Escena única
A: ...entonces fuera de aquí, donde nos perderíamos. Imagina. Atrás la curva pronunciada, la alameda, el campanario y el campo de fútbol...
B: También el campo de fútbol.
A: ...entonces yo me fundiría a blanco, dejaría que la estepa se uniera a mí, entre ella y yo nada. Espuma encontraríamos. Una nueva flora.
B: También una nueva flora.
A: ...entonces descansaríamos en el arroyo que fluye hacia el afluente que desemboca el el río que va a parar, como siempre, al mar.
B: También el mar.
A: ... fíjate, fíjate bien. Más allá de aquel horizonte. Más allá de la Siberia. Más allá de las creencias. Más allá de la energía oscura. Fíajte bien porque será allí donde entonces, donde entonces.
B: También donde entonces.
A: Y yo podré decirte y tú, tú podrás mirarme. Sosiégate. Apóyate en mi regazo que esta noche llena se presagia a sí misma.
B: También a sí misma se presagia. ¡Schchsst! Espera. No es la alondra porque nunca la reconocería. Ni es pisada de animal salvaje. Es sonido de viola y arpa. No quieras ahora continuar la charla porque tu regazo se me antoja intenso como la mora en septiembre. Haremos compota. Haremos si queremos febrero. Nada importará lejos de aquí. Aquí que es escape y burla y algo muy parecido al lastimero canto de un muecín borracho. Así toma mi mano y descansa de imaginar. Nada hay que imaginar. Todo está aquí. También la rama que cortaste está aquí y el cabecero de la cama que echamos hace tiempo al limo del pantano. No hay que imaginar. No hay que esperar. Ya estamos. Ya estamos. Yo en tu regazo. Tú en el regato.
A: ...entonces no hace falta la escarcha que imagino, ni el pie que se camina ni el hacho que ilumina el pasadizo del castillo: no quieras la barba del vecino ni el aire de la regla ni el vaivén cautivo en los galeones; no quieras de mí; no alardees, ¡qué callados tus labios!
B: ¡Ah!
B: También el campo de fútbol.
A: ...entonces yo me fundiría a blanco, dejaría que la estepa se uniera a mí, entre ella y yo nada. Espuma encontraríamos. Una nueva flora.
B: También una nueva flora.
A: ...entonces descansaríamos en el arroyo que fluye hacia el afluente que desemboca el el río que va a parar, como siempre, al mar.
B: También el mar.
A: ... fíjate, fíjate bien. Más allá de aquel horizonte. Más allá de la Siberia. Más allá de las creencias. Más allá de la energía oscura. Fíajte bien porque será allí donde entonces, donde entonces.
B: También donde entonces.
A: Y yo podré decirte y tú, tú podrás mirarme. Sosiégate. Apóyate en mi regazo que esta noche llena se presagia a sí misma.
B: También a sí misma se presagia. ¡Schchsst! Espera. No es la alondra porque nunca la reconocería. Ni es pisada de animal salvaje. Es sonido de viola y arpa. No quieras ahora continuar la charla porque tu regazo se me antoja intenso como la mora en septiembre. Haremos compota. Haremos si queremos febrero. Nada importará lejos de aquí. Aquí que es escape y burla y algo muy parecido al lastimero canto de un muecín borracho. Así toma mi mano y descansa de imaginar. Nada hay que imaginar. Todo está aquí. También la rama que cortaste está aquí y el cabecero de la cama que echamos hace tiempo al limo del pantano. No hay que imaginar. No hay que esperar. Ya estamos. Ya estamos. Yo en tu regazo. Tú en el regato.
A: ...entonces no hace falta la escarcha que imagino, ni el pie que se camina ni el hacho que ilumina el pasadizo del castillo: no quieras la barba del vecino ni el aire de la regla ni el vaivén cautivo en los galeones; no quieras de mí; no alardees, ¡qué callados tus labios!
B: ¡Ah!
Olmo:
Deba o no esculpir un cristal en mi rostro; deba abrirme la cara tras los aplausos ha llegado el momento de resumirme. Desde la sensación de estar al final del alambre veo mi vacío lleno de una estupidez bien macerada, estupidez mía (porque el resumen es de mí), inacción acostumbrada veo en ese vacío estúpido, con las puntas de los pies (uno de ellos por cierto absolutamente inútil para el equilibrio y el otro apenas diestro en esas lides siendo además el siniestro) a punto de salirse de la fina anchura del alambre fiero.
Deba claudicar a ese cielo que no sé si es de amanecer o si es que anochece, intento por todos los medios que los que me quieren no sean testigos de este despeñarme, de este hacerme viejo y volverme de alguna forma inconsolable. Han sido muchas palabras para decir tan poco. Y muchos intentos -seguro que sí- de parecer lo que nunca he sido. En estas tiernas palabras, tan fuera de razón las más de la veces, tan quejumbrosas otras, cuando la única responsabilidad de la desgracia tiene como primer protagonista al que ahora escribe; dice una mujer que de joven un cura le espetó, Cuando necesites que alguien te eche una mano, mírate al final de tu brazo. También escuché ayer otra sentencia, ¡Anda, baja ya de la cruz que necesitamos la madera! Frases que son de aliento y fuerza y que muchas veces he opuesto, para defender mi debilidad, mi quebranto, mi queja, a ese lugar del ser humano en el que la indefensión es causa de tanta pesadilla, de tanta necesidad de deconstrucción, de tanto análisis como es, el lugar, la infancia. Sólo que yo, ahora, en esta hora fusca, tras haber sido joven y no tan estúpido, he llegado hasta esta cima de la extrema estulticia en la que he pensado que el Mundo me debía algo y que no tenía más que sentarme a esperar para que esa deuda se me abonara. No hay deuda ninguna. El universo no está para ser deudor de nadie y tampoco para ser acreedor. Estamos en paz. Tan sólo no estoy en paz conmigo y menos aún con mi cobardía. Porque ahora lo sé. Porque ahora lo puedo decir: ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde! Y aunque me lo dijera mil millones de veces, no sería suficiente para aliviar mi cobardía, mi tenaz cobardía, mi cobardía generada hora tras hora en esta inacción macerada en el tiempo, en el maldito tiempo de la nada. Quizá deba esculpir un cristal en mi rostro o sajarme el saco lacrimal con la cuchilla de afeitar. Quizá debiera someterme a la vergüenza y renunciar definitivamente y buscar en la mendicidad la satisfacción a mi cobardía. Ser lo que nunca me atreví a ser: un vagabundo, un miserable, un marginado que no entendió el esfuerzo como meta, el trabajo como premio, la seguridad como perímetro vital y resumirme así, sarnoso, sentado en una esquina de una avenida de una gran ciudad y mostrando mis deformidades para avivar la caridad de los transeúntes. La mirada baja. Un sombrero que ocultara mi rostro. Y ya en la noche encaminarme a algún albergue donde me dieran una sopa y un jergón. Y esperar así la llegada de la muerte porque mi cobardía me impide por supuesto suicidarme y porque en última instancia he de reconocer que la vida aún me atrae. Por si el milagro será... por si el milagro...
Juliana:
¿Suena? ¿Es la llegada? ¡Dímelo por la mañana cuando el perro se asoma a la ventana y recuerda el milagro repetido de la luz! ¿Es el velero? ¿Es aquello la mar? ¿Y lo que veo es una huella de sandalia romana cuando aún no se hacía el calzado para cada pie? ¿Es la asonada? ¿LLegarán los bombarderos a herirme? ¿Alcanzarán sus misiles mi casa y así tú ya no sabrás dónde dirigirte cuando atraques, tras la tempestad? ¿Habrá después de mí...? ¡Dímelo antes de que cante el gallo, antes de que se inicien las negaciones! ¿Vendrá la retama hasta mi puerta? ¿Estaré desnuda de cintura para abajo, en el suelo, apoyado un brazo en el borde de la cama y con la cabeza inclinada hasta la extenuación? ¿Me dejaré influir por tus cartas? ¿Me llegará la noticia por otra voz? ¡Se irán! ¡Sola en medio de estos hombres que huelen a sudor tras la jornada, que se dirigen a la taberna para beber vinos y cervezas y alcoholes más fuertes mientras la rada los protege de la esencia violenta del mar y se mecen las barcas como si fueran huérfanas! ¡Sola en el marasmo que se ha abierto entre mi corazón y mi herida, sin saber por cuál decidirme, tomándome la temperatura cada tanto y soñando que todo es fiebre! ¿Podrá el alba? ¿Podrá la escarcha arrimarme un ascua de ti? ¿Mensajea el mirlo en mi balcón? ¿Arrulla la gata una canción compuesta muy lejos de aquí, en un altiplano, en otro continente? ¡Dímelo antes del Angelus por si voy al infierno desnuda y con calentura! ¡No quiera Satanás gastarme una broma! ¡No quiera Dios escarmentarme más! ¡Si Dios fuera pequeñito, un recién nacido que tan sólo hiciera como milagros travesuras! ¿Es tu vela la que veo? ¿Es tu remo el que abre las aguas? ¿Es tu canto el que vence a las sirenas? ¿Es tu aliento quien me alborota el pelo? ¿Es tu sonrisa la que alegra la distancia? ¿Son tus manos las que se agarran al palo de mesana? ¿Y ese cuerpo que escala es el tuyo? ¡Respóndeme que me vuelves loca! ¡La tarde quema en mi pecho y la noche arderá en el monte que circunda la Creación! Porque al recordarte todo es memoria del fuego. ¡No suene ahora esa guitarra! ¡No cante la mujer el fado! ¡No venga el helecho a secarme la almohada! ¿Son esas cuadernas? ¿Es esa proa linda un desliz de tu boca? ¡Dímelo que soy mujer y tuya! ¡No huyas que la bruja me ha dicho que la muerte te perdió al pasar el cabo de Buena Esperanza! ¡Llégate que aquí están mis brazos! ¡Llégate que aquí está mi vientre! No hay espacio entre tú y yo. ¿Lo sabes? ¿Lo sueñas mientras la nave se bambolea? ¡Dímelo, amado, que está la tierra húmeda!
Blu: Te digo y no me escuchas. Te lo digo del derecho y de revés. Y no me escuchas. No me escuchas. Si me hubieras visto. Si al menos me hubieras visto, hundida, los cabellos flotando...
Caf: Cabellos, dices. Antes hubieras dicho pelos. Antes hubieras dicho: los pelos flotando.
Blu: No tiene gracia. No es nada cómodo decir cabellos. Parece fácil y no lo es. Tienes que coger aire. Mucho aire. Y ser consciente del velo del paladar. Pero, tú, ¿qué sabes? ¿qué has sabido nunca? ¿cuándo te ha interesado a ti...?
Caf: ...siempre me interesó la gruta de enfrente y la gata del vecino, la gata verde no la gata negra; esa gata, siempre, siempre he pensado: gata verde frita mala es de guardar; también me interesa la baba sobre todas las densa que se arrima a la comisura de los labios...
Blu: Lo oirás aunque no quieras. Me escucharás. Me había ido a la cama. Y creo que me desmayé. Porque no recuerdo. Porque no sé por qué el libro apareció junto a mí, yo que siempre lo dejo encima de la mesilla...
Caf: No es mesilla...
Blu: Cajonera...
Caf: Si dices cabellos no puedes decir mesilla, tienes que decir cajonera, ¡hostias!
Blu: El lenguaje siempre te hizo daño. Las palabras que suenan como valbanera o zodiacal o egido o me desperté con bocarriba, ahogándome como si soñara -también soñar es una palabra dulce que te duele- que unas manos apretaban mi cuello y entonces no sé si la luz estaba encendida, la luz de la mesilla, de la cajonera, no sé si estaba encendida, fue entonces cuando no sabía si la luz de la cajonera estaba encendida cuando pensé por primera vez que me había desmayado y que mis cabellos flotaban y todo tenía el sabor del ácido y el tacto de la escama -cuánto te duele la palabra escama- y yo, aferrada a las sábanas, quería llamarte...
Caf: No hubiera ido.
Blu: ...quería saber qué había pasado, que tú me lo dijeras, tú que siempre me ves dormir y te la cascas en la butaca...
Caf: Soñabas manos alrededor de tu cuello y quizá fuera la polla en tu boca abierta, bocarriba, medio asfixiada, quizá fuera éso el tacto de la escama, el sabor a ácido...
Blu: Y a almendra.
Caf: Tirito con la palabra almendra.
Blu: Esta mañana he sentido fragilidad. Y si desmayarse es eso. Y si me he desmayado más veces. Y si no supiéramos que nos desmayamos. Y si me desmayo cogiendo la sal, ¿se vuelve sosa?
Caf: Nunca te la metería sin tu consentimiento. Lo sabes, ¿verdad? Lo sabes. En la butaca sí. Desde la distancia sí. Ha sido una boutade. Puedo decir boutade porque las palabras francesas no me causan terror. Permíteme ser para siempre francés. Si me dejaras, entonces, tus desmayos, quizás entonces, tus desmayos los soportaría, los escucharía mejor. Incluso yo diría cheveux. ¿Has oído? Digo cheveux y no siento arcadas. Mírame. No soy tan bestia. No es una cuestión de amar la ignorancia, es más bien el color de las palabras, mi estómago no aguanta el color chillón de las palabras que pronuncias y menos aún dormida, menos, menos aún.
Blu: ¿Te quedarás en la butaca?
Caf: Endormie.
Blu: ¡Oh! ¡qué agitado este océano!
Blu cae desmayada en la cama.
Caf se sienta en la butaca. Con calma se desabotona la bragueta y se hurga.
Lentamente se hace el oscuro
Caf: Cabellos, dices. Antes hubieras dicho pelos. Antes hubieras dicho: los pelos flotando.
Blu: No tiene gracia. No es nada cómodo decir cabellos. Parece fácil y no lo es. Tienes que coger aire. Mucho aire. Y ser consciente del velo del paladar. Pero, tú, ¿qué sabes? ¿qué has sabido nunca? ¿cuándo te ha interesado a ti...?
Caf: ...siempre me interesó la gruta de enfrente y la gata del vecino, la gata verde no la gata negra; esa gata, siempre, siempre he pensado: gata verde frita mala es de guardar; también me interesa la baba sobre todas las densa que se arrima a la comisura de los labios...
Blu: Lo oirás aunque no quieras. Me escucharás. Me había ido a la cama. Y creo que me desmayé. Porque no recuerdo. Porque no sé por qué el libro apareció junto a mí, yo que siempre lo dejo encima de la mesilla...
Caf: No es mesilla...
Blu: Cajonera...
Caf: Si dices cabellos no puedes decir mesilla, tienes que decir cajonera, ¡hostias!
Blu: El lenguaje siempre te hizo daño. Las palabras que suenan como valbanera o zodiacal o egido o me desperté con bocarriba, ahogándome como si soñara -también soñar es una palabra dulce que te duele- que unas manos apretaban mi cuello y entonces no sé si la luz estaba encendida, la luz de la mesilla, de la cajonera, no sé si estaba encendida, fue entonces cuando no sabía si la luz de la cajonera estaba encendida cuando pensé por primera vez que me había desmayado y que mis cabellos flotaban y todo tenía el sabor del ácido y el tacto de la escama -cuánto te duele la palabra escama- y yo, aferrada a las sábanas, quería llamarte...
Caf: No hubiera ido.
Blu: ...quería saber qué había pasado, que tú me lo dijeras, tú que siempre me ves dormir y te la cascas en la butaca...
Caf: Soñabas manos alrededor de tu cuello y quizá fuera la polla en tu boca abierta, bocarriba, medio asfixiada, quizá fuera éso el tacto de la escama, el sabor a ácido...
Blu: Y a almendra.
Caf: Tirito con la palabra almendra.
Blu: Esta mañana he sentido fragilidad. Y si desmayarse es eso. Y si me he desmayado más veces. Y si no supiéramos que nos desmayamos. Y si me desmayo cogiendo la sal, ¿se vuelve sosa?
Caf: Nunca te la metería sin tu consentimiento. Lo sabes, ¿verdad? Lo sabes. En la butaca sí. Desde la distancia sí. Ha sido una boutade. Puedo decir boutade porque las palabras francesas no me causan terror. Permíteme ser para siempre francés. Si me dejaras, entonces, tus desmayos, quizás entonces, tus desmayos los soportaría, los escucharía mejor. Incluso yo diría cheveux. ¿Has oído? Digo cheveux y no siento arcadas. Mírame. No soy tan bestia. No es una cuestión de amar la ignorancia, es más bien el color de las palabras, mi estómago no aguanta el color chillón de las palabras que pronuncias y menos aún dormida, menos, menos aún.
Blu: ¿Te quedarás en la butaca?
Caf: Endormie.
Blu: ¡Oh! ¡qué agitado este océano!
Blu cae desmayada en la cama.
Caf se sienta en la butaca. Con calma se desabotona la bragueta y se hurga.
Lentamente se hace el oscuro
Escena única
Doctor Helvius:
Siéntese, quiero contarle
Miss Halway:
¿Me contará la rabia? ¿El arañazo que se le ha quedado oculto en la uña?
Doctor Helvius:
Miss Halway, siéntese.
Miss Halway:
No abriré las piernas.
Doctor Helvius:
No.
Miss Halway:
No pasearé mi lengua por mi labio.
Doctor Helvius:
No.
Miss Halway:
Ni dejaré que mi corazón se acelere y traduzca sus asistolias en la contracción de mis pezones.
Doctor Helvius:
Me parece muy razonable, miss Halway. Ahora escúcheme: anoche cuando abandonó usted la consulta, repasé las medias que se había dejado en el diván. Reconozco que las olí y luego la tiré para que la enfermera no las descubriera por la mañana.
Miss Halway:
Es usted muy atento.
Doctor Helvius:
Voy a internarla. Voy a mantenerla apartada del mundo. Voy a ordenar que le sean administradas diversos tipos de drogas. Voy a detener su corazón. Voy a detener sus pasiones. Va a dormir usted días y días y más días. Y yo iré a verla y usted estará dormida.
Miss Halway:
Venga a verme en presencia de mi abogado, doctor Helvius.
Doctor Helvius:
Me gusta cuando pronuncia el final de mi apellido.
Miss Halway:
Calle. Intérneme. Pero calle.
Doctor Helvius:
Miss Halway.
Miss Halway:
Doctor Helvius.
Doctor Helvius:
Una cosa más... sus medias... tenían manchas de sangre... podría saber si esa sangre... esa sangre... procede, pertenece, es...
Miss Halway:
¿Menstruación?
Doctor Helvius:
Menstruación, sí.
Miss Halway:
Lo es.
Doctor Helvius:
¿Por qué miss Halway?
Miss Halway:
Porque soy mujer fértil.
Doctor Helvius:
Fértil.
Miss Halway:
Como lodo del Nilo.
Doctor Helvius:
Sus comparaciones me obligan a internarla. Lo sabe usted y lo sé yo. Escuche algunas de las que ha pronunciado en este despacho: como el ayuno del cerdo; como la mandrágora que nacería de la lefa de su polla una vez fuera usted ahorcado; como fresa argentina; como desmemoria de sabio; como adrenalina de burra en la coronación de la Santa Virgen María; como aleluya la noche de la muerte de Juan Sebastian Bach; como prepucio de niño con fimosis; como ausencia de materia; como lentitud de espina; como Babel comprendida...
Miss Halway:
Calle. Miente. Jamás dije como Babel comprendida.
Doctor Helvius:
Lo dijo y lloraba.
Miss Halway:
Lloraba pero no lo dije. Lo recuerdo, fue en la tercera consulta, hace veintidós años; usted llevaba barba y yo lo detestaba -que llevara barba y a usted en general-. Comprendí pronto que mis comparaciones eran objeto de estudio para usted y supe que un día encontraría las razones para internarme. Nunca me pudo engañar doctor Helvius.
Doctor Helvius:
Compartirá habitación, no se preocupe.
Miss Halway:
Me parece bien. Que sean mujeres fértiles.
Doctor Helvius:
Como usted.
Miss Halway:
Como lodo del Nilo.
Ventanas
Seriales
Archivo 2009
Cuentecillos
Escritos de Isaac Alexander
Fantasmagorías
Meditación sobre las formas de interpretar
¿De Isaac Alexander?
Libro de las soledades
Colección
Apuntes
Archivo 2008
La Solución
Reflexiones para antes de morir
Aforismos
Haiku
Recuerdos
Reflexiones que Olmo Z. le escribe a su mujer en plena crisis
Olmo Dos Mil Veintidós
Sobre las creencias
Jardines en el bolsillo
El mes de noviembre
Listas
Olmo Z. ¿2024?
Saturnales
Agosto 2013
Sobre la verdad
Citas del mes de mayo
Rapsodia en noviembre
Sincerada
Marea
Mosquita muerta
Reflexiones
El Brillante
No fabularé
El viaje
Sinonimias
El espejo
Desenlace
Perdido en la mudanza (lost in translation?)
Cartas a mi padre
Asturias
Velocidad de escape
Derivas
La mujer de las areolas doradas
La Clerc
Carta a una desconocida
Sobre la música
Biopolítica
Lecturas en alta voz
Ensayo sobre La Conspiración
Tasador de bibliotecas
Archives
Últimas Entradas
Enlaces
© 2008, 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015, 2016, 2017, 2018, 2019, 2020, 2021, 2022, 2023, 2024, 2025 y 2026 de Fernando García-Loygorri, salvo las citas, que son propiedad de sus autores
Teatro
Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 02/05/2015 a las 17:32 |