Inventario

Página de Fernando Loygorri

18 de enero de 2002



Ya no me importa decir te quiero
Ya no me importa desear tu boca
Ya no me importa la sal del mar
Ya no me importa la canción
Ya no me importa.

No se cansa la memoria
en su trayecto hacia el olvido.
Por eso
la aurora.

No se cansa la ilusión
de estar contigo.
Por eso
divaga la mañana en una luz de leche y miel.

Ya no me importa estar desnudo ante ti
Ya no me importa mirar a la vecina
Ya no me importa la lluvia en tu pelo
Ya no me importa la torcedura de tu dedo
Ya no me importa.

No se cansa
tu tacto sobre mi piel.
Por eso
corto el aire y se divide en tus senos.

No se cansa
tu calor en mis pies.
Por eso
la cama es tan inabarcable.

Ya no me importa saberme equivocado
Ya no me importa no conocerte nunca
Ya no me importa no estar cansado de ti
Ya no me importa el fin
Ya no me importa.

Poesía

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 10/03/2009 a las 18:29 | {0} Comentarios


23 de Octubre de 2000



Un día mi padre sufrió lo indecible. Fue un domingo, un treinta de enero. Sufría tanto. Una escara le había dejado al aire la cabeza del fémur. Estaba solo con él. En la casa familiar. Y no pude mantenerme sereno. Era tal la angustia que me provocaba que me iba al cuarto del fondo a llorar. Aquella tarde llamé a César y a Andrés. Me aliviaba hablar con ellos. Tres días más tarde mi padre moría. Recuerdo [también] aquella tarde de miércoles. Yo estaba en mi estudio de la calle Infantas. Llamé a casa para preguntar qué tal estaba y mi madre me dijo que había preguntado por mí. La muerte [llamó] suavemente. [Acarició] el hombro y [guiñó] un ojo. Era una noche fría de febrero. Al llegar a casa se encontraban mi prima Beatriz, su marido Santiago, la tía Micki [hermana de mi padre] y mi madre. Mi padre agonizaba y sufría. Les propuse que le sedáramos hasta que muriera. Que muriera sin [dolor]. Pero su religión, su moral les impidieron aceptar esa proposición. [Acoto que en aquel tiempo llevaba años sin ir a casa de mis padres a no ser para cuidarle un domingo de cada cuatro] Fui a ver a mi padre en varias ocasiones. Estaba tumbado del lado opuesto a la escara y lentamente, yo creo que por sentir un movimiento de vida, levantaba el brazo, rozaba mi mano y la volvía a bajar. Así una y otra vez. Se fueron las visitas y llegó mi hermano Antonio al que la muerte también había llamado. Y llamó a mi hermana Lourdes la cual también recibió el mandato. Sólo la muerte no buscó a mi otro hermano, Alfonso. Mi padre debía de dormir. Estaba nervioso. Cada cierto tiempo íbamos Antonio o yo para ver cómo se encontraba. Mi padre no podía dormir. En mi último turno le dije que debía intentarlo, que le iba a apagar la luz y que si no se dormía entonces volvería y me quedaría con él. Había algo de desidia, de no querer estar con él en mi propuesta. Creo que algo de eso también hubo. Antonio fue el primero en ir a verlo en la oscuridad. Luego fue mi madre. Luego fui yo. El pasillo estaba en penumbra. El comedor ya era negro. Su habitación la honda negrura del fondo. No escuché su respirar. Y supe que estaba muerto. Que se había ido. Vino el niño a mí y mi primera reacción fue volver a la sala y decirles a mi madre y a mi hermano que papá había muerto. Llegué hasta casi la penumbra del pasillo y entonces supe que mi padre lo había querido así. Quería que yo fuera el último ser al que él viera y que yo fuera el primero que le viera en su no-ser. Y cumplí su deseo. Entré en la oscuridad. Encendí la luz y allí no-estaba él. Se había muerto. Su cuerpo era la muerte. No recuerdo muy bien lo que hice. Creo que no le acaricié. No. Sentí respeto. La carga sagrada ante el cuerpo yerto. Creo que sí le hablé, quizá le dije: “Ya descansas, padre. Por fin ya descansas”.

Diario

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 09/03/2009 a las 17:34 | {0} Comentarios


Historia de Ayurveda
Historia de Ayurveda
Un paquete verde. Poca cosa. Unas voces. Y los latidos. Palabras en gallego. Una vieja historia y nueva como todas. Un maestro de bardos, allá por el siglo IX en Gales les decía a sus alumnos: Cojan un tema conocido e invéntenlo bien.

Un paseo esta mañana. El aire limpio tras el mucho viento. Y la vuelta al juego del ajedrez tras una larga temporada de ausencia. No todo se ha olvidado. Algo importante va a pasar.

Un familiar enfermo de cáncer y un libro titulado Los Secretos Eternos de la Salud con el subtítulo Medicina de vanguardia para el siglo XXI escrito por Andreas Moritz y editado por Obelisco que trata la enfermedad desde un punto de vista ayurvédico y holístico y asegura, entre otras cosas, que el cáncer no es una enfermedad. Interesante el libro, espero, sólo que tiene gracia que en la primera página haya un epígrafe titulado Razones Legales en el que advierte que ni autor ni editor se hacen responsables si los lectores deciden hacerles caso y la cosa sale mal (resumo, no dice exactamente eso). En fin, imagino que será necesario escribir eso dado que el libro es norteamericano y parece ser que allí los pleitos por cualquier cosa están a la orden del día. Ya cae la tarde y como todas un perro ladra. Sólo ladra un rato, no más de diez minutos, desde hace años.

Diario

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 07/03/2009 a las 18:34 | {0} Comentarios



No estoy para nadie.
Dadme un poco más.
Quisiera dormir.
Me estoy muriendo.
Quiero agua.
Quiero sentirme fresco.
No tengo sed.
No tengo fuerzas.
Hay que construir.
Hay que resistir.
Buscar un equilibrio.
Ni tanto ni tan calvo.
Se pondrá todo en su lugar.
Gracias.
Voy a dormir.
Voy a soñar.
Voy a resucitar.
Ella se marcha.
Y no me despedirá.
Volveré a estar solo.
No es bueno estar solo.
Pero algo ocurrirá.
Seguro que algo ocurrirá.
Sonará el teléfono.
Llegará una carta.
Será una sorpresa.
Me dará vida.
Un paquete.
Luego todo irá bien.
Por qué ha de ir mal.
Vamos.
Venga.
Animo.
Nada está perdido.
Nada nos aguará la fiesta.
Pero.
Pero.
No hay peros que valgan.
Está bien.
Está muy bien.
No voy a dormir.
Toda la noche escribiré.
Concentrado.
Simulando ser.
Luego amanecerá.
Querré que amanezca.
Volarán algunos pájaros.
Los miraré.
Los volveré a mirar.
Mientras bebo un café.
Mientras fumo.
Mientras me caigo de sueño.
Por fin dormiré.
Y soñaré.
Un espacio fosforescente.
Un lupanar.
Una lágrima.
Un suspiro.
Algo nuevo.
Helicoidal.
Anaerófobo.
A mi lado yacerá carne.
También respirará.
Pero no la tocaré.
No, no podré.
Prohibido.
No hay prohibido.
No se dice así.
Recapitula.
Re-escribe.
Revienta.
No podré.
No podré.
Es imposible.
Cómo se hace.
Cómo se halla el sendero.
¡Qué cojones de sendero!
Hostias.
Me quemo.
Me agarro sin control a las farolas.
Demasiado larga.
Más corto.
Venga.
Ya estás llegando.
Ya estás.
Lo conseguirás.
Al final.
Podrás.
Pero no cejes.
No pienses un segundo de más.
Demasiado larga.
Más libre.
Así. Venga.
No desfallezcas.
Todo va bien.
Más corto si puedes.
Si pudiera.
Ahora un deseo.
Has parado.
Eso no vale.
Despierta.
Cae la lluvia fuera.
Quiero decir.
Llueve.
Bueno.
Ahora descansa.
Pero no releas.
Descansa.
Descansa.
Deja tu mente en blanco.
Demasiado larga.
Concisión.
Tanto como cualquiera.
Mejor.
Sin comparación.
Alto.
Sigue.
Las manos están aquí para algo.
Desvela la vela que arde.
Muerde algo
Y luego canta, canta,
algún pájaro creerá entenderte.
Demasiado cerca.
Hay un humo marrón endiablado.
Pero.
Además.
Los besos. Una mirada verde y rayada.
Una persiana.
Entonces.
Acapara los aguaceros.
Rellena las almohadas.
Escupe en las gibas malintencionadas.
Escucha el runrún de los ascensores.
Tiembla.
Deléitate con las pajas de tu propio pajar.
Hay un nombre.
Una sigla atrevida con ribetes de pulpo
deambula por el balcón buscando las garras de mi perro.
Bucean las mariposas y las esponjas se secan tristes en una costa cortada a navaja.
Bulle.
Recela.
La noche.
Un cosmos gris y denso se ocupa de nosotros.
Poco más.
Demasiado poco más.
Historia.
Las bragas de las mujeres descansan.
Los calzoncillos de los hombres huelen a sebo.
¡Ay, amor, que duro es el olor!
Lo peor ya llegó: costras rojas gigantes en tu coño
imposibles de romper por mi glande invadido de ronchas con pus.
Historia de la transición.
Ya somos.
Grandes palacios.
Aquella cúpula.
Aquella luz.
El pan de oro rellena las notas musicales de Haydn.
Pero.
Aunque.
Quisiéramos.
No podríamos.
Recuerdas la mantequilla.
El sopor de los jueves por la tarde.
La plaza del pueblo deshuecada y rota.
La vieja de verde.
La vieja de azul.
La vieja dormida.
La vieja de tul.

Poesía

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/03/2009 a las 09:31 | {0} Comentarios


Aquelarre de Francisco de Goya y Lucientes
Aquelarre de Francisco de Goya y Lucientes
Las relaciones humanas son laberínticas
Uno escucha lo que otro acusa y ha de estar muy atento a la acusación.
El sueño mismo puede alterar una relación.
También una nube rapidísima.
Hay quien acusa inculpándose. La acusación entonces es muy difícil de rebatir.
En las estrategias de marketing existe el llamado efecto espejo. Este efecto consiste en acusar a alguien de algo para, en realidad, no acusarse a sí mismo.
Nadie está libre de la equivocación.
Nadie está libre del acierto.
En realidad lo más sabio es el silencio. También por supuesto puede ser lo más cobarde. De donde lo más sabio sería ser cobarde.
Mi vida me lleva al silencio.
Mi vida me lleva a no rebatir.
Me estaré volviendo cobarde (durante años he sido temerario).
O sabio (aunque sepa que nadie se debe acusar a sí mismo de ser sabio, esa estupidez la deben de decir -o atestiguar- los demás).
O será el viento por aquello del personaje de Ramón María del Valle-Inclán, Juanito Ventolera.
Ventoleras de la razón.
Y el sudor en las axilas.
También la intuición. La intuición es bárbara (en el doble sentido de fantástica y salvaje).
Remedando a Goya: la razón frente a su espejo produce monstruos.
El espejo de la razón es la palabra.

Ensayo

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 05/03/2009 a las 10:51 | {0} Comentarios


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