Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
El grito Edvard Munch 1893
El grito Edvard Munch 1893

       ¡Llegaremos al final de los túneles! Tendremos que hacerlo, camaradas, aunque los vientos que nos vengan de cara sean los de los fascistas y sus algaradas. Volveremos de nuevo a mirarlos a la cara y temeremos sus represalias pero a muchos -ojalá sea yo uno de ellos- no nos acobardarán sus armas de fuego ni sus puños de hierro ni sus bates de beisbol ni sus esbirros de la violencia legal en nuestras calles.
       Sí, la primavera queda lejos pero todos sabemos, todos, todos lo sabemos, que bajo la nieve que ahora siembra de helor el suelo a nuestros pies, están germinando las flores que mañana cubrirán las praderas del mundo de un concierto de color. La vida, a veces, se abre paso; la fraternidad, a veces, existe y en ocasiones un abrazo, tan sólo una mirada, puede salvar una vida.
       ¡Levantemos los puños y cantemos! ¡Aprestémonos a luchar contra el fascismo! ¡Asaltemos los muros de la maldita democracia liberal y convirtámosla en una democracia social y de derecho! ¡Basta ya de apariencias! ¡Basta ya de espejismos de libertad e igualdad! ¡Atravesemos este ciclo que vuelve eternamente a su retorno de democracia liberal/fascismo/guerra y conquistemos nuestra Tierra!
       ¡La tiniebla ya casi no puede ser más densa! ¡Campan los asesinos por nuestras ciudades y nuestros campos! Las buenas gentes, llenas de horror, callan. La malas gentes, llenas de soberbia, gritan. No será nuestro silencio quien acabe con sus gritos, será nuestra unión quien los machaque; será nuestra unión quien los encierre en su vergüenza y si es necesario habremos de amordazarlos y si es necesario habremos de mostrarles el camino de la buena vida y si es necesario habremos de leerles en las noches del invierno a oscuras algunos de los ensayos de ese gran y alegre vividor que fue Montaigne.
 

Ensayo

Tags : ¿De Isaac Alexander? Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 31/01/2026 a las 13:42 | Comentarios {0}



Apenas llego a verla, es el estarcido de una mano  ( si clicas sobre  el texto en verde accederás al artículo publicado en El País) hecho hace 67.800 años. La mano ha sido descubierta en una cueva de Indonesia. Dicen que es la obra de arte más antigua del mundo, más antigua que las pinturas también rupestres de las actuales Francia y España. La cueva es de piedra caliza. La cueva está en la isla de Muna, al sureste de Célebes. Por la forma de la mano, porque acaban en punta los dedos, como si el ser que la imprimió sobre la roca quisiera que semejaran garras; porque ese 'querer que una cosa parezca otra' forma parte de lo que hoy se llama pensamiento simbólico y esta forma de pensar parece que es propia de nuestra especie, hubo alguien no hace tanto, 678 siglos, que entendió la esencia de la vida en la tierra: una mano que también desgarra. Luego vendría la magia y luego los mitos que eran simples narraciones y luego las grandes construcciones teológicas y luego la ciencia y luego una mujer camina por una gran avenida de una de las grandes metrópolis del mundo, según dataciones que todos entendemos, corre el año 2026 de la era común. La mujer habla desde su celular con una amiga. Atrás quedan las manos impresas hace 678 siglos en las paredes de caliza de unas cuevas halladas en las islas Célebes. Hay teorías que aseguran que eternamente retornará ese ser a imprimir la misma mano acabada en uñas puntiagudas como garras y esa mujer volverá a hablar con su amiga con un celular y yo volveré a escribir ante una vieja mesa sobre ambas distancias.
 

Ensayo poético

Tags : Meditación sobre las formas de interpretar Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 21/01/2026 a las 20:14 | Comentarios {0}



Espacio vacío y amarillo. Suelo de arena. Ráfagas de viento de izquierda a derecha según el espectador.
Una mujer y un hombre sentados en sillas de respaldo alto están frente a frente. Les separa una distancia de cincuenta  centímetros. Ella viste un vestido corto con estampado de pájaros tropicales. Él viste una camisa blanca y unos jeans. Están descalzos. Tienen los pies hundidos en la arena.


...que voy a morderte el cuello para desmayarme; quiero sentir tu sangre en mi lengua, que mi lengua toda se vuelva roja de tu sangre; voy a desnudarme para que observes, sin velos, el universo que se oculta tras la camisa y los jeans; quiero ese momento, frente a la terraza más allá de la cual se encuentra la montaña fría como cadáver rocoso, fría como si se levantaran los muertos Tzara y Ray y se pusieran como locos a construir dadaísmos; ¡déjame comerte el coño! ¡córrete en mi boca! deja que el flujo de tus órganos se deslice -grisura viva- por las comisuras de mis labios; porque el tiempo que vivimos es corto y el placer se turba a veces de sí mismo; porque tememos no rezar a tiempo; porque sentimos que dios ya muerto se quisiera reencarnar en ciervo; flota en el aire el tormento del fin; grita la bestia en las lindes del bosque; el tiempo se hizo marfil y se volvió amarillo; que voy a morderte el cuello hasta descuidarme las uñas, las dejaré muy largas como sables que jugaran en la arena con la palabra 'arena' en francés; desnudos los dos, al abrigo de un viento lóbrego que vino de Occidente y cubrió la carretera del muérdago que agoniza en los albores del invierno; despojados, cerrados los ojos, atentos los labios, inquietas las manos, lo vellos de los sexos entrelazados por fin, las puntas de los pies a punto de despegar; sí, nos quiero así, sólo un día más, tras un trago de vino bueno, el día que dejó de llover...
 

Teatro

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 20/01/2026 a las 18:29 | Comentarios {0}



Es el túnel. Te lo tengo que decir. Una oquedad que se abre en mitad de la noche. He estado conduciendo por una carretera secundaria. Creo que sé a dónde voy. Aunque hayan pasado muchas horas. En la noche, como te digo, surge y sabes que vas a entrar, que vas a seguir hacia delante porque supones que llegará un momento en que saldrás del vientre de la montaña y volverás a sentir la ligereza del aire libre y, si así fuera, la noche estrellada... si así fuera. Conduzco, te decía, por esa carretera oscura como boca de pitón. La noche está cubierta. Tan sólo se ve hasta donde la luz amarillenta de los faros alcanza. Por eso la sorpresa ante la oquedad que se abre de repente, una negrura más negra si cabe, una negrura donde además voy a entrar motu propio. Podría darme la vuelta. Podría no ir al sitio a donde iba. Nada era tan importante. Creo que nada era tan importante como para verme impelido a entrar sí o sí por la boca del túnel; aún así entro. La oscuridad se estrecha. Es un túnel de un sólo carril. No hay nadie por delante. Hace ya muchos kilómetros que no diviso las luces traseras de algún vehículo. Me habría venido bien en algún momento, sí, en algún momento de fatiga. Para dejarme llevar por esa luz y no tener que andar adivinando la dirección de cada curva a cada rato. Tampoco nadie me sigue. Es una noche de noviembre. En noviembre hay menos coches en las madrugadas. Las carreteras parecen abandonadas y todo se vuelve misterioso, los kilómetros en sí se vuelven misteriosos y las sombras que corren a su vera. Estoy solo. Conduzco por una carretera secundaria de media montaña. Acabo de entrar en un túnel. Nunca había estado en esta carretera. No sé cuán largo es el túnel. No me he fijado si en algún cartel lo han avisado. Desde hace un tiempo venía manteniendo la vista al frente, iba con el piloto automático puesto, quería llegar. No sé por qué quería llegar. No sé si saldré alguna vez de este túnel gris. Parece ser él el que se mueve mientras que el coche está quieto: el asfalto  corre bajo sus ruedas y los muros y la bóveda vuelan sobre y a los lados de mí. Si no saliera, sólo una cosa te deseo: que me olvides pronto, muy, muy pronto. El muro y la bóveda del túnel vuelan, ágil se desliza el asfalto.
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 12/01/2026 a las 19:43 | Comentarios {0}



       No estaba soleada. La respiración se iba haciendo fatigosa. El clavel, en el alfeizar de la ventana, sumergido su tallo, más o menos hasta la mitad, en un vaso de agua de cristal transparente. Los efectos de la luz. Su rostro afilado. El olor a alcanfor. Es pobre la habitación. La cama. Una mesa. Tres sillas. Un armario ropero. El vaso de cristal transparente con clavel. Dora ha salido un momento. La devoción amorosa de esta joven. El amor en toda su pureza. Porque conozco a Dora aseguro que el amor existe. Franz apenas puede hablar. Su voz es un susurro, ronca, con el sonido de caverna que provoca la tuberculosis en la laringe. Ayer escribió a sus padres. Me llama no con su voz; me llama levantando un poco la mano. Yo miraba por la ventana. He visto el movimiento de reojo. Estoy atento. Me acerco  a la cama y me inclino poniendo mi oído muy cerca de sus labios. Me susurra ¡Máteme!
      Las nubes cercan el valle. Le miro a los ojos. Sus ojos me exigen. Hubo una promesa. Hace tiempo. Austria, pienso. ¿Cómo será después? sin él. 
       Preparo una inyección de Pantopon un opiáceo tan fuerte como la morfina. Sé que K. mira cómo lo hago. Tengo su mirada clavada en mi espalda. Sus ojos grandes, amables, sus cejas oscuras y espesas. Se lo inyecto. Me ruega que me incline de nuevo. Lo hago. Me susurra, ¡No me engañe, se lo pido por el dios de nuestros padres, no me engañe! Sonrío. Le contesto, No le engaño. K. empieza a sentir los efectos del narcótico. Cierra los ojos. Parece descansar.
 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/01/2026 a las 20:39 | Comentarios {0}


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