags : Cuentecillos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 25/08/2025 a las 23:25 |
Sonidos
Tags : Lecturas en alta voz Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 18/08/2025 a las 19:55 |
Donde apenas queda nadie; no es la boca del lobo; no hemos visto ratones; sí era la noche y aún así veíamos -los perros y yo- las siluetas de lombrices y escolopendras muy cerca de nuestros pies; la noche era; la noche egregia (este adjetivo se debe a la deriva de base sobre la que se construyen en mi mente los pensamientos más neutros) nos imponía y cuando nos cobijamos bajo la sombra del gran abedul y cuando apoyé mi espalda en su lomo plateado y los perros terminaron su ronda y se tumbaron a mis pies, acudió a mi pensamiento el peso de la noche, lo insigne de su cielo, la majestad de la oscuridad que produce en el ánimo de las gentes la sensación de embestida de toro; ¡Oh, Hécate! ¿Por qué siento este asombro ante la presencia del tiempo? ¿Existen las maldiciones? ¿Es el Destino un arma manejada por ángeles sin libido? Derrotados hemos dejado que nuestros párpados se cerraran; por algo que está más allá de la razón sabíamos -los perros y yo- que la naturaleza no nos atacaría en las próximas horas así es que descansamos; ¡Callan los autillos! ¡Se desliza con la suavidad del guante de seda el ofidio por la tierra! ¡Canta lejos un grillo que desea la hembra como el ciclo desea la contrarrecta! ¡Sí está cerca el río que mana callado hacia la mar! ¡Los insectos de la noche se cartean con nuestros poros y deciden hacerse un hueco para dormir en nuestros sacos lacrimales! En mitad de toda esa calma, a salvo de peregrinos y voces humanas, en la soledad de una selva viva, protegido por las fauces de los perros y por mi propia alerta animal, vuelvo a saber que nada es constante (ni siquiera la más simple de las leyes mecánicas) por mucho que se muestre lo mismo cada día porque nuestro tiempo es corto y las mutaciones largas; tan sólo las rocas podrían atestiguar lo que ahora piensa un ser finito y contingente que tuvo la desgracia de saberse viviendo; y nos quedamos dormidos.
Cuento
Tags : Cuentecillos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 15/08/2025 a las 13:54 |
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Tags : Lecturas en alta voz Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 29/08/2025 a las 20:55 |