Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Cuando Hipólito decide ir en busca de su padre Teseo, Fedra ruge de pasión y le duele (duele la pasión. En los hombres duele la pasión. Duele la pasión como duelen las muelas. Duele la pasión como duele el cáncer de huesos). Y tanto le duele la pasión a Fedra que Fedra está muriendo. Pero ¿por qué muere Fedra? ¿qué pasión es la que le está carcomiendo las entrañas? ¿tan sólo que Hipólito se sacie en ella? ¿tan sólo saciarse ella en Hipólito? Hipólito que es su hijastro porque Fedra es la esposa de su padre. Hipólito que es joven y montaraz como lo fue su madre Antíope, reina de las Amazonas. Pero Hipólito no quiere ir en busca de su padre porque tema su muerte o tema que esté de nuevo batallando con un monstruo como ya batalló en el laberinto cuando dio muerte al Minotauro y pudo encontrar la salida  gracias al ovillo de Ariadna que además es la hermana de Fedra. No, Hipólito quiere huir de la tierra de Trecenia porque allí está también Aricia que además de ser su prima es el único amor de su vida, es el fuego que le devora cada mañana hasta el extremo de que ya no disfruta cuando armado de su lanza y de su jabalina, guiando su carro y a sus dos briosos córceles va en busca del jabalí. Hipólito muere también de amor. (¿Se pude realmente morir de amor? ¿No es condición del amor la vida? Hasta si se entrega la vida por amor, ¿no genera más vida la vida dada? ¿Por qué se desangra entonces Hipólito? ¿Cómo llamamos a esa pasión que se desata y debilita y mata?).
Es cierto que Fedra intentó alejar al objeto de su pasión cuando se supo enamorada porque más que ese deseo mandaba en ella el deber de Estado, el deber social que la obliga, por mandato, a respetar las venerables instituciones de los hombres y es falta grave que condena a los infiernos desear al hijo del esposo por más que Teseo sea un hombre de apetito insaciable y tanto cabe que luche en estas horas contra un Titán como que luche entre las piernas de una cortesana en las cálidas costas del Asia Menor. Por eso cuando Panope -una simple criada- anuncia la muerte de Teseo, Fedra siente que los dioses la han escuchado pues ahora sí, ahora sí, ahora podría, si Hipólito quisiera, entregarse a él y ser su esposa y así le hace llamar antes de que parta y le confiesa su amor sin vergüenza alguna y esa pasión que llevaba años inscrustada en su vientre se desata en oleadas de palabras y las palabras caen como flechas envenenadas en los oídos de Hipólito que se espanta, que queda mudo, él joven y bello casado con una mujer madura, a la que nunca amó ni como segunda madre ni como esposa de su padre y menos aún como mujer. (¿Qué nos lleva a estos desafueros? ¿Qué destino nefasto, travieso como Pan, se cruza en nuestras vidas y nos hace padecer silencios, ausencias, ámbito de muerte en la mañana, eterno invierno?).
Más terrible será cuando resulte que la muerte de Teseo era falsa y que ha vuelto y ya ha arribado a puerto. Terrible la vergüenza de Fedra y horror el tan sólo pensar que Hipólito le diga a su padre las frases que ella le pronunció como una loca. Locura ahora por un amor incestuoso y por una declaración que pone en manos de quien la desdeña su honor. Sólo que ahí está Enone, su nodriza, la mujer que la cuidó desde niña. Y también en esta mujer vieja anida una pasión y esa pasión se llama Fedra. Su mente busca la solución a su deshonra y al final la encuentra y convence a su niña, a su querida niña, que será siempre niña aunque ya sea una mujer madura enamorada de un mancebo, para que acuda presta a Teseo y mienta y le diga que en cuanto su hijo Hipólito se enteró de que había muerto corrió a la alcoba de la esposa de su padre con el ansia de la juventud en su mirada y el deseo nocturnal de hacerla suya de inmediato. Fedra duda apenas. El temor al deshonor vence su pasión de enamorada y hace caso a su nodriza y envenena los oídos de su esposo que había llegado alegre al encuentro de los suyos. ¡Oh, hado fatal! ¡Dioses injustos!
La pasión de Teseo era su hijo Hipólito, su sucesor, sangre suya y sangre de la mujer a la que más amó y ahora, a su vuelta, lo encuentra traidor a su estirpe. E Hipólito noble entre los nobles, joven entre los jóvenes, sin acusar a Fedra de mentir por no deshonrar a la esposa de su padre, sí le confiesa su amor por Aricia. Teseo duda. No sabe si su hijo le engaña. Hipólito desesperado decide irse y rogará a Aricia que huya con él mientras Fedra, arrepentida o culpable, intenta interceder ante su esposo por su hijastro. No quiere oír Teseo ruegos de mujer e implora a Neptuno, amigo suyo, que vengue la afrenta que su hijo le ha hecho (¡las pasiones enredan las vidas de los hombres! ¡las pasiones ponen vendas en los ojos puros! ¡las pasiones enloquecen los estómagos, nublan la razón, acogotan los sentimientos, anulan el equilibrio, ciegan la verdad, arman la mentira, ajustan cuentas con la inocencia!
Preso de sus dudas, porque en el fondo de su alma sabe que su hijo es noble y es bueno, busca Teseo a Aricia y cuando la encuentra le insinúa las inclinaciones de Hipólito por su esposa y Aricia le insinúa el veneno que ha salido de los labios de Fedra y, sin saberlo, también Teseo ha envenenado el alma de Fedra al contarle la pasión que su hijo siente por Aricia y ese veneno que ya es mortal se volcará contra Enone, su nodriza, la urdidora de la gran tempestad que se abate sobre los habitantes del palacio de Trecenia. Presa de un dolor insoportable, Enone se arrebata la vida lanzándose desde los acantilados al ponto verde y de ese mismo mar saldrá un monstruo -atendidos por Neptuno los ruegos de Teseo- que acabará con la vida de Hipólito. Será Terámenes, ayo del joven, quien le contará a Teseo la muerte heróica de su hijo y Fedrá morirá envenenada por sí misma y quedarán desolados, tras conocer la verdad, Teseo y Aricia en un palacio que conoció el amor y conoció la pasión y conoció la ira y conoció el silencio de los dioses ante la decisión de los hombres sobre lo que es justo o injusto. Y aún resuena en el Peloponeso el verso que el poeta puso en labios de Fedra: Todo me aflige, me hiere y se conjura para herirme.

Narrativa

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 13/02/2016 a las 00:04 | Comentarios {2}


Texto escrito por Olmo Z. y publicado a requirimiento mío ya que él -ingresado en un sanatorio para enfermos mentales en Acra- negaba cualquier valor al escrito. Yo le dije que el valor de los escritos me importa un ardite.


No será por el calor ni por el espesor de la locura por lo que esta tarde me he visto caminando por el Páramo. Lo atravesaba a la primera hora de la tarde de un día de invierno. Tengo la sensación de que el Páramo se encuentra en algún lugar de Europa -quizás en la Europa del sur- . No sé por qué he pensado en España y me asaltaba una palabra -como si fuera la denominación de un lugar- que probablemente sea una palabra inventada: Guadarrama. El Páramo pues estaba en un lugar que podría llamarse Guadarrama. Yo iba vestido con un anorak azul y llevaba un jersey de lana decorado con motivos de alta montaña y unas botas buenas para caminar. Creo recordar que me apoyaba en un bastón y también creo recordar que había un silencio que rompían de vez en cuando las bandadas de patos. Sin quererlo, de repente, caminando y oliendo la tarde de invierno en un lugar de Europa del sur, he imaginado una casa y en la casa una estancia con suelo de castaño y sobre el suelo de castaño tres alfombras gruesas (probablemente tres alfombras persas); esa estancia era mi estudio. También un amplio ventanal que se abría a un balcón con antigua balaustrada de piedra y que ofrecía una vista de prados verdes con una frontera de dunas y tras las dunas el mar. La estancia se completaba con una chimenea, bibliotecas en cada una de las paredes, una mesa sencilla y cómoda para trabajar y otra más alta, estrecha, de piedra con instrumental para estudiar lo ínfimo.
Mi sensación en aquella  estancia, en aquella casa era de una profunda paz y de una alegría quieta como si todo en mi vida estuviera en su lugar y sentí una plenitud aún mayor cuando se abrió la puerta y apareció ella, de nuevo ella, de nuevo juntos y escuché a lo lejos -la casa debía ser muy grande- los juegos de unos niños que probablemente fueran nuestros. Iba vestida con un jersey de cuello alto azul y unos vaqueros; calzaba unas botas de montaña y llevaba el pelo recogido en una coleta; en sus manos traía una taza con un café. Humeaba. Me besó en los labios. Se acercó al escritorio. Miró por encima lo que estaba escribiendo. Sonrió una vez más y antes de irse tan sólo dijo: Son las seis y media.
Cuando di un sorbo al café, supe que esa armonía, esa calma, venía de muy atrás y adiviné que ella y yo habíamos encontrado el equilibrio y vagamente -como si fuera un sueño dentro de la imaginación que se extendía por el paseo que hacía por un lugar de la Europa del sur- tuve la certeza de que su cuerpo y mi cuerpo seguían sugiriendo en sus encuentros la más vieja y terrenal de las pasiones humanas: el erotismo. Quizá por eso sentí cuando ella entró en la estancia, unas inmensas ganas de vivir y la casa en la que vivíamos me susurró mil encuentros, un millón de jadeos y las apacibles y profundas conversaciones que se dan entre dos seres que se aman. ¡Eso era! ¡Había amar en esa casa!
Sé que cuando atravesaba el Bosque de los Arbustos, un ciclista me sacó de mis meditaciones (de mis imaginaciones) pero volví tan rápido a ellas que no me importó detenerme -un poco más adelante- a hablar con un jinete que montaba un caballo tordo al que estuve acariciando. Cuando caballo y jinete se alejaban, yo estaba cenando con ella y los niños en la cocina de la casa; los niños estaban cansados y cenaban en silencio, ella estaba hermosa y algo en su mirada verde me recordó una aurora boreal. La noche había caído. Ululaba el búho. Se adormecía el mundo. Ella se había acostado. Yo demoré el gozo de dormir a su lado y estuve trabajando hasta entrada la madrugada en una investigación que por entonces llevaba a cabo. Lo último que imaginé en el paseo que nunca hice por un lugar que problemente se encontraba en algún país del sur de Europa fue el olor de mi mujer dormida.

Narrativa

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 02/02/2016 a las 19:34 | Comentarios {0}


Porque nací en las grandes ciudades de occidente
he olvidado el brillo de los automóviles en los asfaltos mojados
y apenas siento el rugir de las antenas, ni entiendo que los cláxones sugieran un destino
Porque nací (aunque hubiera nacido en un granero hacia el tiempo en el que las ciudades desaparecieron o cuando tan sólo se construían túmulos para dioses o héroes como el de New Grange) abogo por la vida como es y no como debiera ser
Porque nací en las grandes ciudades de occidente me sostiene el contrabajo
como ocurre en la llamada música jazz
y cuando camino por un sendero bajo un cielo cubierto y en enero
siento que vivir merecía el esfuerzo por llegar a
la tierra mojada, la carrera del perro, el sonido de la lluvia en los árboles, un murmullo de viento y la desconcertante sensación de que todo aquello por lo que un día luché se resume en ese hecho: caminar bajo la lluvia en invierno
Porque nací en las grandes ciudades de occidente el café caliente
Porque nací en las grandes ciudades de occidente mirarte a los ojos y expresar deseo
Porque nací (aunque hubiera sido entonces cuando apenas nos erguíamos y la sabana se empezaba a volver insoportable) huelo el aire y me duele el pulmón izquierdo
Hay en esta pendiente cuesta abajo -suave aún- un bienestar
y cuando leo a una mujer diciendo que la vida pasa rápido, no la creo, sé que es un tópico
La vida mientras pasa no tiene velocidad ninguna
Sólo una vez que ha pasado le otorgamos una medida que en nada le atañe
(el pasado siempre es rápido, es una necesidad del cerebro)
Porque nací en las grandes ciudades de occidente he dejado el anillo sobre el bureau
y me calma saber que soy capaz de escuchar la luna en el musgo y el canto del pez

Narrativa

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/01/2016 a las 18:48 | Comentarios {4}


Texto escrito por Isaac Alexander en la ciudad de Caen en marzo de 1940


Documento 2º de los Archivos
No hay en la noche del mundo la más mínima sospecha del día. Unos más de los seres vivos y móviles se encuentran atrapados entre dos tormentas. Si ya tuvieran la palabra habrían dedicado, a esas lluvias que se cruzan y se pelean, una dedicatoria por ver si de esa manera amainan en su batalla, endulzan la noche con el silencio desde el cielo. Siempre oscuro el mundo es un prólogo del mundo y esos dos seres de una misma especie (ahora no son nada. Ahora no son ni especie. Tampoco cuando se decida un grupo vivo a la manía de clasificar serán realmente especie. Tan sólo lo serán por el afán de orden de este grupo no porque haya un orden en sí) andan a cientos de miles de años de que otros de entre ellos a los que se clasificará como poetas y juglares, pasen su tiempo creando historias de los tiempos oscuros cuando el mundo era siempre siervo de la luna; decimos entonces nosotros -los que clasificamos, los que nos denominamos poetas o juglares- que esta pareja que vive entre dos tormentas en el tiempo oscuro que duró milenios no entiende que llegue un día en que su especie –sus semejantes- hablen, no pueden vislumbrar siquiera el pensamiento y menos aún que alguien llegue a la conclusión de que el habla es anterior al pensamiento (ni habla, ni pensamiento, ni conclusión); esta pareja se ha juntado porque en su encuentro en la noche se han sentido semejantes excepto por los atributos que darán en que a uno se le llame él y al otro ella; esta pareja se ha juntado con el temor a una batalla entre árboles y con el recelo que se ha de tener a los animales de colmillos afilados como el perro y la salivación que produce el corzo –no diremos más que todas estas palabras que conforman la cosa árbol, perro o corzo no caben en la mente de estos dos elementos él/ella que se sienten diferentes por afinidad o temor de árbol, perro o corzo- o la extrañeza que surge cuando atraviesa el cielo un avefría. Estos seres pálidos, sin pelos ni plumas, sujetos a las inclemencias del tiempo quisieran –seguro- idear una protectora, quisieran explicarse la necesidad infecunda de la noche, llamar Diosa y Blanca –por ejemplo- a esa constancia de la oscuridad y a ese círculo blanco que pende sobre ellos sin llegar nunca a desaparecer; esos dos seres quisieran (aunque no lo sepan, ni lo sepan las siguientes dos mil generaciones) ponerse nombres, nombres que los diferencien, nombres que los hagan únicos y al mismo tiempo quisieran saberse también complementarios y construir. También construir. Mucho estamos adelantando porque ahora Él y Ella se resguardan en una gruta de la furia de las dos tormentas que luchan con vientos y ráfagas furiosas de granizo, con descargas eléctricas y tenebrosos y aterradores retumbos de los cielos y cuando el techo de una colosal montaña los protege y la oscuridad se hace aún mayor una mezcla de temblores –temblor de terror, temblor de frío, temblor de premonición, temblor de hambre, temblor de negritud hondísima en la profundidad de la gruta- los junta y sus miembros superiores rodean el torso del otro y tan sólo ese gesto provoca al unísono, en ambos especímenes -de una especie que como tal será denominada millones de años más tarde- una calma que atravesará los siglos, los océanos del tiempo y cuando surja el habla se contará como acertijo y será una de las llaves del descubrimiento o del número grandísimo del loto e incluso esa calma llena de ardor provocará herejías entre los que crearon el orden. Ellos nada saben del futuro. En su presente oscuro, bajo la presencia azulina del astro blanco, protegidos bajo la bóveda de una montaña, abrazados, la lucha de dos tormentas pierde parte de su brío y algo que se podría decir intimidad nace en ellos, los acoge, los acuna y les permite -por primera vez en muchas noches- dormir.

Narrativa

Tags : Escritos de Isaac Alexander Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 19/12/2015 a las 22:45 | Comentarios {0}


Érase una vez. Fotografía de Olmo Z. Junio 2015 (Tratamiento fotográfico realizado con la aplicación del celular)
Érase una vez. Fotografía de Olmo Z. Junio 2015 (Tratamiento fotográfico realizado con la aplicación del celular)
he de hacerlo la llaga ha quedado perversa y abierta pienso un barómetro como si ese pensamiento ayudara a algo no me sosiega sí me ha sosegado la respiración ha sido una hora y diez minutos de respiración casi todo respiración y el cuello hacia abajo aunque a veces lo he subido y he mirado el horizonte mientras la noche iba cayendo rendirse he pensado alguna vez rendirse y seguir amando la idea sólo la idea porque la certeza la evidencia me he corregido a mí mismo la evidencia me he vuelto a repetir y quizá me he dicho la posibilidad me he dicho pero que es imposible porque nunca se da hubo un instante la semana anterior sí hubo un instante cuando el vaho enturbiaba las ventanillas y el mundo se había vuelto opaco nada más sólo ese momento respirar he vuelto a hacer respirar y dejar que unos tambores o la llaga perversa o la luz de mi interior la que me dice mereces la dicha todos merecemos la dicha mientras estés en la cárcel no podrás ser dichoso sólo tienes que salir de ella sólo tienes que darte cuenta de que estás en ella desnudo ante el guardián mancebo probablemente con respecto a ti y respirar Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma vislumbrar entre el roce del pantalón y la delgadez pasmosa de la pierna derecha la esencia de la India el tren de los Mahjarahas Vishnu duerme y me soñó un tiempo entre los brazos de aquella idea de aquella posibilidad que se esfuma y hay que aceptarlo hay que santiguarse alabar la vida la respiración también 1 y 2 y 3 1111 yyyy 2222 yyyy 3333 seguir montículo bajada piedra a la izquierda hoy no he trabajado pero he limpiado a conciencia la casa verdor de bosque muro derruido una muchacha en su bicicleta siempre tímida siempre colorada la luz se va huye a una rapidez endiablada todo son sombras y unas gotas de la no lluvia que no cae desde hace meses aún sin abrir la capa pluvial azul oscuro para los días que iban a venir he resuelto el problema había que llevar a la reina a la otra parte del tablero voy a temblar de nuevo como acepto la evidencia será con una sonrisa será con el entendimiento de que en estos años los que resten quiero buscar plenitudes como esos pasos hoy constantes casi monótonos 1, 2, 3, 4 1, 2, 3, 4 1, 2, 3, 4 1, 2, 3, 4 1, 2, 3, 4 1, 2, 3, 4 1, 2, 3, 4 1, 2, 3, 4 1, 2, 3, 4 subiendo el muro las llanuras el rincón del barranco respirando aguantando la congoja decir adiós con una verdadera sonrisa las manos enlazadas siempre a lo largo de los años enlacemos las manos soñemos una vez más ahora que ya se ha ido el día y la noche de otoño se carga del último presentimiento el paso del animal el rastro de los jabalíes el hombre con el que hablé de Krishnamurti la casualidad que ambos coincidimos en no considerar como tal las aguas frías del lago un lejano sonido de martillo neumático y la terrible angustia de The wire el mundo brutal de las ciudades llenas de dinero dollars crimen dolor de vivir separado y no saber vivir junto la morada de los hombres perdidos el olor de las mujeres muertas los contenedores en el puerto ahítos de productos el mundo como una gran factoría los seres humanos en sus tribulaciones y en su soledad alcohol dolor sueño borrachera ausencia mar sucio no son bellas las noches hay que rendirse me digo mientras subo y bajo y me importa tan poco las elecciones y no pienso en ellas sólo cuando siento la distancia entre mi hija y yo ella tan lejos tan ausente y tan presente en las palabras ella allí donde llueve tanto nunca le llovió tanto nunca estuvo tan alejada y sé que es fuerte sé que es mucho más fuerte que yo y eso me anima me hace confiar en ella en medio de este mundo sin esperanza abocado roto huero lleno de arañazos pero entonces llego al último trecho y hoy no me detengo hoy giro y vuelvo a andar en sentido contrario hacia el principio no pienso sólo respiro 1234 1234 1234 1234 1234 1234 1234 1234 Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma de vuelta la noche se pierde el animal decido que es él quien tiene que encontrarme sigo no me detengo me rindo me rindo me digo por la evidencia me digo porque no hay confianza porque quizá sólo quizá aisladamente alguna ventanilla opaca algún vaho que sale de dios sabe dónde pero ¿dónde queda la plenitud? esa plenitud que no es todo para mí sino la parte alicuota de una estancia llevadera en la tierra esa plenitud me digo agarrados las manos los pies la ternura la mirada el beso la tarde la escoba el rincón el cuadro el paseo la contemplación la caricia el sosiego la comida la cama el trastero el cambio la confidencia la muela el termómetro el barómetro de nuevo el barómetro sin más ahora ya no le doy valor ni se lo quito ahí está el barómetro regio como unas campanas una tarde el cierzo ese viento de la meseta también el cierzo como el barómetro aparece y se va mientras sigo respirando y sé que me tengo que rendir tengo que ser yo quien se rinda es mi obligación rendirme para que pueda volar para que pueda buscar lo que tiene que buscar que no soy yo nunca fui yo nunca fui su plenitud y así cuando descubro la luna que crece y es un filo y tras ella la roja evidencia en una nube de la crueldad del crepúsculo tiemblo y canto una aria de Puccini para conjurar el dolor que siento en las manos para conjurar el grito que di ayer cuando la seguridad de un lugar cerrado me amenazó con no dejarme entrar ah cuánto me arrepiento ah qué dolor siento en mi costado y saber que nunca más que he de rendirme decir adiós con una sonrisa en los labios cuando diciembre se embala y se va a estrellar si nadie lo remedia contra enero ahí estoy me digo y entonces, entonces, de nuevo 1234 1234 1234 1234 1234 1234 1234 1234 Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma 1234 1234 1234 1234 1234 1234 1234 1234 1234 1234 1234 1234 Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma Aum Aum Nahma Nahma hasta desfallecer hasta seguir como mecánica el ritmo respiración respiración pierna pierna ya estamos llegando ya estamos  el bosque es tan oscuro que lo siento expresión de mi corazón oigo pasos tras de mí y sé que nadie hay tras de mí oigo oigo llego y me vuelvo a decir rendición rendición rendición plenitud plenitud plenitud el error es de quien no sabe hacerse amar

Narrativa

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 15/12/2015 a las 19:27 | Comentarios {0}


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