Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Tercer día


Ahora estoy en el porche. Ha caído la noche y escucho a los gatos correr por el jardín. La luna está justo encima y los grillos han iniciado su serenata. Vuelve a hacer calor y no me importa mientras sea agosto y pueda mantenerme vivo. Lo único que me importa de esta situación es si luego podré devolver la silla a la cocina sin tropezarme. Por eso antes de que haya anochecido del todo, me levantaré y haré el camino e incluso quizás aproveche y me traiga la cena al porche trasero de la mansión que cuido.
Hoy, al llegar, estaba mi compañero de por las mañanas, hemos charlado un poco mientras él terminaba de liarse unos cigarrillos para el camino de vuelta a casa. Al quedarme solo he decidido tener menos miedo que ayer. Ayer. Ayer. Y así me he puesto el bañador y he nadado, tanto, he nadado tanto, tanto. Ha habido un momento en el que me he atragantado y he pensado si muriera pero sólo un momento. Ese ha sido todo el miedo de hoy porque ahora los cachorros me rodean, cada vez se acercan más y alguno, frente a mí hace una cabriola. Voy a mirar si el camino de vuelta será difícil. Vuelvo ahora.
¿El camino de vuelta existe?

Pienso si en el camino de vuelta se produce un volver a andar desde donde se inicio el camino.
Pienso si el camino de vuelta es un empezar de nuevo para que tú mismo descubras si has aprendido algo.
Pienso si el camino de vuelta no existe.
No hay camino de vuelta, sólo un gato que merodea o un murciélago atrapado por la luz.
Pienso si el camino de vuelta sirve tan sólo para aquellos que no han terminado de aceptar que el sentido de la vida, más allá de teorías y aspiraciones y esperanzas, consiste tan sólo en vivir, en estar aquí, a esta hora de la noche, en un porche, rodeado de esculturas y gatos pensando por qué todavía no he pronunciado mi nombre.
Me llamo Olmo. Nací hace cuarenta y siete años en Albania. Mi padre era el agregado cultural de la embajada de España; mi madre era una enfermera polaca a la que le encantaba comerse pollas diplomáticas -según me confesó en el lecho de muerte. De hecho fueron sus últimas palabras- Hijo, me dijo entre estertores, has de saber que estás en el mundo porque siempre me encantó comerme la polla de los diplomáticos. Yo le contesté, Gracias mamá por tu sinceridad. Y la mujer murió. ¿Cómo llegaba hasta las pollas de los diplomáticos? ¿Tiene más hijos fruto de dicha afición? Nunca lo sabré. Sólo sé que estoy aquí recordando a mi madre en su lecho de muerte mientras a mi alrededor los gatos esperan que les dé de comer, yo, que lo tengo prohibido. Sé que tengo la sensación de estar en un camino de vuelta. O mejor dicho, ¡vamos a ser claros! Estoy en la casilla de salida. El juego de la oca que es la vida de cada cual me ha devuelto a la casilla de salida.
Al fondo está Madrid. Ahora vivo en España. Vine aquí hace unos años intentando dar con mi padre, el agregado cultural, pero en el ministerio de Asuntos Exteriores se negaron en redondo a darme semejante información. Un funcionario me dijo, Un diplomático español, aunque sea tan sólo un agregado cultural , no permitiría que un hijo suyo quedara sin ser reconocido. Y yo -visto que de ahí no iba sacar nada- le contesté, amable pero firme, ¿y si te como la polla? (por seguir la tradición familiar).
Tampoco sé por qué me pusieron el nombre de un árbol enfermo ni si me lo puso mi madre.
En todo caso pienso si el camino de vuelta es una estratagema para prepararse a envejecer.

Narrativa

Tags : Colección Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 03/08/2014 a las 21:34 | {0} Comentarios








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