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Evolución de la creencia en una manada correcta (Herrera y Gerena)
Evolución de la creencia en una manada correcta (Herrera y Gerena)
(Ya no es tan sólo una relación entre las creencias antiguas y las modernas, lo que el hombre puede pensar en el contexto en el que vive y lo que no puede pensar o como escribió Wittgenstein: Es posible todo lo que se puede decir. De donde se deduciría -aunque seguro que un sofista podría argumentar perfectamente en contrario- que es imposible lo que no se puede decir. Ya no es tan sólo decía una cuestión de oposiciones o de desmentidos históricos como si a la historia de los hombres se le pudiera aplicar la segunda ley de la termodinámica, así sin más; es una búsqueda de desterrar de la creencia el peligro de los idealismos. Aceptemos lo que somos, vendría a decir, aceptemos nuestra antigüedad, aceptemos que la razón individual como motor del mundo es una utopía (es decir es algo fuera de lugar) y que la lucha endémica y contingente del ser humano es consigo mismo como individuo y especie al mismo tiempo -¡qué hubiera sido si, como escribió Jorge Luis Borges, un león se hubiera dado cuenta de que era el león y se hubiera tomado la molestia de ponerse un nombre propio!- El infierno del ser humano es su conciencia de ser. Sólo desde la conciencia de ser uno y ninguno más nos podemos doler de las muertes injustas, podemos criticar las guerras, podemos dividir las disputas entre buenos y malos y sentir más injusta la muerte del que aún es niño que la muerte de aquel que estaba en la batalla. Sólo desde esa consciencia moral porque la moral, a la postre, es un acto individual, podemos dolernos y pedir responsabilidades a otros hombres con nombres propios.
Todo creencia idealista que busca la supremacía, toda creencia con santos, toda creencia que mide y pesa, es una creencia maldita en sí misma porque es una creencia de especie, hecha para crear grupo, masa y esto que también somos es quien alienta, persigue y perpetra la guerra, la injusticia, porque lucha por imponerse, porque lucha para perpetuarse. Esta creencia convierte a la masa en sujeto indiviso (recomiendo el ensayo de Rafael Sánchez Ferlosio God & Gun, editorial Destino) ante la ley y esa masa es inocente como creyente.
La creencia sin idealismo está vacía de su carga de muerte y destrucción. La creencia que no ensalza lo creído, que no tiene santos, ni líderes, ni profetas, ni promesas, ni medidas. La creencia vacía en sí misma de toda acción superior es vital y promueve la paz. La creencia que cree en sí es inocua.)

Ensayo

Tags : Sobre las creencias Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 18/01/2009 a las 17:11 | {0} Comentarios



Palpar la luz, mirar y no atreverse
a ampararla en el cuenco de la mano;
dejarla entonces encima de un piano
y verla huir, palpitar, desvanecerse.

Poesía

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 17/01/2009 a las 18:51 | {1} Comentarios


Nuca y triángulo
Nuca y triángulo
Se queda ahí
se detiene
acosa si se quiere
los pulmones
Es más arriba
no llega a doler
se detiene
a la espera
de una espita
y ejerce la presión de los fluidos presos en un medio ínfimo
Dicen
(¿quiénes?
¿qué voces?
¿son amigas?
¿son monstruos?
¿se deslizan?)
exhala
medita
sobrepasa
¿Cómo?
¿Bajo qué promesa?
¿en qué dirección?
hasta el ladrido del perro
hasta las nubes
hasta la hoja que no cae
¿cómo abrir?
¿cómo dejar pasar?
uno mismo siendo tantos
¿quién de mí está en mí hoy?
si no lo conozco
si no me deja
si pudiera llamarlo
si lo dejara pasar
hasta el vientre
o antes a los alvéolos
¡sólo hasta los alvéolos!

Poesía

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 15/01/2009 a las 17:13 | {1} Comentarios


Mi padre (el de más edad, claro) y yo
Mi padre (el de más edad, claro) y yo
Una de las cualidades más imprecisas en su palabra o más polisémica en cuanto concepto es -a mi entender- la elegancia. El diccionario de la Real Academia define elegante como: 1) dotado de gracia, nobleza y sencillez 2) Airoso, bien proporcionado 3) Que tiene buen gusto y distinción para vestir 4) Dicho de una cosa o lugar: que revela distinción, refinamiento y buen gusto. María Moliner, apoyando mi tesis expuesta justo al empezar, escribe en su Diccionario de Uso del Español, tras dar unas cuantas definiciones de elegante en relación con el vestir: ("Ser") Se aplica a muy distintas cosas, materiales o espirituales, implicando alta valoración en la escala de valores morales o estéticos; con participación de todas o algunas de estas cualidades: distinción, sencillez, mesura o sobriedad, corrección, gracia, armonía y serenidad; y ausencia de *vulgaridad, mezquindad, exceso o exageración. Voy a ver, por si nos depara alguna sorpresa que aclare ese "se aplica a muy distintas cosas" de que habla María Moliner, qué nos cuenta el Diccionario de Autoridades. Lo he mirado y no nos depara ninguna aclaración superpuesta a las ya expuestas.
Mi padre era un hombre elegante. No siempre era un hombre elegante, a veces era violento y vulgar, pero su corazón y su bonhomía (cuando los avatares de la vida no le llevaban por caminos llenos de alcohol y tragedia, algo que, he de reconocer, le destrozó la vida y las vidas que le rodeaban aunque luego luchara, aunque luego fuera, en los breves momentos de calma, un hombre bueno) le inclinaban a la elegancia.
La elegancia tiene para mí -no viene asociado en las definiciones del diccionario que he encontrado- un relación directa con la percepción de la dignidad. Un persona elegante respetará siempre la dignidad en la acciones de los demás (y por supuesto en sí mismo) y se indignará ante la vulgaridad en el pensamiento o las acciones de los otros (y por supuesto de sí mismo).
Quiero poner un ejemplo y para ello necesito explicar algo de mi genealogía. Yo provengo de una familia aristocrática por parte de padre. Pero ya en la generación de mi padre y en su rama del árbol este aristocratismo (dinero, influencia, títulos nobiliarios, tierras, honores, poder, etc...) se había visto muy menguado. Yo sólo he vivido la "gloria" de mi familia de oídas. Mi padre Antonio García-Loygorri de los Ríos era un liberal y quería que yo fuera abogado o notario, en fin esas cosas pero a mí me dio por ser escritor (o por mejor decir a la escritura le dio porque yo me alistara en sus filas) y como suele ocurrir ser artista es casi imposible (cosa que entiendo: llegar a vivir sin trabajar está al alcance de muy pocos. El artista no trabaja, crea. Otra cosa -si es que es necesario explicitarlo- es lo que cuesta crear y todas esas baratijas morales que emparentarían la creación del artista con el concepto de trabajo) y así, al principio de mi carrera hube de hacer trabajos para poder ser escritor y pagarme mi techo y mi sustento. Uno de los trabajos que hice fue vender cupones de lotería de minusválidos en la puerta del mercado de Vallehermoso de Madrid (lo curioso del asunto es que los fines de semana en la radio de la Comunidad , Onda Madrid, dirigía, escribía y presentaba un programa creado por mí). Un aristócrata sin elegancia (lo son casi todos) se habría avergonzado del trabajo que su hijo hacía a la puerta de un mercado y más si oía cómo el verdulero le decía, ¡Eh, tú, cojo de los cojones, dame un cupón y a ver si me das suerte de una puta vez! (este verdulero era un hombre encantador y bruto. Nunca dejó de comprarme un cupón. Y lo siento pero nunca le dí un premio. Se lo merecía), sin embargo mi padre apareció un día impecablemente vestido, con su americana, su corbata, sus pantalones planchados y perfectos, sus zapatos relucientes, sus manos cuidadas, su alcurnia en todo lo alto, se sentó junto a mí en la puerta del mercado de Vallehermoso y me invitó a un café. Y se fue orgulloso de mí, con una sonrisa en los labios.
Para mí este es un ejemplo de elegancia que entronca directamente con un concepto de dignidad.

Ensayo

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 14/01/2009 a las 13:37 | {0} Comentarios


Siempre me pierdo en San Lorenzo del Escorial. Elena dice que debe de ser por el radón que es, imagino, un mineral desorientador que alberga el granito. Y San Lorenzo del Escorial está rodeado de granito y además tiene el Monasterio, un lugar misterioso en sí mismo y en sus proporciones. Juan de Herrera quiso hacerlo según las proporciones del Templo de Salomón, el destruido y que -si no me equivoco- fue el profeta Ezequiel quien -en el Antiguo Testamento- dio sus medidas en codos. Lo que ocurre es que la medida judía de los codos no estaba muy clara en el siglo XVI español ni en la actualidad. Está claro que un codo debe de ser la medida que media (valga la cuasi redundancia) entre el codo y la punta del dedo corazón o quizá sea -y por lo tanto no está tan claro al menos para mí que escribo de memoria o mejor dicho por deducción- desde el codo hasta el inicio de la mano o el final de la muñeca. Sea lo que fuere el monasterio de San Lorenzo del Escorial tiene un algo de perverso que nunca he dejado de sentir.
Hoy he ido a San Lorenzo del Escorial y, claro, me he perdido y al mismo tiempo he encontrado a un amigo.
En este invierno, un martes por la tarde, en un pueblo turístico sin turistas, con los restos de un belén gigante ya sin figuras. Tras conversar en La Crochet nos hemos despedido. Las calles estaban vacías. De camino a Galapagar la carretera estaba iluminada por la luna a la que, aunque menguaba, aún le quedaba tamaño para iluminar las aguas del pantano y las copas de los árboles.

Diario

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 14/01/2009 a las 01:16 | {1} Comentarios


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