BELLEZA (2)
Dos ejemplos de belleza:
Ejemplo 1: Los ainus de las islas del norte de Japón -Hokkaido, Sajalín y Kuriles-, que antaño ocuparon el norte de la isla principal de Honshu, constituyen un problema fascinante para la ciencia de la antropología porque aunque su forma corporal es similar a la de los japoneses y ocho mil kilómetros los separan de la población nativa blanca más cercana, su piel es blanca, sus ojos caucásicos y su pelo ondulado y abundante. Se les ha llamado el pueblo más peludo de la tierra, si bien no lo son más que muchos mujiks rusos. Es cierto que sus orgullosos y vigorosos jefes, muy barbudos, de nariz ancha, cejas espesas y ojos vivos, se parecen mucho al autor de Guerra y Paz o a la idea que tiene un niño de Santa Claus, mientras que sus mujeres, muchas de las cuales son chamanes, han embellecido sus encantos naturales con garbosos bigotes azul pizarra, tatuados sobre el labio superior a la edad de trece años con el fin de hacerlas deseables para el matrimonio. El profesor A.L. Kroeber clasifica a esta raza, compuesta por unos dieciséis mil individuos, como un "tipo caucasiano generalizado o mongoloide divergente" -si a esto se le puede llamar clasificación-, pero A. C. Haddon nos dice con más confianza que "sin duda son las reliquias de un movimiento hacia el este de un antiguo grupo mesocefálico [de cabeza redonda] de cimotricos blancos [gente de pelo ondulado, en contraste con los leiotricos, de pelo liso, y los ulótricos, de pelo rizado], que no han dejado otros representantes en Asia". Su lengua está sin clasificar y al parecer es única, aunque uno de los componentes más arcaicos del japonés debe de haber sido un dialecto del mismo tronco. Además, algunas de las formas básicas de su mitología y ritos permiten establecer una estrecha comparación con el sintoísmo.
Los ainus son seminómadas, pescadores paleosiberianos y cazadores, pero también plantadores neolíticos con la maravillosa idea de que las excelencias del mundo de los hombres son tan superiores a las del mundo de los dioses que a las deidades les gusta venir aquí a visitarnos. En tales ocasiones van disfrazados. Los animales, pájaros, insectos y peces son los dioses visitantes: el oso es un dios de la montaña; el mochuelo de la aldea; el delfín del mar. Los árboles son asimismo dioses en la tierra, e incluso las herramientas de los hombres se convierten en dioses si se hacen del modo adecuado. Por ejemplo las espadas y armas pueden ser dioses y llevar una como guardiana da fuerza. Pero entre todos ellos, el visitante divino más importante es el oso [...]. Extracto de Las máscaras de Dios. Mitología primitiva. Volumen I. Joseph Campbell.
Ejemplo 2º: Va con Manuel al trabajo. Antes tiene que dejar a Nilo, su perro, en casa de unos amigos de Manuel a los que él no conoce. No le hace ninguna gracia tenerlo que dejar allí. No tiene más remedio. Lo deja. Manuel y él van camino del metro. Bajan las escaleras. Cuando él va a pasar su billete por el torno, se da cuenta de que no lo tiene y está seguro que se lo ha dejado en la casa donde está Nilo. Vuelve. Entra en la casa (como si la puerta de ese sitio estuviera siempre abierta), abre la puerta del dormitorio y allí, en la penumbra, se encuentra una pareja durmiendo, dos perros muy grandes a sus pies y Nilo en el suelo, a un lado de la cama. Cuando Nilo lo ve, se vuelve loco de contento, se le echa encima, mueve el rabo; el hombre se despierta. Tan sólo le mira y se vuelve a dormir. La mujer no se mueve. Él le dice a Nilo que no se preocupe, que en un par de horas volverá y se irán para casa. Él se marcha. Nilo se queda sentado en la habitación y lo acepta.
Ya en el lugar de trabajo -una Fundación donde se expone una valiosísima colección de arte- él se encuentra con Raúl que resulta ser su jefe (cuando siempre había sido su amigo) y hay algo en su mirada que sugiere un callado reproche. Se marcha Raúl sin abrir la boca. Él sale al jardín de la Fundación. Ya ha terminado su jornada. En el portón de hierro verde se gira para despedirse de Manuel y repara (hasta entonces no lo había visto) en que en un gran macetero de piedra está tumbado un cachorro de tigre siberiano. Él le pregunta a Manuel (con total naturalidad, como si fuera la cosa más normal del mundo encontrarse con un cachorro de tigre siberiano en la ciudad de Madrid) que desde cuándo tienen el tigre pero no escucha su respuesta porque le fascina el hecho de que el tigre está dándole unos zarpazos tremendos en la mano a Manuel y éste ni se inmuta; de hecho llega a pensar si no será que Manuel tiene una mano de madera. Por fin se marcha. Tiene prisa por volver a la casa y recoger a Nilo, a su amigo Nilo, a su querido gente perro.
Ejemplo 1: Los ainus de las islas del norte de Japón -Hokkaido, Sajalín y Kuriles-, que antaño ocuparon el norte de la isla principal de Honshu, constituyen un problema fascinante para la ciencia de la antropología porque aunque su forma corporal es similar a la de los japoneses y ocho mil kilómetros los separan de la población nativa blanca más cercana, su piel es blanca, sus ojos caucásicos y su pelo ondulado y abundante. Se les ha llamado el pueblo más peludo de la tierra, si bien no lo son más que muchos mujiks rusos. Es cierto que sus orgullosos y vigorosos jefes, muy barbudos, de nariz ancha, cejas espesas y ojos vivos, se parecen mucho al autor de Guerra y Paz o a la idea que tiene un niño de Santa Claus, mientras que sus mujeres, muchas de las cuales son chamanes, han embellecido sus encantos naturales con garbosos bigotes azul pizarra, tatuados sobre el labio superior a la edad de trece años con el fin de hacerlas deseables para el matrimonio. El profesor A.L. Kroeber clasifica a esta raza, compuesta por unos dieciséis mil individuos, como un "tipo caucasiano generalizado o mongoloide divergente" -si a esto se le puede llamar clasificación-, pero A. C. Haddon nos dice con más confianza que "sin duda son las reliquias de un movimiento hacia el este de un antiguo grupo mesocefálico [de cabeza redonda] de cimotricos blancos [gente de pelo ondulado, en contraste con los leiotricos, de pelo liso, y los ulótricos, de pelo rizado], que no han dejado otros representantes en Asia". Su lengua está sin clasificar y al parecer es única, aunque uno de los componentes más arcaicos del japonés debe de haber sido un dialecto del mismo tronco. Además, algunas de las formas básicas de su mitología y ritos permiten establecer una estrecha comparación con el sintoísmo.
Los ainus son seminómadas, pescadores paleosiberianos y cazadores, pero también plantadores neolíticos con la maravillosa idea de que las excelencias del mundo de los hombres son tan superiores a las del mundo de los dioses que a las deidades les gusta venir aquí a visitarnos. En tales ocasiones van disfrazados. Los animales, pájaros, insectos y peces son los dioses visitantes: el oso es un dios de la montaña; el mochuelo de la aldea; el delfín del mar. Los árboles son asimismo dioses en la tierra, e incluso las herramientas de los hombres se convierten en dioses si se hacen del modo adecuado. Por ejemplo las espadas y armas pueden ser dioses y llevar una como guardiana da fuerza. Pero entre todos ellos, el visitante divino más importante es el oso [...]. Extracto de Las máscaras de Dios. Mitología primitiva. Volumen I. Joseph Campbell.
Ejemplo 2º: Va con Manuel al trabajo. Antes tiene que dejar a Nilo, su perro, en casa de unos amigos de Manuel a los que él no conoce. No le hace ninguna gracia tenerlo que dejar allí. No tiene más remedio. Lo deja. Manuel y él van camino del metro. Bajan las escaleras. Cuando él va a pasar su billete por el torno, se da cuenta de que no lo tiene y está seguro que se lo ha dejado en la casa donde está Nilo. Vuelve. Entra en la casa (como si la puerta de ese sitio estuviera siempre abierta), abre la puerta del dormitorio y allí, en la penumbra, se encuentra una pareja durmiendo, dos perros muy grandes a sus pies y Nilo en el suelo, a un lado de la cama. Cuando Nilo lo ve, se vuelve loco de contento, se le echa encima, mueve el rabo; el hombre se despierta. Tan sólo le mira y se vuelve a dormir. La mujer no se mueve. Él le dice a Nilo que no se preocupe, que en un par de horas volverá y se irán para casa. Él se marcha. Nilo se queda sentado en la habitación y lo acepta.
Ya en el lugar de trabajo -una Fundación donde se expone una valiosísima colección de arte- él se encuentra con Raúl que resulta ser su jefe (cuando siempre había sido su amigo) y hay algo en su mirada que sugiere un callado reproche. Se marcha Raúl sin abrir la boca. Él sale al jardín de la Fundación. Ya ha terminado su jornada. En el portón de hierro verde se gira para despedirse de Manuel y repara (hasta entonces no lo había visto) en que en un gran macetero de piedra está tumbado un cachorro de tigre siberiano. Él le pregunta a Manuel (con total naturalidad, como si fuera la cosa más normal del mundo encontrarse con un cachorro de tigre siberiano en la ciudad de Madrid) que desde cuándo tienen el tigre pero no escucha su respuesta porque le fascina el hecho de que el tigre está dándole unos zarpazos tremendos en la mano a Manuel y éste ni se inmuta; de hecho llega a pensar si no será que Manuel tiene una mano de madera. Por fin se marcha. Tiene prisa por volver a la casa y recoger a Nilo, a su amigo Nilo, a su querido gente perro.
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Tags : Tratado de los Productos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 27/04/2026 a las 20:02 |