Inventario

Página de Fernando Loygorri

Poema atribuido a Oblongo Esún



Porque puede ser cruel el humor
como el humo que sube desde hace miles de años,
miles que es medida vana pues pierde todo su sentido;
así os llamaré, los Sinsentido de las cosas y sin embargo con medidas
que nada os dicen cuando se escapa a vuestros propios límites;
si os dijera que no tengáis miedo,
que no os sintáis culpables de la lenta agonía de las petunias;
si pudiera así elevar vuestro ánimo,
agónico a través de los siglos de miraros los estómagos,
las piedras y las nubes,
midiendo, haciendo escalas, subsumiendo,
elaborando teorías que la práctica
dejaba a menudo en el dique seco de vuestras esperanzas;
si alentara en vosotros la no esperanza, la espera ciega, digamos, la espera
que nada espera, que se hunde en los abismos bellísimos de una historia con final;
si os pudiera alentar en la contemplación de esta destrucción fiera y plena.
¿Quién dijo que los asuntos durarían siempre?
¿Quién habló de una regeneración? ¿De una constante regeneración?
¿Recordáis los hermosos mitos?, ¿Las largas genealogías de dioses y héroes?
Leed las Tristes. Leedlas y dejaos seducir por los engaños de las ninfas,
por los juegos casi infantiles de los héroes:
acercaos a los establos o dejaos enternecer por el Cangrejo que perdió su cabeza en la antiquísima sabiduría de los Congos los cuales,
armados de paciencia y miedo,
fueron exportados hasta Cuba y allí fueron convertidos en esclavos
y se fueron callando mientras en los ingenios, ocultos en las propias cañas,
los babujales hacían el trabajo y engañaban así al hombre
blanco, blanco, blanco de espuma de mar,
blanco de peripecias sin sentido,
blanco de ansias.

Poesía

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 16/03/2009 a las 18:43 | {0} Comentarios


Otto Dix
Otto Dix
Cuando leo (o echo un vistazo) a los libros de (¿cómo llamarlos?: crecimiento personal, autoayuda -qué espantosa traducción del inglés- psicología -qué rama del conocimiento del hombre tan sesgada [porque está basada en sesgos]. ¿Cómo, cómo llamar a esos libros? En fin no me voy a quedar en el mero nominalismo). Empiezo: cuando leo libros en los que la capacidad de mejora de un individuo se basa en sí mismo, en su fortaleza, o en su debilidad, en su atención o en su despiste, en resumen, en su carácter, se me viene siempre a la cabeza la triada que encabeza este texto. Luego se me viene al pensamiento los motivos (aunque aquí entraría Wittgenstein con su definición minuciosísima de motivos, causas o razones) por los que una persona ha de mejorar. Luego divago más y más y me pregunto qué es mejorar y leo (o echo un vistazo) a esos libros tan bien intencionados (de eso no me cabe duda. O bueno me caben dudas pero no vienen al caso) y me voy enredando en el laberinto de las ideas, de las ideas propias que puede que no valgan una mierda, que pueden ser meras justificaciones para sentirse uno mismo (por cierto ¿quién es Uno Mismo? Yo a ese señor no le conozco) más tranquilo con sus propias imperfecciones, con sus propias limitaciones, con sus carencias y que a la postre me dejan postrado, agotado, sacudido incluso diría que escandalizado conmigo mismo (no voy a hacer de nuevo la pregunta de quién es ése).
No sé qué es la vida ni dónde se contiene ni cuánto tiene de manejable ni si al final, por los extraños caminos de la física, podríamos estar incluidos en otros seres. No sé si el alma (ni tan siquiera afirmo el alma) se encuentra fuera o dentro de nosotros (no sé la importancia de la ubicación de tal órgano inmaterial); no sé el influjo que sobre ella ejerce el medio ambiente, la polución de las aguas, el aire viciado cuando no corre el viento y por toda la ciudad las calefacciones y los tubos de los automóviles van ennegreciendo la visión y al llegar a casa tienes que lavarte la cara con un algodoncito que queda negro, negrísimo y piensas, ¡Caray tenía la cara llena de mierda! ¿y si también el alma se me ha ensuciado? No sé si la base de la salud está en hacerse limpiezas de colon de forma habitual, no sé si al final le encontraría el gustillo a meterme un enema por el culo todo lleno de sales de magnesio y a tomarme una purga de aceite de no sé qué en ayunas ¿y si el alma está en el colon? ¿y si la base del carácter se encuentra en el intestino, el pobre que ha de trabajar tanto en la defensa del cuerpo? Entonces llegan estos libros y cuando los leo (o les echo un vistazo) me imagino a mis padres follando la noche del día exacto para que por una cuestión en todo desconocida para mí un puto espermatozoide y un puto óvulo se encontraran el seno de mamá y ¡zas! a dividirse, a dividirse, a dividirse y ¡pumba!, 4 kilos 500 gramos y de nombre Fernando ¿Influyó mi carácter en el encuentro sexual entre mis padres? ¿Vagaba mi alma en busca de un seno donde asentarse? ¿Pasaba por Madrid en ese momento (me concibieron mis padres en Madrid) y dijo, ¡coño, ahí están follando!, vamos p'allá! y ¡placa! aquí está usted escribiendo estas divagaciones, que no son más que eso y además hoy no voy a seguir el hilo de la argumentación, como puedes leer, que me voy por ahí y no sé volver, bueno, hasta cierto punto, que siempre puedo volver y escribir: como decía un poco más arriba Pero no, hoy no lo voy a escribir. Son las ocho y veinticinco de la noche de un día de marzo.

Ensayo

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 12/03/2009 a las 19:54 | {0} Comentarios


Se levantó a las siete y media. No era una hora habitual para ella. El cielo estaba muy pálido quizás unos banquitos de niebla se habían ido esfumando y ese sfumato era lo que otorgaba al cielo su cualidad pálida. Se puso por encima una bata azul a rayas y en la cocina se hizo un café con leche. Lo bebió de pie mientras miraba por la ventana los movimientos de un mirlo que intentaba hacer algo -no pudo saber qué- sobre las ramas desnudas de un árbol de Jupiter. Encendió la radio. Escuchó a las personas que hablaban, siempre con sus críticas como si ellos tuvieran la solución a todos los problemas y quienes estaban encargadas de resolverlos fueran unos inútiles o unos impostores. No entendía a esas personas pero las oía mañana tras mañana quizá por tener un ruido de voces que apagara la suya. Terminó el café y se dedicó durante media hora a hacer sus abluciones. Aquel día, especialmente, se puso el último poso de perfume que le quedaba. Pensó que era importante. Se vistió, sencilla y limpia. Arregló un poco la casa y antes de salir se quedó mirándola y le saltaron unas lágrimas a traición. Tuvo que ir de nuevo al cuarto de baño y frente al espejo limpiarse el rímel que había teñido la parte inferior de sus ojos. En el trayecto en el autobús observó el trajín de la ciudad: los niños y sus mochilas, los padres y sus gestos, los barrenderos y sus máquinas, los policías y sus uniformes, los inmigrantes y sus diferencias, los oriundos y sus diferencias, los perros y sus pelos, los árboles, las nubes y el viento. Cuando llegó frente al portal destino de su viaje respiró hondo y esbozó una sonrisa. Se acercó al portero automático y -en lo que ella denominó un acto fallido- se olvidó durante un corto espacio de tiempo del número que había de marcar. Luego lo recordó y cuando lo iba a marcar se detuvo, se alejó del portal, se metió en una cafetería y pidió una tila. En la barra se sintió aislada como si ella hubiera colocado a su alrededor una mampara de cristal muy limpia, muy transparente. Se encendió un cigarrillo. Miró por hacer algo el móvil. Tragó saliva. Se dijo, Venga, hazlo de una vez. No lo pienses más. Pagó la tila. Volvió al portal. Marcó el número y escuchó el sonido de la puerta abriéndose. Entró. Anduvo despacio hasta el ascensor. Marcó el número del piso, el piso al que tantas veces había ido, la casa en la que tantas veces había estado, hacía años, sí, hacía años. La puerta estaba abierta y ante ella se encontraba su amiga. Se dieron dos besos. La amiga le invitó a entrar con un gesto -pensó ella- un tanto forzado. El olor de la casa, igual al de entonces, le recordó un mundo al que ya no pertenecía. Se sentaron en el salón. Ella empezó a hablar y le dijo a su amiga que se alegraba de que le fuera tan bien, de que cosechara tantos éxitos, uno detrás de otro y sobre todo la felicitó por el premio que le habían dado. La amiga le contestó, Y que sepas que más que el dinero que al fin y al cabo no es más que dinero, es lo que supone como reconocimiento a mi trayectoria. Eso es lo importante. Aquella frase fue como un bálsamo para ella, le pareció una invitación para, sin más rodeos, contarle el motivo de su visita. Ella le dijo, Mira, desde hace tres años las cosas no me han ido muy bien y ha llegado un momento en que los ahorros que tenía pues... bueno, ya te imaginas, se han terminado. Ahora tengo un par de proyectos, sobre todo uno de ellos que ya está entregado y tiene muy buena pinta, pero aún no me los han pagado y la verdad he pensado que quizá tú, ¿sabes?, como ahora te va tan bien, pues quizá podrías hacerme un préstamo. Yo te lo devolvería en un año, como mucho. Como mucho. El banco, bueno ya sabes cómo son, me amenaza con el embargo y.... Su amiga, sin alterar un centímetro su gesto relajado, sin fruncir un ápice su boca, le contestó, Cómo lo siento. Me es imposible, ¿sabes? es que me acabo de comprar un terreno, precioso, tienes que venir, está cerca de (y le dijo un nombre que ella no escuchaba) y lo que pasa siempre que te dicen un precio y al final es otro y ya sabes cómo son los bancos. Total, hija, que el capricho se ha llevado hasta el cash, estoy sin un duro. Como lo siento. ¿Quieres un café? Ella dijo que sí y tragó saliva y mientras la acompañaba a la cocina la amiga seguía hablando, Me pillas de casualidad, mañana me voy a rodar un spot a Cuba y tengo muchísimas cosas que hacer. Oye, y tú no te preocupes. De todas se sale, te lo digo yo. En cuanto vuelva te llamo y te invito a pasar un fin de semana en mi casa nueva, para que te relajes, que te veo muy tensa ¿Sigues tomando el café sin azúcar? Ella respondió que sí.
Llegó a su casa dos horas más tarde. El teléfono no tardó en sonar. Era el banco. Miró su casa y, como a traición, el rímel tiñó de negro la parte inferior de sus ojos.

Cuento

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 11/03/2009 a las 19:04 | {1} Comentarios


18 de enero de 2002



Ya no me importa decir te quiero
Ya no me importa desear tu boca
Ya no me importa la sal del mar
Ya no me importa la canción
Ya no me importa.

No se cansa la memoria
en su trayecto hacia el olvido.
Por eso
la aurora.

No se cansa la ilusión
de estar contigo.
Por eso
divaga la mañana en una luz de leche y miel.

Ya no me importa estar desnudo ante ti
Ya no me importa mirar a la vecina
Ya no me importa la lluvia en tu pelo
Ya no me importa la torcedura de tu dedo
Ya no me importa.

No se cansa
tu tacto sobre mi piel.
Por eso
corto el aire y se divide en tus senos.

No se cansa
tu calor en mis pies.
Por eso
la cama es tan inabarcable.

Ya no me importa saberme equivocado
Ya no me importa no conocerte nunca
Ya no me importa no estar cansado de ti
Ya no me importa el fin
Ya no me importa.

Poesía

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 10/03/2009 a las 18:29 | {0} Comentarios


23 de Octubre de 2000



Un día mi padre sufrió lo indecible. Fue un domingo, un treinta de enero. Sufría tanto. Una escara le había dejado al aire la cabeza del fémur. Estaba solo con él. En la casa familiar. Y no pude mantenerme sereno. Era tal la angustia que me provocaba que me iba al cuarto del fondo a llorar. Aquella tarde llamé a César y a Andrés. Me aliviaba hablar con ellos. Tres días más tarde mi padre moría. Recuerdo [también] aquella tarde de miércoles. Yo estaba en mi estudio de la calle Infantas. Llamé a casa para preguntar qué tal estaba y mi madre me dijo que había preguntado por mí. La muerte [llamó] suavemente. [Acarició] el hombro y [guiñó] un ojo. Era una noche fría de febrero. Al llegar a casa se encontraban mi prima Beatriz, su marido Santiago, la tía Micki [hermana de mi padre] y mi madre. Mi padre agonizaba y sufría. Les propuse que le sedáramos hasta que muriera. Que muriera sin [dolor]. Pero su religión, su moral les impidieron aceptar esa proposición. [Acoto que en aquel tiempo llevaba años sin ir a casa de mis padres a no ser para cuidarle un domingo de cada cuatro] Fui a ver a mi padre en varias ocasiones. Estaba tumbado del lado opuesto a la escara y lentamente, yo creo que por sentir un movimiento de vida, levantaba el brazo, rozaba mi mano y la volvía a bajar. Así una y otra vez. Se fueron las visitas y llegó mi hermano Antonio al que la muerte también había llamado. Y llamó a mi hermana Lourdes la cual también recibió el mandato. Sólo la muerte no buscó a mi otro hermano, Alfonso. Mi padre debía de dormir. Estaba nervioso. Cada cierto tiempo íbamos Antonio o yo para ver cómo se encontraba. Mi padre no podía dormir. En mi último turno le dije que debía intentarlo, que le iba a apagar la luz y que si no se dormía entonces volvería y me quedaría con él. Había algo de desidia, de no querer estar con él en mi propuesta. Creo que algo de eso también hubo. Antonio fue el primero en ir a verlo en la oscuridad. Luego fue mi madre. Luego fui yo. El pasillo estaba en penumbra. El comedor ya era negro. Su habitación la honda negrura del fondo. No escuché su respirar. Y supe que estaba muerto. Que se había ido. Vino el niño a mí y mi primera reacción fue volver a la sala y decirles a mi madre y a mi hermano que papá había muerto. Llegué hasta casi la penumbra del pasillo y entonces supe que mi padre lo había querido así. Quería que yo fuera el último ser al que él viera y que yo fuera el primero que le viera en su no-ser. Y cumplí su deseo. Entré en la oscuridad. Encendí la luz y allí no-estaba él. Se había muerto. Su cuerpo era la muerte. No recuerdo muy bien lo que hice. Creo que no le acaricié. No. Sentí respeto. La carga sagrada ante el cuerpo yerto. Creo que sí le hablé, quizá le dije: “Ya descansas, padre. Por fin ya descansas”.

Diario

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 09/03/2009 a las 17:34 | {0} Comentarios


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