Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Escrito por Isaac Alexander

Edición y notas de Fernando Loygorri


Entierro en Ormans de Gustave Courbet. 1849
Entierro en Ormans de Gustave Courbet. 1849

XXIII

     Sí me da miedo morir. Lo que temo es ser nada después de haber sido sólo todo. El viaje que empieza. El viaje de la no-conciencia. Sé que es banal escribir sobre lo que no se conoce. Lo dejo entonces.

     En los últimos días Euphosine ha estado triste siendo como es la más alegre de las dos gatas, así es que la he llevado a la veterinaria -una mujer, por cierto, seca, dura, que toca sin miramientos y llega hasta donde hay que llegar. Imagino que será lo mejor para su profesión como lo ha de ser para los cirujanos* según sentenciaba mi recordada madre. Lo cual no quiere decir que me guste la veterinaria y mucho menos que acepte como inevitable los dolores que ha sentido Euphosine en el reconocimiento-. El diagnóstico ha sido la obstrucción de las glándulas anales. Limpiadas y desinfectadas, la gata descansa ahora en su cesta. Nada parece importarle. Por turnos la han ido a ver Donjuan y Hamlet. Aglaya apenas se separa de ella por mucho que yo le diga que todo está bien. El amor existe entre los mamíferos.

     Hablaba esta mañana sobre la muerte con el cantinero y asentí a algo que no es cierto. Decía el cantinero que a él lo que más le impresiona es que una vez que un amigo o un conocido se ha muerto, le asalta una especie de angustia o ansiedad porque de repente descubre que ya nunca podrá ver ni hablar con la persona muerta, que el ser muerto ha desaparecido para siempre de su vida y tan sólo los recuerdos serán los que le puedan ayudar a hacerse una idea de quién fue aquel que ya no es nada. Yo he aceptado el comentario como quien en un velatorio da el pésame sin sentirlo verdaderamente -eso me recuerda una anécdota que me contaba una de mis institutrices españolas, Juliana, que fue de las varias que tuve a la que más quise y fue la que me inició en los secretos de un amor más que cortés. Pues bien, Juliana me contaba que cuando no debía de tener más de ocho años, se murió en su pueblo un primo tercero de su madre, la señá Cisteta, y ésta decidió que ya era el momento de que la niña acudiera a un velatorio. Total que allá se fueron como familiares aunque lejanos del muerto y se pusieron a la cola para dar el pésame. Me contaba Juliana que ella escuchaba muy bajito una frase que le decían a la viuda y a los huérfanos pero que no llegaba a entender bien. Sólo sabía el final de la última palabra que era ...iento. O sea ella oía algo así como: Na  nananána na na nanaiénto. Lástima -me decía Juliana- que a mi madre se le hubiera olvidado decirme cuál era la fórmula del pésame -Le acompaño en el sentimiento- o que no hubiera ido ella por delante porque así habría sabido qué decir. Total que cuando llegué ante la viuda y sin pensarlo se me ocurrió una frase que acababa en iento y que fue: Anda y que le sirva de escarmiento. La risa fue general y descubrí entonces, sentenciaba mi querida Juliana, que la muerte es una guasa-. Comentaba los pensamientos del cantinero. Cuando me he terminado el vino y he salido de la taberna, caminaba algo taciturno acompañado por los perros y le iba dando vueltas a la conversación que acababa de tener y ha sido en ese momento cuando he reparado en que no es cierto su comentario. Por supuesto que puedes volver a estar con el muerto y verle y hablar con él: lo puedes hacer en el mundo de los sueños porque como dice una viejo proverbio budista: la vigilia todo lo disgrega y el sueño todo lo unifica. También los mundos de la vida y de la muerte. También a ellos los une en uno solo.


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* Isaac sufrió de niño una enfermedad en la columna vertebral que le obligó a pasar por el quirófano en tres ocasiones y conllevó largas épocas de rehabilitación. Los dolores en su niñez fueron terribles y siempre recordaba la mirada inclemente de los doctores y las enfermeras a la hora de manipular los cuerpos enfermos.
Su madre, a la que siempre quiso y escuchó, le decía que tenía que ser fuerte y que la crueldad que parecían exhibir los médicos no era más que la coraza de la que se revestían para poder hacer tanto daño a los niños.
De esos dolores y de esos malos tratos -aunque fueran realmente necesarios, es decir, si es que no había otra manera no ya de manipular unas articulaciones malformadas sino del espíritu  o talante con el que esa manipulación se llevaba a cabo- deriva -creo yo- la mala opinión que de los médicos y las enfermeras tuvo siempre Isaac. Hay excepciones: un médico que le trató con una delicadeza extrema y una enfermera que fue en su niñez sujeto de su deseo.

 

Narrativa

Tags : Escritos de Isaac Alexander Libro de las soledades Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 12/11/2020 a las 17:36 | {0} Comentarios








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