Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Monólogo para dos voces



Sólo si se hace... así... levantarse para iniciar toda una serie de haceres (curioso el término faena que en español tiene el doble significado de tarea y fastidio) que lleven de nuevo a la cama, en la noche, cansados y dispuestos a dormir. Porque si no hacemos. Porque si pensamos... la huelga, los números primos, la tuerca, la vía del tren, la moldura del parabrisas, las consecuencias...mientras no hacemos nada, mientras no estamos deshaciendo cajas o estamos haciendo la comida o hemos ido al supermercado, el que está a cuarenta y dos kilómetros, ochenta y cuatro kilómetros para hacer una compra de varios días o nos duchamos y vemos caer el agua sucia de nuestro pelo y sentimos el agua correr por nuestra piel, reseca por los largos días del intenso verano de nuestra desventura o estudiamos ajedrez, nos concentramos incluso con fruncimiento de entrecejo y seguimos los movimientos de los maestros con la intención de llegar a alcanzarlos porque los hemos entendido o pasear y ascender como si el paseo tuviera algo de tortura, como si necesariamente el paseo tuviera que incluir en su rutina el esfuerzo que podría acercarse al dolor o poner en orden los libros o elegir las próximas obras a las que dedicaremos nuestro tiempo o limpiar la casa, dejarla muy limpia, fregar los suelos con lejía para sentir que la asepsia ha entrado en el hogar y tener la tonta seguridad de que algunos insectos se lo pensarán muy mucho antes de entrar en nuestro territorio o leer una novela policíaca y poner en ello los cinco sentidos o ir por la carretera camino de la gran ciudad para visitar a nuestra amante y tumbarnos junto a ella, desnudos, bajo el calor de julio para ejecutar ciertas ceremonias de interior o vestirse o afeitarse o cocinar o... Hacer, decimos, hacer como echar el I'Ching y descubrir que el Libro de las Mutaciones tiene algo de magia antigua, esa especie de comunicación con lo no estadístico que genera escalofríos en la razón y sacudidas eléctricas en el alma o venirnos hasta aquí, escuchar for Bunita Marcus  o esperar con disposición abierta o poner una película en su versión original -un idioma que apenas conocemos- y verla sin subtítulos para constatar por enésima vez que una imagen casi nunca vale más que mil palabras a la hora de narrar la experiencia de las relaciones humanas o cribar lentejas o afeitarnos al caer la tarde o ver a ver si tenemos fiebre o sentir el dolor en el costado y  pararnos en él, respirarlo o cortar las uñas de los pies y de las manos o dejar limpio el fregadero o mirar de cerca un espino o aspirar este verano seco en el aire taimado de la tarde... Hacer, hacer, siempre hacer... soñar con la carnosidad de unos labios o cerrar los ojos en el sofá y quedarse un rato más mientras escuchamos el runrún de unos comentaristas deportivos que cuentan las hazañas de unos atletas en unos mundiales que se están celebrando en Oregón... Oregón de nuevo (¡No, eso no -nos decimos-, eso que hemos hecho es pensar, eso que hemos pensado anula lo que hayamos hecho en las últimas diez horas!)... o abrir la terraza y sentir si la temperatura es soportable para realizar el paseo que es algo de tortura y algo de equilibrio o sentarnos...
 

Teatro

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 20/07/2022 a las 17:09 | Comentarios {0}



      Una vez encontré la palabra conticinio. La usé. Conticinio significa: hora de la noche en que reina el silencio.
      Me quedo quieto tres días después. El calor. La sensación de torpeza. Los huesos que ya no se desperezan. Los primeros pasos. Ratean.
      Resuelvo problemas matemáticos para los que no estoy dotado.
      Me voy a la cama tarde. Agotado. Miro desde la puerta del dormitorio las hojas abiertas de la ventana, la que da a la terraza. La luna llena enfrente. La calle iluminada pobremente. Desconsuelo por la ausencia de vida. También por la confusión de un perro que al escuchar la respuesta del eco a sus ladridos, cree que son otros perros quienes le responden y vuelve a ladrar más alto, más fuerte, más veces y el eco, claro, le responde más alto, más fuerte, más veces, en una rueda infinita, desesperada.
      En el conticinio ocurre. No debería ocurrir. Ocurre. Diría que se produce un anticonticinio. No dudo. Sólo me suda la espalda y los hombros parecen a punto de caerse por mucho que me yerga en esta era, durante el fin de la civilización occidental que se inició -según cómputo de Spengler El Apocalíptico- con las bases blandengues que estableció Rousseau para una futura sociedad mejor.
      Estoy un poco mareado. Siento a veces el impulso -muy fuerte- de θἀνατος. Dejarme llevar por el ligero frío que va inundando mis miembros (como dicen que provoca la muerte por cicuta). Hasta llegar al fondo último. Probablemente ligero como algodón de azúcar.
      Conticinio.
 

Ensayo poético

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 16/07/2022 a las 17:43 | Comentarios {0}



Tienes que buscarlo, le decíamos.
Ella nos miraba con los ojos muy abiertos o quizá lo que miraba era la palabra que pugnaba por salir de su boca.
Nosotros insistíamos, Tienes que buscarlo.
Ella se retorcía las manos. Tarareaba algo. Uno de nosotros incluso aseguró haberla visto sonreír. Los demás no le creímos.
Tienes que buscarlo, le dijimos por tercera vez.
Por fin pareció reaccionar. Nos miró con, diríamos, reflejos de perla en sus iris y le susurró a una medalla que siempre llevaba colgada al cuello algo que, por supuesto, no logramos entender. Hecho el susurro y tras hacer un gesto que podría sugerir disculpas, cayó en un profundo sopor y desapareció en su vigilia para siempre.
 

Cuento

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 05/07/2022 a las 19:27 | Comentarios {0}



¡Qué hermoso lugar si no fuera el de mi destierro!
Alardearía.
Pasearía con mi perro y aspiraría el olor de las flores.
Pasearía con mi perro y apuntaría tareas por hacer: conocer el nombre de esa planta, poner nombre de ave a un canto, conocer las historias de los montes y los valles.
¡Qué hermoso lugar éste si no fuera el de mi destierro!
Esto es sólo una introducción, me digo. Tendré que hacer una estructura y comenzar lentamente a trabajar con las palabras. Una vez más. Siempre me digo: Sólo una vez más. Llevo diciéndome esa frase veinte años por lo menos, desde que fui consciente de que me faltan demasiadas cualidades para llegar al mérito, de que me faltan demasiados azares para tener suerte y de que con sólo mi carácter no basta para labrarme un porvenir.
Y ahora en el destierro... si fuera Ovidio... ¿Seré Ovidio?... Me comenta R. que el otro día pasó por un pueblo cercano al mío y se dio cuenta de lo lejos que me había ido. No -le respondí- yo no me he ido lejos: el demérito, la torpeza propia y la pobreza me han traído hasta aquí.
El destierro es siempre físico y espiritual (modernamente tendría que haber escrito en vez de espiritual, mental, sólo que me viene a la gana escribir al viejo modo y siendo así debería estar atento por si la palabra no es espiritual sino anímico en su acepción de relativo al alma, no relativo al estado de ánimo). Porque el espíritu viene de fuera y el alma se encuentra dentro. Así es que sería conveniente retocar un poco la idea y escribir: el destierro es siempre físico, espiritual y anímico Buena estructuración sería entonces desarrollar cada una de las tres formas del destierro y una vez desarrolladas generar una síntesis en la totalidad de las partes. (Esas cosas que nunca haré. Que nunca he hecho hasta hoy porque si lo hiciera quizá me diera carta de naturaleza para poder ser canónico y al serlo terminar con mi destierro y volver a mi ciudad, a mis espirituales y mi alma en sí).
Sólo para empezar (y no sé si continuaré) elogiemos de nuevo la tierra que me acoge: ¡Qué hermoso lugar si no fuera el de mi destierro!
 

Ensayo

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/07/2022 a las 13:39 | Comentarios {0}



Las vio un atardecer. Podría esforzarse y saber qué atardecer exactamente. No lo hará. Ya no hace ese tipo de bravuconadas.  Escribamos entonces que las vio en un atardecer reciente. Caminaba por las calles más estrechas, las aledañas a una de las grandes arterias de la ciudad. Iba en busca de un portal. Por él se entraría al edificio. Habría puertas y tras éstas casas y en las casas muebles, ropas, olores, recuerdos, personas. Por una calle estrecha iba. A la primera que vio no le dio tiempo a reaccionar. La vio y ya no estaba. La vio y no supo si realmente la había visto. Más la vio con el corazón a lo mejor. O con las ganas. El atardecer caía hacia la noche a pasos lentos. En un edificio alto construido de cristal y acero se reflejaban los últimos rayos del sol. Era siempre bella esa imagen. La segunda vez que las vio fue cuando dejó de mirar el reflejo del atardecer en la fachada de cristal del edificio de acero y su vista descendió hasta el adoquín. Fue en el bordillo donde las vio. Parecían reír. Parecían tener un propósito. Más cuando se metieron por la boca de la alcantarilla. El portal no podía estar muy lejos. Ella comenzó a caminar más despacio como si dudara de llegar hasta su destino. Se detuvo. Giró y se quedó mirando la boca de la alcantarilla y luego miró más allá, hacia el lugar donde las creía haber visto por primera vez, justo frente al escaparate de una tienda de discos que tenía un cartel en el que se leía, Se traspasa. Se traspasa, pensó. La tercera y última vez que las vio fue en el momento mismo en que se encontraba frente al portal que buscaba. No era un portal bonito. En realidad era un gran portón de madera sin ornamentación ninguna. Giró el pomo. El portón no tenía echada la llave y al entreabrirlo, en la penumbra que se creó en el zaguán con los últimos restos de luz del día, las vio por tercera y última vez. De inmediato pensó que debían de ser miles, millones quizá. O si no ¿cómo era posible que se escuchara  de forma tan baja e intensa el sonido de la multitud? Al cerrar el portón tras de sí dejamos de verla. Supusimos que daría a la luz o se encaminaría a tientas hasta las escaleras y las empezaría a subir, y subiría y subiría y subiría más y sólo hasta llegar a su destino.
 

Cuento

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 30/06/2022 a las 18:12 | Comentarios {0}


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