Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Esta poesía está incluida en el libro "Odas" de Ricardo Reis, uno de los heterónimos de Fernando Pessoa.
Se lo dedico a L. que anda con desasosiego en estos días (si el bueno de Reis -o su creador Pessoa- me permite desde allá dedicárselo a una dama de hoy con emociones de siempre).


Q Train de Nigel van Wieck 2014
Q Train de Nigel van Wieck 2014


Vem sentar-te comigo, Lídia, à beira do rio. 
Sossegadamente fitemos o seu curso e aprendamos 
Que a vida passa, e não estamos de mãos enlaçadas. 
                   (Enlacemos as mãos.) 

Depois pensemos, crianças adultas, que a vida 
Passa e não fica, nada deixa e nunca regressa, 
Vai para um mar muito longe, para ao pé do Fado, 
                   Mais longe que os deuses. 

Desenlacemos as mãos, porque não vale a pena cansarmo-nos. 
Quer gozemos, quer não gozemos, passamos como o rio. 
Mais vale saber passar silenciosamente 
                   E sem desassosegos grandes. 

Sem amores, nem ódios, nem paixões que levantam a voz, 
Nem invejas que dão movimento demais aos olhos, 
Nem cuidados, porque se os tivesse o rio sempre correria, 
                   E sempre iria ter ao mar. 

Amemo-nos tranquilamente, pensando que podiamos, 
Se quiséssemos, trocar beijos e abraços e carícias, 
Mas que mais vale estarmos sentados ao pé um do outro 
                   Ouvindo correr o rio e vendo-o. 

Colhamos flores, pega tu nelas e deixa-as 
No colo, e que o seu perfume suavize o momento — 
Este momento em que sossegadamente não cremos em nada, 
                   Pagãos inocentes da decadência. 

Ao menos, se for sombra antes, lembrar-te-ás de mim depois 
Sem que a minha lembrança te arda ou te fira ou te mova, 
Porque nunca enlaçamos as mãos, nem nos beijamos 
                   Nem fomos mais do que crianças. 

E se antes do que eu levares o óbolo ao barqueiro sombrio, 
Eu nada terei que sofrer ao lembrar-me de ti. 
Ser-me-ás suave à memória lembrando-te assim — à beira-rio, 
                   Pagã triste e com flores no regaço. 


                         *****************

Ven a sentarte conmigo, Lidia, a la orilla del río.
Contemplemos con sosiego su curso, y aprendamos
que la vida pasa y no tenemos las manos enlazadas.
                          (Enlacemos las manos.)

Pensemos después, niños adultos, que la vida
pasa y no queda, nada deja y nunca regresa,
va hacia un mar muy lejano, junto al Hado,
               más lejos que los dioses.

Desenlacemos las manos, que no vale la pena de cansarnos.
Ora gocemos ora no gocemos, pasamos como el río.
Más vale pasar silenciosamente
    y sin desasosiegos grandes:

Sin amores, ni odios, ni pasiones que levanten la voz,
ni envidias que nos hagan mover demasiado los ojos,
ni cuidados, que aun teniéndolos el río fluiría siempre
         y siempre iría a la mar.

Amémonos tranquilamente pensando que podríamos, 
si quisiésemos, cambiar besos y abrazos y caricias,
mas más vale estar sentados el uno junto al otro
               oyendo correr el río y viéndolo.

Cojamos las flores, cógelas tú y déjalas
en tu regazo, y que su perfume suavice el momento
-momento en que sosegadamente no creemos en nada,
              paganos inocentes de la decadencia.

Al menos, si yo fuera sombra antes, me recordarás después
sin que mi recuerdo te queme o te hiera o te altere,
porque nunca enlazamos las manos, ni nunca nos besamos,
              ni fuimos más que niños.

Y si antes que yo llevares el óbolo al barquero sombrío,
yo nada tendré que sufrir cuando me acuerde de ti.
Serás suave en mi memoria recordándote así: junto al río,
             pagana triste y con flores en el regazo.

Traducción de José Antonio Llardent,
Ángel Crespo y Fernando Loygorri
 

Invitados

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 18/03/2019 a las 23:07 | {0} Comentarios


Poema escrito por Raúl Morales García



Resiste el páncreas
Lo han apuntalado
Así se apuntala una mina
O una casa que parpadea
Sostenido no como un corazón
Sino apretando su tejido
Algo como un petirrojo entre las manos
Entonces el amigo vive
En el palo que muerde
Por el dolor la morfina
Bajo el ciclo de la misma luna
Ha vuelto a su calle
Al ladrido de su perro
La felicidad de la vena
Los trabajos y los días
El amigo
En este azul a lo lejos
En el hilo claro de hoy


Si queréis leer más de Raúl Morales García (y por lo tanto saber más de él cosa que os recomiendo vivamente) podéis hacerlo en 
https://lucesenlaventana.wordpress.com


 

Invitados

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/01/2018 a las 00:58 | {0} Comentarios


Gothold Ephraim Lessing publica en 1779 su obra dramática Nathan el Sabio. En la escena VII del Acto 3º el Sultán Saladino le pregunta al judío Nathan cuál es la verdadera fe -si la judía, la cristiana o la musulmana- y Nathan le responde con esta maravillosa fábula.
Hoy las guerras de religión -denominadas ahora guerras de ideología- siguen campando a sus anchas por el mundo. ¡Lástima que no haya un Nathan mediático que nos cuente una y otra vez esta historia!


NATHAN.— Luengos años ha, vivía en Oriente un varón que poseía un anillo de valor incalculable, de mano amada recibido. Era la piedra un opal que reflejaba cien bellos colores y tenía la fuerza secreta de hacer bienquisto a los ojos de Dios y de los hombres a quien la llevara con esa confianza. ¿Quién se extrañará de que ese varón de Oriente no quisiera dejar de llevarla nunca en su dedo, y de que tomara la disposición de conservarla eternamente en su casa? Y del siguiente modo lo hizo. Dejó el anillo al predilecto de sus hijos, estableciendo que éste, a su vez, lo legara al que fuese su hijo predilecto, y que el predilecto, sin tomar en cuenta el nacimiento, se convirtiera siempre, sólo en virtud del anillo, en cabeza y príncipe de la casa. Entiéndeme, Sultán.
 
SALADINO.—Te entiendo. ¡Prosigue!
 
NATHAN.— Y así, de hijo en hijo, llegó finalmente el anillo a un padre que tenía tres hijos, los cuales le eran igualmente obedientes y en consecuencia no podía menos de quererlos igual a los tres. Lo que sucedía es que unas veces le parecía más digno del anillo el uno, otras el otro o bien el tercero según se encontraba a solas con él cada uno y no participaban los otros dos de los desahogos de su corazón; conque tuvo la piadosa debilidad de prometer el anillo a cada uno de ellos. Y así fueron yendo las cosas. Pero, claro, llegó la hora de la muerte, y el bueno del padre cae en perplejidad. Le duele ofender a dos de sus hijos, confiados en su palabra. ¿Qué hacer? Manda en secreto que encarguen a un artista fabricar otros dos anillos tomando como muestra el suyo, ordenando que no se repare ni en precio ni en esfuerzos para conseguirlos iguales, completamente iguales. Lo consigue el artista. Cuando le lleva los anillos, ni el padre mismo puede distinguir el original. Satisfecho y contento llama a sus hijos, aparte a cada uno; da su particular bendición a cada uno y su anillo y se muere. Estás oyendo, ¿no, Sultán?
 
SALADINO.— (Que, emocionado, se aparta de él.) ¡Oigo, oigo! Pero acaba pronto con tu fábula. ¿Queda mucho?
 
NATHAN.—Ya he acabado. Pues lo que sigue se entiende de suyo. Apenas muerto el padre, viene cada uno con su anillo y quiere ser el príncipe de la casa. Se investiga, se disputa, se demanda. Inútil; imposible demostrar cuál es el verdadero anillo; (Luego de una pausa en que espera la respuesta del SULTÁN.) casi tan indemostrable como nos resulta ser la fe verdadera.
 
SALADINO.—¿Cómo? ¿Esa sería la respuesta a la pregunta que hice?…
 
NATHAN.—Basta para disculparme el no atreverme a distinguir entre los anillos que hizo fabricar el padre con intención de que no se los distinguiera.
 
SALADINO.—¡Los anillos! ¡No juegues conmigo! Las religiones que te indiqué, bien que se las puede distinguir. ¡Hasta por el vestido, hasta por la comida y la bebida!
 
NATHAN.—Pero no precisamente por razón de sus respectivos fundamentos. Porque, ¿no se basan las tres en la historia? ¡Escrita, u oralmente transmitida, [es lo mismo]! Y la historia, ¿no hay que aceptarla acaso solamente por confianza y fe? ¿No? Bueno; pues ¿cuál es la confianza y la fe de que duda uno menos? ¿No es la de los suyos, no es la de aquéllos cuya sangre llevamos, la de aquéllos que desde nuestra infancia nos dieron pruebas de su amor y no nos engañaron nunca, más que cuando, para nosotros, resultaba saludable ser engañados? ¿Cómo es posible que crea yo a mis padres menos que tú a los tuyos? O al revés. ¿Puedo yo exigirte que desmientas las mentiras de tus antepasados para que no contradigan a las de los míos? O al revés. Lo mismo vale de los cristianos. ¿No?
 
SALADINO.—(¡Por el Sumo Viviente! Este hombre tiene razón. Callarme me toca.)
 
NATHAN.—Volvamos a nuestros anillos. Lo dicho: los hijos se querellaron y cada cual juró ante el juez haber recibido el anillo directamente de manos de su padre. ¡Cosa que era verdad! Y ello luego de haber recibido del mismo con anterioridad la promesa de gozar un día del privilegio del anillo. ¡Cosa que no era menos verdad! El padre, protestaba cada uno, no pudo haber sido falso con él; y, antes de recelar tal cosa del mismo, de padre tan querido, antes de eso, dice que no le queda más remedio que tachar de juego sucio a sus hermanos por más inclinado que esté a no creer de sus hermanos sino lo mejor y dice que quiere descubrir a los traidores y vengarse.
 
SALADINO.—Y ¿qué hizo el juez entonces? Me acucia el deseo de oír qué pones en la boca del juez. ¡Sigue!
 
NATHAN.—El juez dijo: Como no me traigáis aquí sin más dilación a vuestro padre, os expulso de mi tribunal. ¿Os habéis creído que estoy aquí para resolver acertijos? ¿O es que estáis aguardando hasta que el verdadero anillo diga esta boca es mía? Pero, ¡un momento! Me dicen que el anillo auténtico posee la fuerza maravillosa de hacer bienquisto: amado por Dios y por los hombres. ¡Sea esto lo que decida! Porque los anillos falsos no tendrán este poder en efecto. Veamos; ¿quién de vosotros es el más amado de los otros dos? Venga, ¡declaradlo! ¿Calláis? ¿Qué los anillos sólo actúan hacia atrás y no actúan hacia afuera? ¿Que cada uno de vosotros, a quien más ama es a sí mismo? ¡Oh; luego los tres sois estafadores estafados! Ninguno de los tres anillos es auténtico. Seguramente se perdió el auténtico, y el padre mandó hacer tres en vez de uno para ocultar la pérdida, para repararla.
 
SALADINO.—¡Soberbio, soberbio!
 
NATHAN.—Así pues, prosiguió el juez, si preferís mi sentencia a mi consejo, ¡marchaos! Mi consejo, empero, es éste: Tomad la cosa como os la encontráis. Cada cual recibió del padre su anillo, pues crea cada cual con seguridad que su anillo es el auténtico. Otra posibilidad cabe: ¡que no haya querido tolerar ya en adelante el padre en su propia casa, la tiranía del anillo único! Y una cosa es
segura: que os amaba a los tres, y os amaba igual, por cuanto no quiso postergar a los dos para favorecer a uno. ¡Pues bien! ¡Imite cada cual el ejemplo de su amor incorruptible libre de prejuicios! ¡Esfuércese a porfía cada uno de vosotros por manifestar la fuerza de la piedra de su anillo! ¡Venga en nuestra ayuda esa fuerza, con dulzura, con cordial tolerancia, con buen obrar, con la más íntima sumisión a Dios! Y cuando luego, en los hijos de vuestros hijos, se manifiesten hacia afuera las fuerzas de las piedras, para aquel entonces, dentro de miles de años, os cito de
nuevo ante este tribunal. Entonces se sentará en esta silla un hombre más sabio que yo, y hablará. ¡Marchaos! Esto es lo que dijo aquel juez modesto.
 
SALADINO.—¡Dios, Dios!
 
NATHAN.—Saladino, si te sientes ese hombre sabio prometido:…
 
SALADINO.— (Que se abalanza sobre él y le coge la mano que no soltará hasta el final.) ¿Yo, mero polvo? ¿Yo, pura nada? ¡Oh, Dios!
 
NATHAN.—¿Qué te pasa, Sultán?
 
SALADINO.—¡Nathan, querido Nathan! Los miles y miles de años de tu juez, no han pasado todavía. Su tribunal no es el mío. ¡Vete! ¡Vete! Pero sé amigo mío.
 

Invitados

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/09/2017 a las 11:12 | {0} Comentarios


Fragmento del relato de François Mauriac.
Thérése -una mujer que envenenó a su marido años atrás- va a visitar a un psiquiatra
Traducción de M. Bosch Barret (con ligeras variaciones).
Editado por Planeta en su colección Obras selectas de Premios Nobel 1988


Les Adieux. James Tissot (1871)
Les Adieux. James Tissot (1871)



- Hace usted mal en fiarse de nuestras palabras. ¡Qué capacidad de mentira desarrolla en nosotros el amor! Tome usted las cartas de Azevedo que me devolvió cuando rompimos (Azevedo es un amante que tuvo Thérése una vez que la familia intentó encubrir el envenenamiento de su marido. Thérése se fue a vivir a Paris y allí inició una vida extraña para una mujer de provincias). Pasé una noche entera delante de ese paquete. ¡Cuán ligero me parecía! Había creído necesitar una maleta para contener toda aquella correspondencia... y pensar que toda ella cabía en un sobre grande... Lo puse ante mí. Al pensar en la cantidad de sufrimiento que aquel sobre representaba (se va usted a burlar de mí), sentí un sensación tan extraña de respeto y temor a un mismo tiempo (estaba segura, le hace a usted reír)..., que no me atreví a leer ninguna. Al final me decidí a abrir la más terrible; me acordaba de aquel día de angustia en el que la había escrito en el Cap Ferrat, era agosto; un simple azar me libró del suicidio aquella noche... Pues bien: al cabo de tres años cuando estaba por fin totalmente curada, aquella carta temblaba de nuevo entre mis dedos... Y puede creerme, doctor: me pareció tan anodina que creí que me había equivocado... Pero no, no podía dudar de que eran realmente aquellas líneas las que escribiera tiempo atrás, casi al borde de la muerte. Entre mis esfuerzos por aparentar desenvoltura se delataba inequívocamente la preocupación por disimular mi horrible dolor, como hubiera disimulado una llaga de mi carne, por pudor, para no causar lástima, ni asquear al hombre amado... Son cómicas, ¿no cree usted, doctor?..., todas esas astucias que no salen nunca bien.... Yo había creído que esta indiferencia afectada daría celos a Azevedo... Todas las demás cartas estaban concebidas como ésta. Nada menos natural, menos espontáneo, que los ardides del amor. Pero no le enseño a usted nada nuevo, ése es su oficio... lo sabe usted mejor que nadie; cuando se ama nunca se deja de urdir combinaciones, cálculos, previsiones con tal insistente torpeza, que debería acabar por enternecer al que es objeto del amor, en lugar de irritarle, como ocurre siempre.

 

Invitados

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 20/06/2017 a las 13:18 | {2} Comentarios


Fragmento de la Introducción El lado oscuro de la vida cotidiana escrita por Connie Zweig y Jeremiah Abrams para el libro Encuentro con la sombra (varios autores).
Editado por Kairos.


Ruinas del Templo de Apolo en Delfos
Ruinas del Templo de Apolo en Delfos
Fragmento pág. 11

Conócete a ti mismo
En la antigüedad los seres humanos conocían las diversas dimensiones de la sombra: la personal, la colectiva, la familiar y la biológica. En los dinteles de piedra del hoy derruido templo de Apolo en Delfos -construido sobre una de las laderas del monte Parnaso- los sacerdotes grabaron dos inscripciones, dos preceptos, que han terminado siendo muy famosos y siguen conservando en la actualidad todo su sentido. En el primero de ellos, «Conócete a ti mismo», los sacerdotes del dios de la luz aconsejaban algo que nos incumbe muy directamente: conócelo todo sobre ti mismo, lo cual podría traducirse como conoce especialmente tu lado oscuro.
Nosotros somos herederos directos de la mentalidad griega pero preferimos ignorar a la sombra, ese elemento que perturba nuestra personalidad. La religión griega, que comprendía perfectamente este problema, reconocía y respetaba también el lado oscuro de la vida y celebraba anualmente -en la misma ladera de la montaña- las famosas bacanales, orgías en las que se honraba la presencia contundente y creativa de Dionisos, el dios de la naturaleza, entre los seres humanos. Hoy en día Dionisos perdura entre nosotros en forma degradada en la figura de Satán, el diablo, la personificación del mal, que ha dejado de ser un dios a quien debemos respeto y tributo para convertirse en una criatura con pezuñas desterrada al mundo de los ángeles caídos. Marie -Louise von Franz reconoce las relaciones existentes entre el diablo y nuestra sombra personal afirmando: «En la actualidad, el principio de individuación está ligado al elemento diabólico ya que éste representa una separación de lo divino en el seno de la totalidad de la naturaleza. De este modo, los elementos perturbadores - como los afectos, el impulso autónomo hacia el poder y cuestiones similares - constituyen factores diabólicos que perturban la unidad de nuestra personalidad».
 
 
Nada en exceso
La segunda inscripción cincelada en Delfos, «Nada en exceso», es, si cabe, todavía más pertinente a nuestro caso. Según E. R. Dodds, se trata de una máxima por la que sólo puede regirse quien conoce a fondo su lujuria, su orgullo, su rabia, su gula -todos sus vicios en definitiva - ya que sólo quien ha comprendido y aceptado sus propios límites puede decidir ordenar y humanizar sus acciones. Vivimos en una época de desmesura: demasiada gente, demasiados crímenes, demasiada explotación, demasiada polución y demasiadas armas nucleares. Todos reconocemos y censuramos estos abusos aunque al mismo tiempo nos sintamos incapaces de solucionarlos.
¿Pero qué es, en realidad, lo que podemos hacer con todo esto? La mayor parte de las personas destierran directamente las cualidades inaceptables e inmoderadas a la sombra inconsciente o las expresan en sus conductas más oscuras. De este modo, sin embargo, los excesos no desaparecen sino que terminan transformándose en síntomas tales como los sentimientos y las acciones profundamente negativas, los sufrimientos neuróticos, las enfermedades psicosomáticas, las depresiones y el abuso de drogas, por ejemplo.

Invitados

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 31/03/2017 a las 00:32 | {0} Comentarios


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