Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Crónica de un viaje reciente


Aloha. Aguafuerte nº 330. Norman Lindsay. 1937.
Aloha. Aguafuerte nº 330. Norman Lindsay. 1937.

Escribo esta crónica de memoria. No tomé notas. Al contrario que muchos escritores nunca he sido muy partidario de llevar un cuadernito donde ir apuntando porque tengo la creencia -probablemente errónea- de que si se tiene la intención de pasar a papel lo vivido es mejor que sea la memoria la que se encargue de apuntar, que sea la memoria lápiz y papel a un mismo tiempo... poemarias...

El segundo día es el primer paseo con Valentín por la ribera del Cubia, la playa de La Concha de Artedo, Blanca y Tino. El gris y el verde. Amanece lluvioso el día. Puro Asturias. De Grao a la playa de la Concha de Artedo habrá un poco más de cuarenta kilómetros.
Intensidad de bosques esos cuarenta kilómetros. Pravia. El olor del eucalipto -árbol al que Luis defiende con verdadera pasión como defiende de igual forma la cultura inglesa y la memoria-. La portentosa memoria de Luis.
Dice Valentín de la Concha de Artedo que es su paraíso en la tierra. Por esas carreteras de Dios. Una curva tras otra. Castaños. Helechos. Hayas. Y manzanos. ¡Cuántos manzanos! ¡Cuántos pastos!. Curva tras curva camino del mar y justo antes de llegar a nuestro destino la visión, a gran altura, de un viaducto inacabado que se yergue en paralelo a otro que sí tuvo buen fin. Naturaleza e industria abortada. Ya en el mar. El mar Cantábrico. Mi mar Cantábrico. Ortiguera. Navia. Luanco. Cudillero. Mis hitos. Mis ritos.
Antes de llegar a la playa, bajo la lluvia que ya es más que un calabobos, caminamos por un bosque tupido por el que corre un río que va a morir en el mar de la Concha. Caminamos en paralelo a él. Huele a vida verde. Recuerdo un pensamiento de Emilio LLedó: nada hay más inmutable que el fluir de un río.
El mar junto a Valentín y Luis después de tantos años.
La terraza del restaurante donde comeremos.
El frío de un día de lluvia.
La Concha de Artedo, como su nombre indica, forma una pequeña bahía entre dos cabos. Los acantilados de Asturias. La oquedad en el acantilado este mirando al mar. Como quisiera llegar hasta ella. Cómo quisiera entrar en ella. Un vientre húmedo de la tierra. Salado y húmedo.
Nos sentamos en la terraza cubierta. Pedimos calamares fritos, sidra y luego un Albariño. Fiesta de los sabores. Fiesta de la amistad. Me inquieta que Luis haya quedado con sus amigos Blanca y Tino; me he vuelto un ermitaño, mi timidez ha ido en aumento con el paso de los años y siento que cada vez más me cuesta abrirme, me cuesta querer mirar dentro de los demás.
Llegan Blanca y Tino. A los pocos minutos mi inquietud se ha ido. Estoy entre los míos. Así será desde ese momento.  Recuerdo las zamburiñas; recuerdo las ventrescas de bonito -las últimas de la temporada-; recuerdo los buenos caldos y frescos; recuerdo una sensación de conversación ininterrumpida; recuerdo el aire de celebración y el momento en el que -obligaciones de rito (y quizá también un por si no vuelvo a tener la oportunidad de)- Luis y yo nos decidimos a darnos un baño. Sigue nublado el día. Sigue fresco el día. En el camino hacia la playa nos encontramos con Blanca. Nos acompaña. Rocas. Dificultad para andar. Luis me ayuda. Luego será Blanca quien me ayude. Nos dirigimos a la orilla. El agua es más que un estilete de acero. Es un machete frío que nos paraliza las piernas y nos corta la respiración y aún así, menos de un minuto, nos sumergiremos y saldremos de las heladas aguas del Norte mientras a nuestras espaldas los surferos, enfundados en sus trajes de neopreno, tan sólo han de temer su fuerza.
La vuelta hacia Grao tiene dos paradas. La primera, propuesta por Valentín, es un cabo estrecho y de una altura insoportable donde vemos un atardecer naranja y gris en el que sol, moribundo, desaparecerá tras la curva del horizonte; la segunda parada, propuesta por mí, es ir al pueblo de Cudillero donde en los años ochenta recalé y conocí a una tabernera que regentaba La taberna del Puerto. Cuando la conocí, aquella mujer debía tener unos cuarenta años y yo debía rondar los veinticuatro. Fue un amor platónico. Me enamoré de ella porque más que un tabernera -con todo el amor y atracción que siento por el estereotipo de una tabernera- aquella mujer más bien parecía una catedrática de latín en la Universidad de la Sorbonne; su voz era grave y dulce; recuerdo -imagino que idealmente- sus manos largas y delicadas e incluso me atrevería a decir que vestía con recato y aún dentro de él su cuerpo emanaba una sensualidad que trascendía ese estilo en su vestir. La tabernera del puerto debía rondar los ochenta años en la actualidad. No la vi. Justo llegamos cuando cerraban la taberna. No me atreví a entrar. No me atreví a preguntar. Timideces... y un traspiés que me había provocado un fuerte dolor en la nalga izquierda.
Aquella noche la pasamos en la casa de Grao de conversación. Yo conociendo a Blanca y Tino. Ellos conociéndome a mí. También tuvo lugar la segunda discusión entre Valentín y yo en la que Luis y Tino mediaron. Recuerdo que ya en la cama empecé a preguntarme algo ¿por qué me violento en un debate?
 

Memorias

Tags : Asturias Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 08/09/2021 a las 13:50 | Comentarios {0}


Crónica de un viaje reciente


Naipes y dados de George Braque. 1914
Naipes y dados de George Braque. 1914

...han pasado cuarenta años. El norte de Iberia es mi patria chica. Aunque no naciera allí mis células sienten, en cuanto el sentido del olfato se lo transmite, que me acerco al origen de mis días. Esta estancia en el mundo. Sin anhelo. Sólo es memoria recobrada.

Siempre un Renault con Luis. Sentarme a su lado. Han pasado tantos años. Tan moreno. Tan moro (con algo de judío) siendo como es cristiano. Se le podría apelar El Toledo por aunar en su fisonomía las tres culturas. Las tres del Libro.

Carreteras castellanas. Meseta vieja. Los amarillos. Los vinos. Tierras altas que parecen anticipar lo que serán los macizos, las cordilleras, los bosques, lo verde, profundamente verde, fondo de mar bajo cielo. Hay un momento (seguro que por algún motivo alguien habrá establecido la linde precisa en la que la tierra parió más hierro -si es cuestión de hierro-) en el que los ocres dominan a los amarillos (sí: el amarillo es un ocre pálido por eso los distingo), la vegetación se hace más frondosa, verdes, naranjas, grises del cielo. León. Tierras de León.

Luis y la vuelta ciclista a España. Kilómetros. El Viaducto (no diré nombres. No quiero decir nombres. Tendría que ir a una enciclopedia. Perder el tiempo con los nombres. A veces se pierde el tiempo con los nombres. A veces los nombres no hablan sino de la pedantería de quien los nombra). El viaducto construido con tirantes de acero. Cruzarlo. El aire huele a vida. Una vez más después de tantos años Barrios de Luna (sí el nombre porque lo recuerdo, porque me evoca. Poemaria). Una vez más Asturias desde aquella primera vez de 1972.

Es una tarde calurosa la del primer día de septiembre. Durante el viaje Luis y yo hablamos. ¡Vaya si hablamos! ¡Nos hemos hablado tanto! Así es que no es difícil retornar a hablarnos. Hace tantos, tantos años... I was a child and he was a child in a Kingdom by the sea... 

Llegamos a Grao (en realidad el pueblo se llama Grado pero hay lugares que no se nombran como se llaman sino que en realidad se nombran como se pronuncian y así Grado no es Grado, Grado es Grao). Allí vamos a estar, en la casa de Valentín. De nuevo Valentín. Tras tantos años de nuevo con Valentín en Asturias. Su Asturias.
La casa es amplia, vieja y con el encanto propio de las casas que han sido muy vividas, por las que han pasado generaciones de una misma familia. Los fantasmas anidan. A veces son objetos. Por ejemplo: considero que uno de los fantasmas más visibles es siempre un piano del todo desafinado (sombra del sueño de sonar armónicamente). Allí está ese piano. Lo más hermoso: la galería.
Parabienes. Dejamos nuestros equipajes en nuestras habitaciones. El cielo está nublado. Llovizna a ratos. Salimos a las calles de Grao. Primera cena. ¡Qué cena tan alegre! ¡Cómo corre la sidra -o cómo cae-! Y los chipirones y la noche que llega y la primera discusión que se acerca y que alcanza su cenit cuando la terraza en la que estamos cenando se llena con trabajadores de la Vuelta Ciclista a España, la que Luis venía escuchando durante el viaje y que comentaba por mensajería con su amigo Tino.
La discusión versa sobre temas metafísicos y llama la atención de los que acaban de llegar (estamos en una terraza pequeña, de un pueblo del interior de Asturias, un día primero de septiembre). Al final nos hermanaremos. Charlaremos un rato con ellos y uno nos dirá justo antes de marchar: es un gusto escuchar discusiones que no sean una gilipollez.
Valentín, Luis, yo y la discusión. Tendría que escribir mucho sobre la discusión y mi forma de reaccionar en ella. No valdría esta primera discusión porque estábamos muy borrachos. En la borrachera el carácter se altera... el carácter... alterarse.
 

Memorias

Tags : Asturias Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/09/2021 a las 19:01 | Comentarios {0}


El título, la forma y en cierto sentido el espíritu de estos textos se inspiran en el libro Je me souviens de Georges Perec que a su vez se basa en los textos de Joe Brainard recogidos en su libro I remember.


24 Me acuerdo

460
Me acuerdo de un patuco.

461
Me acuerdo de lo perfectas que eran las piernas de mi madre. "De May, las piernas", decían.

462
Me acuerdo del olor de la resina de los pinos.

463
Me acuerdo del calor durante el partido de fútbol en la finca de los curas en Pozuelo. Arde el campo de tierra.

464
Me acuerdo de la calle Juan Bravo un anochecer de la infancia.

465
Me acuerdo de unas escaleras exteriores de mármol.

466
Me acuerdo de las galerías casi desiertas del Museo del Prado. Voy cogido de la mano del tío Carlos. Nos paramos ante el cuadro de Carlos V pintado por Tiziano. Mi tío me explica la historia del primer Austria rey de España y alaba la mano de Tiziano en la composición.

467
Me acuerdo de lo misteriosa que me parecía la gruta que se encuentra en el Parque del Retiro, frente al Palacio de Cristal, en el sendero que rodea el lago.

468
Me acuerdo de ver a una criada y un recluta besarse en el banco que había en el interior de la gruta. (La pared que da al lago está abierta y desde su vano se puede ver el lago con el fondo del Palacio.  Es un lugar de un romanticismo tan clásico que hasta el alma más insensible se siente atrapado en él). 

469
Me acuerdo de ser el último en apagar la luz.

470
Me acuerdo de estar con Fernando en cap de Creus, en el Faro. Cae el sol. Bebemos algo mientras el día muere.

471
Me acuerdo de descender a una cala de difícil acceso cerca de Moraira.

472
Me acuerdo de una estancia en Calpe. Yo solo. Me he ido a escribir. Me ha dejado la casa María José. La casa está en la playa.

473
Me acuerdo del amor que sentía Andrea por Beatriz.

474
Me acuerdo de la emoción que sentí en el palio de Siena.

475
Me acuerdo de lo bonitas que me parecían las canicas.

476
Me acuerdo de lo mucho que me gustaban los tofes (el sabor y la textura)

477
Me acuerdo de contarle a Violeta un cuento de boca.

478
Me acuerdo del payaso Tomatet y de la hormiga Clotilde.

479
Me acuerdo de jugar a churro, media manga o mangotera.

480
Me acuerdo del camping en el lago de Proserpina.

481
Me acuerdo de estar en la carretera camino de alguna parte. Hago dedo. Espero la amabilidad de alguien que me recoja y comparta conmigo un trecho de su camino.

482
Me acuerdo...
 

FIN
 

Memorias

Tags : Recuerdos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 18/05/2021 a las 14:02 | Comentarios {0}


El título, la forma y en cierto sentido el espíritu de estos textos se inspiran en el libro Je me souviens de Georges Perec que a su vez se basa en los textos de Joe Brainard recogidos en su libro I remember.


Apolo y Dafne de Bernini 1622-1625
Apolo y Dafne de Bernini 1622-1625

439
Me acuerdo de un dedo torcido de Lidia.

440
Me acuerdo de un regalo de reyes: es un coche dirigible, un Simca 1000 de color beige.

441
Me acuerdo del Seat Cupé.

442
Me acuerdo de ducharme con Rodrigo en el cuarto de baño de la casa de Andrés. Nos besamos. Nos lavamos.

443
Me acuerdo de Rodrigo tocando la quena.

444
Me acuerdo de caminar por Granada con Chus camino de la casa de su abuela.

445
Me acuerdo de bailar con Lourdes en las nocheviejas de la infancia y exclamar los mayores que ¡qué bien bailamos!

446
Me acuerdo de una mañana en la casa de Hermosilla. La luz entra por la ventana de mi dormitorio. Lidia está dormida, desarropada. Duerme en escorzo, casi de espaldas. Tan sólo viste una camiseta de tirantes y unas bragas moradas. Una de sus piernas está semi flexionada; por el borde de sus bragas asoman vellos de su pubis. Son unas bragas de tela traslúcida. Trasveo su culo. Su cabello pelirrojo cubre su perfil. No veo su ojo dormido.

447
Me acuerdo de ir camino del Instituto desde la parada del 51, con mis libros debajo del brazo, un día de finales de abril. Huele el aire a limpio. Voy donde quiero ir. Soy un chico feliz.

448
Me acuerdo de Margarita pidiéndole a César dos pesetas para un donut. Margarita tiene la voz nasal. Estamos en el parquecillo. Estudiamos COU.

449
Me acuerdo de la casa de Margarita en Rábade, provincia de Lugo. Vamos un invierno ella, Andrés -que en aquel tiempo es su novio-, Inma y yo. Es una casa muy grande. En un lugar muy húmedo.

450
Me acuerdo de Manolé, un colega de Margarita. Estamos una noche en la discoteca de Rábade. Margarita le pide a Manolé un cenicero. Manolé estará a unos diez metros. Entiende lo que le pide por los gestos. Levanta al fin un cenicero de cristal de roca. Margarita afirma y entonces Manolé lo lanza con toda su fuerza hacia nuestra mesa. Acaba estrellado contra el suelo. Esa noche, Manolé iba de datura o herba do demó.

451
Me acuerdo de cómo la luz tenue del compartimento de tren en el que viajamos de vuelta de Rábade, un Nocturno, realza la humedad de los labios de Inma.

452
Me acuerdo de los labios de Inma. Los más bonitos labios que recuerdo.

453
Me acuerdo del pub Chelsea en Cullera, justo entrando en la juventud.

454
Me acuerdo del sabor y el olor de la marihuana que le pillamos a Manolé en Rábade. Y del colocón que te cogías.

455
Me acuerdo de mi tío Carlos en bañador, en el Racó, frente al mar. Tomamos el aperitivo.

456
Me acuerdo de César. Estamos en el parquecillo. Es febrero. Está sentado sobre el respaldo de un banco del parque. Toca la flauta travesera.

457
Me acuerdo del Chiringuito de Pepe en el parquecillo, al lado del Instituto Santa Marca.

458
Me acuerdo de Aldo, un traficante del parquecillo, que mató a Aki, un drogadicto del parquecillo, metiéndole la contera de un paraguas por el ojo. Lo mató frente al restaurante La Ancha, sita en la plaza de Cataluña, junto al parque de Berlín.

459
Me acuerdo de la tortilla de patatas de La Ancha. Decían que era de las mejores de Madrid.
 

Memorias

Tags : Recuerdos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 12/05/2021 a las 14:00 | Comentarios {0}


El título, la forma y en cierto sentido el espíritu de estos textos se inspiran en el libro Je me souviens de Georges Perec que a su vez se basa en los textos de Joe Brainard recogidos en su libro I remember.


22 Me acuerdo

418
Me acuerdo cómo huele la mañana en la que inicio mi primer viaje sin la familia. Es un viaje de Semana Santa con el Instituto a Extremadura y Andalucía.

419
Me acuerdo de elegir las chapas más lisas de las botellas para luego hacer equipos de fútbol con ellas. Antonio también hace el Tour de Francia con chapas. Forra el interior de cada una con un papel en el que ha pintado los colores de cada equipo y el número del dorsal.

420
Me acuerdo de Antonio empujando el pelotón de chapas del Tour por el largo pasillo de casa.

421
Me acuerdo de la boya oxidada y rojiblanca que marcaba la linde con la alta mar en la playa de Cullera.

423
Me acuerdo que el sabor del verano es: una patata frita con algún grano de arena y un intenso olor a mar. 

424
Me acuerdo de las semillas de ipomea azul.

425
Me acuerdo del cine Covadonga en la calle López de Hoyos.

426
Me acuerdo de El tesoro de Rackham el Rojo, una aventura de Tintín.

427
Me acuerdo del encuadernado de los Tintines. Su lomo era de tela y cada ejemplar tenía un color distinto.

428
Me acuerdo de los Chupa-chups

429
Me acuerdo de los helados Flash.

430
Me acuerdo de una poza de agua muy fría que se encontraba muy cerca de una aldea gallega llamada Paredes.

431
Me acuerdo del calor que hace en la Sala Triángulo el día que estrenamos mi obra La otra cara. Es el mes de Junio. Es el año de 1989.

432
Me acuerdo de desayunar un café con leche y una pulga de tortilla de patata y pimiento verde con Concha en un bar de la calle San Nicolás. Nos acabamos de conocer.

433
Me acuerdo cómo el alma se hincha con el canto gregoriano. Lo escucho en tripi, tumbado en el colchón. Vivo en el taller de pintura que tiene César en la calle Amor de Dios. Lo escucho con unos walkman. Tengo un arrebato místico.

434
Me acuerdo del día de primavera en el que apostato de la Iglesia Católica en el arzobispado de Madrid sita en la calle Bailén número 8.

435
Me acuerdo de Los Tres Investigadores.

436
Me acuerdo de parar un penalti.

437
Me acuerdo de jugar a las canicas en los parterres del boulevard de Juan Bravo entre las calles Claudio Coello y Lagasca.

438
Me acuerdo de la belleza de Rosa y el gesto que imprimía en su rostro su sordera.
 

Memorias

Tags : Recuerdos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 30/04/2021 a las 18:48 | Comentarios {0}


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