Inventario

Página de Fernando Loygorri
Hasta que la tormenta llegue a cubrirnos los ojos
y entonces las llagas se mojen y todo quede resuelto en una memoria de pez
¡He vuelto! ¡Estoy aquí algo Sterne y algo Alfarache!
Porque he llegado a amar las luces de la tarde como se aman los libros
y tu pelo, ¡Oh, Liana! ha sido siempre para mí olor de la vida que explota sobre la almohada

Nada tiene que ver que sea la madrugada y esté a punto de tomarme un café
ni que escuche The Clash en su grande, grandísimo London Calling
Las musas aparecen cuando quieren y escriben de lo que les sale de su divinal coño
y a mí me tienen de amanuense, utilizando mi mente y mis manos para refolcigarse del  mundo de los mortales y sus morales
Porque camino a tientas por la obra de un autor romántico
o me congratulo de que Borges quisiera enseñarnos literatura (o mejor autores)

Hay en la noche, en la luz eléctrica que se proyecta sobre la madera del viejo escritorio de monja en el que escribo
-siempre he creído que este escritorio que me regaló una antigua amiga de la almoneda de una amiga suya, perteneció a un convento donde una monja ciertamente alta y delgada -sorbida a sí misma- escribía cristología en los insomnios de su vida (que luego escondía en el altillo de su celda con la secreta intención de que una vez muerta se descubrieran y dieran lugar a una segunda Hildegarda pero castellana, castellana vieja, de Carrión de los Condes por ejemplo)- una sonoridad que no se puede dar por la mañana (porque la luz suena en la madera de los escritorios viejos sólo en las madrugadas).

Así acierto una vez más. Porque nada importa por más que muchos días, muchos días, sienta que me falta la guinda del pastel. Aunque te he de reconocer, querido lector, que nunca me gustaron las guindas.

Ensayo

Tags : Atrofias Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 26/05/2018 a las 01:33 | {0} Comentarios








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