Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Será bienvenida la última flor del cerezo y postulará una forma antigua de entender el milagro
Va a recorrer -se lo ha prometido a sí mismo- el estrecho margen que existe entre la fe y la rata
sin desviarse un milímetro de su ancho (que según los iniciados abarca dos universos como el nuestro)
para llegar a la oración si es preciso o para caer de hinojos y adorar la tierra.
Hay en su frente un volcán al rojo
Hay en sus cejas la pilosidad hueca
Hay en sus ojos una marea verde
Hay en su nariz un aire de rocío
Hay en su boca un beso aprisionado
Hay en su barbilla la decisión inquebrantable de someterse a la luna y sus manchas
Por eso canta en la mañana y bebe a sorbos el polen de las flores y luego descansa la velocidad del mundo y quisiera creer del todo al Dalai-lama pero quisiera creerlo como cree en la escarcha el ibu africano a quien el sol abrasa
No importa, se dice, no importa de dónde proviene el cerezo, cuál fue su origen primero si un día al pasar junto a él siente el escalofrío de un tiempo que ya pasa, que ya se marchita
Hay en su cuello una rigidez tonante
Hay en su pecho un deje de nadador senior
Hay en su vientre el gusto por el esfuerzo
Hay en su espalda una soldadura de nácar
Hay en su sexo la plenitud del mundo
Hay en sus nalgas una profunda asimetría
Y aún así se mantendrá dentro del margen entre la fe y la rata
escuchará con respeto la palabras del arzobispo sobre el sentido del milagro
mirará a la muchacha vestida de soldado
y evitará las grandes autopistas para esquivar a los gatos
Hay en sus muslos la hipersensibilidad de la risa
Hay en sus rodillas la tozudez del yunque
Hay en sus pantorrillas un disimulo veloz como el del lince
Hay en su pie izquierdo el recuerdo del andamio
Hay en su pie derecho la fineza de la mano enguantada en un guante de ganchillo
Porque ha temblado, se somete
Porque sabe que llegará hasta el final, tórnase humilde
Al fondo es observado por un paraguas, veintiún alicates y tres mil cisnes

Narrativa

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/03/2016 a las 13:43 | Comentarios {0}


Recuerdo desde el manicomio de Acra enviado por Olmo Z.


Podría haber adivinado la dirección justo al pasar el puente. Entonces la lluvia azotó con tal fuerza que la capa pluvial fue inútil. Entonces pensé, También habré de tener unos pantalones pluviales. No cedí. Era tan intenso el olor (un olor lejano a camaradería) que apenas pude respirar y me vino a la mente (como en los viejos tiempos de las meditaciones) la piedra de toque que es aquella que se utiliza para conocer la calidad de un oro o de una plata. Decidí seguir bajo la lluvia. Lo decidí sin importarme si más adelante me ahogaría o más acá de ciertas fantasías más propias de un escritor que de un analfabeto como yo, si quizá la idiotez me llevaría a la neumonía. Cierto que los pájaros. Cierto que los árboles y un tronco húmedo que había adquirido un peso desorbitado. Yo seguía caminando. Tampoco la oscuridad. Pensaba, Podría grabar todos mis pensamientos a medida que van saliendo, no ejercer sobre ellos ninguna clase de censura, una forma de pensamiento automático (aquí entonces surgió otro pensamiento que no tuve tiempo a atrapar) que fuera parecido al tema Crosseyed and Painless de los Talking Heads que parece que no te deja descansar, que no te quiere dejar descansar como a mí me obliga al movimiento este frío, esta lluvia que me ha azotado al cruzar el puente y que ahora, amparado en las copas de los árboles, se ha vuelto más amable como aquella mujer que tuve que cuando me veía a descubierto me azotaba y cuando me veía a cubierto se acercaba como una gata. Así ahora me amparo, camino entre charcos que reflejan figuras que no me atrevo a mirar y voy hacia un lugar de donde habré de volver si quiero, si quiero descansar, descansar. Eso pensaba, casi literalmente así, por esos caminos de una sierra cuyo nombre no viene al caso y mientras me mojaba y mientras sentía cómo el agua se estaba filtrando por el abrigo y empezaba a intuir la lana húmeda del jersey en el antebrazo derecho, volvía a pensar Lo único importante es la salud. ¿Qué quiere decir desparpajo? La luz de la vela vuela. Nunca más. Nunca, nunca más. Qué largas son la palabras. Mejor, aeiou o cantar en un coro negro aunque se sea blanco como hacían de putos blancos los putos negros que llegaron a Liberia repatriados de la América en donde habían sido esclavos y víctimas de su escaso conocimiento del mundo y de la posibilidad  de la libertad sometieron a los negros de Liberia a la esclavitud a la que ellos habían sido sometidos y de la que habían sido liberados. Dime que no tiene. Dejemos que la mente divague. Cuidado con ese charco porque no sabes su profundidad. No, no pienses en esa boca. Esa boca ya no está. Esa boca ya no estará nunca más y además nunca será la boca que tú conociste. Ahora debes mirar hacia delante para no pegarte una hostia que dé con tus huesos en el hospital. Porque la gente enferma y tiene miedo. Tienen más miedo los que enferman estando solos que los que enferman en familia. Una pierna rota. Una diverticulitis. Una angina de pecho. Solo has de cuidarte y has de temer la recaída. Alguien conocido está dando sus primeros pasos ayudado por un andador. El pezón era hermoso. Hubo una tarde. Hubo un principio del descubrimiento. ¿Por que nunca traigo el banjo? Me ha dicho que los restos de nicotina, esas manchas naranjas de los dedos corazón e índice, se quitan aplicando limón, zumo de limón, zumo de limón, de limón, de limón, zumo, zumo, zumo, de limón, zumo de limón para quitar las manchas de nicotina, nicotina, sumo zumo de limón, en el bosque, en el segundo bosque, donde dormitan las palomas torcaces, donde cría la sierpe, donde habita el olvido y ese dolor carnal que provoca  la ausencia de las caderas y de los pies y de las meninges, las atléticas, las que saltan la altura de los siglos, las meninges femeninas en unión sexual con las gónadas masculinas por este mundo mullido de tierra mojada, charcos y animales y escondidos. Si tuviera huevos me desnudaría, gritaría, gritaría a la cara de Máximo Gorki unas cuantas máximas... Gorki y me quedaría tan tranquilo mientras camino, un paso, ahora otro, la caída de la lluvia, mi pelo, mi pelo, mi pelo, qué lindo es mi pelo y aquellas manos, las de aquella mujer, la que me dijo un día te quiero, a la que le dije un día te quiero para luego volver a un sillón Voltaire y no escribir jamás Candide, no, jamás; como sé que nunca estaré en el Panteón de los Hombres Ilustres aunque consiguiera demostrar que estas huellas son de jabalí y aquella mierda la cagó la yegua no hace más de tres horas. Llego al tope que me marco cada día. Es una barrera natural. Meo mirando al horizonte y siento que el verde y el gris son la sal del color de la tierra. Lloro sólo un momento. Es un arranque de llanto y nostalgia. Me dejo llorar hasta que pienso, Hostia tengo empapada la pernera derecha. ¿Por qué la pernera derecha y no la izquierda?  ¿por qué intuyo la humedad en el antebrazo derecho y no en el izquierdo? ¿por qué me duele el ojo derecho y no el izquierdo? Y así camino de vuelta. Atravesaré las grandes praderas, los bosques inmensos; me arriesgaré por las honduras de una tierra baldía, ascenderé luego hasta el pico del espino dejando que mi pensamiento medite y vague si lo permite la rodilla derecha que siente la pernera como barra de hielo, Barra de hielo en mi corazón. Apriétate. Un paso. Otro paso. Al final está la muerte y la duda. Camina. Camina. No hace falta que te ajustes los cordones de las botas. Te quiere la senda. No hace falta más. Vamos. Piensa. Luego tendrás la oportunidad de un café caliente. Vamos, vamos, no llores, no, no llores más, camina, no llores, no llores más (...)

Narrativa

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 26/02/2016 a las 19:43 | Comentarios {0}


Pálidamente [...] ha usado material de los sueños [...] ilusión y realidad se han confundido y lenta...
Sosiégale
La luz se puede concebir negra
Sustrato [...] piensa sustrato y luego, luego, tiza
Dicen que la mujer se encontró con el hombre en una plaza preciosa de una ciudad del sur y pasaron la noche
Dicen que la niña jugó con un madero en las fauces del lobo y que el lobo se comportó como un perro
Dicen [...]
Sosiégale
La montaña mantiene la rima con hazaña
Aquel faro ya es inútil
El agua jamás se volverá clara
Tempestad, tienes nombre femenino
Hielo, tu nombre es masculino
Y ahora ha de palidecer, en esta noche de luna, tras la estrella vespertina, pasados los grandes ciclos, atados a los minúsculos accidentes de los hombres
Sosiégale

Narrativa

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 21/02/2016 a las 11:41 | Comentarios {0}


Consideraciones de Olmo Z. en el manicomio de Acra


Por un error del editor, durante unas horas ha aparecido bajo la fotografía el rótulo de "Autorretrato de Olmo Z. en Acra". Pido disculpas. La fotografía no corresponde a Olmo. Ha sido él quien me lo ha avisado mediante una llamada telefónica que quizás algún día cuente. Mi única explicación ha sido un probable olvido de su rostro.


Retrato de F. (compañero de estancia en Acra). Fotografía de Olmo Z.
Retrato de F. (compañero de estancia en Acra). Fotografía de Olmo Z.
Porque nacía en las grandes ciudades de occidente
se detenía ante la visión del jabalí
y quizá sofisticadamente reunía en sí la fuerza y el valor para seguir caminando por un camino que no le correspondía
(no le correspondía por la conformación de sus piernas, por la lejanía de su tobillo derecho con respecto a su función natural, por la ausencia de soleo y otras tesituras musculares harto graves de contar) mientras la mirada del jabalí se clavaba en su mirada y escuchaba la suavidad de su voz al decirle, Buenas tardes señor jabalí. Pienso seguir mi camino. Siga usted el suyo.

Porque nacía en las grandes ciudades de occidente
la muerte de la cobra, el corazón de la cobra rebosante de la fuerza última de un ser que quiere vivir
le emocionó hasta tal extremo que entendió de veras los sentimientos encontrados del periodista polaco que en un chozo en mitad de un desierto lejos del lago que buscaba, sintió al tener que acabar con la vida de ese animal que se encontraba allí protegiéndose del calor asesino del mediodía africano y se encontró con la muerte a manos de un polaco perdido.

Porque nacía en las grandes ciudades de occidente
amó el cabaret, el expresionismo de la posguerra primera, la lucidez de algunos dramaturgos
y supo -o creía saber- algo que se asemejaba a una pesadilla en el teatro con la sensación de un beso de mañana cuando empezaba a andar solo y no sabía que el camino iba a ser tan agreste.

Porque nacía en las grandes ciudades de occidente
esa voz que canta
la tenuidad (si se me permite la osadía del vocablo)
el bostezo de alguien que acaba de llegar
y el ponerle nombre a las cosas (y al ponérselo, descubrirlo)
le trajeron a este día de febrero frío y hermoso como una mujer de hielo.

Porque nacía en las grandes ciudades de occidente
se permitió un brindis y una correría y le sonrió a su estrella un amanecer en una playa de una isla al este de su edén
sin saber (nunca lo supo) que jamás lo recordaría.

Así. Ahora. Escribe

Narrativa

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 16/02/2016 a las 19:27 | Comentarios {0}


Abandónate. La frustración tenía nombre y no era el tuyo.
Escucha: frustración también es engaño (e imposibilidad).
¿Recuerdas el retrete? ¿los espejos? ¿el sonido del viento?
Rompiste la huella y te quedaste perpleja.
Sólo sentías la fuerza.
Las bragas eran fuertes.
El sostén era fuerte.
Se pueden surcar océanos una tarde
y generar tempestades tomando el té.
Tú aprendiste el olor de la naftalina.
La mañana nunca te dejó indiferente.
El frío te traía sin cuidado.
Todo consistía en hacer un mohín en el momento justo
para que la noche fuera ala de cuervo, festín de buitre.
Llorabas con la sabiduría de Eleusis
y en tu tono -el lastimero- se podían seguir los melismas del coro
que canta en los maitines a un dios desconocido.
Tu pelo negro se recogía entonces
y tus ojos castaños -él te dijo un día ojos de junco en invierno- se sometían al peso de los párpados
y recordabas, sentada frente a él una tarde de mayo de 1986,
tus obligaciones de esposa y madre mientras devorabas su boca y le llamabas cabrón.
Nada le es indiferente al cronista
(eso también lo sabías)
¿te llamabas María Luisa?
ni el color de tus uñas
ni el vestigio de la edad en la juntura de tus senos
ni la desidia amorosa ante el estado febril de tu amante;
así es que fue recogiendo de aquí y de allá retazos de tus besos
y compuso un relatato breve llamado Cinco y como subtítulo
(descomposición y retrete).
Volvamos al principio: Frustración tenía nombre.
Frustración es inutilidad y también engaño.

Narrativa

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 14/02/2016 a las 16:34 | Comentarios {0}


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