Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Mosquita muerta es el pseudónimo que utiliza Pablo Molviedro Ichaso -discípulo aventajado de Isaac Alexander- para lo que él ha titulado Crónicas del presente, una serie de artículos sobre el mundo de hoy (sea lo que sea hoy/mundo/presente/crónica)



No está en mí, Mosquita Muerta, la emoción -definámosla como pensamiento más sentimiento- de la ternura. Nací y fui menospreciado -literalmente: preciado en menos-. Ahora saben las estudiosas del alma de los niños que esa emoción de sentirse menos es veneno puro, veneno barato porque no se compra en las boticas sino que emana gratis del carácter y las circunstancias de los progenitores -como el mundo de las relaciones privadas ha cambiado un poco, ahora hay que poner otra palabra: cuidador-; si en el cuidador/progenitor anida el veneno gratis del menosprecio, ya se puede agarrar a la vida a quien le toque sufrirlo. La infancia es una cárcel de por vida. Somos presos de nuestra niñez desde que el siglo XVIII decidió dar carta de individualidad a cada individuo. La vida se vive desde emociones que entraron libres de barreras en los años en los que el pensamiento aún no forja actitudes. Ser niño es ser indefenso por eso hay viejos que siguen siendo niños porque se mantienen indefensos -esos viejos, por cierto, son los imprescindibles-. Yo conocí a un viejo de ésos. Se llamaba Antonio R. Espino. Yo era muy joven entonces y él me quería follar. Era maravilloso su deseo hacia mí, cómo en las tórridas tardes de un julio de mil novecientos setenta y ocho, en la esquina de las calles Lagasca con Lista, en el barrio más rico de la ciudad de Madrid, ese viejo pordiosero y ese joven hippie hojeaban sentados en un banco las historietas de Tom de Finlandia mientras sus ojos me devoraban la polla y la boca y exclamaba indefenso como un colibrí en el puerto de Hamburgo que daría la vida por lamerme el culo mientras me hacía una paja. Ese hombre que se teñía el bigote y los aladares del cabello con betún; ese hombre que había recorrido media Europa siendo sodomizado por todos los marineros que encontró; ese hombre que había acabado tirado en un banco, abandonado por todos y que sólo gracias a la fraternidad de una vieja meretriz argelina llamada Carmen, encontró un cobijo donde pasar un tiempo, ese hombre digo y todos los hombres como ese hombre, son imprescindibles porque en su piel y en su mirada llevan grabada a fuego la emoción de la ternura. Me contaba Antonio R. Espino terribles historias de su padre que debía de ser un cacique pacense de armas tomar y callaba cuando recordaba a su madre y se le llenaban los ojos de lágrimas y en su rostro se dibujaba una tierna devoción, como si callara ante la imagen de la virgen venerada, casi despedía olor de santidad, lejanos ecos de inciensos; ese hombre había aprendido el horror de su padre y la ternura de su madre. ¡Ay, pobres míos, los que no aprendisteis de vuestros carceleros la gracia de la ternura! ¡Andaréis cojos y desarmados por el mundo! Un día y otro día os preguntaréis si tenéis derecho a la risa, incluso si tenéis derecho a la vida y temblaréis cuando vosotros mismos -desdichados antitiernos- tengáis hijos porque siempre, hasta el final de vuestros días os preguntaréis si hicisteis mal, si fuisteis influencia nefasta para el alma de ese niño que es tu hijo y que bien sabes que nunca le podrás transmitir una de las emociones más esencialmente alegres.
Yo, Pablo Molviedro Ichaso, soy padre de una niña a la que devotamente pido perdón y ruego que cuando en su madurez me recuerde en una reunión de amigos en la que muchos hablarán de sus padres muertos, ella me otorgue un solo beneficio: la duda de si habría sido un buen hombre de no haber sido menospreciado. No escribo desde este rincón que tan generosamente me presta Loygorri para lamentarme de mí sino para avisar a los posibles lectores de que cuiden el alma de los niños, que los aprecien como si fueran duendecillos que habrán de crecer para que no llegue el día en el que como yo se lamenten de lo que nunca conocieron y por lo tanto fueron incapaces de transmitir. 

Firmado
Mosquita muerta
 

Invitados

Tags : Mosquita muerta Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 27/06/2019 a las 18:07 | {0} Comentarios


Fuente: Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico de J. Corominas y J. A. Pascual. T. V Ri-X. Editado por Gredos.


Tocayo
     Origen incierto: como la documentación más antigua procede de España, no es probable que derive del náhuatl tocaytl 'nombre' pero faltan investigaciones semánticas en textos antiguos que confirmen si procede de la frase ritual romana Ubi tu Cajus, ibi ego Caja que la esposa dirigía al novio al llegar a su casa la comitiva nupcial. 1ª doc.: Autoridades.
     Con la definición "lo mismo que colombroño"; la Academia en ediciones posteriores: "respecto de una persona, otra que tiene su mismo nombre" [..]
     Uno de los primeros en proponer la etimología mejicana fue Eufemiano Mendoza en su Catálogo de palabras mejicanas introducidas al castellano (1872), quien por lo demás vacila, como poco convencido, entre dos étimos distintos: "del verbo tocayotia, poner nombre; su acepción actual es de homónimo; quizá sea contracción de tonacayo, nuestra humanidad"; realmente A. de Molina (1571) registra como náhuatl "tonacayo: cuerpo humano, o nuestra carne", pero está claro que esta etimología no es posible. En cuanto al otro, lo ha repetido después muchos eruditos, entre ellos Alfredo Chavero , Robelo, Lenz (Dicc. quien dice que tocayo es usual en Santiago de Chile), Zauner (Litbl. XXXIII, 376), Jesús Amaya; pero no ha logrado convencer generalmente. Robelo cree que debe partirse de tocaytl 'nombre', 'fama y honra', Lenz indica más bien tocayo 'firmada escritura' y el verbo tocayotia 'nombrar a alguno, llamarle por su nombre'; en efecto, esas palabras y otras de la misma raíz que interesan menos, se encuentran ya en el dicc. náhuatl de A. Molina (1571) y nadie discute que sean formas genuinas en el idioma de los aztecas. Pero no se trata de esto, sino de probar que tocayo viene de una palabra nahua concreta. Ante todo hay que evitar tomar estas pequeñas cuestiones como asunto nacional, en lo cual parece caer Robelo ("dejemos, pues, a Bastús con tucayus en Roma, y quedémonos con tocayo en Méjico").
     El caso es que no hay en náhuatl un adjetivo que pudiera servir de apoyo a tocayo, ni se ve formas concretas de derivarlo del verbo tocayotia o del sustantivo tocaytl; es cierto que A. de Molina trae tocaye "persona que tiene nombre, o claro en fama y en honra, o encumbrado en dignidad", pero esto equivale evidentemente a 'renombrado', 'afamado' y de ahí no saldría tocayo. Hay que precaverse ante el peligro de las homonimias en etimología, sobre todo si no hay identidad semántica. Ante los hechos citados, no se puede descartar el que tocayo venga en una forma u otra de algún miembro de esta familia léxica azteca, pero hace demostrarlo mejor, y habría que empezar por dar pruebas de que el vocablo se empleó primero en Méjico que en España y en América del Sur, o al menos presentar indicios claros en el mismo sentido, a base de la mayor popularidad del término en Méjico, de una fecundidad en derivados que no tenga en España, o de más amplio desarrollo semántico. Por la documentación que he podido encontrar más bien parece ser un término humorístico y callejero nacido en España; tocayu y tocaya eran ya usuales en bable en el año 1804 como se ve por la correspondencia entre Jovellanos y Pedro Manuel de Valdés LLanos (Julio SomozaCosiquines de la Mio Quintana, Oviedo 1884), fecha temprana que hace dudar también un origen mejicano.
     Y así volvemos naturalmente a la idea que propuso y reprodujo honesta y útilmente el propio Robelo en su libro: "¿por qué estos nombres no pudieron haberse formado de la fórmula que se pronunciaba en la celebración del matrimonio más solemne, o por confarreación, de los romanos? Cuando la comitiva nupcial llegaba a la puerta de la casa del marido, éste saliendo al encuentro preguntaba a la que iba a ser su esposa, quién era ella y ésta respondía con la frase sacramental Ubi tu Cajus, ibi ego Caja: en donde tú serás llamado Cayo, a mí me llamarán Caya, esto es, donde tú mandarás mandaré yo, o bien tú y yo seremos iguales en la casa". En apoyo de esta idea observo que los ejs. más antiguos de tocayo y tocaya, y añado que el ambiente del teatro madrileño era propicio para toda clase de retruécanos, sin excluir lo alusivos a la educación clásica: recuérdese el probable origen de tertuliano y TERTULIA, voces teatrales también y fundadas en una especie de chiste clásico. Puede conjeturarse que al principio se llamaran recíprocamente y en tono humorístico tucayo y tucaya los estudiantes y sus novias o amoríos, y que el pueblo, que no entiende de Derecho Romano, interpretara esta identidad de vocablos como alusiva a una identidad de nombres; o bien se puede partir del apellido común a marido y mujer. Los personajes de Ramón de la Cruz son, precisamente, una pareja de enamorados. Todo esto, claro está, deberá probarse mejor, estudiando los textos populares de los SS. XVIII y XVII. Señalo el caso a la fina e inmensa erudición de don Alfonso Reyes, mejicana y clásica a un mismo tiempo, así en lo latino como en lo hispánico.

Invitados

Tags : Palabras Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 10/06/2019 a las 18:45 | {0} Comentarios


Esta poesía está incluida en el libro "Odas" de Ricardo Reis, uno de los heterónimos de Fernando Pessoa.
Se lo dedico a L. que anda con desasosiego en estos días (si el bueno de Reis -o su creador Pessoa- me permite desde allá dedicárselo a una dama de hoy con emociones de siempre).


Q Train de Nigel van Wieck 2014
Q Train de Nigel van Wieck 2014


Vem sentar-te comigo, Lídia, à beira do rio. 
Sossegadamente fitemos o seu curso e aprendamos 
Que a vida passa, e não estamos de mãos enlaçadas. 
                   (Enlacemos as mãos.) 

Depois pensemos, crianças adultas, que a vida 
Passa e não fica, nada deixa e nunca regressa, 
Vai para um mar muito longe, para ao pé do Fado, 
                   Mais longe que os deuses. 

Desenlacemos as mãos, porque não vale a pena cansarmo-nos. 
Quer gozemos, quer não gozemos, passamos como o rio. 
Mais vale saber passar silenciosamente 
                   E sem desassosegos grandes. 

Sem amores, nem ódios, nem paixões que levantam a voz, 
Nem invejas que dão movimento demais aos olhos, 
Nem cuidados, porque se os tivesse o rio sempre correria, 
                   E sempre iria ter ao mar. 

Amemo-nos tranquilamente, pensando que podiamos, 
Se quiséssemos, trocar beijos e abraços e carícias, 
Mas que mais vale estarmos sentados ao pé um do outro 
                   Ouvindo correr o rio e vendo-o. 

Colhamos flores, pega tu nelas e deixa-as 
No colo, e que o seu perfume suavize o momento — 
Este momento em que sossegadamente não cremos em nada, 
                   Pagãos inocentes da decadência. 

Ao menos, se for sombra antes, lembrar-te-ás de mim depois 
Sem que a minha lembrança te arda ou te fira ou te mova, 
Porque nunca enlaçamos as mãos, nem nos beijamos 
                   Nem fomos mais do que crianças. 

E se antes do que eu levares o óbolo ao barqueiro sombrio, 
Eu nada terei que sofrer ao lembrar-me de ti. 
Ser-me-ás suave à memória lembrando-te assim — à beira-rio, 
                   Pagã triste e com flores no regaço. 


                         *****************

Ven a sentarte conmigo, Lidia, a la orilla del río.
Contemplemos con sosiego su curso, y aprendamos
que la vida pasa y no tenemos las manos enlazadas.
                          (Enlacemos las manos.)

Pensemos después, niños adultos, que la vida
pasa y no queda, nada deja y nunca regresa,
va hacia un mar muy lejano, junto al Hado,
               más lejos que los dioses.

Desenlacemos las manos, que no vale la pena de cansarnos.
Ora gocemos ora no gocemos, pasamos como el río.
Más vale pasar silenciosamente
    y sin desasosiegos grandes:

Sin amores, ni odios, ni pasiones que levanten la voz,
ni envidias que nos hagan mover demasiado los ojos,
ni cuidados, que aun teniéndolos el río fluiría siempre
         y siempre iría a la mar.

Amémonos tranquilamente pensando que podríamos, 
si quisiésemos, cambiar besos y abrazos y caricias,
mas más vale estar sentados el uno junto al otro
               oyendo correr el río y viéndolo.

Cojamos las flores, cógelas tú y déjalas
en tu regazo, y que su perfume suavice el momento
-momento en que sosegadamente no creemos en nada,
              paganos inocentes de la decadencia.

Al menos, si yo fuera sombra antes, me recordarás después
sin que mi recuerdo te queme o te hiera o te altere,
porque nunca enlazamos las manos, ni nunca nos besamos,
              ni fuimos más que niños.

Y si antes que yo llevares el óbolo al barquero sombrío,
yo nada tendré que sufrir cuando me acuerde de ti.
Serás suave en mi memoria recordándote así: junto al río,
             pagana triste y con flores en el regazo.

Traducción de José Antonio Llardent,
Ángel Crespo y Fernando Loygorri
 

Invitados

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 18/03/2019 a las 23:07 | {0} Comentarios


Poema escrito por Raúl Morales García



Resiste el páncreas
Lo han apuntalado
Así se apuntala una mina
O una casa que parpadea
Sostenido no como un corazón
Sino apretando su tejido
Algo como un petirrojo entre las manos
Entonces el amigo vive
En el palo que muerde
Por el dolor la morfina
Bajo el ciclo de la misma luna
Ha vuelto a su calle
Al ladrido de su perro
La felicidad de la vena
Los trabajos y los días
El amigo
En este azul a lo lejos
En el hilo claro de hoy


Si queréis leer más de Raúl Morales García (y por lo tanto saber más de él cosa que os recomiendo vivamente) podéis hacerlo en 
https://lucesenlaventana.wordpress.com


 

Invitados

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/01/2018 a las 00:58 | {0} Comentarios


Gothold Ephraim Lessing publica en 1779 su obra dramática Nathan el Sabio. En la escena VII del Acto 3º el Sultán Saladino le pregunta al judío Nathan cuál es la verdadera fe -si la judía, la cristiana o la musulmana- y Nathan le responde con esta maravillosa fábula.
Hoy las guerras de religión -denominadas ahora guerras de ideología- siguen campando a sus anchas por el mundo. ¡Lástima que no haya un Nathan mediático que nos cuente una y otra vez esta historia!


NATHAN.— Luengos años ha, vivía en Oriente un varón que poseía un anillo de valor incalculable, de mano amada recibido. Era la piedra un opal que reflejaba cien bellos colores y tenía la fuerza secreta de hacer bienquisto a los ojos de Dios y de los hombres a quien la llevara con esa confianza. ¿Quién se extrañará de que ese varón de Oriente no quisiera dejar de llevarla nunca en su dedo, y de que tomara la disposición de conservarla eternamente en su casa? Y del siguiente modo lo hizo. Dejó el anillo al predilecto de sus hijos, estableciendo que éste, a su vez, lo legara al que fuese su hijo predilecto, y que el predilecto, sin tomar en cuenta el nacimiento, se convirtiera siempre, sólo en virtud del anillo, en cabeza y príncipe de la casa. Entiéndeme, Sultán.
 
SALADINO.—Te entiendo. ¡Prosigue!
 
NATHAN.— Y así, de hijo en hijo, llegó finalmente el anillo a un padre que tenía tres hijos, los cuales le eran igualmente obedientes y en consecuencia no podía menos de quererlos igual a los tres. Lo que sucedía es que unas veces le parecía más digno del anillo el uno, otras el otro o bien el tercero según se encontraba a solas con él cada uno y no participaban los otros dos de los desahogos de su corazón; conque tuvo la piadosa debilidad de prometer el anillo a cada uno de ellos. Y así fueron yendo las cosas. Pero, claro, llegó la hora de la muerte, y el bueno del padre cae en perplejidad. Le duele ofender a dos de sus hijos, confiados en su palabra. ¿Qué hacer? Manda en secreto que encarguen a un artista fabricar otros dos anillos tomando como muestra el suyo, ordenando que no se repare ni en precio ni en esfuerzos para conseguirlos iguales, completamente iguales. Lo consigue el artista. Cuando le lleva los anillos, ni el padre mismo puede distinguir el original. Satisfecho y contento llama a sus hijos, aparte a cada uno; da su particular bendición a cada uno y su anillo y se muere. Estás oyendo, ¿no, Sultán?
 
SALADINO.— (Que, emocionado, se aparta de él.) ¡Oigo, oigo! Pero acaba pronto con tu fábula. ¿Queda mucho?
 
NATHAN.—Ya he acabado. Pues lo que sigue se entiende de suyo. Apenas muerto el padre, viene cada uno con su anillo y quiere ser el príncipe de la casa. Se investiga, se disputa, se demanda. Inútil; imposible demostrar cuál es el verdadero anillo; (Luego de una pausa en que espera la respuesta del SULTÁN.) casi tan indemostrable como nos resulta ser la fe verdadera.
 
SALADINO.—¿Cómo? ¿Esa sería la respuesta a la pregunta que hice?…
 
NATHAN.—Basta para disculparme el no atreverme a distinguir entre los anillos que hizo fabricar el padre con intención de que no se los distinguiera.
 
SALADINO.—¡Los anillos! ¡No juegues conmigo! Las religiones que te indiqué, bien que se las puede distinguir. ¡Hasta por el vestido, hasta por la comida y la bebida!
 
NATHAN.—Pero no precisamente por razón de sus respectivos fundamentos. Porque, ¿no se basan las tres en la historia? ¡Escrita, u oralmente transmitida, [es lo mismo]! Y la historia, ¿no hay que aceptarla acaso solamente por confianza y fe? ¿No? Bueno; pues ¿cuál es la confianza y la fe de que duda uno menos? ¿No es la de los suyos, no es la de aquéllos cuya sangre llevamos, la de aquéllos que desde nuestra infancia nos dieron pruebas de su amor y no nos engañaron nunca, más que cuando, para nosotros, resultaba saludable ser engañados? ¿Cómo es posible que crea yo a mis padres menos que tú a los tuyos? O al revés. ¿Puedo yo exigirte que desmientas las mentiras de tus antepasados para que no contradigan a las de los míos? O al revés. Lo mismo vale de los cristianos. ¿No?
 
SALADINO.—(¡Por el Sumo Viviente! Este hombre tiene razón. Callarme me toca.)
 
NATHAN.—Volvamos a nuestros anillos. Lo dicho: los hijos se querellaron y cada cual juró ante el juez haber recibido el anillo directamente de manos de su padre. ¡Cosa que era verdad! Y ello luego de haber recibido del mismo con anterioridad la promesa de gozar un día del privilegio del anillo. ¡Cosa que no era menos verdad! El padre, protestaba cada uno, no pudo haber sido falso con él; y, antes de recelar tal cosa del mismo, de padre tan querido, antes de eso, dice que no le queda más remedio que tachar de juego sucio a sus hermanos por más inclinado que esté a no creer de sus hermanos sino lo mejor y dice que quiere descubrir a los traidores y vengarse.
 
SALADINO.—Y ¿qué hizo el juez entonces? Me acucia el deseo de oír qué pones en la boca del juez. ¡Sigue!
 
NATHAN.—El juez dijo: Como no me traigáis aquí sin más dilación a vuestro padre, os expulso de mi tribunal. ¿Os habéis creído que estoy aquí para resolver acertijos? ¿O es que estáis aguardando hasta que el verdadero anillo diga esta boca es mía? Pero, ¡un momento! Me dicen que el anillo auténtico posee la fuerza maravillosa de hacer bienquisto: amado por Dios y por los hombres. ¡Sea esto lo que decida! Porque los anillos falsos no tendrán este poder en efecto. Veamos; ¿quién de vosotros es el más amado de los otros dos? Venga, ¡declaradlo! ¿Calláis? ¿Qué los anillos sólo actúan hacia atrás y no actúan hacia afuera? ¿Que cada uno de vosotros, a quien más ama es a sí mismo? ¡Oh; luego los tres sois estafadores estafados! Ninguno de los tres anillos es auténtico. Seguramente se perdió el auténtico, y el padre mandó hacer tres en vez de uno para ocultar la pérdida, para repararla.
 
SALADINO.—¡Soberbio, soberbio!
 
NATHAN.—Así pues, prosiguió el juez, si preferís mi sentencia a mi consejo, ¡marchaos! Mi consejo, empero, es éste: Tomad la cosa como os la encontráis. Cada cual recibió del padre su anillo, pues crea cada cual con seguridad que su anillo es el auténtico. Otra posibilidad cabe: ¡que no haya querido tolerar ya en adelante el padre en su propia casa, la tiranía del anillo único! Y una cosa es
segura: que os amaba a los tres, y os amaba igual, por cuanto no quiso postergar a los dos para favorecer a uno. ¡Pues bien! ¡Imite cada cual el ejemplo de su amor incorruptible libre de prejuicios! ¡Esfuércese a porfía cada uno de vosotros por manifestar la fuerza de la piedra de su anillo! ¡Venga en nuestra ayuda esa fuerza, con dulzura, con cordial tolerancia, con buen obrar, con la más íntima sumisión a Dios! Y cuando luego, en los hijos de vuestros hijos, se manifiesten hacia afuera las fuerzas de las piedras, para aquel entonces, dentro de miles de años, os cito de
nuevo ante este tribunal. Entonces se sentará en esta silla un hombre más sabio que yo, y hablará. ¡Marchaos! Esto es lo que dijo aquel juez modesto.
 
SALADINO.—¡Dios, Dios!
 
NATHAN.—Saladino, si te sientes ese hombre sabio prometido:…
 
SALADINO.— (Que se abalanza sobre él y le coge la mano que no soltará hasta el final.) ¿Yo, mero polvo? ¿Yo, pura nada? ¡Oh, Dios!
 
NATHAN.—¿Qué te pasa, Sultán?
 
SALADINO.—¡Nathan, querido Nathan! Los miles y miles de años de tu juez, no han pasado todavía. Su tribunal no es el mío. ¡Vete! ¡Vete! Pero sé amigo mío.
 

Invitados

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/09/2017 a las 11:12 | {0} Comentarios


1 2 3 4 5 » ... 30






Búsqueda

RSS ATOM RSS comment PODCAST Mobile