Me acaricia el viento, mano invisible que al ser brisa es mano femenina. Al subir la noche. La voz de una mujer gritona por fin se ha callado. Entonces la brisa, mano femenina, acaricia más. Acaricia mis piernas, desde los pies -uno, el izquierdo, pie obrero; el derecho, aristócrata decadente- va subiendo por las pantorrillas -la izquierda se esfuerza en ser columna; la derecha es fuste plano, sin relieve alguno- y llega hasta los muslos -el izquierdo torpe en su forma; el derecho delicadamente masculino- y refresca las ideas de esta noche, cercana ya la cama. La cama sola. Cerraré las ventanas. Bajaré las persianas. Nada entonces será metáfora de caricia. Quizá, en algún movimiento mío, la sábana. Pero estaré dormido.
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Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 16/06/2012 a las 23:37 |